Verónica cogió la propaganda que le ofrecieron por la calle de forma automática, sin fijarse siquiera en la cara de la persona que se la daba, y se la guardó en el bolsillo del abrigo. Tenía la mente ocupada en otras cosas. En realidad, llevaba ya varios días dándole vueltas sin parar. Era como si su mente se hubiera quedado atascada y lo único que pudiera hacer fuera volver una y otra vez a los mismos pensamientos. “No me lo puedo creer, hacerme eso a mí, con lo bien que lo he tratado siempre, con lo mucho que le quiero. No es justo, no es justo. Y en nuestra propia cama”. Así día y noche, sin apenas descanso, como un disco rayado.
No fue hasta un par de días más tarde, cuando ya las ojeras por la falta de sueño habían aparecido en su cara, cuando se topó de nuevo con la propaganda. Fue al meter la mano en el bolsillo en busca de un pañuelo para secarse las lágrimas. Lo cogió sorprendida y se puso a leerlo, para ver si así conseguía silenciar unos segundos su mente.
“Maestro Kadja. Especialista en problemas de amor con más de 30 años de experiencia. Heredero de la sabiduría de su pueblo en pleno desierto africano. No espere más y deje de sufrir. Si su pareja le ha sido infiel, contacte con el maestro. Le ayudará a recuperar a su pareja y a ser feliz de nuevo. Resultados garantizados en 72 horas.”
Se quedó completamente estupefacta. Tenía que ser una señal. Parecía escrito específicamente para ella. Era como si los espíritus le susurraran un mensaje cifrado. No creía en ese tipo de cosas. Sin embargo, volvió a leerlo, esta vez prestando mucha atención, fijándose en todos los detalles. Sí, estaba claro que iba dirigido a ella.
Venía un número de teléfono móvil. Volvió a guardar el papel, pero esta vez en el bolso, en uno de sus bolsillos interiores, el que se cerraba con una pequeña cremallera. Quería tenerlo bien localizado porque había tomado una decisión. Esa noche, cuando estuviera tranquila en su piso, el que hasta hacía poco compartía con su marido, llamaría al maestro Kadja.
Cuando llegó a casa estaba hecha un manojo de nervios. La mera idea de que los sortilegios de aquel hombre pudieran funcionar la excitaba y la aterraba a partes iguales. Se sentó en el sillón orejero que estaba junto a la ventana, por donde se colaban los últimos rayos de luz, y trató de ordenar un poco sus ideas. Incluso anotó algunas cosas en el cuadernillo que llevaba siempre en el bolso. Cuando por fin se sintió preparada, respiró hondo y marcó el número.
La voz que le llegó a través del aparato le inspiró confianza desde el primer momento. Era profunda y nítida, con un ligero acento que fue incapaz de identificar. Intercambiaron preguntas y respuestas durante un par de minutos y acordaron una cita para el día siguiente a las 7 de la tarde. Cuando colgó el teléfono, Verónica se sentía más animada de lo que se había sentido en ningún momento desde que pillara a su marido en la cama con otra mujer. Se levantó, entró en el baño y cogió unos cuantos pelos del cepillo que su marido había dejado olvidado en el baño. Había quedado en llevárselos al maestro Kadja junto con una foto en la que se le viera bien la cara. Decidió que la que llevaba en la cartera era perfecta.
Llegó puntual a la cita. A las siete menos cuarto ya estaba delante del portal del edificio en el que se habían citado. Se encontraba en la parte vieja de la ciudad y estaba claro que el bloque había visto mejores tiempos, pero a ella le pareció que tenía su encanto. Repasó de nuevo todo lo que quería decirle, todo lo que deseaba preguntarle y aclarar. La consulta costaba una cantidad nada desdeñable de dinero, así que pensaba aprovecharla al máximo.
A menos cinco en punto llamó al telefonillo. Alguien le abrió la puerta sin mediar palabra. La escalera estaba desgastada y las baldosas hacía tiempo que habían perdido el brillo, pero eso no la desanimó, más bien todo lo contrario. Era justo lo que se esperaba. Tampoco el maestro la decepcionó. Era un hombre corpulento, de frente ancha y ojos pausados. Llevaba una túnica de vivos colores en la que se combinaban el ocre, el marfil y el negro. Le pareció muy elegante y apropiada.
