El viaje de la monarca Por Paula Alfonso

Entre la lluvia de flashes que estalló sobre mí nada más salir, oí que me preguntaban si estaba nerviosa, si se trataba de una decisión bien meditada y si cabía la posibilidad aún de que me volviera atrás. Avanzaba deprisa por la cera dándome los últimos retoques, pero preferí detenerme, me di la vuelta, busqué al que me había interrogado, le miré a los ojos y solo su insultante juventud sirvió para que justificase sus ilógicas palabras. ¿Es que acaso se le cuestiona a alguien cómo hará su siguiente inspiración o dará el próximo paso?

  • No, querido, no hay marcha atrás. Mi viaje, el que estoy a punto de iniciar, lo llevaba inscrito en mis genes. Todo a lo largo de mi vida fue un mero proceso preparatorio para la llegada de este gran día.

¿Conocía usted la fecha exacta de su partida?

  • Tal vez debería responderle que no, que no lo esperaba, que el aviso me tomó por sorpresa, pero les estaría engañando y no es ese mi modo de proceder. Verán, no quisiera parecerles petulante por lo que les voy a decir, pero es la pura realidad. A diferencia de ustedes, yo percibo señales, pequeños indicios y estoy perfectamente capacitada para interpretarlos. Hoy día la sociedad, por muy robotizada que esté, es incapaz de predecir el lugar exacto donde descargará una tormenta o cuándo se producirá un terremoto y, sin embargo, los signos están ahí, siempre estuvieron. Si me lo permiten, creo que se están equivocando, tienen a su alrededor demasiados elementos perturbadores y eso les aleja de lo que erróneamente consideran “pequeñas cosas” cuando en realidad son decisivas, como los cambios en la dirección del viento, en su temperatura, en la humedad del aire o la posición de las estrellas. Gracias a que todo eso para mí sigue siendo una fuente esencial de información supe desde hacía días que debía prepararme para partir.

¿Qué siente al abandonar Canadá?

  • Nostalgia, aun no me he marchado y ya le echo de menos. Créanme, este país ha sido muy generoso conmigo, puso a mi disposición sus mejores recursos, cuidó que no me faltase de nada y en él realmente he sido feliz.

 

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¿Pero aun así se va?

  • Sí, tengo que hacerlo, mi estancia aquí fue solo temporal. Me aguarda una larga travesía de más de 5.000 km antes de llegar a mi destino, México.

¿Se lleva algo de aquí, que de manera especial quiera conservar en su nueva residencia?

Otra pregunta estúpida. ¿Quién les habrá dado el título a algunos? No me extraña que se hable de degradación en la profesión periodística. Aun así, vuelvo a detenerme, sonrío de forma indulgente al que me ha interpelado, me armo de paciencia y le concedo el favor de mi respuesta

  • Bueno, en un principio pensé en meter dentro de una maleta bastantes cosas: libros, alguna revista de sociedad, música, ¡ah! y mis cosméticos, sobre todo mis cosméticos, pero finalmente tuve que descartarlo.

Continúo andando y atrás queda él todavía pensando.

¿No teme que en un viaje tan largo pueda ocurrirle algo?

  • Si se refiere a si voy prevenida contra imprevistos desagradables, ¡por supuesto! Pero no debe preocuparse, cuento con todo tipo de protección. Tenga la seguridad de que si alguien intentara atacarme el perjudicado sería él, no yo.

¿Lleva con usted alguna tecnología para asesorarse en ruta?

  • Sí, claro, dispongo de sofisticados GPS que me irán informando de forma constante sobre la fuerza de los vientos, el avance del sol y sobre todo de los lugares donde me puedo detener para repostar.

¿Cuánto calcula que durará el viaje? ¿Qué espera encontrar en México? ¿Va sola o le acompaña alguien?

  • Uno a uno —les ordenó mi jefe de prensa—. La señora contestará a todas sus preguntas, pero en estricto orden, por favor.

Cuánto agradecí tan oportuna intervención y también el estar muy cerca ya del lugar a partir del cual los periodistas y fotógrafos no podrían pasar. Un poco más y todo habrá terminado.

