Ni aun así Por Ana Riera

 

–Llevo algún tiempo dándole vueltas, ¿sabes?, así que voy a decírtelo: Me gustaría que tuviésemos un hijo, cariño. Sí, ya sé que tú no puedes tenerlos—añadió Juanjo al ver la cara de sorpresa de ella—, pero podríamos adoptar.

Rocío tardó unos segundos en recomponerse y contestar.

–Buff, esto es muy fuerte, madre mía. Tendrás que dejarme unos días para que tenga tiempo de procesarlo. No es algo que uno pueda plantearse a la ligera, ¿no te parece? Vaya, tú sí que sabes sorprender a una chica, ¿eh? Te propongo que pidamos otro vino para seguir disfrutando del momento. ¿Te apetece, mi amor?

Nadie que hubiese escuchado sus palabras y hubiera visto la amplia sonrisa que le dedicaba a su chico mientras entrelazaba sus dedos con los de él, habría podido imaginar la profunda amargura que le corroía las entrañas en ese preciso instante.

Tras un par de rupturas a causa del tema, Rocío había decidido cambiar de estrategia. Mejor llevarse el chasco al principio que más adelante. Por eso en su cuarta cita con Juanjo le soltó a bocajarro que era estéril y no podía tener hijos. Quería dejar las cosas bien claras. En lugar de dejarse atrapar por la desilusión, él la abrazó con todas sus fuerzas y la besó apasionadamente. Pensó que por fin había encontrado a su alma gemela, que esa vez la cosa iba a funcionar, que iba a ser distinto. Hasta ese instante.  Una vez más sus ilusiones se desvanecían en el aire como un castillo de naipes.

Se tomaron la segunda copa de vino sin prisas y al llegar a casa hicieron el amor. Él emocionado ante el nuevo proyecto en común; ella, con rabia pensando que era una despedida. El encuentro fue intenso, casi animal. El orgasmo de ambos memorable. Después, Juanjo se sumió en un profundo sueño. Su respiración acompasada era lo único que se oía en la estancia. Rocío fue incapaz de dormir. Lejos de sentirse relajada, en su cabeza bullían todo tipo de pensamientos e imágenes.

Juanjo le gustaba de verdad, pero no tenía escapatoria. Le había mentido. Y esa mentira se volvía ahora contra ella. No era cierto que fuera estéril. Simplemente no sentía ninguna necesidad de ser madre. Su reloj biológico estaba estropeado o parado. Además, le gustaba su cuerpo. No estaba dispuesta a ver cómo se le deformaba, ni a dejar de verse los pies. Ni tampoco a renunciar a los dulces, al queso y al jamón. Sus dos parejas anteriores no lo habían entendido. El primero la acusó de ser una egoísta enfermiza. El segundo, de ser una mujer desnaturalizada. No le apetecía que la juzgaran ni que la acribillaran a preguntas otra vez. De ahí la mentira. Pero tampoco eso había funcionado. Se sentía atrapada, como una araña que cayera en su propia red y quedara a merced de sus presas.

Ella creía que estaban bien. Los dos solos. No entendía la necesidad que tenía la gente de formar una familia. ¿Qué iba a aportarle un nuevo ser que no tuviera ya? ¿Para qué cambiar las cosas cuando todo está bien, cuando uno siente que es feliz y no necesita nada más? Tenía que disuadir a Juanjo, encontrar la forma de quitarle esa idea absurda de la cabeza. Pero no se le ocurría cómo. Tres días más tarde, se armó de valor y abordó el tema mientras cenaban.

–He estado pensando en eso que me dijiste.

–¿Eso?

–Bueno, en lo de adoptar un niño, ya sabes.

–Ajá.

–Te quiero mucho, así que creo que debo ser completamente sincera. El tema lo requiere.

–Vale.

–Verás, no me veo criando a un niño que no ha salido de nuestras entrañas, que no lleve tus genes y los míos. Sé que puede parecer una tontería, pero creo que no sería capaz de quererle de verdad, y no me parece justo para él o ella. Me haría sentir culpable y eso acabaría destrozándome. Sé que es un poco egoísta por mi parte, pero es un tema lo suficientemente serio como para ir con la verdad por delante. Lo siento.

–Bueno, está bien. Te agradezco tu sinceridad. En serio. En parte lo entiendo. No te preocupes.

Le sonrió. Pero ella notó que se le ensombrecía un poco la mirada. Esa noche no hicieron el amor.

