Yzur Por Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones (Argentina 1874-1938). Político y autor de cuentos, poemas y novelas, además de varios ensayos. Personalidad de gran energía y fortaleza, se suicida combinando whisky con cianuro, a causa de una doble frustración insuperable: en la vida política y sentimental.

Algunas obras: La guerra gaucha (1905), Las fuerzas extrañas (1906), Cuentos fatales (1926). El libro de los paisajes (1917), Las horas doradas (1922), Romancero (1924), Poemas solariegos (1927). La organización de la paz (1925), Elogio de Leonardo (1925), La grande Argentina (1930), La patria fuerte (1930), Política revolucionaria (1931).

 Yzur [1]

Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.

El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:

Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.               

Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado.

La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. “No hablan, decían, para que no los hagan trabajar”.

Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico:

Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal.

Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje.

Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas.

Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones.

Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón) era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi, en apariencia, disparatada teoría.

Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.

No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables.

Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables.

El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión:

Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono.                                                           

Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu.

Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco.

Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo.

Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran.

La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte.

Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios.

Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una “concatenación dinámica de las ideas”, frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo.

Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida.

Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito.

Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?…

Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur.

Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata.

Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes.

Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar.

Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar.

Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente.

El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua.

Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido.

Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo.

En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes.

Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono “hablando verdaderas palabras”. Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad.

No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad.

En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia.

No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas.

Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos.

A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba.

Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona.

El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así.

Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el “yo soy tu amo” con que empezaba todas mis lecciones, o el “tú eres mi mono” con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios.

Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad.

Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura.

He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla.

Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración.

Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca.

Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies:

-AMO, AGUA, AMO, MI AMO…

 [1] Cuento perteneciente al libro de relatos Las fuerzas extrañas, 1906. Copia recogida en Ciudad Seva: Casa Digital del escritor Luis López Nieves, http://ciudadseva.com/

 

La otra Por Ana Riera

En el dormitorio de Olivia hacía mucho calor. Esa era la única queja que tenía la chica. Por lo demás, su recién estrenada vida le parecía maravillosa. Había conocido a Manuel apenas hacía seis meses. Ella disfrutaba del único día que libraba sentada en un banco del parque. Los árboles empezaban a deshacerse lentamente de sus hojas, como con desgana, y los niños correteaban persiguiendo a los gorriones y a las palomas. Manuel apareció de repente, como salido de la nada, y le pidió permiso para sentarse a su lado. Sin duda era el hombre más apuesto que le había dirigido la palabra. Bueno, con excepción de don Matías, el señor de la casa donde servía, que también tenía buena planta y a veces le hablaba, pero sólo para pedirle algo o darle alguna orden. Si no hubiera pasado lo de la paloma, ella hubiera permanecido callada y mirando al frente, como correspondía a una moza decente. Pero quiso el destino que el animal pasara justo por encima de ellos y que en el momento más inoportuno tuviera un apretón que fue a parar directamente sobre la solapa de su compañero de banco. Ante su exclamación de asco, y al darse cuenta de lo que había sucedido, Olivia no tuvo más remedio que auxiliarle. Le prestó su pañuelo de hilo blanco y antes de darse cuenta habían entablado una agradable conversación. Al caer la tarde, mientras el farolero encendía los faroles de la calle uno a uno, la acompañó hasta la parada del tranvía y quedaron en verse a la semana siguiente, cuando la chica volviera a librar. Y ahora, apenas seis meses después, ahí estaba, de ama y señora, casada con Manuel, encantada de poder dedicarse a sus quehaceres en esa hermosa casa que su marido había heredado de sus padres y cuya única pega era que en el dormitorio hacía mucho calor.

En el resto de la vivienda la temperatura era agradable, como correspondía al tiempo primaveral que imperaba en la calle. Algunos rincones podían quedarse incluso algo fríos, sobre todo por la noche. Pero en su dormitorio hacía calor. Era un calor pegajoso, asfixiante, que de madrugada le obligaba a destaparse retirando la colcha y la sábana, y de día, si andaba trajinando, le perlaba la frente de minúsculas gotas que surcaban su piel como alocadas ninfas. En un primer momento pensó que sería por la orientación de la estancia, o por algún extraño fenómeno físico que ella, con sus estudios básicos, no alcanzaba a comprender. Pero el calor no siempre estaba presente. Era como si anduviera agazapado tras la puerta, o detrás del armario de nogal que cubría la pared del fondo, y se echara sobre ella de repente, cogiéndola por sorpresa. Olivia corría a abrir la ventana, para que entrara el aire impregnado de prímulas y azahar, o escapaba a la sala de estar dejando la puerta abierta de par en par. Pero luego se metía en la cocina y se ponía a guisar escuchando la radio, o se ponía a ordenar el precioso baño, con bidet y bañera entera, de patas doradas, y se olvidaba de todo.

