Supieron que iban a ser amigas desde el preciso instante en que se cruzaron sus miradas por primera vez, en medio de la calle, un día triste de otoño, mientras la lluvia amainaba y el viento revolvía sus cabellos. Sonia acababa de desayunar y salió al porche. Había un enorme camión de mudanzas con unas gruesas letras de color rojo en el lateral. Se quedó absorta observando el trasiego de muebles y enseres que salían escupidos de las entrañas de aquel vehículo y acababan engullidos por la casa vecina.
Vio sus trenzas oscuras adornadas con cuentas de colores en medio de todo ese caos que rompía la monotonía de la calle. Le parecieron preciosas, tan distintas a las suyas. Justo entonces, su madre asomó la cabeza por la ventana de la cocina y dejó escapar un suspiro de desagrado.
–¡Haz el favor de entrar en casa, Sonia!
Pero ella no hizo caso. Quería saber qué había al otro lado de esas trenzas. Se acercó a la valla que separaba su propiedad de la colindante.
–¡Hola!—dijo con toda la fuerza que le permitían sus pequeños pulmones.
La enclenque figura que había al otro lado se puso un tanto rígida y aguzó el oído.
–¡Hola!—insistió Sonia—. Aquí, detrás de ti.
Esta vez, la niña de las trenzas se dio por aludida y se dio la vuelta. Unos enormes ojos, negros como el tizón, se posaron sobre ella perplejos. Tras unos segundos de duda, avanzó unos tímidos pasos hacia la verja de madera.
–¿Cómo te llamas? Yo me llamo Sonia y vivo en esta casa, así que vamos a ser vecinas.
–Yo me llamo Angie.
–¿Cuántos años tienes?
–Acabo de cumplir siete.
–¡Igual que yo!
La complicidad fue instantánea. De nada sirvieron las advertencias de sus respectivas madres, ni las miradas de soslayo que les lanzaban los vecinos al verlas juntas. Había algo que las llevaba a buscarse.
Eran completamente ajenas a la tormenta que poco a poco se iba gestando a su alrededor. Claro que notaban los cuchicheos, pero solo entendían a medias las palabras de los adultos. Sobre todo, Sonia:
–¿Acaso has visto alguna vez que los conejos salgan a pasear con los patos? Pues por algo será. Así que aplícate el cuento—le dijo su padre un domingo al salir de misa.
Sonia no comprendía qué tenían que ver los patos y los conejos con su amiga Angie. Ni tampoco a qué cuento se refería. Así que su mente infantil simplemente lo metió en el saco de “cosas incomprensibles de los mayores”. En casa de Angie intentaban quitarle hierro al asunto, pero a ella no se le escapaba la cara de preocupación de su madre ni el gesto contenido de su padre.
–¿Por qué te ha insultado ese señor en la tienda, papá?
–Verás, preciosa, porque hay gente a la que le da mucho miedo lo que es distinto, y ese miedo les impide ver más allá. Tú no te preocupes. Con el tiempo se acostumbrarán.
Angie intuía algo más que su amiga lo que estaba sucediendo. Quizás por eso le propuso a su amiga crear un lenguaje secreto que solo entendieran ellas. Y tal vez por eso buscó una hendidura en la madera de la valla que separaba las dos casas para poder dejarse mensajes la una a la otra lejos de miradas indiscretas.
Un sábado por la tarde el padre de Sonia entró en casa dando un portazo.
–Sonia, ¿qué te dije sobre lo de ir con la hija de los vecinos? ¿Acaso no hablo lo suficientemente claro? Te dije que no te quería volver a ver con ella. No pienso volver a repetírtelo ¿Lo entiendes?—le dijo mientras la zarandeaba.
–Es que es mi amiga.
–No, no lo es.
–¿Pero por qué?
–Porque lo digo yo.
–Pero…
–Se acabó. Tú eres una niña blanca y debes comportarte como tal. Y las niñas blancas juegan con otras niñas blancas. No sé por qué diantres han tenido que venir a vivir aquí. ¡Tienen sus propios barrios, maldita sea!
Sonia salió al jardín con la cara roja de rabia. Estaba harta. Instintivamente miró en dirección a la casa de al lado. Su amiga no estaba en el jardín, pero sus ojos entrenados vieron que había una nota en la hendidura. Estaba escrita en su lenguaje secreto. La tradujo sin ningún problema:
“Estaré en el camino del bosque a las 6, donde la morera”.
Faltaba poco para la hora, así que cogió el abrigo que estaba más a mano y salió disparada por la puerta de atrás. Fue corriendo todo el camino, hasta que al salir de una curva, reconoció el gorro de lana de su amiga.
–¡Angie! ¡Angie!
Se sentaron bajo su encina favorita, en lo alto de una roca desde la que podía contemplarse parte del valle.
–Mi padre es un imbécil. A veces no le soporto
–Pero ahora estamos juntas. Y nada malo puede pasarnos.
–Sí, es verdad.
Permanecieron un par de minutos en silencio. Luego Angie le pasó la mano por el abrigo:
–Me encanta. Es tan suave.
–Es el de los domingos.
–Yo nunca he tenido uno de esos.
–¿Te gustaría probártelo?
–¿No te importa?
–No, seguro que te quedará muy bien.
Las amigas intercambiaron sus prendas.
–Toma, ponte también mi gorro. Combina más.
–¿Estoy guapa?– preguntó posando como una modelo.
–¡Te queda horrible!
–Anda, cállate. A ti sí que te queda horrible. ¿Una carrera hasta la morera? Tengo hambre y seguro que hay un montón.
–Vale. La última tonta.
Angie y Sonia arrancaron a correr gritando como locas. Se sentían felices, como siempre que estaban solas y lejos de los demás. Estaban a punto de alcanzar su objetivo cuando les alcanzó un sonido cortante seguido de un grito espantoso:
–¡Muerte a los negros que osan mezclarse con los blancos!
Instintivamente se detuvieron y se miraron la una a la otra. Acto seguido, Sonia se llevó la mano al costado y se desplomó. Angie, con el terror deformándole la cara, se arrodilló junto a su amiga. En seguida se formó un charco de sangre que le ensució los zapatos gastados. Comprendió al instante que su amiga estaba muerta. Y también que la bala, en realidad, era para ella.


