El tráfico se iba espesando por minutos. La sucesión de coches se trenzaba sin orden en la carretera dejando que cada uno se situara de acuerdo con sus intereses o su impaciencia. Antonia suspiró, estaba acostumbrada a atascos y parones. Gastaba varias horas de su vida diaria dentro del habitáculo metálico. Una botella de agua, un espejo frente a ella que subía y bajaba con frecuencia, el móvil cargándose en el enchufe junto a ella; se acercaba la hora de comer, llegaría a tiempo. Por un instante miró hacia el exterior, los árboles no se movían como sucedía kilómetros atrás; estaban quietos, impertérritos, contemplando desde la placidez de su eternidad el caos que comenzaba a formarse frente a ellos. Antonia se fijó en la forma de sus ramas, algunas estaban dispuestas a un abrazo, otras se presentaban amenazadoras, le impresionaron más las que denotaban cansancio y se caían por el peso del tiempo o de la pasividad de sus existencias. El color predominante no era el verde.
La sobresaltó el sonido de la radio. Una voz grave destacaba por delante de la dulce música anterior, anunciando algo que no entendió. Cambió la emisora: voces entrecortadas, fragmentos de canciones mil veces oídas, charlas sobre temas que conocía. Al otro lado del cristal, el ambiente se iba llenando con pitidos impacientes y nerviosos. Giró la cabeza, necesitaba tranquilidad. Un ligero grito histérico la hizo mirar hacia la derecha. Un inoportuno adelanto. Sus nervios se mantenían tranquilos aún. No le gustaba conducir pero estaba segura que jamás perdería los nervios por una cuestión de tráfico. Se volvió a entretener mirando los árboles y con ellos quiso compartir su inquietud. Pero no encontró calma en esa mirada. Las hojas se insinuaban rígidas y amenazadoras. Y de pronto todo fue a peor. Apenas lo sintió, casi no percibió unos faros en forma de rombo que se acercaron a ella, haciendo parpadear con cierta agresividad una ráfaga de luz. El retrovisor interior reflejó la imagen. El histérico había llegado junto a ella. Era imposible adelantar. De nuevo las luces largas le exigían que se apartase. Aumentó su incredulidad. Miró de nuevo por el retrovisor. No podía distinguir nada dentro, se veía oscuro, a través de los cristales no se percibía figura alguna. Era absurdo. Antonia tomó su botella de agua, un largo sorbo la obligó a tragar su perplejidad que comenzaba a inundarla. De nuevo una ráfaga de luces blancas y azuladas.
No fue muy fuerte pero lo notó. Un ligero golpe en su parte trasera la hizo emitir una queja…¡qué se habrá creído ese idiota! Pensó en bajar la ventanilla y protestarle. No lo hizo. Se imaginaba segura en medio de aquel caos pero algo la indujo a no bajar el cristal. Lanzó una frase de protesta. Estaba sola, nadie podía escucharla. Miró de nuevo por el espejo interior. Una sombra difuminada por los rayos de sol se distinguía al otro lado de la luna trasera en el otro vehículo. ¡Claro, como si los coches pudieran conducirse solos! Una mueca de sonrisa le permitió relajarse en un visto y no visto, porque el impacto por detrás de nuevo la hizo sobresaltarse. Quien fuera debía estar loco. Esperaba, casi imploraba, una mirada cómplice de alguno de los otros vehículos. Nadie se daba cuenta. Tenía que pararse, era lo habitual en estos casos. Pensó detenerse en el arcén. Lo desechó de inmediato. El otro esperaba esa reacción, además el fluido de coches era tan constante que apenas había sitio para la maniobra, lo que dificultaría incorporarse después. Un monólogo interior que sonaba a excusa, confesó entre aturdida e inquieta.
