La avería Por Ana Riera

 

 

—Acabo de hablar con el técnico de la calefacción. Dice que tienen muchísimo trabajo, que lo siente mucho, pero que como muy pronto podría pasarse mañana domingo por la tarde. Pero no me lo asegura. Que en esta época ya se sabe—dijo disgustado Manuel.

—Vaya por Dios. Pues yo aquí con este frío no me quedo. Estoy heladita—respondió Rosa, su esposa—. Para eso prefiero regresar a la ciudad. Ya sabes que yo me resfrío con mucha facilidad y luego lo paso fatal.

—Podríamos encender la chimenea.

—Pero si no queda ni un triste trozo de madera. Te lo dije la semana pasada. Cuando no se puede, no se puede. Esta casa sin calefacción no tiene condiciones.

—Está bien, como quieras—suspiró resignado—. Recógelo todo y nos vamos. Podemos cenar algo donde Marcial. Así de paso le digo que mañana avise a Juan y los demás, para que no me esperen para el aperitivo.

Durante la escasa hora que separaba su casa de la sierra de su piso de la ciudad, Rosa le dio vueltas a cómo iba a quedar con el de la calefacción. Tendría que llamar el lunes temprano e intentar quedar con él para el siguiente sábado a primera hora, para que diera tiempo a que la casa se calentara una vez arreglada.

Manuel, por su parte, pensó que necesitaba esos fines de semana. Escapar del agobio de la ciudad, levantarse por la mañana y salir a dar un paseo por el campo, desayunar sin prisas en la terraza leyendo el periódico, bajar donde Marcial y encontrarse con los amigos, charlar de fútbol y de toros, a veces incluso de política. Y luego, el domingo por la tarde, de camino a Madrid, escuchar el Carrusel Deportivo en la radio.

—Ves, ya me he resfriado. Me pica la garganta. Y cuando a mí me pica la garganta, mala señal.

—Pero si nos hemos ido en seguida. No ha dado tiempo a que te resfríes, Rosa. No digas tonterías—contestó Manuel mientras entraban en el piso—. Anda, deja las bolsas aquí y métete en la cama. Ya me ocupo yo.

—Sí, será lo mejor—añadió ella dirigiéndose al dormitorio.

—Anda, pasa. ¿Quieres que te traiga un ibuprofeno?

—Sí, gracias.

—¿Dónde los guardas?

—En nuestro baño, en el armarito. En la balda de arriba.

Manuel iba a salir del dormitorio cuando se oyó un ruido.

—¿Has oído eso, Manuel?

—Será la niña. Voy a decirle que estamos aquí.

 

 

—No, Laura no está. Hablé con ella esta mañana y me dijo que por la tarde había quedado en ir a casa de su amiga María. Que se iba a quedar a dormir allí y volvería por la mañana temprano para seguir estudiando.

Se oyeron ruidos de nuevo.

—Otra vez. Parece que viene de la cocina.

Manuel se dirigió con paso seguro hacia la cómoda. Abrió el tercer cajón y sacó un bulto envuelto en una toalla vieja. Era su arma reglamentaria.

—Manuel, por Dios, ten mucho cuidado.

—Tranquila, mujer. Es solo por precaución, por ir protegido. Tú quédate aquí. Ahora vuelvo.

Apenas había transcurrido un minuto cuando un disparo retumbó por toda la casa.

 

 

Laura abrió los ojos de inmediato. Se había quedado dormida con una sonrisa en los labios. Le llevó un par de segundos recordar que estaba  en su casa, en su cama, donde acababa de hacer el amor con Juanjo. Sabía que con su larga melena a sus padres no les gustaría nada, pero a ella la tenía loca. De golpe, recuperando plenamente la conciencia, un pensamiento le sacudió el cerebro. ¿Dios mío, eso ha sido un disparo? Instintivamente miró a su lado. No había nadie. Impulsada por un resorte invisible saltó de la cama y se precipitó por el pasillo en dirección a la cocina. A pesar de su carrera desesperada, cuando llegó ya era demasiado tarde. Su chico yacía en el suelo con su hermosa cabellera desparramada por las baldosas. Tenía un agujero en la camiseta de Metallica y había un enorme charco de sangre. Su padre, a un metro escaso, todavía empuñaba el arma.

 

La nota Un relato de Ana Riera

 

Lo cierto era, no obstante, que esa situación empezaba a resultarle realmente molesta, aunque intuía que no iba a ser tan fácil solucionarlo como cuando tenía 9 años. En cualquier caso, tenía que encontrar una táctica parecida a la de cambiarse de colegio, ya que había funcionado a la perfección.

Estuvo varios días dándole vueltas sin que nada la convenciera.

 

 

Rosa ya no quería a Ismael, pero era incapaz de romper con él. Sencillamente no podía. La primera vez que fue consciente de esa peculiaridad de su carácter tenía apenas 9 años. Cristina había sido su mejor amiga desde que tenía uso de razón. Se habían conocido en la guardería. Las dos eran más bien tímidas, más bien tranquilas. Además, sus apellidos empezaban por la misma letra, así que las perchas donde colgaban el abrigo y la mochila cada mañana eran contiguas, sus sillas estaban una junto a la otra en la misma mesa rectangular, sus vasos para cuando tenían sed, prácticamente pegados.

Con el paso del tiempo, sin embargo, algo cambió.  Rosa se fue volviendo más locuaz, más sociable. Pero Cristina continuó siendo igual de introvertida. Poco a poco Cristina se convirtió en una carga, en un lastre que no dejaba avanzar a Rosa. Esta última era plenamente consciente de ello, pero no era capaz de poner fin a la relación. De hecho, prefirió mentir a sus padres y decir que no le gustaba su colegio. Lo repitió una y otra vez, hasta que logró que la cambiaran a otra escuela.

Habían pasado muchos años desde aquello, pero allí estaba ahora, sabiendo que su relación con Ismael no iba a ningún lado, pero con el pleno convencimiento de que nunca iba a decírselo a la cara. No era que le diera pena o que sufriera por si se lo tomaba a la tremenda. Era más bien una imposibilidad física. O mental. O ambas cosas a la vez.

Durante algún tiempo simplemente siguió con su vida sin hacer nada. Lo peor era que Ismael no sospechaba nada. Porque cuanto más claro tenía Rosa que la relación estaba en las últimas, más se esforzaba por hacerle la vida agradable a su pareja. Era como si algo la obligara a, de algún modo, equilibrar la balanza.

Lo cierto era, no obstante, que esa situación empezaba a resultarle realmente molesta, aunque intuía que no iba a ser tan fácil solucionarlo como cuando tenía 9 años. En cualquier caso, tenía que encontrar una táctica parecida a la de cambiarse de colegio, ya que había funcionado a la perfección.

Estuvo varios días dándole vueltas sin que nada la convenciera.

 

[Lilia Carrillo.]

Ese día al salir del trabajo, Rosa sintió que había llegado al límite de su paciencia. Esa mañana, mientras desayunaba en casa, ver a Ismael allí, delante de ella, removiendo el café durante lo que le pareció una eternidad, había sentido náuseas. Sólo recordar su forma de sorber el líquido oscuro mientras esperaba en un semáforo, le revolvió las tripas, dio vueltas y más vueltas sin rumbo fijo, tratando de pensar en algo para quitárselo de encima, pero las ideas le daban esquinazo antes siquiera de materializarse.

Al fin, agotada, decidió regresar a casa. La idea no le atraía lo más mínimo. Se sentía decepcionada y asqueada y desesperada, pero estaba cansadísima. Le dolían hasta las pestañas. Se consoló pensando que igual ya se habría acostado, pues era bastante tarde.

Ya en el portal respiró hondo varias veces. Una vez dentro, subió lentamente los tres tramos de escaleras que la separaban de su destino. Luego metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Respiró de nuevo un par de veces. En la casa reinaba el silencio. Eso logró apaciguarla un poco. Avanzó sigilosa hacia la cocina sin encender ninguna luz, no fuera a despertarse. Casi la había alcanzado cuando algo llamó su atención. Un rayo de luna solitario entraba por la ventana del salón iluminando un sobre blanco que tenía su nombre escrito. Le pareció que estaba fuera de sitio. Fue a guardarlo en un cajón, pero le pudo la curiosidad. Apenas había dos líneas escritas:

“Me marcho de casa. Sé que dejarte con una nota es de cobardes, pero o lo hacía así o nunca hubiera sido capaz”.

 

[Fernando García Ponce.]

Lluvia con olor a limón. Relato de Elisa Pérez

La carretera se iba abriendo entre el entramado de vegetación que componía el paisaje; al fondo el horizonte se mostraba cada vez más cercano.

Rubén había buscado ese lugar. Dentro de su minuciosidad habitual se había decantado por un pequeño hotel alejado de la ciudad, lo suficiente como para desaparecer durante un fin de semana sin necesidad de dar muchas explicaciones.

