—Acabo de hablar con el técnico de la calefacción. Dice que tienen muchísimo trabajo, que lo siente mucho, pero que como muy pronto podría pasarse mañana domingo por la tarde. Pero no me lo asegura. Que en esta época ya se sabe—dijo disgustado Manuel.
—Vaya por Dios. Pues yo aquí con este frío no me quedo. Estoy heladita—respondió Rosa, su esposa—. Para eso prefiero regresar a la ciudad. Ya sabes que yo me resfrío con mucha facilidad y luego lo paso fatal.
—Podríamos encender la chimenea.
—Pero si no queda ni un triste trozo de madera. Te lo dije la semana pasada. Cuando no se puede, no se puede. Esta casa sin calefacción no tiene condiciones.
—Está bien, como quieras—suspiró resignado—. Recógelo todo y nos vamos. Podemos cenar algo donde Marcial. Así de paso le digo que mañana avise a Juan y los demás, para que no me esperen para el aperitivo.
Durante la escasa hora que separaba su casa de la sierra de su piso de la ciudad, Rosa le dio vueltas a cómo iba a quedar con el de la calefacción. Tendría que llamar el lunes temprano e intentar quedar con él para el siguiente sábado a primera hora, para que diera tiempo a que la casa se calentara una vez arreglada.
Manuel, por su parte, pensó que necesitaba esos fines de semana. Escapar del agobio de la ciudad, levantarse por la mañana y salir a dar un paseo por el campo, desayunar sin prisas en la terraza leyendo el periódico, bajar donde Marcial y encontrarse con los amigos, charlar de fútbol y de toros, a veces incluso de política. Y luego, el domingo por la tarde, de camino a Madrid, escuchar el Carrusel Deportivo en la radio.
—Ves, ya me he resfriado. Me pica la garganta. Y cuando a mí me pica la garganta, mala señal.
—Pero si nos hemos ido en seguida. No ha dado tiempo a que te resfríes, Rosa. No digas tonterías—contestó Manuel mientras entraban en el piso—. Anda, deja las bolsas aquí y métete en la cama. Ya me ocupo yo.
—Sí, será lo mejor—añadió ella dirigiéndose al dormitorio.
—Anda, pasa. ¿Quieres que te traiga un ibuprofeno?
—Sí, gracias.
—¿Dónde los guardas?
—En nuestro baño, en el armarito. En la balda de arriba.
Manuel iba a salir del dormitorio cuando se oyó un ruido.
—¿Has oído eso, Manuel?
—Será la niña. Voy a decirle que estamos aquí.
—No, Laura no está. Hablé con ella esta mañana y me dijo que por la tarde había quedado en ir a casa de su amiga María. Que se iba a quedar a dormir allí y volvería por la mañana temprano para seguir estudiando.
Se oyeron ruidos de nuevo.
—Otra vez. Parece que viene de la cocina.
Manuel se dirigió con paso seguro hacia la cómoda. Abrió el tercer cajón y sacó un bulto envuelto en una toalla vieja. Era su arma reglamentaria.
—Manuel, por Dios, ten mucho cuidado.
—Tranquila, mujer. Es solo por precaución, por ir protegido. Tú quédate aquí. Ahora vuelvo.
Apenas había transcurrido un minuto cuando un disparo retumbó por toda la casa.
Laura abrió los ojos de inmediato. Se había quedado dormida con una sonrisa en los labios. Le llevó un par de segundos recordar que estaba en su casa, en su cama, donde acababa de hacer el amor con Juanjo. Sabía que con su larga melena a sus padres no les gustaría nada, pero a ella la tenía loca. De golpe, recuperando plenamente la conciencia, un pensamiento le sacudió el cerebro. ¿Dios mío, eso ha sido un disparo? Instintivamente miró a su lado. No había nadie. Impulsada por un resorte invisible saltó de la cama y se precipitó por el pasillo en dirección a la cocina. A pesar de su carrera desesperada, cuando llegó ya era demasiado tarde. Su chico yacía en el suelo con su hermosa cabellera desparramada por las baldosas. Tenía un agujero en la camiseta de Metallica y había un enorme charco de sangre. Su padre, a un metro escaso, todavía empuñaba el arma.