Giró la cabeza mirando hacia atrás, apenas se veía nada en el coche que la seguía. Se esforzó estirando el cuello por encima de los reposacabezas traseros, para detectar por un trozo del cristal quién conducía de ese modo. La distancia entre ambos coches era muy corta, una maniobra acelerada o impulsiva daría con su parachoques en el de atrás. Antonia notaba que le costaba mover el vehículo, la sensación la agobió. Se creía una experta conductora pero había algo en ese coche que la superaba. Tenía la horrible sensación de tenerlo encima, subido sobre su coche. Tomó de nuevo la botella, un pequeño hilito la recordó que estaba siendo una carrera demasiado larga. Notaba la garganta reseca y áspera. En breve, se le acabaría el avituallamiento. Apenas había avanzado unos pocos kilómetros. El viaje aún era largo hasta el refugio de su madre.
De nuevo un golpe trasero la arrancó de su intento de relajación. Este golpe fue seguido por otro. Un bocinazo la descolocó aún más. Tenía que parar. Miró por la ventanilla del conductor. En el carril derecho se insinuaba un hueco entre dos coches por el cual podía colarse hasta llegar al arcén de ese lado. Se sentía acelerada y debía poner más espacio entre el extraño amenazante y su vehículo.
En décimas de segundo, el otro se colocó a su lado en una maniobra imposible, sin darle tiempo a reaccionar. Nadie bajaba las ventanillas. Acaso no se habían percatado de la temeridad de esa maniobra, protestó víctima de un nerviosismo cada vez más alto. Nadie parecía percibir el comportamiento agresivo y opresor de ese conductor. Antonia comenzaba a asustarse. Intuía un miedo paralizante. Aquel extraño parecía conocer sus reacciones antes que ella.
No quería mirar a su derecha pero no podía evitarlo. El cristal del coche contiguo estaba ahumado, apenas a unos centímetros del suyo. La habilidad conductora de Antonia flaqueaba, mantener el equilibrio le costaba. Sentía una atracción como un imán que le hacía acercarse cada vez más, sin mostrar su rostro, su aspecto. De pronto se separó dejando que ella respirara. Bajó la cabeza aliviada, resoplando su miedo. A la izquierda las dulces hojas de los árboles se habían vuelto violentas, cómplices silenciosas de su terror. Si al menos pudiera salirse de la carretera y avanzar por un camino lateral, el histérico se olvidaría de ella. Sin saber por qué esa solución no le pareció posible.
Bajó el espejito que tantas veces usaba para aplicarse el carmín antes de una visita o para peinar sus cejas espesas. Herramienta fiel de sus trayectos comerciales, siempre le daba la última imagen antes de la visita. Incluso unas profundas ojeras, o las arrugas de un ceño fruncido con demasiada asiduidad o las líneas de expresión fuertemente dibujadas, se ocultaban con un buen maquillaje. Debía mostrarse perfecta, su trabajo era ahora lo más importante en su vida. Sus ojos se mostraban atrapados por la ansiedad y el temor a un desconocido. Le costó reconocerse en la imagen reflejada. El pánico comenzaba a desmoronar su aparente entereza.
Fueron décimas de segundos o menos incluso lo que duró la sensación de alivio, hubo un avance inesperado en la carretera que, de repente, engullía a los coches dando fluidez y velocidad al tráfico. Antonia aceleró, el coche de al lado también. En un ademán difícilmente explicable se volvió a colocar tan cerca que oía retumbar su acelerador. El zumbido le recordó a un coche antiguo. Sentía que el conductor le retaba, la invitaba a acelerar aún más. Antonia no podía evitarlo, entre el terror y la embriaguez del ruido del motor, tomó la palanca de marcha para comprobar que seguía en tercera. Apretó los dientes y con el pie en el embrague hasta el fondo, metió la cuarta confiando en que todo volviera a unas horas antes, a cuando abrió la puerta confiando en ese nuevo día.
Avanzaba con la mirada puesta en el espejo retrovisor contando cómo aumentaba la distancia con el coche trasero. No veía nada más. No podía. El de atrás la seguía a cientos de metros. Delante, al lado, el resto de coches de cualquier marca, tamaño o color se mantenían ajenos, ignorando su angustia.
Los árboles aplaudían, las gravillas del asfalto saltaban entusiasmadas. El espectáculo de aquella mujer rota bien merecía su atención. Parecía que el tiempo se hubiera detenido, la vida cesaba en su devenir mientras Antonia iba notando cómo un torrente de sudor le invadía la frente, el cuello y la espalda. Se paralizó al pensar en él; el autor de una broma pensó al principio. Con el tercer mensaje comenzó a entender que iba en serio… pero esto, esto era otra cosa.
