Un viaje, una emoción, unos objetos, unas costumbres (12)

Por Abel Farré

 

Atrapado en la ciudad que me vio nacer, cada una de las cosas con las que me voy encontrando me parecen banales. Cada uno de los espacios y objetos que me rodean no despiertan ninguna emoción en mi interior. Quiero volver a sentirme como un niño para volver a oler, tocar y sentir cada una de las cosas que me encuentro, quiero volver a sentir que el viaje de la vida está en cada uno de los objetos que nos rodean.

Quiero conocer cada uno de aquellos objetos característicos de cada uno de los países que visito, quiero vivir con ellos, quiero ver qué emociones me despiertan…

Vosotros desde vuestras casas podréis viajar a un mundo en donde existen diferentes costumbres pero que en el fondo llora, sufre, se alegra,… por unos mismos hechos que están presentes en nuestro día a día.

Permitiros soñar desde casa, pues si vosotros queréis, cada uno de los días de vuestra vida puede ser muy especial.

 

Título

Perú: Camino a cualquier sitio, uno de tantos días

Objeto

Chumpi

Referencia del objeto con alguna sensación o sentimiento con el que me si sentí identificado en el momento de escribir la postal:

“Pues a veces lo más COTIDIANO es lo que da más sentido a nuestra VIDA; al igual que ese cinturón tejido que con pocos meses de edad nos acerca al CALOR MATERNAL”

Escrito

Llegó el día de describir uno de tantos días en que te montas en un autobús y esperas la llegada a un nuevo sitio en donde… ahora aquí sentado observo…

 

Miradas perdidas con ganas de comunicar sentimientos,

sonrisas amables sin intención de dañar a quien se pueda sentir observado.

Sentimientos perdidos que buscan libros abiertos,

sentimientos que reflejan emociones perdidas de las cuales algún día formaron parte.

Manos gastadas que buscan un aliento de esperanza,

manos gastadas por un inalcanzable tiempo de espera.

Móviles ansiosos en la búsqueda de un primer contacto,

móviles que nos ayudan a pensar sobre quién somos o lo que piensan que somos.

Oídos cerrados bajo sintonías que nos aíslan por un momento de lo que somos,

oídos cerrados que se vuelven amargos al escuchar el silencio.

Letras gravadas bajo sentimientos anónimos,

letras gravadas tras un alguien que un día se encontró solo.

Apuntes mojados que destiñen saber,

apuntes mojados de un alguien que un día decidió pensar.

Papeles de plata que esconden el amor de quien nos vio despertar,

papeles de plata que dan calor a nuestros sentimientos.

Cristales que sirven de espejo a aquellos que vieron perder su madrugada,

cristales que reflejan quienes somos.

Historias anónimas que buscan su estela bajo un rebaño de transeúntes,

historias anónimas que buscan sentido a sus movimientos.

Botones que se abrochan tras cristales opacos,

botones que nos desinhiben de cualquier miedo a ser quien somos.

Próxima estación… la vida

Bajo mis oídos hoy sonaba Copenhague. Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar o empezar…

 

 

 

Un viaje, una emoción, unos objetos, unas costumbres (11)

Por Abel Farré

 

Atrapado en la ciudad que me vio nacer, cada una de las cosas con las que me voy encontrando me parecen banales. Cada uno de los espacios y objetos que me rodean no despiertan ninguna emoción en mi interior. Quiero volver a sentirme como un niño para volver a oler, tocar y sentir cada una de las cosas que me encuentro, quiero volver a sentir que el viaje de la vida está en cada uno de los objetos que nos rodean.

Quiero conocer cada uno de aquellos objetos característicos de cada uno de los países que visito, quiero vivir con ellos, quiero ver qué emociones me despiertan…

Vosotros desde vuestras casas podréis viajar a un mundo en donde existen diferentes costumbres pero que en el fondo llora, sufre, se alegra,… por unos mismos hechos que están presentes en nuestro día a día.

Permitiros soñar desde casa, pues si vosotros queréis, cada uno de los días de vuestra vida puede ser muy especial.

 

 

Título

Perú: Lima, pensando en la vejez

Objeto

Suspiro limeño

Referencia del objeto con alguna sensación o sentimiento con el que me si sentí identificado en el momento de escribir la postal:

“No dejes que el amarillo se vuelva blanco con preguntas en el tintero; pues la VEJEZ no es DECADENCIA sino SABIDURÍA”

Escrito

De nuevo una visita a Lima me hacía pensar en una de aquellas cosas que a veces necesitamos de un impulso para ser recordadas; en este caso fue una exposición de elogio a la vejez que se hacía en un Centro Cultural del aposentado barrio de San Isidro.