La señora de la casa. Qué bien le sonaban esas palabras. Todavía no acababa de creérselo. Ella, justamente ella. Eran demasiados años trabajando de criada, casi desde que tenía uso de razón, cuando se marchó del pueblo y se puso a servir. Por eso lo primero que hacía nada más levantarse era colocarse frente al espejo del baño y repetírselo una, dos, cien veces: “Eres la señora de la casa. Se acabó servir a otros. Ahora sólo tienes que ocuparte de Manuel, y de ti misma, claro”. Poco a poco había empezado a creérselo, al menos de puertas adentro. Cuando salía del piso, sin embargo, le resultaba un poco más difícil convencerse. La vecina de su mismo rellano, una mujer unos años más mayor que ella, evitaba mirarla a la cara, aunque para ello tuviera que adoptar posturas incoherentes. Las vecinas de más edad, en cambio, la miraban fijamente y entonces era ella la que bajaba la cabeza y se concentraba en contemplarse los pies. No podía soportar sus ojos escrutadores, a medio camino entre la reprimenda y el rechazo. Olivia suponía que era por su origen humilde y también por la gran diferencia de edad que había entre ella y su marido. Respecto a lo primero pensaba que no tenía la culpa de que Manuel la hubiera elegido a ella. Él supo desde el primer momento a qué se dedicaba, pero no le había importado. Cierto era que al principio se había resistido un poco a sus galanterías porque pensaba que quería aprovecharse de ella. Pero un hermoso anillo unido a una propuesta de matrimonio le quitaron en seguida esa idea de la cabeza. En cuanto a lo segundo, le daba absolutamente igual. De hecho, prefería que fuera mayor, porque se sentía más segura, más protegida.

La conversación empezó de la forma más inocente. Olivia le preguntó cómo le había ido el día, igual que hacía todas las noches cuando su marido llegaba a casa tras terminar la jornada laboral.

–¿Qué tal todo por el despacho?

–Bien, bien. Sólo que he pasado un poco de calor. Mi secretaria es una friolera y no quiere ni oír hablar de que abra la ventana. Dice que la primavera es una estación muy traicionera y que no le apetece coger un catarro. No sé por qué tenéis que ser tan débiles las mujeres…

–Habla por ella. Ya me gustaría a mí ser un poco más friolera. ¡Así no pasaría tanto calor en nuestro dormitorio!— comentó Olivia mientras le alcanzaba las zapatillas y el batín de boatiné.

–¿En nuestro dormitorio? ¿Calor? ¿A qué te refieres?

–¿No has notado que en nuestra habitación a veces hace mucho calor?

–Hombre, en agosto sí, pero porque hace calor en todas partes.

El tono frío e indiferente con el que pronunció estas palabras la hicieron enmudecer. Cierto era que nunca hasta ese instante había sacado el tema. Pero si no lo había hecho era precisamente porque lo daba por sentado, porque lo consideraba demasiado obvio incluso como para comentarlo. Además, no quería parecer desagradecida con el hombre que tan bien se había portado con ella. Ahora descubría, sin embargo, que era solo cosa suya, que el calor la acechaba solo a ella, la buscaba solo a ella. Eso la confundió. Tanto que, después de darle unas cuantas vueltas, decidió que no podía ser cierto, que también Manuel tenía que sentirlo en algún momento. ¿Pero entonces, por qué la engañaba? ¿Por qué no quería reconocerlo? ¿Qué ganaba con eso? Cansada de no hallar respuestas convincentes, se dijo que lo vigilaría mientras dormía, que trataría de pillarle en algún gesto que demostrara que no había sido sincero con ella.

Lo espió durante tres largas semanas. Si se despertaba a media noche con la piel caliente y mojada, se hacía la dormida y le miraba de reojo. Invariablemente le encontraba durmiendo plácidamente, como un niño, con una media sonrisa dibujada en la cara. En un par de ocasiones se aventuró incluso a tocarle el torso, con mucho tiento para no despertarle, pero su piel estaba completamente seca, ni muy caliente ni muy fría. Un domingo por la mañana, al notar que los sofocos se apoderaban de ella mientras hacía la cama, le llamó con una excusa inventada, para ver si al entrar de golpe se le escapaba alguna mueca inconsciente que denotara que también él lo había notado. Pero lo único que consiguió fue que se enfadara por haberle hecho ir hasta allí para nada. Olivia estaba cada vez más desconcertada.