Cuando Jorge le contactó no podía dar crédito. Su confidente de la adolescencia le había localizado tras una búsqueda incansable, le confesó eufórico.

         — ¿Te acuerdas del pelirrojo que siempre te pedía ayuda en los exámenes? –esa inconfundible risa le rememoró inmediatamente otra época.

Allí estaba él, Jorge Peláez Durán. Su amigo de la infancia que desapareció un buen día hace más de diez años, llevándose con él los deliciosos bizcochos de limón que su madre les hacía para merendar.

         —¿Jorge? ¡Eres tú… no me lo puedo creer! Increíble. ¿Cómo me has localizado?

         —Eso da igual ahora. Nos vemos, ¿no?

El ímpetu en la voz de Jorge resultó contagioso para Rubén que no pudo resistirse a quedar, tras breves conversaciones por teléfono.

Mientras sujetaba fuertemente el volante, tenía ciertas dudas sobre su decisión. Las ramas rozaban el cristal delantero, fruto del viento huracanado que iba en aumento a medida que avanzaba. Esa llamada, ese encuentro, le tenía intranquilo. Hacía demasiado que no pensaba en el pasado.

—¡Ponte inmediatamente en alguno de los grupos que se han formado! ¡Vamos! ¡Vamos, te he dicho! –la voz del profesor de educación física le hacía temblar cada vez que iniciaba alguno de los ejercicios de gimnasia o deporte programados–. La mayoría de los alumnos le seguían sin más; Rubén le odiaba. No le gustaba el deporte. Tu cuerpo no está dotado para el movimiento, pareces un auténtico pingüino… repetía su abuelo materno cada vez que le veía correr de forma patosa entre sus primos y primas; a continuación, intentaba contagiar su dominio a los demás con una sonrojante carcajada. Todos menos su madre, asentían ante el dominio del patriarca. Ella en cambio siempre le defendía con alguna frase o excusa que quedara por encima de la ruinosa ironía del abuelo. Lástima que ni uno ni otro resistieran los avatares que la vida les dispuso: el abuelo no sobrevivió a un cáncer de pulmón que se lo llevó entre maldiciones y escupitajos de sangre en apenas tres meses; y su madre no pudo aguantar la dureza de una vida injusta, sola con un hijo al que se esforzó en entender y proteger por encima de todo.

         La naturaleza estaba mostrando toda su fiereza. La lluvia iba en aumento, las gotas impedían divisar los límites de la carretera , y las rachas de viento hacían imposible descuidar un segundo las manos del volante .

         —¿Te parece bien un hotel a las afueras?

         — Vale, busca uno y me das la dirección. Allí nos encontraremos.

Jorge, quince años después, parecía el mismo. Seguro, relajado y decidido a hacer lo que le apetecía cuando le apetecía.

         — No hagas caso de lo que te dice ese memo. A mí tampoco me gusta la gimnasia. Y ya está.

Mientras recordaba esas palabras,  Rubén se preguntó  si aún conservaría esa espalda vencida, esas lentes de gran volumen o aquellas manos regordetas con las que le era imposible atrapar cualquier balón. Sin embargo, nunca le vio sufrir con las frases dolorosas del profesor o los compañeros. Le admiraba por su indiferencia, por su desenvoltura y hasta por su madre a la que comparaba irremediablemente con la suya.

A pesar de la dificultad de la marcha, por fin se divisaba la indicación hacia el hotel.

De nuevo miró desolado hacia el cielo. La solemnidad de las nubes dulces y amables, se habían tornado amenazadoras. Le entraron enormes ganas de retroceder pero el camino de vuelta parecía más aterrador aún. Todo el cielo se había ido llenando de cúmulos irregulares dispuestos a romperse en cualquier momento.

 

 

Recordó  que también llovía el día que Jorge se marchó de la ciudad. Fue una despedida sin palabras ni explicaciones, sólo unas miradas cruzadas de incredulidad por parte de Rubén y de expectación para Jorge. El intercambio de cartas y mensajes se fue distanciando hasta desaparecer quedando solo el poso de una amistad que siendo especial para ambos, significó algo más para Jorge.

Cuando ya estaba dentro del camino de gravilla convertido en un lodazal inestable, un violento relámpago se coló entre las nubes, para iluminar la oscuridad de una tarde que había ido mutando a noche cerrada. Se preparó para el trueno que sucedería irremediablemente después. No le defraudó. Un ruido atronador, que le hizo estremecerse, retumbó dentro y fuera del coche.

No le había costado acceder a la idea de reencontrarse que le propuso su amigo. Y sentía bastante curiosidad comprobar si seguiría con su pelo desordenado y rizado, o su imagen descuidada con ropa ancha y cromática.

Se encontraba delante de la puerta del hotel rural. No se atrevía a bajar del vehículo. No sabía si por  la lluvia que caía con tanta violencia que le empaparía en el corto trayecto hasta la puerta; o por lo que se suponía que le esperaba durante el fin de semana. Estaba comenzando a arrepentirse de haber llegado hasta allí. Deberían haber pospuesto el viaje, pero –como cuando eran adolescentes– la insistencia de Jorge era inquietante.

         —¿No me digas que no te habías dado cuenta? –le preguntó Jorge mientras le acariciaba el cabello tras un cálido beso en el cuello– me has gustado desde el día en que te vi con esa forma de correr tan característica.

Rubén no entendió qué estaba pasando. Era normal que estudiaran juntos en casa de Jorge; constituía la única manera de repasar quebrados y otras memeces, repetía jocosamente éste mirando con desinterés su cuaderno. Le pareció lógico notar su aliento caliente en la nuca. Poco a poco el ambiente se mezcló del olor a limón del bizcocho que la madre de su amigo les había subido hasta la habitación, con el cúmulo de sensaciones que circulaban del estómago a su cabeza. El beso de Jorge sobre sus labios fue dulce y sabroso. Rubén transitó entre los escalofríos por que aquello durara más y el desconcierto por el fluir de los hechos. En un momento dado, se paró cogiendo la mano de Jorge que se había introducido pícaramente por su entrepierna, tomó su cartera y sin mirar atrás ante los reclamos del otro, salió corriendo de aquella casa.

Dos semanas después se despidieron para lo que sería una larga temporada. Las palabras mudas dejaron aquella tarde inconclusa.

         — ¡Ya estás aquí, tío! Vaya tiempecito, ¿verdad? ¡No me puedo creer que estemos otra vez juntos!

Rubén tuvo que bajarse sin demora del vehículo. Su amigo le empujaba a salir. Poco le importaba estar sin paraguas o mancharse de barro hasta las rodillas.

A Rubén le pareció más pequeño y reducido, aunque seguía con la ropa ancha y colorida. Un guardapolvo azul le llegaba hasta casi los pies. El abrazo con que le recibió casi le provocó una fractura de costillas. Jorge parecía fuerte, aunque Rubén dudaba que fuera por hacer el ejercicio que no le gustaba practicar. Los quince años transcurridos se esfumaron en medio de esos brazos entrelazados.

         — Vayamos dentro, te estaba esperando hace rato –Jorge cogió de la mano a Rubén que sintió de nuevo ese escalofrío que le llevó a huir aquel día de su casa mientras estudiaban–.

La sucesión de truenos y relámpagos se sucedían; tras intervalos pequeños en los que cabía pensar que la tormenta iba a llegar a su fin pronto, regresaban de forma más virulenta, rompiendo la escasa calma que reinaba en el pequeño hotel. De fondo, la música de la lluvia se imponía sobre cualquier otro ruido.

Ya en la recepción, Rubén tuvo tiempo de mirar a Jorge que hablaba animosamente con alguien. Su espalda estaba más erguida y las gafas eran más delgadas. Quizás se haya operado de la vista, concluyó en un pensamiento absurdo e inoportuno en ese momento. Se dio cuenta de que no era muy diferente a la persona con la que,  siendo adolescente, se acariciaba a solas entre trozos de un delicioso bizcocho de limón.

         —Toma tu llave, yo estoy al lado. Me alegro tanto de que, por fin, pasemos juntos este fin de semana. Descansa esta noche, que mañana me tienes que contar muchas cosas de ti.

Rubén le devolvió la sonrisa de forma menos efusiva. ¿Contarle cosas? Quince años son muchos, cierto, pero, ¿qué tenía que contarle?

         — ¿Sabes que estás muy guapo? ¿Te cuidas, verdad? no hay más que ver esos potentes brazos. –Jorge emitió una gran carcajada sin importarle que en la planta de abajo pudieran escucharle. Sin mediar más palabras desapareció en su habitación–.

A Rubén le costó mucho dormirse. El dueño del hotel les había avisado que afuera la situación era complicada y quizás no pudieran salir. Eso le trastocó sus planes. ¿Qué iban a hacer allí?

