–Y el MVP de la final es… ¡James Malory!
James se sobresaltó al oír su nombre. Durante unos segundos no se movió, ni siquiera pestañeó. El compañero que tenía al lado tuvo que darle un codazo para que reaccionara. Al notar el golpe, James levantó la mirada. El máximo responsable de la NBA sostenía el premio en las manos. Lo miraba paciente, con una media sonrisa colgada de los labios, pero sin apremiarle. Había estado en su situación y sabía que los premios podían resultar desconcertantes, incluso despertar sentimientos encontrados. James se obligó a avanzar, le devolvió una tímida sonrisa, cogió el premio, lo levantó en dirección a sus compañeros de equipo. Luego posó para la foto y escuchó impertérrito los aplausos entregados del público.
No era que no agradeciera el premio. Se sentía muy orgulloso. Cómo no iba a estarlo. ¡Había hecho realidad su sueño! Ese sueño que siendo sólo un chaval le empujaba a salir todos los días, tanto si hacía un calor pegajoso como si caían copos como puños, a tirar una y otra vez a la canasta que el ayuntamiento había instalado a tres manzanas de su casa. Siempre supo que quería jugar al baloncesto, quería ser alguien en la NBA. Ese era su sueño y lo había logrado.
James miró instintivamente hacia la grada y fijó la mirada en una figura pequeña que a cualquier otro le habría pasado inadvertida. Llevaba el escaso pelo gris, casi blanco, recogido en un moño diminuto. Él no alcanzaba a verlo desde la pista, pero imaginaba que tendría los ojos llorosos por la emoción y que estaría dándole gracias a Dios. Le bastó localizarla para trasladarse muy lejos, a cientos de kilómetros del pabellón en el que se encontraba, a otra vida en realidad.
Acababa de cumplir 18 años. Le habían concedido una beca deportiva en dos universidades de prestigio. Se sentía eufórico. Era verano, así que estaba de vacaciones, pero se había levantado pronto, para aprovechar el frescor matutino. Las primeras gotas le pillaron practicando tiro en la canasta que lo había acompañado la mayor parte de su existencia. Para cuando decidió dejarlo, ya estaba diluviando.
Al llegar a casa encontró a su abuela asegurando las ventanas.
–Han dicho por la radio que se acerca un ciclón que se ha desviado de su trayectoria, que va a llover muchísimo –le explicó con cara de preocupación.
–Siempre exageran abuela, les encanta asustarnos –le replicó James, con la indolencia propia de la juventud.
Técnicamente era su abuela, pero para él era una madre. A la suya, la biológica, se la habían llevado las drogas hacía una eternidad. Para recuperar sus rasgos tenía que hacer un esfuerzo enorme, tan grande que ya hacía mucho tiempo que había desistido.
Su abuela no había dicho nada ante el comentario de James, pero había seguido asegurando las ventanas.
–Espera, deja que te ayude. Tú limítate a supervisarme y a decirme si lo hago bien –añadió guiñándole un ojo mientras le apartaba las manos de una de las contraventanas.
Dos horas más tarde caía tanta agua que parecía que la vieja casa familiar iba a desplomarse en cualquier momento. Esperaron pacientemente a que amainara, sentados en la mesa de la cocina frente a un chocolate caliente, pero cada vez llovía con más violencia. Una hora más tarde la casa empezó a inundarse. El agua empezó a colarse por debajo de la puerta. Al principio no era más que un hilito apenas visible, al poco apareció un charco, no tardó en formarse un riachuelo.
La abuela cogió un cubo y una fregona e intentó acabar con él, pero no lo consiguió. En realidad, sabía que era inútil, pero no podía quedarse quieta. Tenía miedo. Cuando el agua comenzó a colarse también por la ventana de la cocina, más baja, fue James el que se asustó. Se acercó y atisbó por una grieta que había en una de las contraventanas. Lo que vio lo dejó aterrado. El agua entraba por la ventana porque ese era el nivel que había alcanzado en la calle. Estaba todo inundado. A la abuela le bastó ver la cara de su nieto para imaginar lo que sucedía.
De repente el miedo cedió. O no cedió, pero activó su sentido de supervivencia.
–Tranquilo cariño –dijo con su voz más dulce.
–¿Tranquilo? ¿Cómo voy a estar tranquilo? ¡Hay agua por todas partes! –dijo subiendo la voz y gesticulando de forma exagerada–. ¿Qué vamos a hacer?
–Lo primero calmarte, porque la histeria no sirve de nada. Más bien todo lo contrario –contestó ella intentando que su voz sonara tranquila–. Y luego subirnos al tejado.
James miró a su abuela con los ojos como platos.
–¿Al tejado? ¿Es que te has vuelto loca?
–No, no me he vuelto loca. Tenemos que subirnos al tejado sí, porque es el punto más alto de la casa. Allí estaremos a salvo. Y será más fácil que nos vean.
–¿Qué nos vean? ¿Pero de quién demonios estás hablando? –chilló moviendo la cabeza de un lado a otro en señal de incredulidad.
–De los equipos de salvamento –repuso ella sin inmutarse.
James miró a su abuela. Parecía extrañamente tranquila. Eso lo puso todavía más nervioso.
–Escúchame James –dijo cogiéndole las manos–. Sé lo que hago. Confía en mí.
James fue a replicar, pero la determinación de sus ojos interrumpió sus palabras.
–Vamos, no disponemos de mucho tiempo.