Un día, al volver de la compra, le comentó a la portera que a veces tenía ataques de calor. Pensó que una mujer más experimentada como ella la calmaría, la haría entrar en razón. Pero lo que hizo fue alarmarla. Le contó que una prima suya del pueblo, Paquita, había empezado con unos sofocos inocentes y había acabado muriendo de un tumor en el intestino delgado, que una moza como ella no debería sentir ese tipo de cosas. Olivia se asustó tanto que esa misma noche le pidió a su marido que la llevara al médico. Le dio vergüenza hablarle de lo que realmente le pasaba a su marido, así que cuando le preguntó por los síntomas le dijo que se sentía mareada y débil, como sin ganas de nada. Pensó que le había convencido, que con eso bastaría para que pidiera hora al médico de familia. Sin embargo, Manuel adoptó una expresión un tanto enigmática, parecida a la que pone un padre cuando tiene que regañar a una hija sin estar convencido de ello, y le espetó:

–Iremos al médico, sí. Pero dentro de unas cuantas semanas, cuando empiece a notarse. Ya era hora, empezaba a pensar que estabas seca o que no querías hacerme padre…

Olivia tardó unos segundos en reaccionar. Sabía muy bien a qué se refería su marido, y sabía también que sus encuentros amorosos de los sábados por la noche podían acabar en un embarazo.  No era tonta. En la casa que servía antes había tenido que ayudar en los dos partos de la señora. De hecho, era algo que deseaba desde el día mismo en que se habían casado. Pero lo cierto era que no creía estar en estado de buena esperanza. Hacía demasiado tiempo que notaba los calores repentinos, si fuera eso habría tenido que notar algo más, si fuera eso lo sabría. Sin embargo, no quiso contrariar a su marido y decidió que esperaría algunas semanas más. Total, aparte de eso, ella se encontraba perfectamente bien.

Desde el día que le había hablado de sus sofocos, la portera también la miraba de un modo extraño. Seguía saludándola cuando se cruzaban, aunque con un hilo de voz apenas audible, como si se arrepintiera de ello, pero a la vez le diera pena no hacerlo. Y entonces, sin venir a cuento, un buen día le habló de la otra. Lo hizo como quien no quiere la cosa, como de pasada. Pero a ella le pareció que había estado dándole muchas vueltas, que le había costado decidirse. Lo pensó al darse cuenta de que le temblaba un poco la voz y al ver que evitaba su mirada haciendo que leía los datos de una carta sin haberse puesto las gafas:

“¿Le gustaría que me ocupara de hacer el rellano? Es que a la anterior esposa de don Manuel no le gustaba que lo hiciera.”

Manuel no le había mencionado nunca que ya hubiera estado casado, ni había nada en la casa que pudiera darlo a entender. Ni una sola fotografía en el mueble de la entrada, donde ella había colocado la del día de su feliz enlace. Ni una sola prendaolvidadaen el armario donde ella guardaba sus escasas pertenencias. Ni un perfume a medio usar en la repisa del baño donde ella dejaba su cepillo y la colonia fresca que Manuel le había regalado al mes de conocerse. El descubrimiento la alteró un poco. Una vez más se sentía engañada. Se le instaló un nudo de lo más desagradable en la boca del estómago, como el día que se subió al auto de línea recién cumplidos los 13 para dirigirse a la capital, dejando atrás todo aquello que conocía. Pero una vez encasa, en cuanto volvió a ver el hermoso mosaico de los suelos, los caros cortinajes del salón, los esbeltos candelabros de platasobre la repisa de la chimenea, la espléndida porcelana de la alacena y la reluciente cubertería, se dijo que eso pertenecía al pasado de Manuel, a un tiempo en que todavía no se conocían, y que por tanto no tenía nada que ver con ellos. Se sentía demasiado afortunada como para dejarse intimidar por fantasmas del pasado. Se dijo que si alguien volvía a sacarle el tema pondría la oreja recta y atajaría el tema por lo sano. Y se prometió no preguntarle jamás a su esposo, jamás de los jamases, nada que tuviera que ver con su primera esposa.