La misma hablaba sobre el hecho de que la sociedad actual parecía estar inmersa en una posición Aristotélica en torno a la vejez, como si esta se tratara de un estado de decadencia y en absoluto de garantía de sabiduría; así pues la sociedad actual omitía la vejez relegándola a toda suerte de residencias. El geriátrico parecía convertirse en el último hogar de una persona, su último refugio, de allí de confundir estos centros en salas de espera, en cuevas de pena, en recintos de tristeza…

Así que la idea era romper con todo esto, pues cada uno de aquellos ancianos que ponían nombre a cada uno de sus vidas, realzaban más que nadie el hecho de dar valor a cada una de aquellas cosas que les rodeaban; ahora valoraban más que nunca cada nube que veían tras aquella ventana, cada flor que emergía de aquella mesita de espera. Ahora en su vejez apreciaban más que nunca la vida, al mismo momento que se lamentaban del porqué haber tardado tanto tiempo en aprender a perdonar o a olvidar, aspectos que tiempos atrás tal vez les habían separado de seres queridos; eran tantas cosas que aprendían a día de hoy, son tantas cosas las que no sabemos y que podríamos aprender de ellos.

Ahora más que nunca, cada uno de aquellos ancianos estaban allí para darnos una nueva lección, pero nosotros, tras ese bloque de cristal, seguíamos ignorándolos muchas veces; desgraciadamente parecía que teníamos que llegar a la vejez para entenderlos…

Todo aquello me despertaba la necesidad de recuperar viejas palabras que había escrito, cuando andando por Barcelona miraba con impotencia aquellas caras “tristes” que yacían tras ese geriátrico.

 

Un buen día se levantó encerrada tras un bloque de cristal;

sus palabras se habían convertido en ecos del pasado.

Ella se revelaba consigo misma y recordaba esos días en que su razón de ser,

la habían convertido en profeta de los que ahora la miraban sin vida.

Malditos ojos los de aquellos que ahora bajaban la cabeza

por miedo a ver la realidad inminente de su futuro.

Malditos ojos los de aquellos que con una sonrisa de compasión

intentaban dar un respiro a su bondad.

¡Dios!, chillaba ella con fuerza; al mismo momento que aquellas batas blancas,

se volvían en su contra buscando una locura con la que poder encerrarla.

¡Dios!, chillaba ella con fuerza; al mismo momento que aquellos trajes de naftalina,

desviaban su mirada por miedo a no tener razón.

Pero Dios seguía inmóvil, allí donde no existiera,

preocupándose de poner su nombre en boca de todos, día tras día.

Pero Dios seguía allí inmóvil, como si ella formase parte de otro mundo,

como si ella sólo tuviera razón de ser el día de su muerte.

Sí, el día de su muerte todo el mundo miraría sin miedo sus ojos cerrados.

Sí, el día de su muerte todo el mundo recordaría lo que les había dejado contar.

Sí, el día de su muerte todo el mundo cantaría a Dios,

pero esta vez tras sábanas blancas y trajes sin sentido.

 

Andrea Por Ana Riera

 

 

Juan había conocido a Andrea en uno de sus muchos ingresos en el hospital. Tenía la tez clara y el pelo color panocha. Hablaba poco. De hecho, recordaba haber pensado en algún momento que con esos ojos claros debía ser de algún país del Este y todavía no dominaba el idioma. Pero no hacía falta. Su sonrisa y sus gestos cariñosos bastaban para hacerle sentir un poco mejor. Jamás había conocido a nadie tan dulce. Le sorprendió encontrarla justamente en un entorno tan trágico como la planta oncológica de un centro hospitalario de una gran ciudad.

No sabía exactamente por qué se le ocurrió hacerle esa pregunta. Volvía a estar ingresado. Otra vez. Había tenido una recaída. Fue un viernes del mes de febrero. A ella le tocaba turno de noche. La planta de oncología estaba relativamente tranquila. Se asomó para ver el gotero y lo encontró desvelado. No conseguía conciliar el sueño. De un tiempo a esta parte le pasaba a menudo. El dolor se había hecho dueño de su vida y lo controlaba todo. Su estado de ánimo, sus pensamientos, su vida entera en realidad. Le preguntó si había asistido a alguien que tuviera su mismo tipo de cáncer. Le había costado aceptar ese vocablo. Se pasó meses enteros rehuyéndolo, ocultándolo. Pero al fin lo había aceptado y lo había incorporado a su vida. La enfermera hizo como si no lo hubiera oído y se afanó en comprobar la vía y la bolsa de la sonda. Él, sin embargo, no se rindió. No tenía nada que perder. Repitió la pregunta, aunque esta vez le salió casi como un susurro.