Ahora no podía pensar. Estaba aturdida. Allí estaba, no podía distinguir si tenia pelo negro o gafas de pasta, pero seguro que era él. Al mismo tiempo que la intranquilidad la dominaba, sentía furia por su madre… ¿por qué no le respondía? La había llamado por el manos libres, tampoco ella la ayudaba… no eran imaginaciones suyas. Necesitaba su protección… la esperaba para comer, ya tendría que haberle contestado.
A lo lejos unas luces rojas, una serpiente de luces rojas se acercaba hacía Antonia que sólo sentía su respiración agitada por la victoria que, por fin, parecía alejarla de aquel loco. El coche temerario frenó. El resto de vehículos hicieron lo mismo. La felicidad de Antonia era total, había conseguido alejar el miedo con su pericia conductora. Se desinfló a tiempo para pisar el freno, todo su cuerpo se abalanzó hacia delante con un vaivén descontrolado. Sus faros rojos se quedaron a un milímetro del vehículo delantero. Al fin respiraba… Miró hacía el móvil, no había ninguna llamada, nadie había querido ayudarla en esa carrera desenfrenada… Le volvió la inquietud. Se había desembarazado del agresor del coche, al que ya no veía por su retrovisor, había dormido mal, quizás se lo había imaginado. La conducción es terrible en una ciudad así… eso es. Poco a poco volvió a sentir que los latidos de su corazón se acompasaban; volvió a mirar por la ventanilla izquierda hacia los árboles que se alejaban dando paso a una cadena de pequeños cerros grises. Conocía el paisaje… se embelesó en contemplarlo, no le gustaba especialmente pero sirvió para tranquilizarla un poco más.
La pauta musical de los pitidos del móvil sonó. Por fin su madre la llamaba, tenía que contarle su angustia de los últimos días, los anónimos en el buzón, las llamadas silenciosas… Desplazó la mano derecha del volante y la mirada del cristal delantero por un segundo para comprobar que era un número desconocido. Pulsó la tecla verde. Una voz grave retumbó en todo el habitáculo: “Sé dónde vas, no será tan fácil deshacerte de mí, y lo sabes. Estoy con tu madre”.
El temblor de la mano de Antonia no acertaba a apagar esa voz amenazante, tampoco podía contestarle, gritarle que la dejara en paz, ¿cómo había averiguado dónde vivía su madre? La había seguido, conocía su vida, su entorno, todo. La pierna derecha del acelerador estaba desbocada, en el estómago las mariposas se habían tornado en escorpiones que la devoraban…
La policía no era la solución, no le creerían… Miró por el retrovisor de nuevo sin prever que una curva pronunciada rompía la carretera.
Miró adelante un segundo antes de saber que eso era el final de su loca carrera. No hubo intervalo para más: su cabeza, su cuerpo comenzaron a dar vueltas por el impacto, como una muñeca de trapo. Demasiado fuerte para evitarlo, demasiado grande para aguantarlo. Las voces lejanas se oían difuminadas. No podía hablar, pero sabía que había alguien que la observaba en la distancia. Boca abajo notaba la presión de todo su habitáculo de metal. Casi sentía la gravilla del frenado inútil en su boca, mezclada con náuseas con sabor a sangre. Abrió un ojo, la botella desparramaba el agua que se mezclaba con cristales, vísceras y piel. Tenía mucha sed. La presencia se hacía más notoria. Estaba aterrada. Quería seguir respirando. No podía. Arrastró la mano dolorida para coger el móvil que enganchado parpadeaba con la entrada de varios mensajes nuevos. El pecho le pesaba demasiado. Se le escapó una lágrima. Nadie la iba a salvar, sabía que moriría allí, boca abajo, pegada al suelo.
Al otro lado de la carretera, las hojas amarillentas de un otoño incipiente comenzaron a agitarse con el rugido del motor del vehículo antiguo con cristales ahumados que huía de la escena.