  • Verán, señores, está pensado hacer este recorrido en tramos de 120 km/dia, por lo tanto si hoy es 3 de agosto, calculo que para mediados o finales de septiembre se habrá alcanzado el final. En cuanto a lo que espero encontrar en México, me han informado de que se trata de uno de los mejores lugares del mundo para descansar, relajarse, disfrutar de la naturaleza y sí, como muchos de ustedes están pensando, encontrar pareja, pero, sinceramente, a mis años no creo que eso me vaya a suceder. Tampoco quiero que piensen que he cerrado definitivamente mis puertas al amor, ni mucho menos, pero tengo que ser realista.

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  • Y ¿la última pregunta? ¡Ah sí! Querían saber si voy sola o me acompaña alguien. Aparentemente, como pueden ver conmigo no viene nadie, pero eso no es del todo cierto, en mi interior late un pequeño ser que nacerá en tan solo unos días, su misión será muy breve, generar otro pequeño ser, que a su vez hará lo mismo con el siguiente. Solo los que nazcan a finales de septiembre o primeros de octubre podrán frenar tan intensa actividad reproductora, serán lo que los científicos denominan generación Matusalén, que en vez de vivir un mes,como lo hacemos todas, lo harán durante 6 o 7. Se tratará de una existencia con sus facultades ralentizadas y gracias a ello podrán descansar, analizar con detenimiento el tiempo pasado y reconducir posibles errores en el comportamiento de la especie para que no se vuelvan a repetir, será como una puesta a punto. En una palabra —y para no demorarme más— regresarán al estado más primitivo de nuestra naturaleza y saldrán después revitalizadas.

 

 

Creo que deberían conocernos mejor a las mariposas monarcas, díganselo así a sus lectores, algunas de nuestras pautas de conducta incorporadas en sus enloquecidos y absurdos ritmos de vida, les beneficiaría como especie, estoy totalmente convencida de ello.

Y ahora, si me lo permiten, tengo que partir. Ha sido un auténtico placer conocerles.

El gran día Por Ana Riera

Jorge estaba nerviosísimo. No recordaba haberse sentido así en toda su vida. Notaba el corazón latiendo desbocado como si fuera un caballo salvaje al que trataran de domar. Y notaba la boca seca, como si por alguna extraña razón hubiera perdido la capacidad de producir saliva. La verdad es que no sabía muy bien qué hacer con todo eso.

Apenas había pegado ojo en toda la noche. Tumbado en la cama había visto deslizarse las horas con una lentitud pasmosa. Al principio se había entretenido contando ovejas, que imaginaba saltando por encima de la cama, tan cerca que le rozaban el cuerpo. Ya de madrugada, cuando la oscuridad empezó a difuminarse, le había dado tiempo a aprenderse de memoria la red de pequeñas grietas que se extendían por el techo como lombrices inquietas.

Apenas diez minutos antes de que sonara el despertador, se le ocurrió competir con el reloj, retándole a ver si era igual de exacto calculando un minuto. Cuando por fin el timbre estridente llenó la estancia, justo en el preciso instante en que debía sonar según sus cálculos, Jorge creyó que el corazón se le iba a salir por la boca. Sin embargo, esperó paciente a que su madre entrara en la habitación, como todas las mañanas.

Ya duchado, vestido y sentado a la mesa de la cocina, experimentó otra sensación desconocida para él. Fue incapaz de probar bocado. Una extraña presión que le atenazaba el estómago se lo impidió.

–¿Estás nervioso, cariño? –le preguntó su madre mirándolo fijamente desde el otro lado de la mesa.

Jorge asintió con la cabeza.

–Está bien. Hoy te perdono el desayuno. Sé que es un día muy especial. –añadió levantándose y revolviéndole el pelo ya de por sí rebelde.

 

 

La sala donde le llevaron nada más llegar a su destino no era la de siempre. Estaba llena de cables y monitores, pero sobre todo de máquinas que Jorge no había visto nunca. Y había visto muchas. Su nerviosismo no paraba de crecer. Podía notar con absoluta claridad el palpitar de sus sienes. En el coche se había limitado a responder con monosílabos a los intentos de su madre por mantener una conversación. No pretendía ser desagradable, pero tenía la cabeza en otras cosas.

Cuando le habían hablado de aquello por primera vez, le había parecido algo imposible.

