Contra viento y marea Por Ana Riera

Supieron que iban a ser amigas desde el preciso instante en que se cruzaron sus miradas por primera vez, en medio de la calle, un día triste de otoño, mientras la lluvia amainaba y el viento revolvía sus cabellos.  Sonia acababa de desayunar y salió al porche. Había un enorme camión de mudanzas con unas gruesas letras de color rojo en el lateral. Se quedó absorta observando el trasiego de muebles y enseres que salían escupidos de las entrañas de aquel vehículo y acababan engullidos por la casa vecina.

Vio sus trenzas oscuras adornadas con cuentas de colores en medio de todo ese caos que rompía la monotonía de la calle. Le parecieron preciosas, tan distintas a las suyas. Justo entonces, su madre asomó la cabeza por la ventana de la cocina y dejó escapar un suspiro de desagrado.

–¡Haz el favor de entrar en casa, Sonia!

Pero ella no hizo caso. Quería saber qué había al otro lado de esas trenzas. Se acercó a la valla que separaba su propiedad de la colindante.

–¡Hola!—dijo con toda la fuerza que le permitían sus pequeños pulmones.

La enclenque figura que había al otro lado se puso un tanto rígida y aguzó el oído.

–¡Hola!—insistió Sonia—. Aquí, detrás de ti.

Esta vez, la niña de las trenzas se dio por aludida y se dio la vuelta. Unos enormes ojos, negros como el tizón, se posaron sobre ella perplejos. Tras unos segundos de duda, avanzó unos tímidos pasos hacia la verja de madera.

–¿Cómo te llamas? Yo me llamo Sonia y vivo en esta casa, así que vamos a ser vecinas.

–Yo me llamo Angie.

–¿Cuántos años tienes?

–Acabo de cumplir siete.

–¡Igual que yo!

La complicidad fue instantánea. De nada sirvieron las advertencias de sus respectivas madres, ni las miradas de soslayo que les lanzaban los vecinos al verlas juntas. Había algo que las llevaba a buscarse.

Eran completamente ajenas a la tormenta que poco a poco se iba gestando a su alrededor. Claro que notaban los cuchicheos, pero solo entendían a medias las palabras de los adultos. Sobre todo, Sonia:

–¿Acaso has visto alguna vez que los conejos salgan a pasear con los patos? Pues por algo será. Así que aplícate el cuento—le dijo su padre un domingo al salir de misa.

Sonia no comprendía qué tenían que ver los patos y los conejos con su amiga Angie. Ni tampoco a qué cuento se refería. Así que su mente infantil simplemente lo metió en el saco de “cosas incomprensibles de los mayores”. En casa de Angie intentaban quitarle hierro al asunto, pero a ella no se le escapaba la cara de preocupación de su madre ni el gesto contenido de su padre.

–¿Por qué te ha insultado ese señor en la tienda, papá?

–Verás, preciosa, porque hay gente a la que le da mucho miedo lo que es distinto, y ese miedo les impide ver más allá. Tú no te preocupes. Con el tiempo se acostumbrarán.

Angie intuía algo más que su amiga lo que estaba sucediendo. Quizás por eso le propuso a su amiga crear un lenguaje secreto que solo entendieran ellas. Y tal vez por eso buscó una hendidura en la madera de la valla que separaba las dos casas para poder dejarse mensajes la una a la otra lejos de miradas indiscretas.

Un sábado por la tarde el padre de Sonia entró en casa dando un portazo.

–Sonia, ¿qué te dije sobre lo de ir con la hija de los vecinos? ¿Acaso no hablo lo suficientemente claro? Te dije que no te quería volver a ver con ella. No pienso volver a repetírtelo ¿Lo entiendes?—le dijo mientras la zarandeaba.

–Es que es mi amiga.

–No, no lo es.

–¿Pero por qué?

–Porque lo digo yo.

–Pero…

–Se acabó. Tú eres una niña blanca y debes comportarte como tal. Y las niñas blancas juegan con otras niñas blancas. No sé por qué diantres han tenido que venir a vivir aquí. ¡Tienen sus propios barrios, maldita sea!

