James Un relato de Ana Riera

–Y el MVP de la final es… ¡James Malory!

James se sobresaltó al oír su nombre. Durante unos segundos no se movió, ni siquiera pestañeó. El compañero que tenía al lado tuvo que darle un codazo para que reaccionara. Al notar el golpe, James levantó la mirada. El máximo responsable de la NBA sostenía el premio en las manos. Lo miraba paciente, con una media sonrisa colgada de los labios, pero sin apremiarle. Había estado en su situación y sabía que los premios podían resultar desconcertantes, incluso despertar sentimientos encontrados. James se obligó a avanzar, le devolvió una tímida sonrisa, cogió el premio, lo levantó en dirección a sus compañeros de equipo. Luego posó para la foto y escuchó impertérrito los aplausos entregados del público.

No era que no agradeciera el premio. Se sentía muy orgulloso. Cómo no iba a estarlo. ¡Había hecho realidad su sueño! Ese sueño que siendo sólo un chaval le empujaba a salir todos los días, tanto si hacía un calor pegajoso como si caían copos como puños, a tirar una y otra vez a la canasta que el ayuntamiento había instalado a tres manzanas de su casa. Siempre supo que quería jugar al baloncesto, quería ser alguien en la NBA. Ese era su sueño y lo había logrado.

James miró instintivamente hacia la grada y fijó la mirada en una figura pequeña que a cualquier otro le habría pasado inadvertida. Llevaba el escaso pelo gris, casi blanco, recogido en un moño diminuto. Él no alcanzaba a verlo desde la pista, pero imaginaba que tendría los ojos llorosos por la emoción y que estaría dándole gracias a Dios. Le bastó localizarla para trasladarse muy lejos, a cientos de kilómetros del pabellón en el que se encontraba, a otra vida en realidad.

Acababa de cumplir 18 años. Le habían concedido una beca deportiva en dos universidades de prestigio. Se sentía eufórico. Era verano, así que estaba de vacaciones, pero se había levantado pronto, para aprovechar el frescor matutino. Las primeras gotas le pillaron practicando tiro en la canasta que lo había acompañado la mayor parte de su existencia. Para cuando decidió dejarlo, ya estaba diluviando.

Al llegar a casa encontró a su abuela asegurando las ventanas.

–Han dicho por la radio que se acerca un ciclón que se ha desviado de su trayectoria, que va a llover muchísimo –le explicó con cara de preocupación.

–Siempre exageran abuela, les encanta asustarnos –le replicó James, con la indolencia propia de la juventud.

Técnicamente era su abuela, pero para él era una madre. A la suya, la biológica, se la habían llevado las drogas hacía una eternidad. Para recuperar sus rasgos tenía que hacer un esfuerzo enorme, tan grande que ya hacía mucho tiempo que había desistido.

Su abuela no había dicho nada ante el comentario de James, pero había seguido asegurando las ventanas.

–Espera, deja que te ayude. Tú limítate a supervisarme y a decirme si lo hago bien –añadió guiñándole un ojo mientras le apartaba las manos de una de las contraventanas.

Dos horas más tarde caía tanta agua que parecía que la vieja casa familiar iba a desplomarse en cualquier momento. Esperaron pacientemente a que amainara, sentados en la mesa de la cocina frente a un chocolate caliente, pero cada vez llovía con más violencia. Una hora más tarde la casa empezó a inundarse. El agua empezó a colarse por debajo de la puerta. Al principio no era más que un hilito apenas visible, al poco apareció un charco, no tardó en formarse un riachuelo.

La abuela cogió un cubo y una fregona e intentó acabar con él, pero no lo consiguió. En realidad, sabía que era inútil, pero no podía quedarse quieta. Tenía miedo. Cuando el agua comenzó a colarse también por la ventana de la cocina, más baja, fue James el que se asustó. Se acercó y atisbó por una grieta que había en una de las contraventanas. Lo que vio lo dejó aterrado. El agua entraba por la ventana porque ese era el nivel que había alcanzado en la calle. Estaba todo inundado. A la abuela le bastó ver la cara de su nieto para imaginar lo que sucedía.