¿Eso existía? ¿Se podía hacer? ¿En serio?

Había sido como abrir una puerta y descubrir que detrás palpitaba un mundo entero totalmente desconocido. A Jorge le encantaba la informática, así que en seguida se interesó por su funcionamiento. Quería saber más, necesitaba saber más.

Desde entonces ese había sido el principal objetivo de su vida, el motor que organizaba sus días y daba color a sus ilusiones. Y por fin había llegado el gran día.

–Bueno, pues vamos a empezar. Primero te voy a poner esta estructura tan aparatosa de aquí. ¿Ves estos soportes tan largos? Se llaman ortesis. Y te los voy ajustar al tronco y a las piernas. Ellas se encargarán del trabajo sucio, ¿de acuerdo colega?

El que hablaba era Sancho. Se conocían desde hacía mucho y a Jorge le caía bien. No siempre había sido así. Cuando era pequeño lo miraba con recelo. Su espesa barba negra le daba miedo, así que apartaba la cara, en un vano intento de alejarse de él. Pero poco a poco se había ganado su confianza. El proyecto que iban a probar ese día los había acabado de unir, porque los dos estaban igual de entusiasmados con él.

–¿Estás preparado, amigo?

Jorge asintió con la cabeza.

–Pues vamos allá, empecemos.

Siguieron veinte minutos de trabajo intenso y preciso. Jorge se dejó hacer sin oponer la menor resistencia. Estaba ansioso por ver el resultado. Si todo lo que le había contado Sancho era cierto, iba a ser la leche.

Cuando por fin estuvo todo listo, Sancho puso en marcha los motores, le dedicó una sonrisa y empezó con la prueba. Jorge sin darse cuenta aguantó la respiración. Y entonces ocurrió. ¡No se lo podía creer! ¡Jamás, jamás había sentido nada igual! ¡Era mucho, muchísimo mejor que cualquier cosa que hubiera imaginado!

Debido a su enfermedad neuromuscular nunca había estado en posición erguida sin que varias personas le sujetaran. Pero ahora, gracias al exoesqueleto que le había colocado su amigo el doctor Sancho, estaba de pie él solo. Se sintió inmensamente alto. Toda su perspectiva era diferente. Cuando dio el primer paso sin la ayuda de nadie se sintió simplemente invencible.

La primera vez Por Elisa Pérez

 

 

El silencio de la puerta fue lo último que escuchó antes de esconderse. Bajo la escalera, retorcido sobre sí mismo, la protección de la oscuridad le permitía estar sin ser visto, observar sin ser mirado.

Hacía dos semanas que había tomado una decisión. No era una decisión nueva, tampoco distinta a otras veces, pero en esta ocasión debía ser más joven, casi una niña.

Desde la ventana de su casa, tras el visillo adquirido en saldos de la mercería de Doña Pepita, contemplaba cada día la llegada de los niños. Podía sentir sus tiernas manitas separarse de las de sus padres; o notar la algarabía cuando dejaban el recinto para reencontrarse con ellos a la salida. Lo que más le gustaba era la hora del recreo, oía sus voces, gritos, chillidos o ruidos, desquiciantes muchas veces, que le sacaban de su ensimismamiento de observador pasivo, a la vez que le transportaban años atrás. Ese placer le despertaba cada poro de piel como si las figuras que miraba le estuvieran tocando, besando, escupiendo o lamiendo a la vez.

Las voces de su cabeza le recordaban diariamente:

 

  • Ven, Ramón, ven a jugar con nosotros –la orden innegociable de Enrique le dirigía sin querer hacia ese objeto cilíndrico llamado balón de reglamento.
  • Pero qué malo eres, tío, y encima casi te caes –una carcajada coral le sacaban del juego con más rapidez de la que había entrado.