Se sentaron en un saloncito diminuto y hablaron durante más de media hora mientras saboreaban un té a la menta delicioso que dejaba un regusto en la boca intenso y un tanto extraño. Al principio Verónica estaba un poco cohibida. Ese mundo le parecía demasiado misterioso, demasiado inquietante. Él pareció darse cuenta. Entonces le cogió una de las manos con suavidad mientras la miraba directamente a los ojos. No pestañeó ni una sola vez. Ella sintió que se relajaba y que le invadía una sensación de intenso sosiego, como si conociera a aquel hombre de piel oscura desde hacía tiempo. Cuando abandonó la casa, ya era noche cerrada. Llevaba un montón de instrucciones en la cabeza, una larga de lista de cosas que debía comprar y una amplia sonrisa pintada en la cara.
Le llevó un par de días reunir todo lo necesario. Había cosas muy normales, pero otras resultaban un tanto peculiares. También confeccionó un muñequito de tela relleno de algodón. Lo vistió con una camisa y unos tejanos, el uniforme preferido de su marido, y trató de reflejar en él sus rasgos más distintivos.
Por fin llegó el domingo, el día que el maestro le había dicho que iban a poner en marcha el amarre. Lo dispuso todo sobre la mesa de la cocina y empezó a preparar la pócima. Era un proceso bastante largo, pero no le importó. Lo cierto es que estaba como en trance. Jamás hubiera imaginado que pudiera sentirse así realizando un ritual como aquel. Una vez preparada la poción, untó el muñeco con ella y lo dejó en su mesilla de noche.
Ocurrió antes de lo que esperaba. Esa misma noche, su marido la llamó por teléfono y le dijo que tenía que verla, que era urgente. Quedaron para el día siguiente temprano. Nada más colgar el teléfono, Verónica cogió el muñequito y le aplicó otra capa de la pócima, no se le fuera a pasar el efecto. Se preparó algo de cena, pero fue incapaz de probar bocado. Estaba demasiado alterada. Quería que todo saliera bien, que el sortilegio funcionara de verdad. Se metió en la cama temprano, deseando que la noche pasara rápido. Cuando los primeros rayos de sol se colaron por la persiana, dejó escapar un suspiro y saltó de la cama.
Se duchó, se acicaló el pelo con mimo, se maquilló con esmero y se puso su vestido favorito, el que sabía que a él le encantaba. El timbre sonó puntual. Antes de abrir se echó un último vistazo en el espejo de la entrada. Estaba radiante.
Se sentaron en el salón, uno a cada extremo del sofá. Él la cogió de las manos y le pidió perdón con voz de cordero degollado. Le aseguró que se había equivocado, que había sido un estúpido, un insensible. Que ella era lo mejor que le había pasado en la vida y que se arrepentía con toda el alma. Eran justo las palabras que llevaba días deseando oír, se las había repetido una y mil veces en su cabeza. Sin embargo, no ocurrió lo que había imaginado que sucedería. En lugar de sentirse feliz y aliviada, experimentó algo completamente nuevo.
Guardó silencio mientras trataba de procesar lo que le estaba pasando. Se había sentido bien al escuchar todo aquello, pero también poderosa, tremendamente poderosa. Se dio cuenta de que esa sensación, la de tenerlo comiendo de su mano y prolongar su sufrimiento, le producía mucho más placer del que jamás antes había experimentado. Así que siguió en silencio, dejando que se humillara un poco más.
Cuando por fin se sintió saciada, se incorporó muy digna, le dedicó una mirada ambigua, le ayudó a levantarse y le acompañó hasta la puerta.
–Lo siento, Luis. Me has hecho demasiado daño. Ahora mismo, no sé si podré perdonarte. Necesito tiempo. Si de verdad me quieres, tendrás que tener paciencia.
Luego le empujó con suavidad, le ayudó a traspasar el umbral y le cerró la puerta en las narices. Una enorme sonrisa le iluminó la cara. Tenía que llamar al maestro Kadja para que prolongara el hechizo. No le importaba lo que pudiera costarle. Estaba segura de que merecería la pena. Además, de un modo u otro acabaría pagándolo él. Seguro que se le ocurría algo.