Pasaron los días y Rocío pensó que su estrategia había funcionado. Juanjo parecía haber superado la decepción inicial y volvía a mostrarse cariñoso y apasionado. Respiró tranquila. La crisis había pasado y se alegraba de verdad. Decidió sorprender a su chico preparándole una cena especial.

–Vaya, ¿qué celebramos?

–Que estamos mejor incluso que el primer día.

–Estás preciosa, ¿sabes?

–Me alegro que pienses eso, porque el postre soy yo.

Tomaron el primer plato y una copa de vino sin dejar de mirarse. Estaban tan excitados que decidieron saltarse el segundo plato. Tras dejarse ir y mientras recuperaban el aliento, Juanjo se incorporó apoyándose sobre el antebrazo y la besó suavemente en la mejilla. Luego la observó unos segundos con los ojos brillantes.

–Hoy he estado en una clínica de fertilidad. El médico con el que he hablado me ha dicho que se ha avanzado mucho en esos temas, que existen técnicas nuevas y que está dispuesto a revisar tu caso. Dice que a lo mejor no está todo perdido.  ¿Te das cuenta de lo que eso significa? A lo mejor podemos ser padres, después de todo.

Rocío sintió una náusea que le puso el cuerpo del revés. Nunca antes había sentido nada igual. Fue tan intenso el malestar, y la cogió tan desprevenida, que hasta Juanjo se dio cuenta.

–¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?

–Me habrá sentado algo mal. No sé. Creo que voy a vomitar.

Se refugió en el baño mucho rato. Se sentía mal, tanto física como síquicamente. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que insistir? No lo comprendía. Se sentía superada por la situación.

–¿Cariño, te encuentras bien?— le preguntó él desde el otro lado de la puerta.

–No mucho, la verdad. Ahora salgo.

Respiró hondo varias veces y abrió la puerta.

–Me encuentro fatal. ¿Te sabe mal si dejamos la conversación para mañana? No me veo con fuerzas.

–Sí, claro. Acuéstate, anda. Ya hablaremos mañana.

Curiosamente, esa noche no tardó en conciliar el sueño. De hecho, durmió como una marmota hasta que sonó el despertador. Y le costó salir de la cama. A pesar del sueño reparador, las náuseas seguían aferradas a su estómago. No tenía ni idea de cómo iba a salir de la encrucijada.

Llevaba días maquinando posibles fórmulas para salir del atolladero, respuestas ante los posibles avances o propuestas de Juanjo. Pero no había preparado nada para lo que finalmente ocurrió. Fue un jueves. Llegó tarde a casa. Había estado tomando algo con unos compañeros del trabajo. Venía contenta y relajada. Las palabras de Juanjo le cayeron como un jarro de agua fría:

–¿Puedo saber cuánto tiempo pensabas seguir engañándome?

Rocío hizo ademán de protestar, pero él la cortó con un gesto enérgico de la mano.

–Esta tarde he hablado con tu ginecólogo. Y mira por donde, me he enterado de que hace mucho que llevas un DIU.

A Rocío se le congeló la sonrisa en los labios dibujándole una extraña mueca. Pensó que todo se había ido a pique, que no había nada que pudiera hacer para salvar su relación. La cara de reproche de Juanjo no dejaba lugar a dudas. Pensó que le diría que no quería volver a verla nunca más, que no lo buscara, que no lo llamara, que ni siquiera osara pensar en él. No fue así.

–Has sido muy mala. Pero ya sabes que soy de naturaleza optimista y que me gusta quedarme solo con lo bueno. Y en todo esto hay algo bueno, algo muy bueno.

Rocío no se movió de donde estaba. Se quedó ahí, de pie, en el salón. No acababa de saber cómo debía reaccionar. Por un lado se sentía traicionada. ¿Quién era Juanjo para llamar a su ginecólogo? ¿Y quién se había creído que era el ginecólogo para darle información confidencial? Llevaba diez años siendo su paciente. ¿Cómo podía haberle dicho que llevaba un DIU? ¡Y por teléfono! Pero por otro lado tenía que reconocer que le reconfortaba que Juanjo no pareciera enfadado con ella. A lo mejor no todo estaba perdido. Le miró a los ojos. Su sonrisa parecía franca. Se decidió a hablar.

–¿Entonces no estás enfadado?

–No.

–Está bien. Mira, lo de que era estéril, bueno, lo dije porque no que…

–No hace falta que me des explicaciones. Ya no.

–Ya, pero es que quiero hacerlo. Quiero que entiendas que yo…

–Por suerte los elementos han decidido ponerse de nuestro lado. Así que todo está bien.

–No sé si te sigo. ¿Qué tienen que ver los elementos en todo esto? Ni siquiera sé a qué elementos te refieres.