Ella levantó la vista y lo observó sin prisas. A él le pareció que trataba de averiguar lo que realmente había motivado su pregunta. Debió encontrar lo que buscaba. Asintió con la cabeza. Eso le animó a seguir.

–¿Fue un enfermo del hospital?

–No—respondió ella.

–¿Un familiar entonces?

–Sí. Mi madre.

Conversaron durante más de una hora. Ella fue sincera. Se lo contó todo sobre el sufrimiento, sobre el deterioro. A Juan le pareció que llevaba mucho tiempo guardando esa información y que para ella había sido una especie de liberación poderla compartir con alguien. Él se lo había agradecido de corazón. Estaba harto de las palabras vacías, de las buenas intenciones, de las falsas sonrisas. Estaba jodido. Y solo. Los demás no podían hacer nada por evitarlo. Por eso le apretó la mano y le sonrió. Era la primera vez en mucho tiempo que se había sentido medianamente comprendido. Andrea ya había alcanzado la puerta, cuando se giró y le dijo:

–Si ella me hubiera pedido que le evitara todo ese sufrimiento, lo habría hecho sin dudar. Pero no me lo pidió. Ni siquiera en la recta final.

Juan no había podido sacarse esas palabras de la cabeza. Lo había intentado. Era creyente, o había creído serlo durante años. De modo que tenía la sensación de que eso era cruzar una línea prohibida, ir demasiado lejos. Pero era como si aquellas palabras se le hubiesen quedado incrustadas en una esquina del cerebro. Había tratado de convencerse de que era demasiado cobarde, de que no sería capaz. Pero ahí seguía su voz, como marcada con un hierro candente. Así que al fin se rindió.

–Eso que dijiste, lo de que le habrías evitado el sufrimiento a tu madre si te lo hubiera pedido, te referías a…

–Sí—respondió ella sin dejarle terminar.

–Pero eso podría costarte el empleo, incluso la libertad. Podrían condenarte a prisión.

–Sé como hacerlo para que eso no ocurra.

Esa noche Juan no se atrevió a ir más lejos. En el fondo había confiado en que fuera imposible, en que ella no estuviera dispuesta a jugarse la carrera, incluso la vida, por un desconocido. Por eso al ver que existía la posibilidad, fue incapaz de seguir adelante. Necesitaba procesar todo aquello. Pero la semilla ya estaba echada.

De hecho, fue ella la que retomó el tema unos días más tarde. Tras la ventana, todavía reinaba la oscuridad, pero ya se adivinaba la proximidad del alba. Andrea entró en su habitación, acercó el sofá a la cabecera de la cama, para que pudieran oírse a pesar de hablar en susurros, y se lo contó.

–Yo te conseguiría las sustancias que necesitas para poner fin a tu sufrimiento, pero deberías inyectártelas tú mismo. Lo más importante es grabar un video en el que a mí no se me vea en ningún momento. Debes salir solo tú diciéndole a la cámara que lo haces por voluntad propia. Y debe verse cómo te inyectas la sustancia, para que nadie más sea considerado culpable. ¿Quieres hacerme alguna pregunta?

–¿Y si descubren que eres tú la que me ha suministrado la sustancia? Los medicamentos están muy controlados en un hospital.

–No lo sacaré de aquí. Lo conseguiré en el mercado negro. No te preocupes. Tomaré precauciones.

Juan se quedó solo con sus pensamientos. Los primeros rayos de luz empezaban a colarse perezosos en la estancia, pero él no fue consciente de ello.

Acordaron que lo harían el día de su cumpleaños. Fue una elección poética: así abandonaría este mundo el mismo día que había llegado a él, solo que cincuenta años más tarde. En los días previos Andrea le había enseñado a inyectarse y había practicado con él algunas técnicas de relajación, para que no perdiera los nervios en el último momento.

Por fin llegó el día. Andrea entró en la habitación al filo de la medianoche. En la planta reinaba una extraña calma. Ella se acercó, extrajo unas botellitas de un estuchito negro y esbozó una sonrisa. Luego preparó la cámara de video. Llevaba puestos unos guantes de quirófano, para no dejar ninguna huella. Hablaron un rato cogidos de las manos y luego se despidieron con un cálido abrazo y un sentido beso. Finalmente, Andrea puso a grabar la cámara de video y desapareció.

Obra de Raquel Berges.