         Esa pregunta la emitió en voz alta mientras subían a sus habitaciones para dormir.

         —Hay cosas que no se pueden evitar. Sólo queda adaptarse y aceptarlas. Así es que, disfrutemos de este lugar, es bonito. Ah, y si te da miedo la tormenta, estoy aquí al lado –lo dijo casi como un susurro.

Al despertarse, las luces de un nuevo día querían abrirse camino entre el manto de agua que seguía incesante.

         —No te preocupes, tenemos mucho de qué hablar –la emoción de Jorge comenzaba a agobiar a Rubén. Se mantenía imperturbable, nada parecía afectarle–. La situación es complicada pero en algún momento parará. –Sus ojos no denotaban preocupación, al contrario, masticaba plácidamente una gruesa rebanada de pan. Rubén fue incapaz de comer nada, sólo una taza de café humeante.

Desde su habitación, Rubén estaba parado mirando a través de los cristales cómo las gotas de lluvia impedían divisar con claridad las lomas y los montes del horizonte. Nada hacía pensar que la tormenta terminara en breve. El camino sigue anegado por el barro y la maleza. Esta frase del dueño del hotel destruyó para Rubén las pocas esperanzas de que el domingo fuera un poco más amable.

De la ilusión por las expectativas del reencuentro, pasó a la desesperación; se sentía prisionero entre la poderosa naturaleza y la confusa ternura que Jorge le demostraba mientras le relataba cómo había sido su vida. Todo resultaba extraño, hasta la chimenea humeante, los visillos blancos o la comida casera de aquel hotel le parecían insólitos. Se había acostumbrado a vivir bien solo, rodeado de pocas cosas y, sobre todo, sin mucha gente cerca. Por el contrario, Jorge parecía disfrutarlo todo. Era trabajador social en una zona humilde, vivía con dos personas más y compartía cualquier oportunidad para estar con amigos.

         — … Pensé que era el momento de recuperar el tiempo perdido.

         — Jorge, ¿no tienes pareja?

         — Y tú, ¿estás con alguien? –el juego del ratón y el gato le encantaba a Jorge que rozó la mano de su amigo.

         — Sí, salgo con una chica hace un año –mintió–. ¿Y tú?… No me has contestado. No me puedo creer que no estés con alguien.

         — He tenido bastantes relaciones, aún las tengo. Pero soy libre.

Estas frases resonaban en la mente de Rubén como golpes de un tambor que no cesa. Nunca le gustaron los juegos, ni los deportes, y no aguantaba la presión. Por eso trabajaba en casa a un ritmo que cumplía con precisión militar.

Rubén se levantó de la mesa. Sentía calor y al momento una corriente de frío le recorría cual torrente de hielo.

         — La situación está igual que hace una hora. Imposible, señor, aún llueve, y no se han podido limpiar los caminos.

La insistencia de Rubén pareció molestar al dueño del hotel.

         — No te reconozco con ese carácter, Rubén, siempre pareciste más paciente –la lluvia cesará pronto-, repitió Jorge acercándose un poco más a él–. Mira te voy a enseñar mi nuevo proyecto.

No creo que lo buscara ni siquiera que lo quisiera pero allí estaba en la habitación de Jorge, tras un almuerzo ligero. Como en cualquier tarde del pasado, se vio explicándole de nuevo matemáticas sintiendo que el otro apenas le hacía caso. En esas tardes pensaba que era vaguería, ahora no sabría cómo definirlo.

— ¿Ves? Aquí es donde quiero hacer mi vida. Justo en este punto, quiero ponerlo en marcha. Me ilusiona mucho este proyecto.

— Suena bien, Jorge: construir un pozo, contribuir al bienestar de otros, ayudar a la gente… te pega, te pega mucho.

— ¿¡Que me pega!? ¿Así me ves? ¿Como un pegamento? Venga, tío, di algo más… no sé, algo más expresivo. Necesito irme fuera, y África me parece lo mejor.

Rubén seguía mirando hacia los cristales. Le vio acercarse a él por detrás. Con los ojos demasiado próximos, casi podía ver su fondo. Su color verdoso siempre le pareció evocador. Jorge posó las manos sobre sus hombros.

— ¿Te vendrías conmigo?

— ¿Yo? –ahora el que quería reír era Rubén. Jamás dejaría la seguridad de una casa, ni de un trabajo estable.

— Sí, tú, no hay nadie más aquí. Y además tenemos algo pendiente y qué mejor que hacerlo lejos.

Rubén no podía dejar de mirarle. No se movió mientras le escuchaba. De fondo un ligero repiqueteo interrumpía el silencio que se produjo antes de que Jorge continuara.

— Supongo que no ignoras que siempre me gustaste. Nunca te he olvidado. He conocido a muchos chicos pero ese aire patoso y débil que tienes, me vuelve loco.

Con una mano atrajo a Rubén hacía él que se rindió ante un beso reparador.

— No sé si quiero estar con un hombre… Contigo.

— Yo creo que sí lo sabes  –esta vez le atrajo con mayor fuerza de forma que los cuerpos de ambos quedaron pegados cual lapas. Rubén notó cómo sus músculos encogidos durante estos dos últimos días, se iban relajando a medida que Jorge le acariciaba la espalda. Un hilo de bienestar le hizo cerrar los ojos.

Fuera la tormenta había escampado por completo. Un ligero rayo de sol se coló por la ventana. Por fin el camino se podía transitar. Rubén se montó en su vehículo con más dudas en su cabeza de las que tenía antes de aquel fin de semana. No se había atrevido a dar una respuesta a Jorge antes de salir del hotel con encanto. No le gustaba correr, no quería hacerlo en una decisión así. Pero, al mirarle a su lado escuchando música con los ojos cerrados, sintió terror por si volvía a desaparecer. Avanzando despacio entre la carretera solitaria, soltó la mano derecha del volante por un segundo para depositarla sobre el pantalón de cuadros de su amigo.

Por un momento le pareció que todo olía a limón del pastel que hacía su madre.

 

Imposibilidad Un relato de Ana Riera

Rosa ya no quería a Ismael, pero era incapaz de romper con él. Sencillamente no podía. La primera vez que fue consciente de esa peculiaridad de su carácter tenía apenas 9 años. Cristina había sido su mejor amiga desde que tenía uso de razón. Se habían conocido en la guardería. Las dos eran más bien tímidas, más bien tranquilas. Además, sus apellidos empezaban por la misma letra, así que las perchas donde colgaban el abrigo y la mochila cada mañana eran contiguas, sus sillas estaban una junto a la otra en la misma mesa rectangular, sus vasos para cuando tenían sed, prácticamente pegados.

Con el paso del tiempo, sin embargo, algo cambió.  Rosa se fue volviendo más locuaz, más sociable. Pero Cristina continuó siendo igual de introvertida. Poco a poco Cristina se convirtió en una carga, en un lastre que no dejaba avanzar a Rosa. Esta última era plenamente consciente de ello, pero no era capaz de poner fin a la relación. De hecho, prefirió mentir a sus padres y decir que no le gustaba su colegio. Lo repitió una y otra vez, hasta que logró que la cambiaran a otra escuela.

Habían pasado muchos años desde aquello, pero allí estaba ahora, sabiendo que su relación con Ismael no iba a ningún lado, pero con el pleno convencimiento de que nunca iba a decírselo a la cara. No era que le diera pena o que sufriera por si se lo tomaba a la tremenda. Era más bien una imposibilidad física. O mental. O ambas cosas a la vez.

Durante algún tiempo simplemente siguió con su vida sin hacer nada. Lo peor era que Ismael no sospechaba nada. Porque cuanto más claro tenía Rosa que la relación estaba en las últimas, más se esforzaba por hacerle la vida agradable a su pareja. Era como si algo la obligara a, de algún modo, equilibrar la balanza.

Lo cierto era, no obstante, que esa situación empezaba a resultarle realmente molesta, aunque intuía que no iba a ser tan fácil solucionarlo como cuando tenía 9 años. En cualquier caso, tenía que encontrar una táctica parecida a la de cambiarse de colegio, ya que había funcionado a la perfección.

Estuvo varios días dándole vueltas sin que nada la convenciera.

 

 

Ese día al salir del trabajo, Rosa sintió que había llegado al límite de su paciencia. Esa mañana, mientras desayunaba en casa, ver a Ismael allí, delante de ella, removiendo el café durante lo que le pareció una eternidad, había sentido náuseas. Sólo recordar su forma de sorber el líquido oscuro mientras esperaba en un semáforo, le revolvió las tripas, dio vueltas y más vueltas sin rumbo fijo, tratando de pensar en algo para quitárselo de encima, pero las ideas le daban esquinazo antes siquiera de materializarse.