Sonia salió al jardín con la cara roja de rabia. Estaba harta. Instintivamente miró en dirección a la casa de al lado.  Su amiga no estaba en el jardín, pero sus ojos entrenados vieron que había una nota en la hendidura. Estaba escrita en su lenguaje secreto. La tradujo sin ningún problema:

“Estaré en el camino del bosque a las 6, donde la morera”.

Faltaba poco para la hora, así que cogió el abrigo que estaba más a mano y salió disparada por la puerta de atrás. Fue corriendo todo el camino, hasta que al salir de una curva, reconoció el gorro de lana de su amiga.

–¡Angie! ¡Angie!

Se sentaron bajo su encina favorita, en lo alto de una roca desde la que podía contemplarse parte del valle.

–Mi padre es un imbécil. A veces no le soporto

–Pero ahora estamos juntas. Y nada malo puede pasarnos.

–Sí, es verdad.

Permanecieron un par de minutos en silencio. Luego Angie le pasó la mano por el abrigo:

–Me encanta. Es tan suave.

–Es el de los domingos.

–Yo nunca he tenido uno de esos.

–¿Te gustaría probártelo?

–¿No te importa?

–No, seguro que te quedará muy bien.

Las amigas intercambiaron sus prendas.

–Toma, ponte también mi gorro. Combina más.

–¿Estoy guapa?– preguntó posando como una modelo.

–¡Te queda horrible!

–Anda, cállate. A ti sí que te queda horrible. ¿Una carrera hasta la morera? Tengo hambre y seguro que hay un montón.

–Vale. La última tonta.

Angie y Sonia arrancaron a correr gritando como locas. Se sentían felices, como siempre que estaban solas y lejos de los demás. Estaban a punto de alcanzar su objetivo cuando les alcanzó un sonido cortante seguido de un grito espantoso:

–¡Muerte a los negros que osan mezclarse con los blancos!

Instintivamente se detuvieron y se miraron la una a la otra. Acto seguido, Sonia se llevó la mano al costado y se desplomó. Angie, con el terror deformándole la cara, se arrodilló junto a su amiga. En seguida se formó un charco de sangre que le ensució los zapatos gastados. Comprendió al instante que su amiga estaba muerta. Y también que la bala, en realidad, era para ella.

 

Cuatro Cipreses Por Elisa Pérez

Vincent van Gogh.

Al fondo cuatro cipreses majestuosos, de fondo un discurso recurrente. Dos escenarios tan distintos y sin embargo tan iguales.

La entrada al cementerio, franqueada por los cuatro cipreses invita a entrar en ese mundo silencioso y pausado que la muerte preside con absoluta libertad. La radio de mi coche se me antoja también el espacio a través del cual escucho, percibo y siento que algo está languideciendo a mi alrededor.

Fue fácil llegar a ese cementerio que nunca antes había visitado. Acostumbrada a los dos que acaparan la mayor parte del negocio de la muerte en mi ciudad, aquel en el que penetraba en esos momentos me produjo otra sensación. Un espacio agradable, envuelto por un aire cargado de pasado. Recorrer sus caminos no asfaltados me sugirió revivir un variopinto paisaje de historias cotidianas. Sepulturas suntuosas al lado de pequeños nichos, gobernados todos ellos por la absoluta e innegable autoridad de la muerte. Da igual: pequeños o grandes, todos crean un culto a lo inevitable, a la nada.

Junto a una cruz de piedra gris, me paro para contemplar una fotografía que me sonríe. Era un hombre cualquiera que tuvo nombres y apellidos, que fue capaz de vivir y que sintió tristeza, júbilo o pasión. Sin embargo, había sucumbido a su final antes de lo esperado. Su sonrisa en la fotografía junto a dos ramos de flores marchitas, delatan vida aún. Quise establecer un diálogo con él. ¿Cómo estás? ¿Qué tal con esa cantidad ingente de arena encima? Es un diálogo absurdo, me sorprendí a mí misma articulándolo en voz alta. De inmediato rememoré también el disparate de lo último que había escuchado en la radio antes de descender del coche: “Señoría, ¿percibe usted lo absurdo de lo que hoy nos ha traído aquí?”. Quién no se ha cuestionado alguna vez por qué hace o dejar de hacer algo. Solo pensarlo ya me provoca otra pregunta: ¿Todo es cuestionable, verdad?

