… tampoco estaba tan mal que dos personas se demostraran su amor, se derritieran en puro placer como les estaba sucediendo, pero eso sí, debía salir de mi rincón cuanto antes porque mi integridad comenzaba a correr serio riesgo…
- Buenas tardes ¿me puede decir si hay alguien todavía en la notaría del señor Vilas?
Mis jadeos después de la carrera hasta allí sólo me permitieron un hilo de voz, pero aún así el conserje me entendió.
- Un momento señora.
Bajó la cabeza, tecleó y esperó respuesta en un pequeño monitor: Sí, hay alguien, pero le aconsejo que se dé prisa, en estas fechas todo el mundo desea irse cuanto antes
- Muchas gracias.
Me volví ansiosa en busca de los ascensores…
- A la derecha, los ascensores están girando a la derecha y la notaria del señor Vilas está en la Planta 23.
Desde luego, aquel solícito conserje, vestido con un impecable traje marrón, estaba en todo.
Tras agradecerle de nuevo me lancé como una flecha hacia donde me había indicado y,
efectivamente, a la derecha de aquel gran recibidor se abría una especie de habitáculo destinado solo para los ascensores. Era amplio y tan neutro como el resto del vestíbulo, nada en él llamaba la atención, ni siquiera una nota discordante, todo era monótonamente marrón y beige; el mármol de las paredes y el suelo, los cuadros de muy dudoso gusto, incluso los artificiales adornos florales parecían sacados del más puro paisaje otoñal.
Pero aquel era un mero lugar de tránsito, se atravesaba en una dirección o en otra sin tener conciencia de él, con la mente puesta en el profesional al que nos dirigíamos, en cuál sería su diagnóstico, su asesoramiento, en la forma en que podía dar solución a nuestro problema. No, los que acudimos a este tipo de edificios ocupados por despachos de abogados, notarios, psicólogos o caras y exclusivas consultas médicas solo necesitamos espejos en esta especie de antesala; espejos donde con disimulo o abiertamente podamos darnos el último retoque y, efectivamente, allí no faltaban.
Toda esta disertación discurría por mi mente con un solo objetivo, distraer mi soledad mientras venía el ascensor. Porque no hay cosa peor que llegar a un lugar pensado para mucha gente, y encontrarte solo. A las 9, las 10 de la mañana de cualquier día, todos los días del año aquellas puertas ahora tan vacías, tan insignificantes, serían el foco de atención de un buen número de ejecutivos y profesionales que se arremolinarían nerviosos ante ellas esperando que se abrieran, sin embargo, en ese momento la única que aguardaba era yo. No podía dejar de mirar los paneles luminosos que había en la parte frontal, al menos de ese modo sabía que en los intestinos de aquel edificio, en sus pisos altos, se movía algo, había cierta actividad. Los números de las plantas se sucedían a buen ritmo, de vez en cuando la rueda se detenía, pero al instante reanudaba su marcha 17-16- 15-14…
Una fina señal acústica me sobresaltó y de inmediato escuché la voz de la locución -Planta baja-: el ascensor en el que menos atenta había estado, el que quedaba alejado de mi vista por estar pegado a la pared, iba a abrir sus puertas. Efectivamente, apenas me dio tiempo a situarme enfrente, cuando los cromados paneles se desplazaron dejando salir 10, 12, 14 personas que en silencio pero con rapidez se dirigieron hacia el vestíbulo de salida. Intenté retirarme para no obstaculizarles el paso, pero no hizo falta, todos ellos me esquivaron hábilmente sin ocasionarme el más mínimo roce. De nuevo quedé sola, pero ahora con uno de los ascensores a mi disposición.
Entré. Era una amplia cabina enmoquetada, de paredes cubiertas de espejos. Apreté el botón 23 y aguardé a que iniciáramos el ascenso. Cuando las puertas se cerraron, otra vez aquella sensación de soledad, de ser la única en el edificio. ¿Y si de pronto se va la luz y me quedo colgada? ¿Y si alguno de esos cables, cansado del trajín de todo el día decidiera soltarse? ¿Acudirá en mi ayuda el solícito conserje o también se habría marchado?
¡Tonterías! Con decisión, me aproximé a uno de los espejos laterales y examiné mi aspecto, coloqué bien el cuello de mi abrigo, acicalé mi pelo y al más puro Escarlata O´Hara pellizqué mis mejillas para darles un toque de color, ¡Dios cómo se notan los años! Levanté el sobre que llevaba en la mano y deseé que por fin fuera la última documentación que el notario me pedía.