De repente el miedo cedió. O no cedió, pero activó su sentido de supervivencia.

–Tranquilo cariño –dijo con su voz más dulce.

–¿Tranquilo? ¿Cómo voy a estar tranquilo? ¡Hay agua por todas partes! –dijo subiendo la voz y gesticulando de forma exagerada–.  ¿Qué vamos a hacer?

–Lo primero calmarte, porque la histeria no sirve de nada. Más bien todo lo contrario –contestó ella intentando que su voz sonara tranquila–. Y luego subirnos al tejado.

James miró a su abuela con los ojos como platos.

–¿Al tejado? ¿Es que te has vuelto loca?

–No, no me he vuelto loca. Tenemos que subirnos al tejado sí, porque es el punto más alto de la casa. Allí estaremos a salvo. Y será más fácil que nos vean.

–¿Qué nos vean? ¿Pero de quién demonios estás hablando? –chilló moviendo la cabeza de un lado a otro en señal de incredulidad.

–De los equipos de salvamento –repuso ella sin inmutarse.

James miró a su abuela. Parecía extrañamente tranquila. Eso lo puso todavía más nervioso.

–Escúchame James –dijo cogiéndole las manos–.  Sé lo que hago. Confía en mí.

James fue a replicar, pero la determinación de sus ojos interrumpió sus palabras.

–Vamos, no disponemos de mucho tiempo.

 

Siguiendo las consignas de la abuela, prepararon un par de mochilas con algo de comida y agua, y unas mantas. La abuela, además, cogió su rosario. James tuvo que ayudarla a salir por la ventana que había en el desván, aunque descubrió que estaba más en forma de lo que aparentaba. Ya en el tejado, sentados en un repecho que ofrecía una pared en la que apoyarse, se quedaron sobrecogidos al ver el dantesco espectáculo.

Todas las casas habían desaparecido al menos hasta la mitad. Parecían barcazas a la deriva. Los O’Sullivan estaban en su tejado, cinco casas más allá, y también los Richardson. Era un barrio humilde de casas unifamiliares sencillas, algunas muy viejas, varias abandonadas a su suerte.

James contempló la figura aparentemente frágil de su abuela y se estremeció de arriba abajo. Estaban atrapados allí arriba, sin poder moverse apenas, y no sabía por cuanto tiempo. No tardó en descubrir lo lento que podía llegar a pasar el tiempo, como si los minutos pudieran alargarse de forma infinita, esquivando las leyes que rigen el mundo. Su abuela se aferró a Dios. James no.

De hecho, le ofendía ver a su abuela pasando el rosario, deslizando las bolas entre los dedos una y otra vez. Le parecía absurdo que de entre todas las cosas que podía haber cogido hubiese elegido justamente esa. Cuando empezaba a rezar con su voz queda, la rabia se apoderaba de él. No podía evitarlo.

Para distraerse buscó cosas con las que entretenerse. Empezó apostando consigo mismo. ¿Qué aparecería primero, una lancha salvavidas o un helicóptero? ¿Cuántos días pasarían allí arriba? ¿Cuánto tardaría la abuela en desesperarse y lanzar el maldito rosario al agua?

Pero pasaban las horas y todo seguía igual. Ya hacía rato que había dejado de llover, aunque el cielo seguía mostrándose amenazante, como si todavía no estuviera dispuesto a soltar sus presas, como si necesitara regodearse un poco más en su victoria.

–¿Quieres un poco de agua?

La voz de la abuela sonó calmada. Eso enojó a James, que negó con la cabeza.

–Aunque no tengas sed, deberías beber un poco. Hace mucho rato que no bebes.

James no se molestó en contestarle, tampoco la miró.

–¿Cómo puedes estar tan tranquila? –le espetó pasados unos segundos.

–Hay que tener fe. Antes o después nos rescatarán, ya verás.