Sigo mi caminar pausado, esperando a los familiares del entierro al que yo asisto, gozando con ese paseo. Antes me invadía con frecuencia cierta angustia, pero desde hace tiempo apenas me detengo en pensar que el final es único, imparable e imperativo. En este escenario advierto que lo tengo delante. Con cierto regusto concluyo que me gustaría parar con mis huesos en un lugar similar. Me cautiva mirar la irregularidad de sus tumbas, lo sinuoso de los ritos reflejados en todas y cada una de ellas: hay muchas repletas de ramos con mezclas diversas de flores, sobre lápidas de una sola tonalidad, casi siempre beige o gris; en otras la parquedad y la sobriedad son tan fuertes que se palpan el miedo o la soledad. Todas conviven entre árboles que salpican las líneas inexistentes, apuntando hacia un cielo que se cubre cada vez más de gris. Me sentí aislada, envuelta por una sensación de sosiego. Noto que a mi mente le apetece estar en ese lugar un instante más.

En mi caminar discreto me detengo ante un monumento grandioso, que me recuerda lo visto en fotos o viajes a países soviéticos. Al leer la placa lo entiendo todo: en memoria de los fallecidos rusos durante la guerra civil española. Es una joya, no por su grandiosidad que resulta excesiva, pero sí por su significado. La muerte se celebra, la muerte se conmemora, la muerte es fuente de conflictos, dentro y fuera de uno mismo. Negamos que existe, tememos que nos sorprenda, pero vive con nosotros.

Me apetece tener silencio. El último tramo en el coche me había acelerado: reproches absurdos, argumentos densos, gracietas sin gracia, diálogo para sordos en un país de voces ahogadas. Todo salía a borbotones desde los altavoces interiores del vehículo: … día histórico, moción de censura que triunfa… ¡realidad trastocada! La muerte de una mujer de edad avanzada, junto a la caída de un político cuyo final se acerca para él, para otros, de forma innegociable.

Bajo uno de los cipreses me refugio del sol que caprichosamente se esconde para volver a surgir de forma juguetona entre nubes grises.

Levanto la vista. Me impresiona su altura. Domina todo el entorno. Desde esta situación se divisa el horizonte, las moles de edificios, calles y encrucijadas de la gran ciudad. En algún punto de ese paisaje un grupo de personas deciden el devenir diario, la marcha cotidiana y, más o menos, el futuro de todos nosotros. Este árbol permanece ajeno a ese dominio ¡qué suerte! Sólo tiene que ascender buscando la luz, tan sólo tiene que cobijar el dolor que emerge de las miles de historias presenciadas bajo su sombra.

A sus pies, los restos de lo que fue una tienda de flores se derrumban; ha sido sustituida por una furgoneta que anuncia en color rojo: “Ramos de todo tipo por encargo” ¡maldito progreso! Hasta allí se atreve a imponer sus mandatos de modernez e impaciencia. Al otro lado de la puerta, sin embargo, los vestigios de la muerte impiden que reine libremente: la extinción humana no cesa. Las tumbas han variado poco, son como las de siempre; en el suelo cruces oxidadas se clavan marcando su territorio conquistado, y las lápidas reflejan lo que fue y ya no es. Cientos de nombres que existieron y al final sólo unos pocos recuerdan. Las flores rompen el minicromismo presente, transmitiendo su monopolio de “alegría”.