–Bueno, supongo que ya sabes que no existe ningún método anticonceptivo cien por cien fiable. El DIU a veces se desplaza y pierde eficacia.

–¿Cómo dices?

–Que hemos tenido mucha suerte. No te preocupes. Yo te cuidaré y me ocuparé de todo. Tú solo tienes que cuidarte y ser buena.

–¿Cuidarme? ¿Ser buena?

–Sí, cariño. Estamos embarazados. Vas a ser la mamá más guapa del mundo. ¿Verdad que es maravilloso?

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Ilustraciones (por orden de aparición):

El beso, 1907, por Gustav Klimt (Austria, 1862-1918)

Retrato de Stephy Langui, 1961, por Rene Magritte (Bélgica, 1898-1967)

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La otra dimensión Por Paula Alfonso

 

Después de varios intentos llegué a la conclusión de que la mejor hora para ir a la piscina era entre las 2 y las 3 de la tarde, no hay apenas gente y hasta puedo disponer de una de sus calles para mí sola, evitando los molestos encontronazos y las obligadas disculpas. También es verdad que, debido a la proximidad del cambio de turno, a esa hora los puestos de los monitores suelen encontrarse vacíos y por lo tanto la vigilancia queda bajo mínimos, pero nada de esto entonces me preocupaba, ¿por qué los iba a necesitar? Después de todo, mi único objetivo era hacer los diez largos estilo espalda que el médico me había prescrito para aliviar mis dolores.

Aquella tarde hice lo que tantas otras, bajé las escaleras, me dirigí a la zona destinada a mujeres, abrí mi cabina, dejé la mochila, me quedé en bañador y con el gorro, las gafas y la toalla fui hacia la piscina. Recuerdo haberme sorprendido gratamente al ver tan pocos nadadores, cuatro o cinco que además ocupaban las calles centrales, las laterales —que son las mías— permanecían vacías. Dejé la toalla en uno de los asientos de la grada y poniéndome el gorro y las gafas me acerqué al borde, dispuesta a iniciar mi ritual. Siempre actúo igual: me siento, introduzco mis pies en el agua y abro todos mis sentidos para saborear con plenitud lo que viene a continuación, mi paso a otra dimensión. Después de un día agitado, repleto de voces, ruidos, cansancio, dolor, me sumergiré en el agua y el cuerpo ya no pesará, se volverá ligero, las palabras, los sonidos los oiré envueltos en una melodía que los deforma, que los hace menos incisivos, menos lacerantes, insignificantes casi siempre. Solo seremos yo y el agua que me rodea, que me acaricia, que me sostiene, y nada más. Una vez dentro comienzo mis ejercicios de calentamiento.

Aquel día, tal vez porque era viernes y víspera de un largo fin de semana, la piscina se fue quedando aún más vacía. Era todo un placer poder nadar así, sin que nadie se me cruzara, sin que tuviera que tener cuidado de no molestar con mi brazada al de la calle de al lado. En esas condiciones mi ejercicio de natación me estaba resultando casi perfecto.

Habitualmente cuando voy por el octavo largo empiezo a notar el cansancio, mis brazos se vuelven más lentos, menos efectivos y mi cuerpo tiende a hundirse ofreciendo más resistencia con el agua, pero soy consciente de que ya estoy en el final, lo único que tengo que hacer es ralentizar el ritmo y en breve habré terminado. Eso hice aquel día, llegué a uno de los extremos, respiré profundamente hasta tres veces, doblé las piernas, apoyé los pies en la pared y me impulsé con fuerza dispuesta a cumplir con mi último esfuerzo, pero al sacar del agua uno de mis brazos rocé la piel de otro cuerpo y tuve que detenerme a pedir perdón.

  • Lo siento, discúlpeme, no le he visto.

El hombre que cubría su cabeza con un gorro azul marino y utilizaba unas gafas que le tapaban buena parte de la cara, me escuchó, pero no dijo nada, se sumergió de nuevo y reanudó su ritmo. Por mi parte enseguida olvidé también el incidente y me centré en aquellos dos últimos y fatigosos largos que aún me quedaban, pero el hombre con quien había tropezado avanzaba en paralelo conmigo y sus brazadas levantaban una oleada de agua que rompía justo sobre mi cara, interrumpiéndome la respiración y obligándome a parar. Por unos momentos pensé en dar por acabado mi ejercicio, pero lamentablemente me quedé, esperé que se alejara unos metros y, cuando entendí que ya no podría importunarme, continué.