Al fin, agotada, decidió regresar a casa. La idea no le atraía lo más mínimo. Se sentía decepcionada y asqueada y desesperada, pero estaba cansadísima. Le dolían hasta las pestañas. Se consoló pensando que igual ya se habría acostado, pues era bastante tarde.

Ya en el portal respiró hondo varias veces. Una vez dentro, subió lentamente los tres tramos de escaleras que la separaban de su destino. Luego metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Respiró de nuevo un par de veces. En la casa reinaba el silencio. Eso logró apaciguarla un poco. Avanzó sigilosa hacia la cocina sin encender ninguna luz, no fuera a despertarse. Casi la había alcanzado cuando algo llamó su atención. Un rayo de luna solitario entraba por la ventana del salón iluminando un sobre blanco que tenía su nombre escrito. Le pareció que estaba fuera de sitio. Fue a guardarlo en un cajón, pero le pudo la curiosidad. Apenas había dos líneas escritas:

“Me marcho de casa. Sé que dejarte con una nota es de cobardes, pero o lo hacía así o nunca hubiera sido capaz”.

 

 

Unos hermosos ojos verdes Por Ana Riera

 

hombre-solitario

 

—A veces pienso que me equivoqué, que tomé la decisión incorrecta.

Elisa siente por un instante que un extraño sentimiento parecido a la nostalgia se apodera de ella. Quizás por eso agita inconscientemente las manos con fuerza, para alejar la desazón. A estas alturas del camino sabe por experiencia propia que no sirve de nada atormentarse por los caminos desestimados, por lo que pudo haber sido y no fue. Pero escuchar la revelación de su madre, así, de forma tan imprevista, la ha perturbado.

—Pero tienes que entender que eran otros tiempos, que por aquel entonces las cosas eran muy distintas. Ahora sería absurdo, incluso ridículo, pero entonces te aseguro que no lo era, no señor.

Se da perfecta cuenta de que su madre le dice todo eso, de que necesita sincerarse tras todos esos años, porque en ese momento se siente vulnerable. Está asustada como nunca antes lo ha estado y su edad avanzada le induce a hacer recuento de su vida. Probablemente no le gusta lo que ve, le apetecería poder mudarse a otra realidad. Pero lo cierto es que la vida casi siempre nos arrolla y resulta difícil escapar. Elisa sabe todo eso y sin embargo no puede evitar que un pensamiento mundano cruce por su cabeza: “¡De modo que yo habría podido tener unos hermosos ojos verdes!”. Sin duda es fruto de un viejo anhelo de cuando apenas si levantaba unos palmos del suelo. Quería tener unos hermosos ojos verdes, a poder ser un poco rasgados, de esos capaces de cautivar con una sola mirada. Se avergüenza de pensar todo eso justo en ese momento, cuando su madre le ha abierto el corazón de par en par. Respira hondo un par de veces e intenta olvidarse de sí misma. Es entonces cuando descubre que en realidad la revelación no la ha sorprendido. Y eso la deja boquiabierta. Tal vez por eso, porque en realidad lo ha vivido como una confirmación, se ha atrevido a preguntarle quién era él, el hombre del que estaba realmente enamorada pero con el que jamás llegó a comprometerse.

—Ricardo.

Claro, Ricardo. ¿Quién si no? Esa respuesta la tranquiliza. Es alguien a quien conoce, que le cae bien, que encaja en la historia. Le pregunta a su madre qué ocurrió, por qué no acabaron juntos si le conoció antes que a su padre.  Su madre no se hace de rogar. Las palabras fluyen de su boca con naturalidad. Habían salido algunas veces, pero eran tan jóvenes… además, él tenía que marcharse a cumplir con el servicio militar. Y no hizo como otros, que se comprometían antes de partir, si no que le dijo que ya hablarían cuando volviera. Y luego ocurrió eso.

Elisa piensa por un breve segundo que quizás debería interrumpirla, pero su curiosidad es demasiado grande. Así que la deja seguir sin decir nada. La madre retoma el relato. Una tarde como otras muchas, mientras hacía las tareas sentada en su escritorio, dos de sus hermanas se pusieron a charlar, seguramente con la intención expresa de que ella lo oyera todo. Hablaron de Ricardo. Era el hermano de la mejor amiga de una de sus hermanas, así que lo conocían desde siempre.

—Recuerdo perfectamente sus palabras. Dijeron que estaba claro que lo era, que lo sabía todo el mundo. Por eso estaba trabajando de dependiente en una mercería, cómo si no iba a buscarse ese trabajo, vender blondas y cintas, eso según ellas sólo lo hacías si eras homosexual. Vamos, que estaba clarísimo. Ricardo era homosexual y lo sabía hasta el apuntador.

Para su madre fue oír esa palabra maldita y venírsele el mundo abajo. Hizo ver quehombre-solitario seguía con las tareas como si nada, como si no fuera con ella, pero el corazón se le partió en dos, todo a su alrededor se hizo trizas. Luego dijo a sus hermanas que había terminado, que se iba porque había quedado en darle una clase particular a la hija de los Martínez. Una vez en la calle, lejos de miradas escrutadoras, ya no fue capaz de seguir conteniendo las lágrimas. Corrió a una plazoleta cercana y se sentó en un banco a llorar. Insegura, inexperta, no solo no dudó ni por un instante de lo que acababa de oír, si no que pensó que todo encajaba. Por eso Ricardo se marchaba a la mili sin comprometerse. No quería herirla y ponía distancia, para que la cosa se enfriaría y ella le olvidaría.

—Tienes que pensar que era otra época, que ser homosexual era un pecado, lo peor de lo peor.

Elisa sabe que su madre no miente por los vívidos recuerdos que atesora de ese día funesto. Está segura de que si cierra los ojos puede recordar incluso cómo olía el aire, que a pesar de que todavía hacía calor, el frío se apoderó de su cuerpo convulso, que tuvo que hacer un gran esfuerzo por serenarse y regresar a casa como si efectivamente volviera de dar una clase a la caprichosa hija de los Martínez, que se acostó pronto pensando que el calor de las sábanas la serenaría un poco pero que las encontró húmedas y heladas. Se da cuenta entonces de que su madre sigue impasible con el relato. Le explica que, asustada y dolida, cedió ante la insistencia del que acabaría siendo su padre.

De nuevo ese curioso pensamiento cruza por la mente de Elisa: “¡De modo que yo habría podido tener unos hermosos ojos verdes!”.  No acaba de entender por qué cerca de cumplir medio siglo, ese descubrimiento parece ser tan importante. Sabe perfectamente que si hubiera tenido unos hermosos ojos verdes de mirada risueña como los de Ricardo ya no habría sido ella. Es plenamente consciente de que cualquier pequeño cambio en la sucesión de acontecimientos habría alterado por completo todo lo sucedido a continuación. Como consecuencia, ella ya no sería ella, al menos no como era entonces, como se reconocía. Sería otra, o ni siquiera existiría. Y sin embargo no consigue sacarse esa idea de la cabeza. Para huir de sus pensamientos, le pregunta a su madre cuándo volvió a colarse Ricardo en su vida, si fue en cuanto regresó de hacer el servicio militar. Pero descubre que fue mucho más tarde. La primera vez que su padre enfermó de una rara dolencia, cumplidos ya los sesenta. La hermana de su madre había conservado todos esos años la amistad con la hermana de Ricardo. Solían salir a comer o al teatro de vez en cuando, y la invitó a uno de esos encuentros para que se distrajera un poco. Casualmente ese día también se unió a ellos Ricardo.

—Desde entonces somos buenos amigos. De hecho es mi principal confidente, el único al que puedo llamar si estoy mal.

Elisa se da cuenta de que su madre no le ha aclarado todavía una cuestión fundamental. Quizás a estas alturas ya no le parezca importante. A pesar de ello, no puede evitar que brote de sus labios la pregunta. No sabe muy bien cuál es la razón pero necesita saber si realmente es homosexual o no.

—Eso llegó mucho más tarde, cuando ya hacía años que volvíamos a ser amigos. Una triste tarde de noviembre fuimos a merendar a una pequeña granja. Tomé un suizo y una ensaimada. Fue él quien sacó el tema. Me preguntó qué había ocurrido, porqué había desaparecido y no había vuelto a dar señales de vida. Se lo conté. Me dijo que no se lo podía creer, que había pensado de todo, de todo menos eso, que jamás se le habría pasado por la cabeza. Y entonces le pregunté, claro. Y me dijo que no, que nunca había sido homosexual.