Desde mi posición puedo ver una hilera de vehículos que asciende por la carretera. El negro predomina. Un sonido familiar me hace volver la cabeza: desde uno aparcado alguien escucha a los parlamentarios dirimir sus reyertas dialécticas. Aún siguen con sus cuitas, pensé de inmediato. Las figuras del Parlamento, esa fresca mañana, continúan con su falsedad vital; al mismo tiempo en el cementerio no cesa la llegada de cajas de madera rectangulares que se ocultarán allí hasta que… ¿Dios quiera?, me pregunto entre incrédula e insegura. En medio de ese recorrido, obreros, enterradores u oficinistas continuarán con la función encomendada o conseguida en la vida que les toca vivir.

Desde la primera serpiente de vehículos negros desciende un número de personas con gesto grave y serio. No conozco a nadie. No son los que esperaba. El ataúd del primer coche es recibido con solemnidad en muchos rostros; otros sostienen su postura esperando aguantar lo mejor de sí mismos. El ataúd es menudo. Existen de todos los tamaños y para todas las edades, oí en una ocasión decir a un vendedor de decesos. Curioso término pensé entonces y mantengo ahora. Sucesos no, decesos. Un suceso es lo vivido por millones de españoles estos días, desde sus casas o lugares diversos asistimos al juicio político de toda una etapa: un verdadero acontecimiento cargado de miles de connotaciones en su origen y desarrollo e incierto en su final, seguramente menos trascendente de lo que esperamos o queremos muchos. ¿Podría ser un tipo de deceso lo que estaba ocurriendo en el Parlamento? Me pregunté sin obtener respuesta.

Al mirar al ciprés asentí con la cabeza.

Ya se aproxima otra hilera de coches; apenas caben tantos en el aparcamiento. Por la ventanilla del primero veo a mi amigo. Está abatido, roto por el dolor; elegante, pero descompuesto por la pena.

¡mi madre ha muerto! Me anunció por whatsapp. Sorpresa y amargura se mezclaron en mi pensamiento ante la triste noticia. Cualquier deceso es objeto de abatimiento pero una madre… vivían en distintas ciudades, habían compartido poco tiempo juntos los últimos años… todo eso daba igual al final.

Corrí a abrazarle. Dejé el dulce cobijo del ciprés amigo para sentir su pena más cerca. ¡se ha ido para siempre! Así es, le respondí con pasmosa frialdad.

Las flores, el ritual, la ceremonia, todo transcurre sin que te des cuenta: ¿dentro o fuera? ¿Alguien quiere decir unas palabras? Los familiares tienen que hablar con el marmolista… ¿Cuántas dudas son necesarias? Me pregunto, empatizando con la incapacidad de mi amigo para afrontarlas en ese momento.

La vida continúa dentro de este lugar, y fuera mucho más. Los políticos aplaudirán las frases ingeniosas de su líder o abuchearán las incoherencias del opositor. Todo es como un circo. El circo de la muerte con los cuatro cipreses de maestros de bienvenida.

El dolor se contagia. Varias lágrimas se me escapan, unidas al sordo lamento de la familia en este acto que transcurre demasiado lentamente. Al final se enjuagan los ojos, se sorben los mocos. Ya ha pasado todo, oigo que dice alguien. Dudo si mirar hacia atrás para saber quién puede haber emitido frase tan absurda: ¿Qué ha pasado? Quiero preguntarle.

Desde los auriculares de un visitante despistado se le ha escapado esa frase con la aseveración que le da haber asistido a distancia al final como Presidente y quizás, como político, del protagonista de hoy en el Parlamento. Es cierto: todo pasa, pero la vida debe seguir.

Antes de arrancar de nuevo el coche observo a los cuatro cipreses, altaneros, orgullosos de guardar los recuerdos de tantas personas. Con el protocolo establecido, me pongo en marcha intentando retardar lo más posible el sonido de la radio. Dudo si apagarlo, si permanecer en silencio mientras me incorporo poco a poco a mi cotidianidad. Por hoy ya he sentido bastante cerca la muerte y quiero saborearla durante un rato, sin tragedias, sin dramas. Eso se los dejo a los de la radio.