Toqué finalmente pared, “ánimo”, me dije, “una vuelta más y habrás terminado”. Sacando lo cabeza justo lo necesario para tomar aire, doblé las piernas, apoyé mis pies en los azulejos y me impulsé con fuerza hacia atrás, pero una mano aferrada a uno de mis brazos me frenó. Levanté la cabeza y me di de bruces con el hombre de grandes gafas y gorro azul que, sin apenas mover los labios, en voz muy baja, me ordenaba:

– ¡Detente!

– Perdone, pero creo que se equivoca.

Traté de que mis palabras reprodujeran toda la irritación que me había provocado, ¿con qué derecho había puesto su mano en mi cuerpo? Intenté soltarme, me revolví, pero aquella zarpa me tenía bien sujeta y comenzaba a hacerme daño.

  • No te muevas, no digas nada.

Esta vez su orden sonó más firme, más aterradora.

Volví la cabeza buscando ayuda, pero él con un fuerte tirón me hundió dentro del agua, luché desesperadamente para soltarme, cogí su mano y la forcé intentando que aflojara su presión, pero era una tenaza de acero. Me ahogaba. Con los ojos muy abiertos tras mis gafas buscaba algo, una ayuda, algo… pero lo único que veía eran sus piernas, unas piernas largas delgadas, abiertas moviéndose como las patas de una araña colgando de su hilo.

Ya no podía más, recuerdo que en aquellos terribles instantes visualicé a mi familia, mi marido, mis hijos y sentí pena por ellos, jamás lo entenderían, ¿cómo aceptar que, a tu mujer, a tu madre la encuentran muerta dentro de una piscina municipal con signos de violencia. ¿Por qué? Incomprensible, y eso les haría todo mucho más doloroso.

De pronto me vi impulsada hacia la superficie, abrí cuanto pude la boca para llenar mis aplastados pulmones y comencé a toser.

De nuevo aquella voz cortante.

  • Pero ¿qué es lo que pretende? Le pregunté entre angustiosos jadeos.
  • Te he dicho que nades.

Busqué sus ojos bajo las gafas semiempañadas y eran pequeños, sin expresión y muy rojos, como inyectados en sangre. De nuevo volví la cabeza hacia un lado reclamando ayuda, incluso abrí la boca para gritar, pero él me atajó hundiéndome de nuevo en el agua. Otra vez la angustia, la lucha ineficaz por soltarme, para intentar agredirle yo también, pero ponía bien cuidado en mantener su cuerpo fuera de mi alcance. Me ahogaba, me ahogaba, necesitaba respirar. Estiré los brazos hacia delante para demostrarle que me sometía, que estaba dispuesta a obedecer, pero que me soltara. Así lo hizo, aflojó su presión y pude salir de nuevo a la superficie. Con brazadas torpes y descoordinada, tragando con cada inspiración una buena cantidad de agua, conseguí ir avanzando, pero sintiendo la presencia de aquel desconocido siempre muy cerca.

Nunca me pesaron tanto los brazos, moverlos era una tortura. Si conseguía sacarlos fuera del agua, caían enseguida como muertos. Agotada me detuve agarrándome desesperadamente a la corchera, pero se abalanzó sobre mí.

  • Sigue nadando. No te detengas, si lo haces lo pagarás.

– No puedo, por favor, ¿por qué me está haciendo esto?

– Sigue nadando

Volví a bracear.

  • Más deprisa.
  • No puedo, le aseguro que no puedo más.
  • Te he dicho que nades y lo hagas más deprisa.

Era mi final. Resulta que mi muerte, tantas veces imaginada, iba a suceder en un lugar público, como aquella piscina, a manos de un loco, pero ¿por qué? ¿Qué era lo que le había hecho decantarse por mí? ¿Nos habíamos visto antes? ¿Nos cruzamos en algún pasillo? O simplemente he tenido la mala fortuna de entrar en su campo de visión cuando comenzaba a sufrir un brote psicótico.

Se acabó, me dije, ya no podía más, me resultaba imposible seguir luchando con aquella voz cada vez más imperativa, alterada, odiosa: ¡Nada más deprisa, más deprisa! El corazón se me iba a salir por la boca y mi visión comenzaba a ser borrosa, un movimiento más y perdería el sentido, mi cuerpo caería hacia el fondo como una hoja de papel…

-Señora, señora, qué le ha pasado. Venga, ayudadme a sacarla del agua, rápido, está en parada cardiaca, el equipo de reanimación, que traigan el equipo de reanimación.