James soltó un bufido de incredulidad.

–¿De verdad crees que te van a servir de algo tantos rezos?

–Por supuesto. ¿Tú no? –le preguntó levantando mucho las cejas.

James le contestó con un prolongado silencio. Se sentía atrapado como un animal salvaje. Estaba convencido de que toda esa agua tardaría una eternidad en desaparecer. Se les terminaría la comida y la bebida. Qué ironía, morir de sed con toda esa agua alrededor.

James notó cómo se acumulaba en su estómago una especie de líquido oscuro y viscoso que de golpe salió disparado hacia arriba, inundando todo su cuerpo.  Se enfadó, se desesperó, gritó como un poseso, lanzó patadas y puñetazos al aire. Al final cayó agotado sobre las tejas mojadas, dándole la espalda a su abuela, que lo contempló sin decir nada.  Al día siguiente estuvo taciturno, le costaba pensar con claridad, como si una bruma pegajosa se hubiera apoderado de su cerebro. Apenas cruzó más de cuatro palabras con su abuela, que le obligó a beber varias veces y siguió pasando el rosario y rezando a Dios con su fe imperturbable. El tercer día, cuando despertó tras una noche convulsa, se acercó a ella sin decir nada, cogió el rosario que tenía en las manos y se unió a sus rezos.

Fue entonces cuando sintió que se le aligeraba un poco el alma, que la neblina que le emborronaba la cabeza empezaba a disiparse, que la ira daba paso a la aceptación y esta a confiar en que antes o después vendrían a por ellos. Ya más tranquilo, pudo apreciar que el agua empezaba a remitir y que el sol intentaba abrirse camino entre la espesa capa de nubes. Para cuando oyeron el ruido de las hélices de lo que no podía ser otra cosa que un helicóptero, James ya no era exactamente el mismo. Y, sobre todo, veía a su abuela con otros ojos.

–Ei, James. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Estás empanadísimo!

 

–¡Es que ha ganado el MVP! ¡Y eso lo ha dejado medio majara!

James miró a sus compañeros sin verlos todavía. Venía de muy lejos, por lo que necesitó un rato para volver a hacer pie en el presente. Uno de sus compañeros, Robert, hizo amago de robarle el trofeo, pero James no se lo permitió.

–Lo siento, amigo. Lo necesito –le dijo, dándole unos golpecitos en la espalda.

James se puso en pie, comprobó que su abuela seguía en su asiento y se dirigió hacia la grada. Al llegar a su altura, se sentó a su lado y le rodeó el cuerpo con su fornido brazo. La figura diminuta de la abuela desapareció casi por completo bajo el enorme cuerpo de su nieto.

–¿Estás contenta? –le susurró al oído.

–Sí, cariño. Me hace muy feliz que hayas hecho realidad tu sueño. ¡Y encima has ganado un premio! –añadió.

–Ya, bueno. ¿Sabes? Creo que en realidad este premio es tuyo.

–Pero qué dices. ¿Cómo va a ser mío? ¡Si ni siquiera sé jugar al baloncesto!

–Meter canastas es cuestión de práctica. Cualquiera puede hacerlo si se empeña. Pero tú me enseñaste lo importante que es tener paciencia y autocontrol, y analizar la situación en su conjunto. Por eso soy tan bueno en esto. Así que lo tengo clarísimo. Aquí la única MVP eres tú.

Amarga emoción Relato de Elisa Pérez

 

A las dos semanas de iniciarse en ese trabajo, le pidieron que acudiera a un hotel vestido con un traje carísimo que le habían facilitado desde la oficina. Le recibió un hombre mayor de pelo canoso y cuerpo enjuto. Tenía la camisa desabrochada hasta casi el ombligo. Con un amable saludo le invitó a que se sentara. Pasó 2 horas con él durante las cuales Edgar le acarició los pies, le escuchó hablar por teléfono y le acompañó en un orgasmo individual mientras se masturbaba. La escena le impactó. No le desagradaban los hombres, siempre había sabido que era especial en eso, en sus 25 años no había tenido más relaciones seguidas que las que mantuvo en su aldea en Bulgaria con su vecina, a la que toda la familia aceptaba en su dedicación a la llamada vida fácil. Tras esas primeras andanzas sexuales, se sucedieron otras dispersas, algunas olvidables, ninguna significativa.