Elisa se queda dándole vueltas a estas últimas palabras. Le parece increíble que un solo vocablo, un vocablo que para ella nunca ha significado el más mínimo problema, haya podido determinar hasta ese punto la vida de su madre. Entiende que eran otros tiempos, claro. Pero no puede dejar de pensar que también fue por la forma de ser de su madre y sus circunstancias, por sus miedos y sus limitaciones, por su forma de procesar esa información. Que a pesar de ser otra época ella podría haber actuado de otro modo. Pero tomó una decisión. Levanta la mirada y se encuentra con los ojos de su madre que le suplican comprensión. Y toma también una decisión. Le dice que no tiene sentido pensar en lo que pudo haber sido, que no sirve de nada. Que cree que no se equivocó, porque en los últimos años, cuando más lo necesitaba, ha contado con un buen amigo que le ha hecho compañía y le ha ayudado a soportar los momentos difíciles, y que eso no tiene precio. Que nunca sabrá si habrían funcionado como pareja, pero sabe que sí funcionan como amigos. La sonrisa agradecida de su madre le confirma que ha hecho lo correcto.

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Más tarde, mientras avanza sin prisas por el paseo marítimo, Elisa se queda atrapada  por el color turquesa de las aguas, que se muestran extrañamente revueltas.  Y de repente no puede evitar que ese pensamiento se cuele una vez más en su mente: “De modo que yo podría haber tenido unos hermosos ojos verdes”.

Remordimiento Por Ana Riera

Todo estaba siendo muy raro. Demasiado. En primer lugar estaba su sorprendente propuesta, la de llevarla al cine un día entre semana. ¡Si le costaba Dios y ayuda sacarlo de casa los fines de semana! Así que en un día de diario era impensable. Le parecía estar oyendo su cantinela de siempre en ese mismo instante. “Es que yo madrugo mucho, ¿sabes? Y si no duermo un mínimo no soy persona. Ya me gustaría verte a ti si tuvieras que manejar maquinaria pesada como hago yo”. De hecho, no recordaba cuál había sido la última vez que habían salido por ahí sin que fuera ella la que lanzaba la propuesta. Y la que insistía hasta ponerse realmente pesada. A veces incluso tenía que hacerle chantaje. “O me sacas a dar una vuelta o te pasas el fin de semana a pan y agua, vamos, que no me catas”. Por eso cuando llegó de trabajar y le dijo “Anda, ponte guapa que te voy a llevar al cine”, se quedó plantada en medio del comedor, con los platos a medio guardar y mirándole con los ojos muy abiertos. “Pero si es miércoles”, solo atinó a decir. “¿No te quejas siempre de que soy un muermo? Pues hala, para que veas. ¿Acaso no quieres ir?”. “Sí, sí, me cambio en un pispás”, dijo ella, mientras desaparecía por el pasillo a toda velocidad, no fuera que se arrepintiera

No tenía la más mínima intención de desaprovechar una oferta como esa. Pero eso no quitaba que le pareciera raro. “Bueno, y qué vamos a ver”. “Sorpresa, sorpresa. Tendrás que fiarte de mí”. No se fiaba, al menos no demasiado. Amaba a su marido, peo sabía que sus dotes como seductor eran limitadas. Sin embargo, decidió seguirle el juego. “Está bien, me fiaré”. Y se colgó de su brazo para corroborar sus palabras. Fueron dando un paseo. Soplaba una suave brisa y se adivinaba la cercanía de la primavera.

“¿Bueno, me vas a decir ya cómo se llama la película?”, le preguntó una vez acomodados en las mullidas butacas de la penúltima fila. “El próximo año, a la misma hora. Es una película antigua. Es que ponen un ciclo.” Eso fue la segunda cosa extraña. A su marido le gustaban las películas de acción y ese título sugería más bien una comedía. ¡Y una película antigua! La verdad es que no sabía muy bien qué pensar. Pero decidió relajarse y disfrutar de la inesperada velada.

Lo tercero fue la película en sí. Le bastó ver media hora de la cinta para que se le subiera la mosca a la cabeza. Iba de un hombre y una mujer que tienen una aventura extramatrimonial y que deciden volver a verse todos los años en el mismo sitio y a la misma hora. ¡No daba crédito! ¡No podía ser una casualidad! Miró a su marido con el rabillo del ojo. Parecía tranquilo. Aun así empezaron a sudarle las manos. No, no podía ser una mera coincidencia. Era todo demasiado calcado.

Había ocurrido sin buscarlo. Su marido se negó a ir con ella a la boda de una amiga. “No tengo la culpa de que se case en domingo y en el quinto pino”. Discutieron. Ella decidió ir sola. En su mesa había un chico de su edad. Venía por parte del novio y también estaba casado. Para cuando llegaron los postres, varias copas de vino más tarde, tontearon un poco. Él la sacó a bailar. Terminaron en su habitación del hotel. Fue una noche de pasión desenfrenada. Por la mañana compartieron desayuno y algunas confidencias. Justo antes de regresar de nuevo a sus respectivas vidas, a ella se le ocurrió una idea y la soltó. “Me he sentido muy a gusto. El año que viene podríamos repetirlo. Podemos quedar aquí mismo. Justo dentro de un año”. Habían pasado ya 10 años. Ni él ni ella habían faltado ni una sola vez a la cita.

Cita anónima Por Ana Riera

Carla estaba excitadísima. No veía el momento de que llegara la hora. Sentía un vértigo que le producía náuseas y euforia a partes iguales. Trató de serenarse un poco. Todavía quedaba una hora de reloj. Intentó concentrarse en los gráficos que llenaban la pantalla de su ordenador, pero fue inútil. Su mente hacía rato que volaba lejos. Se levantó, cogió su bolsita de las pinturas y se refugió en el baño. Se refrescó un poco la nuca y se lavó las manos. Observó la imagen que le devolvía el espejo. Hacía tiempo que los ojos no le brillaban de ese modo. Se gustó. Incluso se encontró guapa. Le pareció increíble que la mera perspectiva de lo que iba a suceder pudiera influir hasta ese punto en su aspecto. Se dedicó una sonrisa pícara. Si le quedaba algún asomo de duda, se esfumó por completo en ese preciso instante. No se iba a echar atrás. Ya no.

Todo había empezado con su amiga Nuria. Habían salido a tomar una cerveza. Carla recordaba haberse quejado de Pablo, de su carácter excesivamente previsible.

–Pues haz algo distinto.

–¿Algo distinto? ¿Cómo qué?

–Ten una aventura.

–Joder, Nuria. Tú siempre tan comedida.

Carla quería mucho a su amiga, pero a veces la desconcertaba. A menudo no sabía si le hablaba en serio o si le tomaba el pelo. Como en ese momento. Por eso se lo preguntó.

–¿Hablas en serio?

–Pues claro que hablo en serio. Nada como echar una canita al aire para oxigenar una relación.

–Cualquiera que te oiga pensará que te va mogollón eso de poner cuernos.

–No, no te confundas. Tener sexo con un absoluto desconocido al que ni siquiera le ves la cara no entra en la categoría de poner los cuernos. Al menos no para mí.

–¿Pero se puede saber de qué hablas?

–De Secret Friends.

–¿Me estás vacilando?

Por la cara que puso su amiga supo que no era así. En un primer momento no quiso saber nada. Ser infiel era ser infiel, daba igual si le veías la cara al otro o no. Pero varios días más tarde, tras tomarse un par de vinos con Nuria, le pudo la curiosidad y volvió a sacar el tema. Su amiga le aseguró que todo era de lo más discreto. Escogías un tío viendo sólo su torso desnudo y cuatro líneas que había escrito sobre sí mismo. Luego esperabas a ver si aceptaba tu invitación. Si aceptaba, el día indicado te presentabas en un discreto hotel con una máscara que te llegaba por mensajero. La máscara te cubría la mayor parte de la cara. Sólo dejaba al descubierto tu boca y tus ojos. Protegida tras el anonimato, pasabas una ardiente velada y luego regresabas a tu casa satisfecha y como si no hubiera ocurrido nada. Si lo necesitabas, incluso te proporcionaban una coartada creíble.

Carla le había asegurado a su amiga que ella no estaba hecha para esa clase de cosas. Que no sabría disimular, que se le notaría al volver a casa, que la culpa la volvería loca. El lunes siguiente, no obstante, tras un fin de semana anodino y monótono, llegó al trabajo media hora antes, encendió el ordenador y entró en la página de Secret Friends.

Una semana más tarde, ahí estaba, hecha un manojo de nervios, deseando que llegara la hora. Escoger a su amante ocasional le había resultado más fácil de lo que imaginaba. Fue por la frase de presentación: “soy un buen chico, pero a veces siento la llamada de la selva y no puedo resistirme”. Se había identificado de inmediato. Por suerte, él había aceptado su invitación.

Instintivamente miró una vez más el reloj. Ya faltaba menos. Cogió el lápiz de ojos y se los perfiló de nuevo. Luego se repaso los labios con su carmín favorito. Pensó en echarse unas gotas de perfume, pero cambió de idea. Si iba a ser sexo salvaje, mejor oler a hembra. Se echó un último vistazo en el espejo y salió del baño.