Siguiendo las consignas de la abuela, prepararon un par de mochilas con algo de comida y agua, y unas mantas. La abuela, además, cogió su rosario. James tuvo que ayudarla a salir por la ventana que había en el desván, aunque descubrió que estaba más en forma de lo que aparentaba. Ya en el tejado, sentados en un repecho que ofrecía una pared en la que apoyarse, se quedaron sobrecogidos al ver el dantesco espectáculo.
Todas las casas habían desaparecido al menos hasta la mitad. Parecían barcazas a la deriva. Los O’Sullivan estaban en su tejado, cinco casas más allá, y también los Richardson. Era un barrio humilde de casas unifamiliares sencillas, algunas muy viejas, varias abandonadas a su suerte.
James contempló la figura aparentemente frágil de su abuela y se estremeció de arriba abajo. Estaban atrapados allí arriba, sin poder moverse apenas, y no sabía por cuanto tiempo. No tardó en descubrir lo lento que podía llegar a pasar el tiempo, como si los minutos pudieran alargarse de forma infinita, esquivando las leyes que rigen el mundo. Su abuela se aferró a Dios. James no.
De hecho, le ofendía ver a su abuela pasando el rosario, deslizando las bolas entre los dedos una y otra vez. Le parecía absurdo que de entre todas las cosas que podía haber cogido hubiese elegido justamente esa. Cuando empezaba a rezar con su voz queda, la rabia se apoderaba de él. No podía evitarlo.
Para distraerse buscó cosas con las que entretenerse. Empezó apostando consigo mismo. ¿Qué aparecería primero, una lancha salvavidas o un helicóptero? ¿Cuántos días pasarían allí arriba? ¿Cuánto tardaría la abuela en desesperarse y lanzar el maldito rosario al agua?
Pero pasaban las horas y todo seguía igual. Ya hacía rato que había dejado de llover, aunque el cielo seguía mostrándose amenazante, como si todavía no estuviera dispuesto a soltar sus presas, como si necesitara regodearse un poco más en su victoria.
–¿Quieres un poco de agua?
La voz de la abuela sonó calmada. Eso enojó a James, que negó con la cabeza.
–Aunque no tengas sed, deberías beber un poco. Hace mucho rato que no bebes.
James no se molestó en contestarle, tampoco la miró.
–¿Cómo puedes estar tan tranquila? –le espetó pasados unos segundos.
–Hay que tener fe. Antes o después nos rescatarán, ya verás.
James soltó un bufido de incredulidad.
–¿De verdad crees que te van a servir de algo tantos rezos?
–Por supuesto. ¿Tú no? –le preguntó levantando mucho las cejas.
James le contestó con un prolongado silencio. Se sentía atrapado como un animal salvaje. Estaba convencido de que toda esa agua tardaría una eternidad en desaparecer. Se les terminaría la comida y la bebida. Qué ironía, morir de sed con toda esa agua alrededor.
James notó cómo se acumulaba en su estómago una especie de líquido oscuro y viscoso que de golpe salió disparado hacia arriba, inundando todo su cuerpo. Se enfadó, se desesperó, gritó como un poseso, lanzó patadas y puñetazos al aire. Al final cayó agotado sobre las tejas mojadas, dándole la espalda a su abuela, que lo contempló sin decir nada. Al día siguiente estuvo taciturno, le costaba pensar con claridad, como si una bruma pegajosa se hubiera apoderado de su cerebro. Apenas cruzó más de cuatro palabras con su abuela, que le obligó a beber varias veces y siguió pasando el rosario y rezando a Dios con su fe imperturbable. El tercer día, cuando despertó tras una noche convulsa, se acercó a ella sin decir nada, cogió el rosario que tenía en las manos y se unió a sus rezos.
Fue entonces cuando sintió que se le aligeraba un poco el alma, que la neblina que le emborronaba la cabeza empezaba a disiparse, que la ira daba paso a la aceptación y esta a confiar en que antes o después vendrían a por ellos. Ya más tranquilo, pudo apreciar que el agua empezaba a remitir y que el sol intentaba abrirse camino entre la espesa capa de nubes. Para cuando oyeron el ruido de las hélices de lo que no podía ser otra cosa que un helicóptero, James ya no era exactamente el mismo. Y, sobre todo, veía a su abuela con otros ojos.
–Ei, James. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Estás empanadísimo!
–¡Es que ha ganado el MVP! ¡Y eso lo ha dejado medio majara!
James miró a sus compañeros sin verlos todavía. Venía de muy lejos, por lo que necesitó un rato para volver a hacer pie en el presente. Uno de sus compañeros, Robert, hizo amago de robarle el trofeo, pero James no se lo permitió.
–Lo siento, amigo. Lo necesito –le dijo, dándole unos golpecitos en la espalda.
James se puso en pie, comprobó que su abuela seguía en su asiento y se dirigió hacia la grada. Al llegar a su altura, se sentó a su lado y le rodeó el cuerpo con su fornido brazo. La figura diminuta de la abuela desapareció casi por completo bajo el enorme cuerpo de su nieto.
–¿Estás contenta? –le susurró al oído.
–Sí, cariño. Me hace muy feliz que hayas hecho realidad tu sueño. ¡Y encima has ganado un premio! –añadió.
–Ya, bueno. ¿Sabes? Creo que en realidad este premio es tuyo.
–Pero qué dices. ¿Cómo va a ser mío? ¡Si ni siquiera sé jugar al baloncesto!
–Meter canastas es cuestión de práctica. Cualquiera puede hacerlo si se empeña. Pero tú me enseñaste lo importante que es tener paciencia y autocontrol, y analizar la situación en su conjunto. Por eso soy tan bueno en esto. Así que lo tengo clarísimo. Aquí la única MVP eres tú.