-Planta 23-. La grabación me tomó por sorpresa, miré al panel y efectivamente habíamos llegado. Al abrirse las puertas me vi ante un vestíbulo vacío con varios pasillos donde elegir, afortunadamente unos carteles señalaban con bastante precisión la ubicación de los diferentes despachos y siguiéndolas, en medio de un absoluto silencio llegué al 235. La puerta estaba entreabierta, así que me limité a dar un golpe suave con los nudillos y sin esperar respuesta entré. Tras un mostrador alto encontré a una joven de pelo rizado y moreno, cara redonda y mofletuda absolutamente absorta en la pantalla de su ordenador, tanto que tardó varios minutos en notar mi presencia. Cuando lo hizo se sobresaltó y de forma instantánea giró la pantalla, como escondiéndola de mi mirada, pulsó una tecla y solo entonces pareció dispuesta a atenderme, pero se la veía bastante azarada.
- Perdone, la puerta estaba abierta y… –Quise empezar por disculparme a ver si así se le pasaba el susto pero al no obtener ninguna respuesta, fui directa al grano.
- Venía a entregar una documentación que el señor Vilas, me ha pedido, al parecer es indispensable para que pueda seguir llevando mi caso.
Seguía mirándome, a través de sus gafas pero no decía nada.
— Aquí en el sobre he puesto mi nombre y número de expediente para que lo identifiquen fácilmente. Se lo tendí, ella lo tomó para dejarlo sobre un clasificador. Esperé alguna frase, alguna palabra por su parte, pero como permanecía en su mutismo supuse que eso era todo y me despedí.
— Buenas tardes.
Estaba ya de espaldas con la mano en el picaporte dispuesta a salir cuando me sorprendió su voz chillona con una tardía perorata.
— Buenas tardes señora, gracias, no se preocupe, yo me encargaré de hacérselo llegar al Señor Vilas. Le diré que estuvo aquí y dejó el sobre para él.
— Al fin ha reaccionado, pensé, bienvenida al mundo real, muñeca. En qué otros mundos andaría metida.
Recorrí los mismos solitarios pasillos, llegué al ascensor que afortunadamente aún seguía abierto, como esperándome, entré, pulsé el botón de bajada y esperé.
Cuando comenzamos a bajar fui hacia el fondo y me acoplé en una de sus esquinas, estaba agotada. Había cumplido la última tarea del día y ahora solo me quedaba llegar a casa y descansar
Cerré los ojos e imaginé el placer que sentiría cuando el agua resbalara por mi cuerpo bajo la ducha, el confort al ponerme mi pijama de seda con olor a lavanda, después buscaría algo para picar y me sentaría a ver la televisión, o mejor aún, me iría directamente a la cama.
De nuevo la señal acústica, qué pronto hemos llegado, pensé, pero la locución anunció otra cosa: Planta 22. Solo habíamos descendido un piso. Las puertas se abrieron y entró un joven como de unos 30 años, de aspecto serio y también algo cansado.
Buenas tardes, me saludó. Buenas tardes, respondí.
Se fijó en el panel de los botones y al ver que el de la planta baja estaba ya accionado avanzó para quedarse en el centro, mirando hacia la puerta, para salir cuanto antes. Desde mi esquina y con ayuda de los espejos pude observarle detenidamente. Era moreno, guapo, elegante, varonil, llevaba un abrigo negro abierto sobre un traje gris y una cartera de piel marrón colgaba de su hombro, pero lo que más llamó mi atención fueron sus zapatos, estaban extrañamente relucientes, como si se los acabara de pulir.
Otra vez la señal acústica -Planta 19. Me pareció notar un leve estremecimiento en los
hombros de aquel chico cuando se escuchó la locución, pero fue muy leve, algo apenas perceptible. Las puertas se abrieron y apareció otro joven, también apuesto, pero vestido de una manera más desenfadada, llevaba un anorak verde sobre un jersey de cuello alto marrón, y unos pantalones vaqueros bastante ceñidos. Su único equipaje era la cartera de su ordenador.
Fijarme en todos estos detalles casi hizo que me perdiera el más importante, aquel chico no parecía dispuesto a entrar, algo le había detenido, estaba como paralizado, no se movía, no decía nada, solo miraba con sus ojos muy intensos a un punto fijo, la cara del joven que estaba conmigo.