Cuando por fin se montó en el coche media hora más tarde, le temblaban las manos. ¡Resultaba tan excitante! Quedar así, con un desconocido que se oculta tras una máscara, protegida a su vez por el anonimato, y lanzarse directamente a sus brazos, sin preámbulos, sin intercambiar una sola palabra. Sexo puro y duro. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Era revitalizante.

Llegó al hotel a la hora exacta. Ya solo quedaba seguir las instrucciones que había recibido. Debía entrar directamente al garaje y ocupar la plaza 34. En cuanto paró el motor, unas persianas metálicas empezaron a descender desde el techo a ambos lados y por la parte trasera. Medio minuto más tarde, el coche se encontraba encerrado en un pequeño habitáculo. Por un momento, Carla se agobió. Pero fue solo un instante, ya que en seguida vio que delante de ella había una puerta. Al momento se encendió un cartel luminoso que había justo encima. Carla leyó. “No olvide coger su máscara. Colóquesela antes de cruzar la puerta”. Estaba todo milimétricamente pensado.

Más tranquila, cogió la máscara y se la colocó. Comprobó cómo le quedaba en el espejo retrovisor. Era una máscara preciosa y la verdad es que le quedaba muy sensual. Su nivel de excitación se disparó. Bajó del coche, cruzó la puerta con paso decidido y cogió el ascensor que tenía enfrente. Sin necesidad de apretar ningún botón, éste se puso en marcha y la llevó directamente a su habitación. La 434.

Llamó con la señal acordada. Al momento oyó unos pasos y se abrió la puerta. Allí estaba su amante, con su máscara cubriéndole la cara y el deseo saliéndole por todos los poros de la piel. Se acercó a ella taladrándola con la mirada. A Carla se le aceleró todavía más el corazón. Tras observarla unos segundos, la arrastró dentro con mimo. En seguida posó un dedo sobre sus labios, se lo metió en la boca. Sin prisas lo deslizó por su cuerpo. Luego todo se precipitó. Hicieron el amor como posesos y luego repitieron, todavía sedientos de deseo. Dos horas más tarde, Carla salía de nuevo del ascensor y entraba en su coche, agotada pero feliz.

Esa mañana le había dicho a su marido que volvería más tarde. Le habían puesto una reunión de equipo a las seis y esas reuniones siempre acababan alargándose más de lo previsto. Tenía coartada. Además, se sentía extrañamente tranquila. Pensó que se debería al efecto sedante del sexo. O a que, al no poder poner cara a su amante, todo parecía más inofensivo, casi irreal. Como si se hubiera tratado de un sueño, una mera fantasía erótica muy realista, pero completamente inofensiva. Su amiga Nuria tenía razón. Ya en el barrio, encontró aparcamiento a la primera. Iba a bajarse del coche, cuando vio la máscara tirada sobre el asiento del copiloto. Tenía que esconderla en algún lugar seguro. Se le ocurrió el sitio perfecto. La metió en el bolso, lejos de miradas indiscretas, y se apeó.

Media manzana más adelante, reconoció el coche de Pablo. Al pasar, posó la mano sobre el motor. Todavía estaba caliente. Igual había aprovechado para quedarse hasta más tarde en la oficina. O se había ido a tomar una copa con algún colega. Mejor. Así su aventura pasaría más desapercibida.

Entró en casa decidida, pero al ver a Pablo un latigazo de culpabilidad amenazó con traicionarla. Mientras se saludaban con un beso, consiguió dominarlo. Intercambiaron tres o cuatro frases banales.

–Voy a cambiarme, que vengo molida. En seguida estoy contigo y preparamos algo para cenar. Podemos hacer unos huevos revueltos. ¿Te apetecen?

–Sí, perfecto. Pero tranquila. Haz lo que tengas que hacer. No hay prisa.

Carla le dedicó una sonrisa y se metió en el dormitorio. De repente, la máscara le quemaba dentro del bolso, así que fue directa al vestidor. Había decidido esconderla en la caja de cartón donde guardaba su vestido de novia. Estaba en la estantería más alta. Era el sitio perfecto.

Cogió la escalera de detrás de la puerta, bajó la caja y la dejó en el suelo. Después sacó la máscara del bolso, la envolvió con un trozo de papel de seda para que no se estropeara y retiró la tapa de la caja. Al levantar un poco el vestido para meterla debajo topó con algo duro. También estaba envuelto con un trozo de papel de seda. Lo retiró con cuidado. Era otra máscara: la que había usado para ocultarse su amante de esa noche.

La pelota Por Ana Riera

No. No le había molestado que la llamara “señora”. Ya sabía que no tenía 20 años. Además, no era más que una fórmula, como otras tantas. No, no había sido por eso.

A pesar de haber cumplido ya los 50, Mónica se sentía a gusto con su aspecto general. Aún tenía un cuerpo atlético. Y todavía reconocía sus rasgos en la imagen que le devolvía el espejo, incluso recién salida de la ducha, sin maquillaje ni cremas milagrosas.

Claro que había cosas que la desconcertaban, negarlo sería una estupidez. Como cuando compraba un billete por internet y la pantalla le pedía que introdujera la fecha de nacimiento. El día y el mes no suponían un problema. Pero al llegar al año, le sorprendía lo mucho que tenía que descender por la pestaña que se desplegaba. ¿De verdad habían pasado todos esos años? Primero los que empezaban por 20, como 2022, 2021, 2020. Y luego, mucho más abajo, los que empezaban por 19.

Mónica tenía que reconocer que imaginar los miles y miles de personas que habían nacido después que ella le producía una intensa sensación de vértigo. Como si se asomara a un precipicio del que no alcanzara a ver el fondo.

Pero hoy no había sido nada de eso lo que la había sumido en un estado de profunda nostalgia. Comprendía perfectamente que para el niño que asomaba la cabeza entre los barrotes de la valla para pedirle el balón que había ido a parar a la calle, ella fuera una señora con todas las letras.

El problema es que esa escena le había hecho recordar de golpe otra muy parecida, solo que con los papeles intercambiados. Ella era la niña, la que asomaba la cabeza entre los barrotes, con el pelo revuelto y las gotas de sudor escapando por debajo de su flequillo rebelde.

“¿Por favor señor, podría pasarme esa pelota?”

Su voz le sonó extraña en el recuerdo. El hombre estaba medio de espaldas. Mónica no podía verle la cara. Hasta que se giró y vio que se trataba de su profesor de gimnasia. Se alegró de que fuera él, porque era muy simpático, pero recordaba que le había parecido muy mayor. Y eso a pesar de que no tendría más de 40 años.

Fue eso, la sensación que volvió a experimentar de repente al rememorar aquel momento de su pasado, lo que le produjo el desasosiego que ya no la había abandonado en todo el día, como si se le hubiera pegado a la piel para, poco a poco, irse filtrando por sus poros.

Quizá fue por eso. O tal vez eso no fuera más que el detonante, la gota que colmó un vaso que venía llenándose en silencio desde hacía mucho tiempo. Pero en cuanto oyó las llaves girando en el pomo de la puerta, Mónica sintió como una oleada de ira le subía dese lo más profundo de las entrañas, abriéndose paso como un tsunami, hasta que le salió por la boca en forma de reproches. Se los lanzó de inmediato a la cara y no paró hasta quedarse completamente vacía.

Ni la cara de desconcierto de él, ni los años compartidos, ni al rato los ojos de súplica que la miraban desde el otro lado del salón, sirvieron para aplacarla. Curiosamente, en cuanto lo hubo soltado todo, sintió una paz que, por fin, desterró toda la nostalgia de su cuerpo.

Nuevos vecinos Por Elisa Pérez

Óleo de Héctor Daffara.

 

La nueva pareja de vecinos se iba a presentar dispuesta a pasárselo bien en su recién estrenado barrio.

Ajenos a las inevitables miradas y comentarios que suscitarían en los demás, habían aceptado la invitación de Esther. Como no tenían ningún compromiso para ese día, a Andrés le pareció que sería una forma estupenda de conocer el entorno en el que habían caído. Centrado en su trabajo, le divertía alternar de vez en cuando y conocer gente nueva.

Por su parte, María emitió una mueca de aceptación mientras él le lamía el cuello con avidez. No necesitaba convencerla, irían a esa barbacoa. Seguro que se divertía mucho también.

Se colocó una cinta de colores entre el pelo color zanahoria, que le caía en una suave cascada rizada sobre los hombros despejados. Finalizaba el verano pero le gustaba sugerir, mostrar, tenía unos preciosos brazos y una espalda muy sensual, según Andrés, y nunca escatimaba en mostrarlos.