Sus voces me sonaban tremendamente lejanas, ya no estaba en aquella mágica dimensión líquida que tanto me gustaba sino en el duro y frío suelo. Mi espalda crujía dolorida con cada golpe que descargaban sobre mi pecho y me quemaba la garganta aquel aire que a emboladas invadía mi interior.

  • No responde, me temo que no hay nada que hacer.

Pero ¿cómo ha ocurrido? ¿Tú que has visto?

Estaba nadando como otros días y de pronto comenzó a hacer movimientos raros, descoordinados. Me acerqué, le pregunté, pero solo me sonrió y siguió nadando, desde mi puesto he seguido observándola, hasta que hace un momento alguien me ha llamado. Al volver ya no estaba. Me he tirado en su ayuda, pero por lo que se ve, demasiado tarde.

-Avisemos a la policía.

El alacrán por Elisa Pérez

 

El alacrán había mordido su mano antes de que nadie tuviera tiempo de impedirlo. Ninguna asistencia médica fue suficiente para evitar su intoxicación por envenenamiento.

Cuando seis meses atrás, aquella mujer había viajado desde El Cairo para establecerse en esta ciudad europea, se instaló en un apartamento cerca del que habitaban Ruth y su madre. La niña de ocho años, de pelo rubio rizado, mirada esquiva y sonrisa difícil la miró desde el primer momento con cierta desconfianza. Aquella mujer de aspecto extraño intentó entablar con ellas una conversación desde el primer día en que, con naturalidad, llamó a la puerta de su casa para presentarse.

–          ¡Hola, soy la vecina del apartamento de enfrente! Me preguntaba si os apetecería tomar una taza de café conmigo. Me acabo de establecer y no conozco a nadie aquí.

Su madre aceptó la invitación, mitad por curiosidad, mitad por aburrimiento para cubrir otra tediosa tarde de domingo. En ese momento nos enteramos de su nombre y profesión. Cloe era arqueóloga y ciertamente extraña. Se vestía de forma extravagante y toda su casa estaba repleta de figuras y objetos antiguos, que nunca antes había visto.

Dado que Cloe había decidido preparar en casa su tesis sobre el sentido religioso de los alacranes en el Antiguo Egipto, la convivencia entre la niña y Cloe se había hecho muy cercana. La arqueóloga parecía sentirse a gusto entre ella y su madre. Y Ruth no mostraba la intranquilidad habitual delante de extraños. Su madre aprovechaba esta circunstancia para dejarla con ella cuando tenía que hacer algún asunto fuera.

En una de esas visitas a casa de Cloe, la niña curioseó con atención una tela de color rojo que parecía ocultar debajo algún objeto de forma redondeada. La niña se acercó y levantó la vistosa tela. Allí moraba un alacrán, inmóvil, con colores vivos y dulzones, dentro de una jaula redonda acristalada. Ruth miró atónita a la estrafalaria mujer que cuidaba de ella cuando su madre se ausentaba.

–          Es un animal legendario, fascinante, y muy fiel. Nunca te atacará primero. —Cloe abrió el reptario redondo y cogió el alacrán con la mano— Se llama Cleopatra, no es peligroso aunque sí venenoso.

Aquella advertencia dejó impactada a la niña que desde ese momento miró con recelo hacia el recipiente que habitaba semejante ser.

Al mismo tiempo que la relación entre su madre y Cloe se acentuaba hasta el extremo de que miradas, complicidades y silencios transcurrían con demasiada frecuencia por su vida, Ruth percibía que algo había cambiado en su madre. No es que no la quisiera, pensaba la niña, no, no era eso. Tampoco es que no se preocupara por ella. Sin embargo la fascinación y el interés que Cloe y sus extrañezas producían en su madre, la tenían ciertamente preocupada y, sobre todo, enfadada. Ya no le apetecía pasar tardes completas en casa de su vecina; ni siquiera quería asistir a esas cenas organizadas y disfrutadas por ambas mujeres; prefería quedarse en su apartamento hasta rendirse al sueño.

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Su madre no la forzaba, nunca lo hacía con nada. Y Ruth prefería estar lejos de esa relación surgida de repente, de la nada, y presidida por el encanto de un animal tan raro.

Aquella noche, hacia la madrugada Ruth despertó de su letargo en el sofá. Había oído a su madre encaminarse hacia la puerta de enfrente, y había sentido el beso en la mejilla pero el sueño se apoderó de ella antes de oírla regresar. Se encaminó a su dormitorio cuando comprobó que en el de su madre no había nadie.

¡Qué pesada! Aún está con ella, pensó la niña. Tomó las llaves de la vecina celosamente guardadas en la mesilla de su madre.