 

Cientos de días de su infancia permaneció sentado sin golpear a esa odiosa pelota de cuero que Enrique trajo a la escuela el día de su cumpleaños. Su padre repartía periódicos. “Tiene posibilidades –sentenciaba su madre–, no como nosotros”. Pero a él eso le daba igual, no le gustaba jugar al futbol, tampoco le apasionaba correr como si se le hubiera perdido algo… ya entonces prefería hacer otras cosas.
Ahora desde su posición de espía se lamentaba por los tiempos pasados. Todo era distinto en el colegio. Sólo una cosa seguía fiel a su historia: la casa de Ramón que, elevada por encima del patio, podía divisar las andanzas y rutinas de ese colegio que un día también fue el suyo. Era un edificio con carencias, con tejados que dejaban pasar el viento y la lluvia, generosamente en algunos tramos, pero constituía el único y posible hogar de Ramón. No concebía otra vida alejada de ese habitáculo. Allí había nacido, allí había crecido con su madre viuda y allí ahora transcurría el resto de su vida. Él y la señora Benita eran los únicos supervivientes de esa corrala. Eso tampoco le importaba. Las habitaciones cada vez más pequeñas, la cocina invadida por legiones de seres inertes o la cama repleta de objetos sin sentido aparente, constituían los tesoros de Ramón.

Cada día repasaba desde su escondite la rutina del colegio. La hora del recreo era la mejor. Primero salían los más pequeños que se esparcían como hormigas por el patio en movimientos descontrolados; después los siguientes cursos, que buscaban rincones para lanzarse también pelotas o simplemente empujarse en un absurdo juego pueril. Por último los más mayores, que se observaban entre ellos cuchicheando o lanzándose miradas de complicidad. Las muchachas dulces, suaves, que se pavoneaban al paso de alguno de sus compañeros le permitían disfrutar de los mejores momentos de su rutina particular.

Los huesos comenzaban a dolerle en esa postura, la cremallera del pantalón se le clavaba en su cintura fofa, casi no podía respirar del asma que le asfixiaba desde pequeño. El inhalador le aliviaría pero quizás alguien le oyera moverse. Temía que se le escapara de las manos y echara a rodar, descubriéndole. El eco de la tarima expandiría el ruido con facilidad.

Se empinó un poco para notar si seguían los ruidos más allá de la puerta. Su oído agudizado como el de un gato por la constante situación de alerta en la que había convertido su vida, le anunciaba que alguien se aproximaba. Unos pasos pequeños pero rápidos se oían cada vez más cerca. Ojalá fuese la profesora de música, pensó por un minuto; la clase habría terminado por fin… Una figura pequeña vestida con el babi del colegio se adentraba por el gimnasio buscando algo perdido o encomendado.

Ramón se relajó admirando el pelo rizado, los ojos escondidos tras unas gafas de pasta y el cuerpo aún por explotar de esa niña desconocida y cercana a la vez. Se ensalivó la boca seca por la espera, como si fuera a hablar, mientras la figura se esforzaba con desgana en cumplir su misión. El gimnasio comenzó a estrecharse para él hasta conseguir que casi pudiera tocar a la criatura, que se mantenía ajena a la angustia y a la esperanza que había resurgido en ese desconocido.

Ramón no podía articular palabra. La saliva se había disipado en su boca creándole una sequedad rasposa.

  • ¡Aquí está! Jope, ¿por qué me toca siempre a mí? Se va a enterar Teresa cuando descubra lo que le he cogido… –la voz infantil sonó en el gimnasio dejando una estela de eco mientras se desvanecía.

La niña se quejaba sin saber que alguien más la escuchaba, la comprendía. Se levantó su babi en busca de algo. Del bolsillo de su pantalón de chándal extrajo un utensilio de metal plateado. Una mueca de satisfacción iluminó su carita nada inocente, mientras contemplaba unas preciosas tijeras con incrustaciones de piedra.

Ramón necesitaba estirarse. Su cuerpo comenzaba a entumecerse al mismo ritmo que su mente se adormecía mirando los gestos de la pequeña. El sol vespertino de la ventana cercana casi le ciega.

  • ¡Eh, eh, usted! ¿Qué hace ahí? –a su espalda no se había dado cuenta que alguien desde el otro extremo cuestionaba su presencia en el gimnasio.

Tenía que huir, había sido descubierto. El revuelo aumentaba. La niña tiró la pelota que había ido a buscar con un grito, para refugiarse en los brazos del profesor que dio la voz de alarma sobre ese extraño en el colegio. Ramón se crispó: él no era un extraño, podía identificar cada rincón, cada baldosa del recinto escolar. Era su colegio.