Lucas vivía con Esther, anfitriona sin igual, conversadora incansable que alargaba su trabajo como secretaria internacional con demasiada frecuencia. Esta vez era una barbacoa, la semana anterior una cena temática… Mientras encendía el carbón, Lucas la contempló moverse incansable, saludando efusivamente a los primeros invitados: los nuevos vecinos. Sus manos de dedos largos, huesudos, dejaron de afanarse con el carbón ante la llegada de esos dos desconocidos.

  • ¡Qué bien que hayáis podido venir! Conoceréis a la mayor parte de los vecinos… es un barrio estupendo… pero qué bonito pelo tienes, precioso… Acomodaos por ahí…

María no respondía al bombardeo de halagos, propuestas y preguntas de su efusiva vecina. Esperaría su oportunidad. Quizás la encontrara pronto. Dirigió su vista hacia la barbacoa. El anfitrión estaba dejando su tarea hostigado efusivamente por su mujer: ¡Ven a saludar a los nuevos vecinos!

Lucas besó en las mejillas a María. Se ruborizó como un adolescente. Casi percibió su calor facial al tiempo que su intenso perfume. El olor le turbó, un intercambio fugaz de miradas le paralizó.

– Soy auxiliar de vuelo… —esta frase le inquietó aún más—.

– Qué coincidencia —exclamó entusiasmada María—, mi marido viaja mucho, seguro que habéis coincidido en algún vuelo… y ahora somos vecinos, ¡genial!

La palabra coincidencia no era la apropiada quiso protestar Lucas. Le incomodaba la facilidad de Esther para contar su vida y establecer lazos de familiaridad con cualquiera. Además esa mujer, su vecina desde hacía pocas semanas, le provocaba cierta inquietud.

  • Somos muchos en la empresa, es difícil coincidir —justo lo que él hubiera querido decir, si se hubiera atrevido, lo verbalizaba María con una firmeza que espantaba cualquier réplica.
  • Hago solo viajes transoceánicos cada seis semanas. El resto del tiempo no viajo —una sonrisa entre burlona y convincente pretendía dejar el tema de su trabajo de lado—.
  • Ah, claro, entonces puede ser que en alguno de sus viajes a China hayáis coincidido. No te acuerdas de ella, ¿verdad Lucas? Es tan despistado, tremendamente… si no fuera por mí… Ahí llegan Berta y Juan… Venid chicos que os presento.

La había reconocido. No le gustaba volar pero lo tenía que hacer con frecuencia por trabajo. Los vaivenes del avión se acentuaron cada vez más. El pánico le sacó de un sueño entrecortado. Con calma, ella se acercaba a cada pasajero para tranquilizarles. Llegó hasta él rozándole con su falda azul y dejando un halo de perfume igual de intenso que el que planeaba en el ambiente de su jardín en ese momento, para ofrecerle un vaso de agua que Lucas no rechazó. El líquido incoloro recorrió su garganta como un torrente fresco, que cerraba el brote de nerviosismo que comenzaba a sentir. Los recuerdos siguieron invadiendo su memoria en medio de la algarabía vecinal. Se colocó frente a ella con la mano extendida con un refresco. Comprobó que su rostro transmitía la misma seguridad de hacía tres años. La transición que le daba el descanso entre besos y saludos de bienvenida, la dedicó a observar los inconfundibles ojos verdes de su vecina.

María apenas le miró al recoger el refresco que le ofrecía. Permanecía atenta al monólogo de Andrés. El jardín comenzaba a llenarse de gente, todos deseosos de conocer a los nuevos. A su lado Esther ejercía una fuerte y dura protección intentando no dejarles solos en ningún momento, reclamando el protagonismo de haber sido la primera en presentarlos en sociedad.

  • Tienes un marido encantador —le susurró al oído—, Lucas es más callado, ya ves, se encarga de la barbacoa sólo por no tener que hablar con gente…, aunque vete tú a saber, quizás las mate callando… —una sonora carcajada retumbó demasiado cerca del oído de María que la miró con una sonrisa burlona—.

Mientras daba vueltas a las hamburguesas y las chascas tomaban el tono rojizo más idóneo, a Lucas le invadían recuerdos que creía olvidados. La llegada a destino fue tan bien acogida por los pasajeros que todos aplaudieron al pisar tierra. Había sido un vuelo terrible, las atenciones de María consiguieron calmar el miedo general. Después una breve despedida en la puerta del avión, siguió a un encuentro fortuito en la cafetería del aeropuerto, a falsos saludos y a algunas risas que llevaron a lo imprevisible, a lo inesperado. Jamás antes había engañado a Esther, en ninguna de sus ausencias había tenido contacto con otras mujeres. Fue la primera vez y, ahora recordaba, también la última. Al tiempo que daba vuelta a la ristra de chorizos a punto de quemarse, revivió la sorpresa y la contrariedad que experimentó al despertarse a la mañana siguiente, en la cama del hotel cercano al aeropuerto. Tan sólo el rastro de su perfume permanecía con él sobre una almohada testigo de una noche desenfrenada y vibrante. Durante semanas revivió esas horas en su cabeza notando que la excitación le invadía sin control, recorriendo las líneas del cuerpo de María.

Las mujeres se arremolinaban alrededor de Andrés que en modo líder, conseguía embelesarlas con historias que María apenas escuchaba. Prefería juguetear con su copa o anudarse la cinta del pelo. Le observaba sopesando si le hacían caso por su derroche de humor o solo por ser la novedad. No era muy atractivo pero le gustó a María cuando le conoció en un vuelo a Japón. Su fingida comicidad y sus manos huesudas y largas, que movía con desenfreno al hablar, la atrajeron especialmente.

El olor a carne asada había invadido el barrio, las luces comenzaban a encenderse de forma acompasada como si de una orquesta se tratara. El humo se evaporaba entre las hojas de los numerosos árboles que adornaban el jardín de Lucas y Esther. Él no podía concentrarse como en otras ocasiones; el sudor le empapaba la camisa. Corrió dentro de la casa. Debía cambiarse. Olería a chasca, a humo, a culpa. Las dudas iniciales se esfumaron pronto. La miró al pasar junto al grupo donde Esther sonreía mientras escuchaba. La certeza absoluta de que era ella alteró aún más a Lucas. El pelo un poco más largo quizás; le parecía más esbelta imbuida en unos ajustados pantalones naranja, todo eso no hacía más que reconocerla en aquella mujer con la que tuvo la mejor aventura amorosa de su vida.

  • Cariño ¿estás bien?, esta noche te has superado con la carne… ¡exquisita!… qué majos nuestros vecinos, ¿verdad? Y ella tiene mucho estilo… su marido es tan divertido.

Lucas reconoció esa sensación de desamparo que le entraba cada vez que oía a su mujer desentrañar la vida de otros. Los diseccionaba, penetraba con un bisturí hasta sus entrañas. El terror de que descubriera su secreto se extendía por todo su cuerpo, cual mancha de aceite.

El convite continuó bullicioso, permitiendo que el frescor de la noche se aproximara con sigilo.

  • Qué maravilla de encuentro, gracias por invitarnos —la voz aguda de María se expandió por los oídos de Lucas— me estoy divirtiendo mucho… Y además te he estado observando mientras te afanabas en preparar la barbacoa y…

Lucas en ese momento quiso interrumpirla para gritar: ¡sí, soy yo, el de hace dos años! Pero no abrió la boca, por el contrario continuó expectante.

  • … y me preguntaba de dónde has sacado esa habilidad con el asado… lo sazonas, lo volteas, lo mimas… parece que lo estuvieras acariciando, te voy a nombrar el mejor chef de barbacoas del mundo.

¿En serio? ¿Así le veía: el mejor chef de barbacoa…? No le había reconocido, después de todo… solo por el asado, solo le hablaba por eso.

  • Y tengo que reconocer además —María proseguía su alegato presuntamente ajena a la desilusión creada en Lucas— que no suelo comer carne al menos en barbacoas… Oye, te noto muy acalorado, ¿te traigo una bebida?
  • ¿Eh?, no, ahora no, he bebido ya unas cuantas copas… gracias —la miró desde una distancia que hacía difícil no olerla. Por encima del aroma a asado su perfume se imponía—.

Por un minuto sostuvieron las miradas. Al otro lado del jardín se produjo una risa generalizada cuando alguien cayó a la piscina.

  • Perdona, ahora vuelvo… —Luis corría a auxiliar a su mujer que disfrutaba de un baño nocturno mientras invitaba a que otros hicieran lo mismo. Según ella era una forma fantástica de terminar una noche de fiesta, a pesar de que había jurado que esta vez no lo promovería.