Con las llaves en la mano, llamó antes a la puerta, esperando escuchar las risas y las voces repetidas en tantas noches atrás. Como quiera que aquello no sucedía, abrió la puerta. Lo primero que vio fueron las copas y los restos de la cena en la mesa. Recorrió el pasillo extrañada de no oír nada. Sus pasos la llevaron a la habitación de Cloe en la que una nítida luz se escapaba bajo la puerta entreabierta. La niña, al principio, no entendía. Su corta edad, unida a la somnolencia propia de la hora, tardaron en hacerle comprender lo evidente. Su madre yacía dormida junto a Cloe que tendía un brazo desnudo sobre ella. Una pierna sin ropa de su madre se escapaba por debajo de la sábana revuelta.

alacran-rojo2La jaula del animal se mantenía en su lugar habitual. Ruth se fue familiarizando con la escena pero intentó no despertar a aquellas dos mujeres ahora entrelazadas en algo más que una relación de vecindad. Ya habrá tiempo de preguntar a mamá, pensó la niña.

En ese instante, el animal depositado con premeditado cuidado sobre el brazo de Cloe, retorció su aguijón y malhumorado, pensó la niña, clavó su arma en la mano de la mujer.

Un alacrán rojo presidía su tumba.

Tráfico espeso Por Elisa Pérez

El tráfico se iba espesando por minutos. La sucesión de coches se trenzaba sin orden en la carretera dejando que cada uno se situara de acuerdo con sus intereses o su impaciencia. Antonia suspiró, estaba acostumbrada a atascos y parones. Gastaba varias horas de su vida diaria dentro del habitáculo metálico. Una botella de agua, un espejo frente a ella que subía y bajaba con frecuencia, el móvil cargándose en el enchufe junto a ella; se acercaba la hora de comer, llegaría a tiempo. Por un instante miró hacia el exterior, los árboles no se movían como sucedía kilómetros atrás; estaban quietos, impertérritos, contemplando desde la placidez de su eternidad el caos que comenzaba a formarse frente a ellos. Antonia se fijó en la forma de sus ramas, algunas estaban dispuestas a un abrazo, otras se presentaban amenazadoras, le impresionaron más las que denotaban cansancio y se caían por el peso del tiempo o de la pasividad de sus existencias. El color predominante no era el verde.

La sobresaltó el sonido de la radio. Una voz grave destacaba por delante de la dulce música anterior, anunciando algo que no entendió. Cambió la emisora: voces entrecortadas, fragmentos de canciones mil veces oídas, charlas sobre temas que conocía. Al otro lado del cristal, el ambiente se iba llenando con pitidos impacientes y nerviosos. Giró la cabeza, necesitaba tranquilidad. Un ligero grito histérico la hizo mirar hacia la derecha. Un inoportuno adelanto. Sus nervios se mantenían tranquilos aún. No le gustaba conducir pero estaba segura que jamás perdería los nervios por una cuestión de tráfico. Se volvió a entretener mirando los árboles y con ellos quiso compartir su inquietud. Pero no encontró calma en esa mirada. Las hojas se insinuaban rígidas y amenazadoras. Y de pronto todo fue a peor. Apenas lo sintió, casi no percibió unos faros en forma de rombo que se acercaron a ella, haciendo parpadear con cierta agresividad una ráfaga de luz. El retrovisor interior reflejó la imagen. El histérico había llegado junto a ella. Era imposible adelantar. De nuevo las luces largas le exigían que se apartase. Aumentó su incredulidad. Miró de nuevo por el retrovisor. No podía distinguir nada dentro, se veía oscuro, a través de los cristales no se percibía figura alguna. Era absurdo. Antonia tomó su botella de agua, un largo sorbo la obligó a tragar su perplejidad que comenzaba a inundarla. De nuevo una ráfaga de luces blancas y azuladas.

No fue muy fuerte pero lo notó. Un ligero golpe en su parte trasera la hizo emitir una queja…¡qué se habrá creído ese idiota! Pensó en bajar la ventanilla y protestarle. No lo hizo. Se imaginaba segura en medio de aquel caos pero algo la indujo a no bajar el cristal. Lanzó una frase de protesta. Estaba sola, nadie podía escucharla. Miró de nuevo por el espejo interior. Una sombra difuminada por los rayos de sol se distinguía al otro lado de la luna trasera en el otro vehículo. ¡Claro, como si los coches pudieran conducirse solos! Una mueca de sonrisa le permitió relajarse en un visto y no visto, porque el impacto por detrás de nuevo la hizo sobresaltarse. Quien fuera debía estar loco. Esperaba, casi imploraba, una mirada cómplice de alguno de los otros vehículos. Nadie se daba cuenta. Tenía que pararse, era lo habitual en estos casos. Pensó detenerse en el arcén. Lo desechó de inmediato. El otro esperaba esa reacción, además el fluido de coches era tan constante que apenas había sitio para la maniobra, lo que dificultaría incorporarse después. Un monólogo interior que sonaba a excusa, confesó entre aturdida e inquieta.