 

 

—Creo que das el perfil perfecto para este trabajo —solo bastó esta frase hacía poco más de un año para que su vida diera un vuelco total. En ese momento su pelo lucía corto y seco, pero alguien se fijó en él.

Escucharle esa frase tan contundente, un día cualquiera al volver en metro de su trabajo como dependiente de supermercado, le dejó perplejo. Una ilusión desconocida le alejaba de su triste realidad iniciando lo que sería un recorrido alucinante con culto a su cuerpo, a su imagen, por encima de todo.

La oficina de la tarjeta que le entregó el desconocido en el metro lucía engalanada de fotos de chicos de diferentes razas a cual más bello o atractivo.

—¿Qué vas a dejar tu trabajo? ¿Por qué? —su hermano le miraba contrariado con la noticia, esperando que todo fuera un impulso más de Edgar, que solía vivir con demasiados pájaros en la cabeza, según le repetía a menudo.

—Sí, no soporto más ese lugar. Seguiré aportando en casa, seguiré viviendo contigo no te preocupes. Nada va a cambiar.

—¿De verdad? ¿Y cómo estás seguro de eso? ¿Te fías de un hombre que te dice que puedes dedicarte a qué? Dímelo, ¿a qué te vas a dedicar?

—¡Voy a ser acompañante de personas importantes Marco!

—¡Acompañante! —con un portazo que hizo temblar los cercos de la puerta, abandonó la habitación de Edgar antes de que éste le explicara más detalles de condiciones de su nuevo trabajo. No entendía por qué se enfurecía, no veía que era algo excitante para él, pero también para su hermano e incluso para sus padres a miles de kilómetros de distancia. Como eco escuchó de nuevo el golpe seco de la puerta de salida: su hermano se marchaba a su trabajo como guardia de seguridad.

En el espejo se estiró lo suficiente para exhibir los músculos bien dibujados de su abdomen. Edgar reconoció que le gustaba su cuerpo. Lo cultivaba, lo mimaba. El reflejo en el otro lado le ofrecía una imagen saludable y atractiva.

 

 

Se sentía impaciente a la vez que emocionado. Las maletas estaban preparadas en el suelo. Pensó que eran demasiadas, quiso reírse de su obsesión por comprar o poner en la maleta; y siempre concluía que todo lo que llevaba era necesario

De nuevo hizo un estiramiento, esta vez con los músculos de la cara. La mandíbula hacia la derecha, la frente arrugada y los labios retorcidos en pequeños círculos acompasados, eran como una señal inequívoca de que todo estaba en orden.

El aceite que había esparcido por su piel le daba un aspecto bronceado envidiable. En los últimos días había recibido unas cuantas sesiones de rayos uva para ocultar su peculiar color blanquecino.

Se había dejado el pelo más largo lo que le permitía hacerse pequeños moñitos que le facilitaban las tareas cotidianas. Durante el trabajo, lo enceraba hacía atrás confiriendo a su figura un aspecto más elegante y moderno.

Las primeras sesiones de estética o masajes las tuvo que pagar de su bolsillo, pero pronto descubrió que su cuenta bancaria aumentaba.

—Toma —sobre la mesa de la cocina Marco contempló el fajo de billetes que Edgar le dejaba, que se mantenía enaltecido con la superioridad que le daba demostrar a su hermano mayor que había hecho bien en cambiar de trabajo. Sólo llevaba un mes y ya ganaba más que durante seis meses en el supermercado.

—¡Toma! —le repitió esperando una respuesta o una mirada que no llegaba— … y envía a nuestros padres lo que quieras!. – Marco levantó el rostro, dudó si debía contarlo, le parecía mucho dinero. No hizo preguntas, no quería saber. Solo veía crecer a su hermano pequeño, le contemplaba cómo se cuidaba o compraba ropa, cara demasiado para ellos, pensaba.