 

 

Un viaje, una emoción, unos objetos, unas costumbres (10)

Por Abel Farré

 

Atrapado en la ciudad que me vio nacer, cada una de las cosas con las que me voy encontrando me parecen banales. Cada uno de los espacios y objetos que me rodean no despiertan ninguna emoción en mi interior. Quiero volver a sentirme como un niño para volver a oler, tocar y sentir cada una de las cosas que me encuentro, quiero volver a sentir que el viaje de la vida está en cada uno de los objetos que nos rodean.

Quiero conocer cada uno de aquellos objetos característicos de cada uno de los países que visito, quiero vivir con ellos, quiero ver qué emociones me despiertan…

Vosotros desde vuestras casas podréis viajar a un mundo en donde existen diferentes costumbres pero que en el fondo llora, sufre, se alegra,… por unos mismos hechos que están presentes en nuestro día a día.

Permitiros soñar desde casa, pues si vosotros queréis, cada uno de los días de vuestra vida puede ser muy especial.

 

 

 

Título

Perú: Iquitos, la selva y la naturaleza quedaron atrás.

Objeto

Remos

Referencia del objeto con alguna sensación o sentimiento con el que me si sentí identificado en el momento de escribir la postal:

“Como aquellos remos que empujan el agua a DESTIEMPO; a menudo necesitamos avanzar echando una MIRADA ATRÁS para sentirnos igual que en una SITUACIÓN PASADA”

Escrito

Llegó el día en que aquella bella mariposa de color azul, que volaba suavemente por aquellos misteriosos y profundos lugares se vio aplastada por la carga del aire humano. El sonido de los mosquitos se vio transformado por ruidosos mototaxis que se retaban en cada esquina buscando la mejor carrera. Las gotas ya no caían sobre verdes hojas que yacían sobre los lagos, sino que estas eran evitadas por superficies plásticas  levantadas por la llamada civilización; ya nada era como antes, parecía el fin de unas vacaciones encomendadas dentro de un viaje escrito.

De nuevo me veía en una Plaza de Armas en la búsqueda de un mercado donde poder alimentarme por pocos soles, así que después de dar unas vueltas me tropecé con el llamado Mercado de Belén, la llamada pequeña Venecia de Iquitos; en donde a pesar del caos, el humo, el ruido y la gente, guardaba un algo especial que te atrapaba en medio de esas casas flotantes; tal vez era una necesidad de recuerdo de los días anteriores, tal vez era una regresión…

Tras pasear entre hierbas medicinales que sanaban, o bien te hacían olvidar por un tiempo todos los males que pudieran ser escritos, acabé relegando ayahuascas, sanpedros, chacrunas y uñas de gato…por una mesa compartida donde el manjar tomaba forma de pescado bajo el nombre de Sábado, el cual se veía dulcemente acompañado por un maduro frito que reposaba encima de unas hojas de palmera.

Los mosquitos volvían a aparecer como por arte de magia regocijándose sobre mis piernas, al tiempo que los niños me miraban con caras extrañas tras la observación de aquel extranjero que con pelo en la cara disfrutaba de ese manjar. Tras el regreso al Hostel, hombres con caras y pies pintados aparecían desaliñados anunciando la próxima ceremonia gringa del chamán de lengua extranjera llegado a la ciudad; yo desistía y de nuevo me formulaba nuevas preguntas en relación a todo aquello.

Así que lleno de curiosidad, me escapaba al día siguiente al Mercado de San Juan, en donde el pintor esculpía todo lo que aquellas mentes vomitaban tras sus viajes personales en sus últimos suspiros ayahuasqueros; en ellas aparecían caras deformadas, cuerpos desnudos y humanoides que se fundían entre la naturaleza; marcando una crueldad y una ansiedad que parecían dejar atrás las pinturas negras de Goya. Los acompañantes me hablaban del nuevo surrealismo y de la influencia de Dalí, tal vez no era una coincidencia mi nacionalidad y que ellos tuvieran ganas de hacer negocio..

Finalmente superada mi curiosidad me fui a tantear el Mercado de Nanay, mi llegada tras ver de reojo la amplitud del Amazonas, se limitó a decir: Un sábado y un maduro frito por favor, al momento que esperaba que los mosquitos de nuevo cubrieran mis piernas… tal vez era una necesidad de recuerdo de los días anteriores, tal vez era una regresión…

 

 

Bon Voyage: la aventura permanente

Por Horacio Otheguy Riveira

Un gran reparto al frente de apasionantes historias cruzadas en torno a la ocupación de París en una obra maestra del cine francés, realizada en 2003 por el director de Cyrano de Bergerac, Jean-Paul Rappeneau.