Giró la cabeza mirando hacia atrás, apenas se veía nada en el coche que la seguía. Se esforzó estirando el cuello por encima de los reposacabezas traseros, para detectar por un trozo del cristal quién conducía de ese modo. La distancia entre ambos coches era muy corta, una maniobra acelerada o impulsiva daría con su parachoques en el de atrás. Antonia notaba que le costaba mover el vehículo, la sensación la agobió. Se creía una experta conductora pero había algo en ese coche que la superaba. Tenía la horrible sensación de tenerlo encima, subido sobre su coche. Tomó de nuevo la botella, un pequeño hilito la recordó que estaba siendo una carrera demasiado larga. Notaba la garganta reseca y áspera. En breve, se le acabaría el avituallamiento. Apenas había avanzado unos pocos kilómetros. El viaje aún era largo hasta el refugio de su madre.

De nuevo un golpe trasero la arrancó de su intento de relajación. Este golpe fue seguido por otro. Un bocinazo la descolocó aún más. Tenía que parar. Miró por la ventanilla del conductor. En el carril derecho se insinuaba un hueco entre dos coches por el cual podía colarse hasta llegar al arcén de ese lado. Se sentía acelerada y debía poner más espacio entre el extraño amenazante y su vehículo.

En décimas de segundo, el otro se colocó a su lado en una maniobra imposible, sin darle tiempo a reaccionar. Nadie bajaba las ventanillas. Acaso no se habían percatado de la temeridad de esa maniobra, protestó víctima de un nerviosismo cada vez más alto. Nadie parecía percibir el comportamiento agresivo y opresor de ese conductor. Antonia comenzaba a asustarse. Intuía un miedo paralizante. Aquel extraño parecía conocer sus reacciones antes que ella.

No quería mirar a su derecha pero no podía evitarlo. El cristal del coche contiguo estaba ahumado, apenas a unos centímetros del suyo. La habilidad conductora de Antonia flaqueaba, mantener el equilibrio le costaba. Sentía una atracción como un imán que le hacía acercarse cada vez más, sin mostrar su rostro, su aspecto. De pronto se separó dejando que ella respirara. Bajó la cabeza aliviada, resoplando su miedo. A la izquierda las dulces hojas de los árboles se habían vuelto violentas, cómplices silenciosas de su terror. Si al menos pudiera salirse de la carretera y avanzar por un camino lateral, el histérico se olvidaría de ella. Sin saber por qué esa solución no le pareció posible.

Bajó el espejito que tantas veces usaba para aplicarse el carmín antes de una visita o para peinar sus cejas espesas. Herramienta fiel de sus trayectos comerciales, siempre le daba la última imagen antes de la visita. Incluso unas profundas ojeras, o las arrugas de un ceño fruncido con demasiada asiduidad o las líneas de expresión fuertemente dibujadas, se ocultaban con un buen maquillaje. Debía mostrarse perfecta, su trabajo era ahora lo más importante en su vida. Sus ojos se mostraban atrapados por la ansiedad y el temor a un desconocido. Le costó reconocerse en la imagen reflejada. El pánico comenzaba a desmoronar su aparente entereza.

Fueron décimas de segundos o menos incluso lo que duró la sensación de alivio, hubo un avance inesperado en la carretera que, de repente, engullía a los coches dando fluidez y velocidad al tráfico. Antonia aceleró, el coche de al lado también. En un ademán difícilmente explicable se volvió a colocar tan cerca que oía retumbar su acelerador. El zumbido le recordó a un coche antiguo. Sentía que el conductor le retaba, la invitaba a acelerar aún más. Antonia no podía evitarlo, entre el terror y la embriaguez del ruido del motor, tomó la palanca de marcha para comprobar que seguía en tercera. Apretó los dientes y con el pie en el embrague hasta el fondo, metió la cuarta confiando en que todo volviera a unas horas antes, a cuando abrió la puerta confiando en ese nuevo día.