No le resultó nada fácil cumplir lo que ella misma se había impuesto. Esa noche, mientras cenaban los dos solos, uno a cada lado de la mesa de nogal, no pudo evitar echarle varias miradas furtivas, intentando adivinar las razones que le habrían llevado a ocultárselo. Eso también. Tal vez sus motivos no tuvieran nada de siniestros. Tal vez lo único que pretendía callándoselo era que ella no se sintiera incómoda. Sí, seguro que era eso. Además, tampoco hacía tanto que se conocían y Manuel era un hombre reservado. Era uno de los rasgos que más le gustaban de él, porque también ella era tímida y algo vergonzosa. Probablemente se lo acabaría contando más adelante, cuando tuvieran algo más de confianza. Pero lo cierto es que los días pasaban y ella no lograba quitárselo de la cabeza. En una ocasión se sorprendió incluso olfateando el aire en un intento vano de hallar algún resto de olor que pudiera servirle de pista.

Su promesa, no obstante, no incluía a terceras personas. Por eso días más tarde, cuando la portera golpeó insistente su puerta, en vez de limitarse a coger los choricitos que le había traído del pueblo, la invitó a pasar y le preparó una infusión. Durante un rato hablaron de cosas banales. Luego, aprovechando una breve pausa, respiró hondo y lanzó la pregunta:

“¿Qué le pasó a su primera esposa?”

La portera la miró sin verla. De repente pareció hallarse muy lejos de ahí. Un silencio espeso se instaló entre ellas, sobre la mesa, y resbaló hasta el suelo difuminando el contorno de las baldosas. Olivia no osaba decir nada. Tenía la sensación de haber cometido una terrible imprudencia. Quién era ella para inmiscuirse en historias ajenas, quién era ella para hacer preguntas indiscretas. ¿Acaso no le había enseñado su madre a no meterse en la vida de los demás? ¿Tan pronto se le había olvidado la discreción propia de una criada? El sonido de la silla al golpear el suelo la devolvió a la realidad. La portera se había puesto de pie con tanto ímpetu que la había derribado.

“Tengo que irme. No puedo dejar la portería sola tanto rato. Simplemente no puedo. Lo siento”.

Como era de esperar, la extraña reacción de la portera no hizo sino acrecentar la curiosidad de Olivia. Esa noche, tumbada en la cama, oyendo la respiración pausada de Manuel, empapada una vez más en sudor a causa del asfixiante calor que le quemaba la piel, trató de imaginar lo que habría pasado. Pero por muchas vueltas que le diera no sabía a qué atenerse. Por fin pensó que lo único que estaba claro era que se había equivocado lanzando una pregunta tan directa. Si quería averiguar algo debería tener más mano izquierda.

La oportunidad se presentó unas semanas más tarde, cuando la aldaba sonó con fuerza a media mañana obligándola a dejar sus quehaceres y a dirigehasta la puerta. Al abrir el pesado portón se encontró de bruces con la limpia mirada del chico del colmado. Era el hijo de los dueños y tenía más o menos su misma edad. Además de ayudar en la tienda, se encargaba de llevar los pedidos. Olivia solía traerse las viandas en su propia cesta. Pero ese día había hecho una compra más grande.

“Hola, pasa. Déjalo en la cocina, por favor.”

Al ver que el chico se dirigía sin dudar hacía allí, se dio cuenta de que no era la primera vez que entraba en aquella casa.

–¿Hace mucho que trabajas en el colmado?

–Pues sí, hace ya unos cuantos años-respondió él mientras avanzaba por el pasillo.

–Entonces conocerías a la anterior señora, ¿no?

El muchacho se detuvo en seco y se giró hacia ella sorprendido.

–Sí, claro. Decía que no podía cargar peso, que tenía la espalda delicada. Así que me tocaba siempre traerle la compra. ¿Por?

–No, por hablar de algo.

Después de la experiencia con la portera, había decidido ser más discreta, no precipitarse. El muchacho sacó las viandas del carro, las colocó sobre el mármol blanco y deshizo el camino hasta la puerta.

–Ahí se lo dejo todo. Buenos días.

La chica se mordió el labio inferior. Se moría por seguir preguntando, pero logró controlarse. Justo mientras la puerta se cerraba tras la silueta del chico, su voz volvió a colarse en el vestíbulo.

–Por cierto, se llamaba como usted. Olivia. Qué coincidencia, ¿no?