 

Divierte con astucia de hábil comediante, con las justas, preciosas armas de los ya legendarios divertimentos franceses, como si se tratara de una comedia de enredos, un delicioso vodevil capaz de conducirnos a cualquier parte donde Isabelle Adjani nos convenza de que no envejecerá jamás y que permanecerá mintiéndonos y mimándonos cuantas veces a ella se le antoje en el papel de una diva caprichosa, una amante calculadora, en cualquier caso tan fascinante como peligrosa.

Ilustra porque trasunta episodios reales de una Francia que cambia radicalmente con las botas alemanas en el salón comedor mientras variados personajes entrecruzan angustias, temores, audacias y traiciones, al mismo tiempo que la vida sigue con sus mezquindades y sus grandezas.

Emociona porque cuando el ritmo propio del cine de aventuras apaga, y el humor se pone a un lado, se da paso a una atmósfera de intriga, suspense, alta tensión, recubierta de romances truncos, amores que se buscan a sí mismos con deliciosa ansiedad.

Apasiona porque todo el entrelazado del guión es un prodigio de comedia-dramática en el que nunca decae el interés, hasta dar con el propio título embozado en un coche y la voz de Adjani reflejando lo pueril sumergido en la grandeza de una fuga que hará historia, nada menos que la del general De Gaulle, a quien no conoce para nada y sólo le lanza un indiferente Bon Voyage.

 

Divierte, ilustra, emociona y apasiona ver todo esto en manos del mismo realizador de la genial Cyrano de Bergerac (1990), contando con un reparto de extraordinaria riqueza en el que, una vez más, resulta muy gratificante contar con el coprotagonista Gregori Derángere y los brillantes Iván Attal y Virginie Ledoyen y el gran Gerard Depardieu en uno de sus personajes “secundarios” de inusitada contención dramática, elegancia de ministro ansioso por reubicarse junto a la bella actriz por la que muchos hombres desesperan, junto a una breve y magistral aparición de la célebre Aurore Clément. Todos a una sumergidos en la maravillosa banda sonora de Gabriel Yared, que aporta dinamismo en un entorno de romanticismo infatigable.

El extraordinario guión —compuesto como un musical en el que no se baila ni se canta pero que se desarrolla con un ritmo y una musicalidad prodigiosos—, fue escrito por el director Rappeneau y el escritor Patrick Modiano, novelista con larga trayectoria cinematográfica en el tratamiento documental y ficcional de la resistencia al nazismo (Premio Nobel 2014, es decir 11 años después de esta película). Pero sobre ese texto muchas veces revisado hubo una definitiva adaptación donde participaron, además del director y su hijo Julien, guionista y realizador con larga experiencia, y Jerome Tonnerre y  Gilles Marchand: mucha gente de talento felizmente coordinada por el director para lograr una obra maestra.

 

 

“El salto de papá”: la búsqueda emocional de un padre suicida en una obra magistral

Por Horacio Otheguy Riveira

 

Un niño que admiraba a su padre se enfrenta a su muerte por suicidio. Pasan muchos años en los que se convierte en excelente escritor y periodista y crea su propia familia. Años de elucubraciones, de muchas idas y vueltas en torno a la querida figura que un día dijo basta dejándole solo a los 15 años, después de haberle demostrado mucho cariño, de haber compartido con alegría muchos días con sus noches.

Investigar el mundo de su padre resulta tan complejo como doloroso pero insiste a lo largo de un tiempo deshilvanado, y es tanto lo que encuentra en el camino, tanta aflicción en la historia familiar que, entre lágrimas, serenidad y sonrisas indaga con el mismo rigor como lo ha hecho con otros personajes importantes de la historia reciente de Hispanoamérica (Evo Morales; Grupo Clarín: una historia; Clarín: la era Magnetto; El asesinato de Juan José Torres…), pero esta vez con la cercanía consanguínea y en su propio país, Argentina, y su padre cayendo desde lo alto como si nunca pudiera llegar al asfalto y terminar para siempre su desgraciado periplo.