Avanzaba con la mirada puesta en el espejo retrovisor contando cómo aumentaba la distancia con el coche trasero. No veía nada más. No podía. El de atrás la seguía a cientos de metros. Delante, al lado, el resto de coches de cualquier marca, tamaño o color se mantenían ajenos, ignorando su angustia.

Los árboles aplaudían, las gravillas del asfalto saltaban entusiasmadas. El espectáculo de aquella mujer rota bien merecía su atención. Parecía que el tiempo se hubiera detenido, la vida cesaba en su devenir mientras Antonia iba notando cómo un torrente de sudor le invadía la frente, el cuello y la espalda. Se paralizó al pensar en él; el autor de una broma pensó al principio. Con el tercer mensaje comenzó a entender que iba en serio… pero esto, esto era otra cosa.

Ahora no podía pensar. Estaba aturdida. Allí estaba, no podía distinguir si tenia pelo negro o gafas de pasta, pero seguro que era él. Al mismo tiempo que la intranquilidad la dominaba, sentía furia por su madre… ¿por qué no le respondía? La había llamado por el manos libres, tampoco ella la ayudaba… no eran imaginaciones suyas. Necesitaba su protección… la esperaba para comer, ya tendría que haberle contestado.

A lo lejos unas luces rojas, una serpiente de luces rojas se acercaba hacía Antonia que sólo sentía su respiración agitada por la victoria que, por fin, parecía alejarla de aquel loco. El coche temerario frenó. El resto de vehículos hicieron lo mismo. La felicidad de Antonia era total, había conseguido alejar el miedo con su pericia conductora. Se desinfló a tiempo para pisar el freno, todo su cuerpo se abalanzó hacia delante con un vaivén descontrolado. Sus faros rojos se quedaron a un milímetro del vehículo delantero. Al fin respiraba… Miró hacía el móvil, no había ninguna llamada, nadie había querido ayudarla en esa carrera desenfrenada… Le volvió la inquietud. Se había desembarazado del agresor del coche, al que ya no veía por su retrovisor, había dormido mal, quizás se lo había imaginado. La conducción es terrible en una ciudad así… eso es. Poco a poco volvió a sentir que los latidos de su corazón se acompasaban; volvió a mirar por la ventanilla izquierda hacia los árboles que se alejaban dando paso a una cadena de pequeños cerros grises. Conocía el paisaje… se embelesó en contemplarlo, no le gustaba especialmente pero sirvió para tranquilizarla un poco más.

La pauta musical de los pitidos del móvil sonó. Por fin su madre la llamaba, tenía que contarle su angustia de los últimos días, los anónimos en el buzón, las llamadas silenciosas… Desplazó la mano derecha del volante y la mirada del cristal delantero por un segundo para comprobar que era un número desconocido. Pulsó la tecla verde. Una voz grave retumbó en todo el habitáculo: “Sé dónde vas, no será tan fácil deshacerte de mí, y lo sabes. Estoy con tu madre”.

El temblor de la mano de Antonia no acertaba a apagar esa voz amenazante, tampoco podía contestarle, gritarle que la dejara en paz, ¿cómo había averiguado dónde vivía su madre? La había seguido, conocía su vida, su entorno, todo. La pierna derecha del acelerador estaba desbocada, en el estómago las mariposas se habían tornado en escorpiones que la devoraban…

La policía no era la solución, no le creerían… Miró por el retrovisor de nuevo sin prever que una curva pronunciada rompía la carretera.

Miró adelante un segundo antes de saber que eso era el final de su loca carrera. No hubo intervalo para más: su cabeza, su cuerpo comenzaron a dar vueltas por el impacto, como una muñeca de trapo. Demasiado fuerte para evitarlo, demasiado grande para aguantarlo. Las voces lejanas se oían difuminadas. No podía hablar, pero sabía que había alguien que la observaba en la distancia. Boca abajo notaba la presión de todo su habitáculo de metal. Casi sentía la gravilla del frenado inútil en su boca, mezclada con náuseas con sabor a sangre. Abrió un ojo, la botella desparramaba el agua que se mezclaba con cristales, vísceras y piel. Tenía mucha sed. La presencia se hacía más notoria. Estaba aterrada. Quería seguir respirando. No podía. Arrastró la mano dolorida para coger el móvil que enganchado parpadeaba con la entrada de varios mensajes nuevos. El pecho le pesaba demasiado. Se le escapó una lágrima. Nadie la iba a salvar, sabía que moriría allí, boca abajo, pegada al suelo.

Al otro lado de la carretera, las hojas amarillentas de un otoño incipiente comenzaron a agitarse con el rugido del motor del vehículo antiguo con cristales ahumados que huía de la escena.