La gran agitación originada le provocó fatiga con la huida. Casi no conseguía alcanzar el ventanuco por el que había entrado. Decidió desistir antes de que le fallaran las fuerzas definitivamente. Se escondió tras un seto, confiado en que pasara el ajetreo y se olvidaran de él. Por un instante maldijo su mala suerte. Casi había tocado las tijeras plateadas, los rizos de la niña. Aún no quería regresar a su casa, sentía que debía terminar lo programado. Le gustaron esas tijeras, jamás tuvo unas parecidas. Rebuscó en su pantalón de franela desgastada: la bolsa de caramelos elegida para esta ocasión se había roto, el bolsillo le pesaba, la acidez de los sabores a naranja o limón se habían mezclado con su sudor. Mierda, ya no le gustarían… Vaciló si volver a casa a coger otro regalo, o quedarse… comenzaba a sentirse demasiado cansado.

El sol de un verano incipiente golpeaba con más fuerza. Se fijó en su sombra extendida frente a él con descaro, sobresaliendo del seto que le servía de cobijo improvisado. Oía de lejos los ruidos desencadenados con su encuentro. El juego del escondite comenzaba a agobiarle.

  • Hola señor… ¿me puedo esconder con usted? –un niño se puso en cuclillas a su lado–, a mí también me gusta esconderme… ¿me da un caramelo? –siguió fijándose en los envoltorios que el hombre había esparcido cerca.

La mano pegajosa de Ramón se acercó a la del pequeño, que con ojos vivos y expectantes extendió su manita derecha. Le puso la golosina escogida al azar en su palma, podría envolverla por completo… era de sabor a naranja…

  • No me gusta éste, ¿puede darme uno de fresa?

El silencio de Ramón fue acompañado de gestos con la cabeza en señal de asentimiento, rendido ante la inocencia y dulce voz de su acompañante. No le quedaban de fresa. La frustración del niño le hizo dudar. En casa tenía bolsas con muchos sabores más.

Cuando doblaron la esquina, el niño había decidido que mientras llegaban a la tienda de chuches, donde ese señor le iba a comprar un enorme chupachús de fresa, disfrutaría del de naranja. Había tenido mucha suerte. Odiaba el judo, el fútbol, los deportes… ¡qué suerte haber encontrado un escondite tan seguro y poder salir del colegio a comprar!

Al doblar la esquina de la calle, Ramón apenas oía ya las voces preguntando por el hombre que se había colado en el gimnasio sin saber por dónde. Estaba satisfecho, al final gran parte de su plan estaba saliendo bien. Le dolían las piernas, nunca había tenido que correr o saltar tanto, las veces anteriores todo había sido más fácil.

  • ¡Eh, eh!, por ahí no se va a la tienda de chuches… me voy al colegio… –la protesta del niño quedó vacía cuando notó que la mano fuerte y áspera del hombre le impedía dar la vuelta antes de adentrarse en un portal oscuro y viejo.

 

Entre las cajas, los muebles y los diferentes enseres que ocupaban la casa de Ramón, los sollozos del niño apenas se notaban. Los caramelos de fresa yacían a su lado… Era agradable tener a alguien más en casa, hacía demasiado tiempo que no disfrutaba de compañía: alguna prostituta, la entrometida señora Benita o el del contador de agua constituían sus únicas visitas ocasionales. Nunca había subido a sus conquistas infantiles, esta era la primera vez.

Asomado entre los gruesos barrotes, podía sentir el frío viento de la noche y en el horizonte notar los ecos de los gritos del recreo en el recinto escolar.

No conseguía dormir. Las imágenes de su mente le hacían imposible olvidar la voz de aquel niño, los golpes del balón de reglamento en la pared o el griterío de carreras sin sentido por el patio.

En el muro del pasillo de su casa aún deben permanecer pegados restos de sudor y azúcar de sus manos cuando le detuvieron, tratándole con dureza mientras los ojos del niño, de su amigo de recreo, seguían sin moverse, fríos, oscuros, vacíos.

Nadie debería morir sin haber experimentado antes la dulce sensación de dominio sobre un niño. Una mueca de satisfacción plena se dibujó en la cara de Ramón a la vez que contaba el tiempo que le restaba aún de permanecer en esa sombría celda.