—¿Sigues de acompañante o ya te han ascendido? —Edgar tampoco respondió, estaba en condiciones de soportar la ironía de su hermano, ya no era el que tenía que aguantar órdenes de él. Ahora se sabía dueño de su situación.

Cada vez que dejaba su casa para trabajar, dejaba atrás la miseria y entraba en un mundo mágico. Al pisar la alfombrilla del taxi que le recogía, se transformaba en una hermosa ameba marina. Se retocaba lo suficiente notando cómo la seguridad le invadía. Vestía de acuerdo con las circunstancias: desde la oficina le llamaban para darle las indicaciones de dónde ir y cómo hacerlo. Nunca sabía qué iba a encontrar en el destino pero siempre había lugares luminosos y personas pudientes que olían a colonia.

A las dos semanas de iniciarse en ese trabajo, le pidieron que acudiera a un hotel vestido con un traje carísimo que le habían facilitado desde la oficina. Le recibió un hombre mayor de pelo canoso y cuerpo enjuto. Tenía la camisa desabrochada hasta casi el ombligo. Con un amable saludo le invitó a que se sentara. Pasó 2 horas con él durante las cuales Edgar le acarició los pies, le escuchó hablar por teléfono y le acompañó en un orgasmo individual mientras se masturbaba. La escena le impactó. No le desagradaban los hombres, siempre había sabido que era especial en eso, en sus 25 años no había tenido más relaciones seguidas que las que mantuvo en su aldea en Bulgaria con su vecina, a la que toda la familia aceptaba en su dedicación a la llamada vida fácil. Tras esas primeras andanzas sexuales, se sucedieron otras dispersas, algunas olvidables, ninguna significativa.

Los encuentros con el hombre de pelo canoso se prolongaron en las siguientes semanas. Le agradaba estar con él, incluso no tuvo inconveniente en acceder a otras prácticas más agresivas, en las que se le notaba un absoluto experto. Edgar experimentó sensaciones nuevas, que le abrieron espacios desconocidos hasta entonces. Ese fue uno de muchos más. Las propinas también fueron en aumento. De pronto no cabían ya en la caja donde las guardaba sobre el altillo de su armario. No le apetecía contarlo pero intuía que pronto podría cumplir sus sueños.

Se fue al baño de nuevo, para comprobar por última vez que su aspecto no difería ni un milímetro de la imagen de seductor empoderado que buscaba. El taxi estaba a punto de llegar. Mientras retocaba el mechón rubio que se había desplazado hacia delante, recordaba aquel día. Hacía casi un año pero lo tenía muy presente. Era principios de verano, se había levantado tarde tras una noche intensa acompañando a dos ejecutivos que acababan de llegar de Miami.

—¿Edgar? Dos cosas: pásate por la oficina el jueves a última hora. Y esta tarde, vete al hotel HC Alcalá. No te olvides el bañador.

Estas fueron las instrucciones de su jefe, concreto sin concesiones, al contactarle la misma mañana para encomendarle el trabajo del día.

Era la primera vez que acompañaba a dos personas, hasta entonces los servicios habían sido individuales Entre ellos se sintió incómodo toda la noche. Los clientes conversaban entre sí, bebían, le miraban algo insolentes; sin hablar Edgar les sonreía, se movía ajustando su atuendo de vez en cuando, o para llevarse la copa de vino a los labios voluminosos en intentos estudiados de no perder las formas. Eran pautas de protocolo que debía cuidar siempre, le repetían desde la empresa. Esa era la primera norma; la segunda, satisfacer los deseos del cliente. Y eso hizo: respondió con gracia lo que le preguntaron, rio los chistes soeces que le dirigían y hasta permitió que ambos le ataran para hacer todo tipo de perversiones sexuales. Descubrió que su trabajo de acompañante se parecía bastante a la vida fácil de su vecina en Bulgaria. Por primera vez se sintió un objeto al alcance de unos pocos, aquellos que pudieran pagar los emolumentos de sus servicios que, sospechaba, debían ser bastante elevados. Hasta ese suceso no había sentido curiosidad por la empresa que le tenia contratado, que le había reclutado en el metro, guiados por su potencial, por su imagen, por su cuerpo.