La indagación de Martín Sivak es admirable. Logra un periodismo literario que jamás busca compartir la amargura ni el desasosiego, mucho menos las lágrimas compulsivas, cuando éstas llegan es porque consigue darnos el abrazo que él necesitó recibir en duros años de ausencia de un ser humano irreemplazable, ya entrañable para todos los que recorrimos estas páginas o volvemos a ellas para recuperar un poco de las zonas oscuras que el autor ilumina poco a poco, abordando una historia que escribe como si hablara consigo mismo una y otra vez, hablando también con todos los que conocieron a Jorge, los que le discutieron, simpatizaron, amaron. Los rincones de Buenos Aires salen a escena desprovistos de maquillaje, tal cual las instituciones, las cafeterías, las casas de familia donde se pergeñaron alianzas y traiciones. La representación, más que una reconstrucción, da como resultado un libro que no se parece a ningún otro en el diálogo de un hombre con su padre prematuramente desaparecido; en un encuentro mágico de la vida con la muerte. Originalísima es también la trayectoria que rememora de un padre inquieto e inquietante, un comunista de familia judeomarxista que, entre muchas aventuras insólitas, fundó un banco con gran vocación social…

Al comienzo quise saber por qué se había suicidado. Como quien resuelve una ecuación o las palabras cruzadas. Conseguí hipótesis prestadas. Mi mamá responsabilizaba a la familia Sivak por haberlo abandonado. Horacio, su hermano científico, sostenía que hubo mala praxis de los psiquiatras y psicoanalistas. Su amigo Daniel Viglietti, en una carta, escribió que el sistema capitalista se va comiendo a las buenas personas. Sumé otras hipótesis. Papá temía quedar detenido por la quiebra de su banco. Hubiese sido la peor deshonra: sentía cierto orgullo por haber sido preso político de gobiernos militares veinte años atrás y le resultaba intolerable la idea de la cárcel por un delito económico. Además, lo perseguía la culpa por el secuestro y el asesinato de su hermano mayor y la desaparición, apenas empezó la dictadura de 1976, de su mejor amigo y compañero de militancia. Me resigné, sin embargo, a no encontrar una respuesta definitiva.

Jorge Sivak con esposa e hijos, cuando aún sus sueños parecían factibles de hacerse realidad.

 

La pesquisa no puede ser más rica en acontecimientos pormenorizados porque la historia de papá es también la crónica de dos secuestros de su hermano Osvaldo, y de aspectos familiares tortuosos que el propio autor va descubriendo a medida que lo hace el lector, logrando desde la primera página una suerte de fluida camaradería. La cercanía de la prosa y la prolija caligrafía del investigador periodístico consiguen involucrarnos en la existencia apasionante de un abogado que también participa en la vida política de un país convulsionado.

Hay capítulos muy intensos en la trayectoria del Sivak que decidió arrojarse desde lo alto de un edificio. Se abarcan los peligros provocados por la última dictadura militar, algunos períodos transcurridos en diversas prisiones, la integración en la lucha política, y luego los coletazos de la flamante democracia… A menudo es necesario cerrar el libro, pensar, recordar, imaginar, y regresar con la misma paciencia con que lo hace el autor. Paso a paso, la sapiencia de Martín Sivak logra dejar para el último tramo peripecias especialmente interesantes como su encuentro con el psicoanalista de su padre…

En definitiva, se trata de un material tan bien compuesto que se sostiene con un distante dramatismo con ráfagas del humor irónico característico de la gran tradición literaria judía:

 

Los soviéticos nos visitaban con cierta frecuencia porque papá tenía un negocio en marcha: importar la tecnología de las intervenciones para corregir el astigmatismo e instalar en Buenos Aires una Clínica Fyodorov.

Svyatoslav Fyodorov era una eminencia mundial de la oftalmología. El primero que implantó un lente intraocular, el creador de la técnica quirúrgica para la miopía. (…) Papá no volvió más prosoviético de ese viaje. Creo que ocultaba cierta desilusión por lo que había visto, pero eludió el tema.

La importación del método Fyodorov nunca se produjo.

Tampoco se concretaron sus demás proyectos con la Unión Soviética y otros países del eurocomunismo.

La importación de tela denim para hacer jeans en la Argentina: no.

La explotación de una mina de carbón en Río Turbio, por un consorcio de empresas de Rumania y Alemania del Este: no.

La exportación de durmientes a Yugoslavia: no.

Un negocio con Cuba del que no llegué a conocer detalles: no.

La exportación de Pumper Nic a Polonia: tampoco.

El único negocio que resultó, la exportación de naranjas a Checoslovaquia, rindió ganancias mínimas. Uno de los socios en el proyecto le hizo descubrir una máquina que llamó “del futuro” y crucial para exportar naranjas: el fax. Papá se jactaba de haber sido uno de los primeros argentinos en comprar faxes y hornos microondas. No sabía cómo hacerlos funcionar.

 

Nada falta. Nada sobra. Un firme compañero de ruta de otros libros del autor, igualmente muy buenos, todos ellos producto de una investigación exhaustiva y un respeto enorme por la palabra escrita… y por los lectores anónimos que le reciben con asombro y profundo agradecimiento.