Desde que el médico les había asegurado que no estaba en cinta y que los sofocos que experimentaba parecían tener un origen psicosomático, una palabra que Olivia no había oído jamás y que por tanto no acababa de comprender, Manuel había empezado a comportarse de un modo extraño e inquietante. Por la mañana, cuando le servía el café, ya no le dedicaba una sonrisa de aprobación, y se parapetaba tras el periódico para luego precipitarse hacia la puerta. Por las noches, al regresar del despacho, lo primero que hacía era poner la radio, con el volumen bien alto, atajando de raíz sus esfuerzos por entablar una conversación. Y luego, con el último bocado todavía en la boca, se retiraba a su estudio y cerraba la puerta. Así llevaba toda la semana.

Olivia se sentía muy desgraciada. No comprendía qué había pasado, qué era lo que había hecho mal. Entendía que su marido quisiera ser padre, incluso que tuviera cierta prisa porque ya iba teniendo una edad. Pero ella era joven, antes o después su cuerpo se llenaría de vida, estaba segura de que sería así. Y por otro lado estaba lo de la otra. Desde que sabía que compartía el nombre con ella tenía la sensación de que no estaba sola. Era algo apenas perceptible, que iba y venía, y que podía manifestarse de distintas formas. A veces le parecía percibir el eco de una voz lejana que se escapaba por el papel pintado de las paredes, otras un leve suspiro junto a la nuca que le estremecía el cuerpo entero o la sensación de unos ojos que se le clavaban como alfileres y la obligaba a girarse de golpe.

Lo peor llegó el sábado. Manuel no apareció a la hora de comer, como era habitual. Lo estuvo esperando mucho rato, con la olla en el fuego. Primero pensó que habría surgido algún contratiempo en el despacho, luego que le habría pasado alguna desgracia. Estuvo a punto de llamar a la vecina, para que le dejara usar el teléfono, ya que ellos no tenían. Pero al regresar por enésima vez de mirar por la única ventana que daba a la calle, vio su imagen reflejada en el espejo del aparador y supo que no le ocurría nada, que simplemente no pensaba comer con ella. Fue a la cocina arrastrando los pies, apagó el fuego y tiró el guiso a la basura. Le odió por dejarla allí sola, sin ninguna explicación, haciéndose preguntas que no sabía responder, dejando que la angustia la consumiera. Con el pasar de las horas, la zozobra dio paso al enfado, que fue creciendo hasta convertirse en ira. No era justo.

Serían cerca de las siete de la tarde cuando abandonó decidida el sofá donde se había refugiado las últimas horas y se dirigió al despacho de Manuel. Se sentó en su silla de piel gastada y madera noble. Estaba fría y no le resultaba nada cómoda. Se entretuvo mirando los papeles que había sobre la mesa y curioseó en los tres cajones de la derecha. Nunca antes había osado hacerlo. Entraba solo para limpiar y ordenar un poco. Nada más. Sus ojos se posaron en el cajón estrecho que había justo debajo del tablero de la mesa. Trato de abrirlo, pero estaba cerrado con llave. Se puso a buscarla frenéticamente, como si de repente le fuera la vida en ello. En algún momento incluso le pareció que no era ella la que guiaba sus pasos, sino una fuerza interior que nacía de algún punto indeterminado de su ser. De repente, mientras miraba de nuevo por las estanterías, se fijó en una biografía sobre una tal Olivia de Havilland. Otra Olivia. Antes siguiera de completar ese pensamiento, sus manos ya habían decidido por ella y se habían apropiado del libro. Lo abrieron convulsas. En la parte de atrás de la portada había una pequeña llave pegada con un trozo de cinta adhesiva. Como ella ya sabía, encajaba perfectamente en la cerradura del cajón.  Sacó la carpeta de piel que había dentro. Aspiró su fuerte olor. La abrió. Dentro había un recorte de periódico.  El titular la golpeó con toda su crudeza:

“Una mujer muere abrasada mientras dormía a causa de un extraño y desafortunado accidente”.

Lo leyó intentando no perder la calma. No lo consiguió. Ni siquiera se molestó en ocultar las pruebas. Se abalanzó corriendo hacia la puerta con el pánico desfigurándole la cara. Cuando se topó con él de bruces,un grito desgarrador afloró en su boca. Cuando la empujó hacia dentro y corrió el cerrojo de la puerta ya solo pudo oír la voz de la otra inundándole la cabeza: te dejé el calor, intenté avisarte con el calor, de veras lo intenté.