Cada vez tenía menos tiempo libre y se veía más envuelto en una realidad paralela. Sin embargo, todo lo encubría en su interior, con los sueños que iba cumpliendo: se mudó solo a un apartamento, se compró un vehículo de lujo, llenó su vestidor de ropa y planeó viajar a su destino preferido, Miami. También los emolumentos fueron proporcionales al alejamiento de su hermano: “no me pidas que entienda y comparta lo que haces” fue lo último que le escuchó el día que se mudó a su nuevo apartamento.

El verano dio paso a un otoño con más clientes, que exigió fueran extranjeros en todos los casos. A poder ser de lengua inglesa, le dijo a su jefe en aquella conversación que mantuvieron aquel jueves estival. Su jefe, un hombre orondo de mirada lasciva de origen cubano y siempre rodeado de mujeres diferentes, le felicitó por su integración, le propuso ampliar su compromiso con el negocio y participar en acompañamientos (eventos) con clientes en otros países. “el dinero está llamando a nuestras puertas y debemos dejarle pasar“.

Desde ese momento la vida de Edgar fue un rodar constante entre manos y cuerpos, comidas y eventos que le exigían cada vez más dedicación y esmero. Ya no bastaba con cuidados personales y ropa aparente, ahora debían ser tratamientos innovadores para el cuerpo; o ropa con marcas inaccesibles para la inmensa mayoría. Los excesos se convirtieron en frecuentes y los descontroles de horarios le impedían hablar con su hermano o su familia en meses.

Entrando en el invierno, su cuerpo estaba exhausto de la actividad. Se movía en un torrente de altibajos, tan pronto se encontraba eufórico con sus logros, como dudaba de lo que hacía o hasta cuándo podría con ello. No había visto a sus padres que jamás le preguntaron el origen de las sustanciosas cantidades semanales que les enviaba. Tampoco su hermano parecía disgustado con los aportes extras que le ingresaba.

—¿Edgar? Prepárate tienes un servicio muy especial, Sales de viaje esta misma tarde, prepárate para exhibir tu hermoso cuerpo en Miami Beach —la seriedad de su jefe se percibía a través del auricular.

—Ehh? Miami ha dicho? A qué hora ?

Edgar se incorporó de la cama en la que permanecía acostado tras una intensa noche con un cliente habitual.

 

 

—Espero que hayas tomado bien los detalles de este servicio, es algo muy especial. —Edgar oía con atención mientras se restregaba los ojos para tomar el otro móvil: su hermano le contactaba—. A las 17.00 h. te pasarán a buscar, ya sabes las normas, tú limítate a hacer lo que haces tan bien… —Edgar quería colgar, le apetecía escuchar a su hermano, hacía tiempo que no hablaban.

—Marco? Hola, cuánto tiempo… ¿qué tal? —llegó a punto de atender tras el último pitido.

—Edgar, ¿te cojo bien? Puedes hablar? Eh… bueno… ¿podemos hablar un minuto? Sí, vale, mira ehh… había pensado si me podrías enchufar en tu trabajo… Eh, en fin, eh… tengo problemas ¿sabes? Si, lo sé por eso te llamo. Edgar necesito irme de mi empresa, ya, lo necesito… —Edgar percibió mucha desesperación en la voz de su hermano mientras le imploraba ayuda.

—Nunca has estado de acuerdo con lo que hago, me lo has dejado claro muchas veces.

—Sí pero… bueno, ¿sabes qué?, déjalo, ya miraré otra cosa. ¡Perdona! Es absurdo

—No cuelgues hombre, soy tu hermano. Mira estoy a punto de salir de viaje pero a mi vuelta quedamos y hablamos ¿vale?