 

 

 

 

 

 

Un viaje, una emoción, unos objetos, unas costumbres (9)

Por Abel Farré

 

Atrapado en la ciudad que me vio nacer, cada una de las cosas con las que me voy encontrando me parecen banales. Cada uno de los espacios y objetos que me rodean no despiertan ninguna emoción en mi interior. Quiero volver a sentirme como un niño para volver a oler, tocar y sentir cada una de las cosas que me encuentro, quiero volver a sentir que el viaje de la vida está en cada uno de los objetos que nos rodean.

Quiero conocer cada uno de aquellos objetos característicos de cada uno de los países que visito, quiero vivir con ellos, quiero ver qué emociones me despiertan…

Vosotros desde vuestras casas podréis viajar a un mundo en donde existen diferentes costumbres pero que en el fondo llora, sufre, se alegra,… por unos mismos hechos que están presentes en nuestro día a día.

Permitiros soñar desde casa, pues si vosotros queréis, cada uno de los días de vuestra vida puede ser muy especial.

 

 

Título

Perú: Pacaya, en la selva

Objeto

Ayahuasca

Referencia del objeto con alguna sensación o sentimiento con el que me si sentí identificado en el momento de escribir la postal:

“Pues tal vez necesitamos DESENREDAR EL ALMA con plantas sagradas para tener CLARIDAD DE PENSAMIENTO; pues tal vez así sabremos quiénes somos tras un puño vacío que esconde nuestros MIEDOS – Todo lo llevamos dentro, sólo hace falta ABRIR LOS OJOS – ”

Escrito

Llegamos a ella esquivando aquellas ramas que danzaban al son de su propia muerte, relegándose así al paso de un agua que nutría de vida cada una de aquellas comunidades indígenas.

Ahora mientras el oso perezoso descansaba en lo alto, como muñeco de trapo mojado de alcohol, nosotros nos íbamos adentrando a un mundo en donde las lianas caían como pelos despiadados dando movimiento a unos monos que tropezaban entre las mismas en búsqueda del alimento deseado. Nosotros alzábamos nuestro brazo con fruta en mano esperando su respuesta, mientras cubríamos nuestro miedo con machetes que escondían nuestra propia ignorancia por el desconocimiento del hábitat que pisábamos.

Era uno de esos momentos en que te das cuenta de la inseguridad humana; del miedo a conocer algo nuevo, del miedo a la incertidumbre, del miedo a perder la rutina y sentirnos desorientados, del miedo al cambio… así que mientras extendíamos un brazo de confianza abierto a conocer guardábamos el otro con puño afilado, el cual respondía muchas veces inútilmente anulando un pensamiento genuino.

Tras aquel intercambio de necesidades entre los monos y nosotros, caracterizado por la falta de comida en unos y de cariño en otros, nos seguimos adentrando en la selva.

Por el camino se cruzaron; peludas tarántulas, sapos en búsqueda de príncipes azules, ratones silvestres, mariposas de colores envidiables, pájaros que extendían su plumaje coquetamente y todo tipo de insectos desaliñados que aceleraban nuestro paso por aquel laberinto de frondosos verdes y pequeños barrizales.

Tras desestimar la búsqueda del jaguar, pues las aguas estaban muy crecidas y teniendo en cuenta que estaba empezando a anochecer, tomamos de nuevo el bote y nos dirigimos a un lago, allí en donde el caimán empezaría su recolecta de manjar entre aves y sapos despistados.

A medida que fue anocheciendo el sonido de los grillos y las cigarras empezaron a atormentar nuestros oídos, al momento que nuestras fosas nasales parecían bloquearse por un fuerte olor que emergía de ese lago en donde, aparte de caimanes, parecía estar colonizado por pirañas y peces gato ansiosos de carne fresca.

De nuevo el miedo se apoderaba de nosotros, tomando así con firmeza nuestro machete. Tal vez por el recuerdo de las viejas leyendas que nos habían contado esa misma tarde; en donde aquellos delfines rosas con los que nos habíamos bañado por el río Ucayali se convertían en humanoides que te abducían al fondo del mar pasada la noche. Así que como hijos de Stanley Kubrick  y sonido real de fondo, veíamos cómo se extendían nuestros guiones por nuestra ardua cabeza.

Pero finalmente llegó el momento en que los ojos del caimán se vieron enrojecidos por nuestra fuente de luz y tal vez fue allí cuando despertamos.  Ahora el cielo se iluminó de estrellas que se vieron reflejadas en vida por aquellos pequeños insectos que reposaban encima de las Victorias Regias.