La noche había conseguido situarse entre los invitados, entregada a su eterno devenir. Andrés había acabado su repertorio de temas, se mantenía con cara de cansado, riendo bobalicón. A él no le gustaba nadar y menos exponer su desnudez. María se acercó. Le dijo algo al oído, mientras él le besaba el cuello suavemente. Ambos se levantaron. Parecían conocer el camino, a pesar de ser la primera vez que estaban en esa casa. Lucas les contempló mientras repartía toallas entre aquellos que quisieron seguir el ejemplo de su mujer. Ambos entraron en la casa, cogidos de la cintura. Lucas no podía evitar mirarlos; observar el caminar erguido y armonioso de María le excitó.

  • Voy a por más toallas —con esa excusa corrió a la casa, necesitaba seguirlos. Ni en la cocina, ni en el salón, quizás en la biblioteca… Ni rastro de ellos.

Un pequeño grito ahogado le atrajo hacia la planta superior. El grito se hizo más evidente. Una de las puertas permanecía ligeramente abierta. Lucas no pudo evitarlo, acercó primero el ojo derecho para mirar; luego apoyó el oído para sentir los gemidos, los susurros entrecortados de placer de la pareja. Fue un minuto que pareció un segundo lo que le bastó para atreverse a abrir un poco más la puerta, le importó poco que pudieran verlo, tenía que confirmar que eran ellos.

Desde una posición más clara consiguió ver la escena imaginaria que llevaba toda la tarde reviviendo con María. Un ahogado gemido de Andrés puso punto y final a la escena. Lucas aprovechó que los dos yacían desnudos sobre la cama para bajar corriendo hacia fuera. Necesitaba tomar aire. De fondo, las risas desde la piscina ahogaban los latidos desbocados de su corazón.

  • Queremos proponer un brindis —María intentaba acaparar la atención de los invitados— por nuestros anfitriones, los mejores y más encantadores vecinos que jamás he encontrado! —todos siguieron a la mujer que poco a poco había conseguido atraer la atención de los presentes— y especialmente quiero celebrar que esta noche he probado la mejor barbacoa del mundo. Lucas, eres el mejor chef de barbacoas! —la sonrisa burlona de María se tornaba en rabia dentro de Lucas al escucharla una vez más con esa cantinela ridícula.
  • Gracias de nuevo por invitarnos —a la salida de la fiesta ya concluida, María se dirigía a Lucas con los zapatos en la mano, el rímel aún en sus pestañas y los pantalones desabrochados por la cantidad de carne que había tomado, según confesaba. En una noche había pasado de ser la nueva a convertirse en la reina: adorable, irónica, sensual… había encandilado a todos oscureciendo las aparentes virtudes del bueno de Andrés.

Mientras, a Lucas le costaba reponerse de lo vivido. Se debatía entre lo visto y lo sucedido hacía dos años.

  • ¡Me encantó conoceros! —Esther se deshacía en elogios y cumplidos.

El último abrazo entre ambas mujeres desató el desconcierto en Lucas: María le comentaba algo a Esther en voz baja que hacía abrir los ojos de ésta de forma exagerada. ¿Qué le habrá dicho?

Un beso soplado en el aire fue la última imagen de la vecina para Lucas, que de reojo la observó marcharse entre el resto de invitados destacando con su andar altanero, sobresaliendo con su melena naranja, riendo del brazo de Andrés que se arrastraba parsimoniosamente.

 

Lucas no podía dormir, se dedicó a recoger los restos de la fiesta, mientras Esther caía sobre la cama víctima de su excesiva dedicación a los demás:

  • ¿Sabes que me ha confesado María? Qué Andrés no es su marido. Me ha dicho que es su última conquista… resulta un poco descarada, ¿no crees? ¡Qué pena, con lo majo que es él!

[Mujer mirando por la ventana, Carolina Torres]

Antes de que terminara de ponerse el pijama, Esther roncaba plácidamente. En su bolsillo Lucas guardaba un papel que había encontrado entre las copas del brindis. Dudó si abrirlo. Lo desplegó sin reconocer la letra, la intuición fue suficiente: “… Mira por la ventana superior del lado derecho… me desnudaré lentamente para ti. Andrés se habrá dormido; por cierto, ya sabrás que no es mi marido, ¿verdad?”

Desconcertado aún más, y sudoroso por el esfuerzo de entender, cerró y guardó el sobre. Saldría a tomar un poco de aire.

Desde una silla del jardín que aún permanecía en pie giró sus ojos hacia la derecha… el pequeño reflejo de una lámpara encendida destacaba en la oscuridad de la noche.

Lucas cerró y guardó el sobre, dispuesto a hablar con su mujer sobre lo agradables y simpáticos que han resultado los nuevos vecinos.

La noche americana de Truffaut Por Horacio Otheguy Riveira

 

Se llamaba François Truffaut y empezó siendo un niño que se escapaba de todas partes para ir al cine, donde el mundo le hablaba al oído con voces más verdaderas, susurros femeninos y piernas de seda: aventuras de quien sería el hombre que amaba a las mujeres y les rendía permanente homenaje, también dolorosos desplantes, también simpáticas situaciones de flaqueza masculina, también besos robados, también celos compulsivos, también sabiduría propia y ajena que le permitió dejar por un rato su propio universo y acercarse al de Ray Bradbury y descubrir que bajo la potencia del Fahrenheit 451 los libros arden mejor y entre sus llamas es capaz de surgir con fuerza el amor de la preciosa inglesa Julie Christie y el apuesto alemán Oskar Werner para fugarse de la quema y memorizar las mejores historias de la literatura.

Muy joven aún, Truffaut publicó la primera gran entrevista a Alfred Hitchcock (El cine según Hitchcock), hasta entonces despreciado por la crítica que no consideraba artísticos ciertos géneros por “comerciales” (léase terror, intriga, policiaco). Pero ahí estaba el estudioso del cine para ir a todo tren con la ansiedad que le caracterizó siempre, saltando de un tema a otro, de un amor a otro amor en lo personal, pero también en su búsqueda de razones y miradas, de armas con las que luchar en una existencia que quizás, en su interior, preveía corta. De hecho, en 1984 lo expulsó para siempre de los estudios de cine un derrame cerebral con sólo 52 años, y un montón de películas tan valiosas a sus espaldas que Steven Spielberg le invitó a participar como actor en su primer juego de ciencia-ficción Encuentros en la tercera fase.

Para entonces François había dirigido obras ya consideradas magistrales. En algunas fue también protagonista, con escasos matices sobre su habitual expresión anhelante y sorprendida, en otras fue actor secundario o extra que pasaba por ahí. Un entusiasta exigente que tenía prisa por descubrir mundos y compartirlos con la mayor cantidad de gente posible.

Entre sus títulos más notables sobre los que podría escribir largo y tendido: Los cuatrocientos golpes, Disparen sobre el pianista, Historia de Adele H, Jules et Jim, La piel suave, La piel dura, La novia vestía de negro, Domicilio conyugal, El pequeño salvaje, La mujer de al lado… y La noche americana, la película de 1973 que recibió un Oscar, lo que le permitió iniciar una nueva fase a toda su producción con mayor distribución internacional.

Una película en la que él mismo interpreta al director inseguro, cambiante, feliz como un niño, angustiado como un adolescente, trabajador incansable como un adulto que sabe lo que quiere, y nuevamente un niño fascinado por los personajes y los actores que tiene que poner en marcha un realizador de cine.

Un hombre de cine que ha de saber jugar con las torpezas de los actores veteranos que tiemblan ante el paso del tiempo, la sensualidad de las jóvenes actrices, los devaneos de todos con todas y la esperanza que cada uno tiene de que La noche americana (ese artilugio por el que se recrea una noche para ser filmada a plena luz del día) pueda expandirse con encanto en su propia vida, entre las sábanas de sus propios sueños.

Una película emocionante y divertida que es muchas cosas más, que funciona como una piñata que al romperse despliega un sinfín de golosinas para los amantes del cine: una reflexión apasionada que para hacerse posible tuvo que lograr un equilibrio matemático (con una inspiradísima banda sonora de Georges Delerue): equilibrio prodigioso entre la comedia y el drama, entre el humor ligero y la inseguridad de sus personajes (también espectadores), acerca del oficio de hacer películas, del arte de contar historias, de la dificultad por hacerlas verosímiles, de buscar la comprensión y la emoción de la gente.

Alejado siempre de todo afán discursivo y aleccionador, alejado siempre de la menor pedantería, François Truffaut —con su gran conocimiento del cine en las venas—, nos regala un eterno presente con el que nos homenajea a todos sin distinción, y una vez más, esgrimiendo una obsesión que ya estaba en su primera película y que aquí reaparece con una secuencia memorable y onírica que tal vez sea la que mejor resume la película: el director de la película dentro de la película duerme sueños agitados, cada jornada es un hándicap para sacar adelante el film dentro de los implacables límites que impone el productor. En su ajetreado dormir se reencuentra con el pasado en blanco negro, cuando de niño robaba por las noches los carteles de un cine donde se proyectaba Ciudadano Kane.

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