—No puedo esperar, estoy desesperado. Y… —su voz se tornaba más cavernosa y triste.

—¿Qué te ha pasado? —Edgar se había sentado preparado para escuchar lo que fuera. Por un minuto se sintió que era importante para su hermano.

—No puedo esperar, de verdad, Puedes ahora o no? Tengo problemas, serios, no , no es por dinero, de verdad. …. Ah y gracias por tus regalos.

—Cuéntame venga… —de soslayo Edgar miró su reloj. Aún tenía dos horas antes de que pasaran a buscarle —cuéntame.

—… tengo problemas con un hombre.

—¿Un hombre? ¿Un compañero de trabajo?. Sí, vale ¿por qué habéis discutido? Entonces, dices que te acosa? Por qué?  —la sucesión de preguntas iban dejando a Marco cada vez más desarmado en su blindaje a la vez que se desmoronaba en el miedo que le agobiaba. Edgar podía palparlo a través de la línea de teléfono.

Tras la llamada de su hermano cerró las maletas; se quedó desconcertado, abatido. Dudaba por primera vez en mucho tiempo. Tenía que cumplir con su trabajo, además estaba Miami, esta vez iba a la ciudad que siempre añoró, sobre la que había oído leyendas maravillosas que hablaban de la vida alegre y desenfrenada que allí se ofrecía. Le apetecía mucho hacer este trabajo.

Y, por otro lado, su hermano estaba en aprietos. No le parecían tan graves, en realidad. Si Marco supiera detalles de su vida muchas veces no pensaría que el hecho de que un hombre le estuviera persiguiendo, llamándose enamorado de él, con mensajes, citas y correos constantes fuera para sentirse tan agobiado. Él tenía que aguantar destemples y violencia en ocasiones, pero tenía claro que era un trabajo; nada de amor por medio.

Sin embargo, Marco, para sorpresa suya, había empezado una relación con un compañero de trabajo que ahora se negaba a cortar y se mostraba posesivo, controlador hasta la desesperación. Quería alejarse lo más posible de él para lo cual recurrió a su hermano, ahora rico y cosmopolita. Pero la conversación un minuto antes le dejó un gusto amargo; realmente su hermano estaba aterrado con aquel hombre, se sentía amenazado . No quería ir a la policía ni escuchar hablar con él. Ante esto, ¿qué podía hacer, por qué había recurrido a él? Decidió meterse en la bañera para pensar en su próximo destino, intentando olvidar: habían quedado en que a su regreso se verían; mientras tanto le pidió que no atendiera sus llamadas o mensajes.

El resultado del espejo parecía demostrarle que el vaivén emocional con la llamada recibida no había dejado huellas en él, o al menos, eran imperceptibles. Con el amable baño quiso sumergirse en los planes que le esperaban en Miami.

El taxi le dejó en la puerta de la terminal 1. Liberado de las cuatro maletas que le acompañaban, se dedicó a hojear un libro de viajes que encontró. Estaba relajado. Lo compró para leer en el viaje. Un remolino de emociones comenzaban a llenarle. Observó cómo le miraban dos chicas desde el asiento de la sala de espera. Sabía que llamaba la atención para las mujeres. Resultaba varonil a pesar de todo; y el pantalón vaquero que llevaba puesto, con la camisa y la americana componían una imagen inmejorable. Lejos quedaban los días de uniforme monocromático y olor a pan; la pobreza de su aldea y la ruindad de su padre estaban olvidados… En medio surgió con fuerza la imagen de su hermano, le visualizó al otro lado del teléfono sin voluntad para acabar con aquello que tanto daño le estaba causando, ¿dónde estaba la figura fuerte que siempre representó su hermano mayor? Se sintió desorientado con la idea que le rondaba, con la sensación de que estaba huyendo. Tomó la guía para perderse entre la gente y alejado de otras miradas, marcó el último número de su lista de llamadas recibidas.