Fue allí en donde emprendimos nuestro silencioso viaje de vuelta guiados por la Cruz del Sur; tal vez fue un sueño, una realidad o la Ayahuasca, todo depende de cada uno… pero la verdad es que todo lo llevamos dentro, sólo falta abrir los ojos sin miedo, para poderlo ver…

 

 

Poética unión de la prostitución con la búsqueda de la felicidad

Por Horacio Otheguy Riveira

Un libro insólito, una autobiografía sin parangón por parte de una prostituta que, ante todo, es un ser humano agobiado por el maltrato familiar y de pareja, envuelto en acontecimientos muy dramáticos. Sus favores sexuales a cambio de dinero carecen del proxeneta típico de novelas y películas, se viven en situaciones muy distintas, en diversas Comunidades españolas y en Francia, pero en todas partes la potente necesidad de salir adelante por parte de una inmigrante en dificultades llena de luz cuanto toca.

Nada de lo que la espanta la debilita, excepto el amor traicionado de un hombre monstruoso, prototipo del maltratador machista, celoso, furiosamente impotente. La oscuridad de la penumbra es una obra que registra momento a momento toda una vida de dificultades, en manos de una hermosa mujer que nunca se da por vencida.

(…) Nací en el barrio de Afogados con un crítico estado de salud: sufría asma y anemia aguda, la semana de mi nacimiento coincidió con un trágico suceso familiar. Cuatro días antes de mi llegada al mundo, mi hermano fue sorprendido por un camión, cuando cruzaba un camino. El accidente tuvo un brutal desenlace, murió en el acto. Tan solo llegué a conocerlo por fotografía, un violento zarpazo del despiadado destino de mi madre. Ella tenía, por naturaleza, un carácter reservado, después de esa fatalidad se encerró aún más en sí misma, no solía compartir sus angustias con nadie, ni siquiera con sus más allegados. Todo se lo guardaba para sí misma. Como si en el fondo de su ser pudiera encontrar las respuestas a todos sus porqués, se acostumbró a lucir una coraza de inquebrantable,  llegando a transmitir una imagen de frialdad. Solo los más íntimos podían entender que detrás de aquella armadura había un ser sufrido y frágil. En cierto modo podría decir que heredé de ella la apariencia de ser portadora de una envidiable fortaleza.

 

Wanda es el seudónimo por el cual una madre de familia con algo más de 30 años recuerda su vida. Desde un suburbio de Brasil, el relato pormenorizado de una vida dolorosa logra contagiar al lector —a lo largo de más de 500 páginas— de un ansia por vivir que conmueve por su sinceridad. La necesidad de ternura por parte de una mujer maltratada por quienes más deberían haberla amado, discurre página a página como si se tratase de una experta escritora que recrea los momentos de su existencia con precisión de cirujana.

A merced de un machismo enfermizo que comienza con su propio padre —un hombre primitivo que desprecia a sus propias hijas— y otros varones depredadores de su entorno, conforma una alianza muy sólida con una de sus hermanas, con quien comparte pequeñas-grandes alegrías en un ámbito en el que prevalece la soledad, el hambre, la incertidumbre… y la muerte violenta…

Lo más importante de esta obra es el tono, la cadencia poética, encantadora, con que la autora rescata gloriosos momentos de calidez masculina, incluso en situaciones sumamente conflictivas. Su comportamiento ante los deseos sexuales de los clientes más variopintos son siempre los propios de un ser puro, que jamás se contamina de prejuicios ni resentimientos (que sí abundan entre sus colegas). Todo se produce en el cuerpo de una mujer que sigue siendo una niña ilusionada con salir de sus diversos infiernos lo más serena posible, nunca a la contra de los demás ni siquiera de la sociedad, sino siempre a favor de su propia búsqueda de libertad plena.

A través de su singular estilo de escritora espontánea, la fuerza poética de su palabra escrita recorre los cuerpos desnudos de hombres tristes y valerosos, socarrones, violentos… y algunos gratamente sorprendentes. La búsqueda del placer y la necesidad urgente de un orgasmo que se parezca a alguna clase de felicidad. La vida y la muerte como dos opuestos que se unen, como precisamente sucede con la oscuridad y la penumbra:

“Quise plasmar tanto en el título como en la portada mi interpretación sobre la penumbra que encaja como guante con mi vida, dado que la penumbra es una situación donde hay luz y oscuridad pero se desconoce donde acaba una y empieza la otra.

Con ello quiero decir que siempre estuve rodeada de oscuridad, pero la luz de mi interior nunca dejó de brillar en  forma de fe, de esperanza, pero caminando lado a lado con la oscuridad”.

Un libro editado por Círculo Rojo. 

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