La señal acústica sonó; de un momento a otro las puertas se cerrarían y reanudaríamos el descenso, pero ninguno se inmutó, miré a mi compañero y estaba también paralizado. Ambos se observaban. Con sus ojos habían iniciado un diálogo que parecía no terminar. Cada vez quedaba menos para que las puertas se cerraran, 5, 4, 3… Los cromados paneles emergieron de su escondite y comenzaron a avanzar lentamente hacia el centro, nadie hizo el menor movimiento. Cuando se había hecho buena parte de su recorrido el que estaba cerca de mí dio un paso hacia delante, se inclinó y tapó con su mano uno de los sensores, las puertas inmediatamente quedaron frenadas y obedientes volvieron a abrirse, aquel movimiento puso fin al hechizo y dio paso a la acción. El de fuera, con una expresión de felicidad difícil de describir, se abalanzó dentro y cayó en los brazos de mi compañero que ansioso le esperaba, el ímpetu fue tal que abrazados como estaban fueron desplazándose hacia atrás hasta que la pared del fondo, la misma en la que yo estaba apoyada, hizo de tope. Comenzaron a besarse, acariciarse, susurrarse, a desabotonarse la camisa, a subirse el jersey para dejar al aire un torso moreno, depilado y hecho de pura fibra, a soltarse las hebillas de los cinturones, a retirar hacia atrás la molesta corbata, a la búsqueda desesperada de sus bocas, tan carnosas, tan sensuales, de sus cuerpos tan necesitados.
Yo observaba todo aquello entre sorprendida y azarada. ¿Cómo es posible? ¿No se dan cuenta que estoy aquí, a escaso medio metro? ¿Por qué no esperan a estar en su casa? No les quería mirar, pero como todo el ascensor estaba cubierto de espejos, allá donde posara mis ojos estaban ellos besándose, acariciándose, mordiéndose. ¿Por qué me tienen que pasar a mí estas cosas? ¡Qué calor! De buena gana me hubiera quitado el abrigo y hasta la chaqueta, notaba que la cara me ardía. Fijé mi atención en el techo, era la única superficie que no les reflejaba y pasé en él largos minutos, pero fue un intento de fuga absolutamente inútil. Cómo no estremecerme ante aquellos suspiros, aquellos jadeos. Cuánta pasión, cuánto deseo incontrolable.
El ascensor descendía ahora endemoniadamente lento, los números tardaban en saltar de uno a otro o al menos eso era lo que a mí me parecía y mientras yo seguía allí encogida, en mi esquina me había convertido en una mirona, más fino en una voyeur, y sin haberlo pretendido. ¿Quién me creerá cuando lo cuente? Esta escena la ves en una película y te destornillas de risa pero vivirla es torturante.
Tal vez debería dirigirme hacia el cuadro de botones, presionar algún piso y cuando el ascensor se detuviera, bajarme. Pero, ¿y si les interrumpo?, parecen tan entregados, están disfrutando tanto que en el fondo me da pena que por mi culpa tengan que tomar conciencia de donde están, de que no viajan solos en este ascensor, que estoy siendo testigo de su pasión. No, debía permanecer con ellos en aquel ascensor hasta llegar a la planta baja, al fin y al cabo, tampoco estaba tan mal que dos personas se demostraran su amor, se derritieran en puro placer como les estaba sucediendo a aquellos dos chicos, pero eso sí, debía salir de mi rincón cuanto antes porque mi integridad comenzaba a correr serio riesgo.
Sus aspavientos, sus búsquedas desesperadas en el cuerpo del otro eran ya tan desaforadas que en varias ocasiones habían invadido mi reducido espacio, necesitaban más, estaba claro, y entonces sí, lentamente, pasito a paso para no importunarles me alejé de allí hasta quedarme junto a la puerta.
No sé si fue ilusión mía o realidad, el caso es que con mi distanciamiento los jadeos se intensificaron, me llegaban de forma rítmica, pero cada vez más acelerados, mezclados con frases sueltas, algunas entrecortadas pero aún así perfectamente entendibles, era bonito lo que se decían, sí, muy bonito.
De repente escuché algo que me resultó familiar, el sonido de una cremallera al bajarse, intrigada y segura de que no podían verme, les observé a través de los espejos y vi al del anorak que en algún momento se había desprendido de ella, arrodillado buscando de manera ansiosa con sus manos, con su boca en la entrepierna del pantalón de su amante mientras que este, apoyado contra la pared, con los ojos vueltos al techo, las piernas ligeramente dobladas le sujetaba la cabeza y se dejaba hacer. Gemía, gemía, cada vez más alto, más exigente, más rápido. Fueron minutos de pura pasión
Cuando el ascensor llegó a la planta baja yo fui la última en salir.








