—No importa, voy bien equipada -le respondí un tanto prepotente-.
Ajusté la mochila a mi espalda, abotoné el chubasquero, me cubrí con su capucha, abrí la puerta y comencé a caminar a paso ligero como aconsejan los endocrinos en estos casos. A escasos metros me detuve, pero solo para cerciorarme de que la aplicación que expresamente había bajado en el móvil funcionaba correctamente, así era, llevaba dos minutos andando, había avanzado 150 metros y quemado 4 calorías.
—Esto funciona -me dije animosa mientras guardaba el móvil en el bolsillo y reanudaba la marcha-.
Subí por la empinada cuesta que me lleva a Menéndez Pelayo y en su cima, casi sin resuello, tuve que pararme para elegir dirección. En frente tenía el Parque del Retiro, atravesándolo llegaría a Cibeles, subiría después Gran vía y enseguida, en una de sus calles paralelas la ansiada meta, las puertas del teatro. Pero había oído que se esperaban inminentes fuertes ráfagas de viento, y por tanto se desaconsejaba transitar ir por zonas arboladas, así que resolví que en vez de cruzar el Retiro lo rodearía. Fatal decisión, ya lo adelanto.
En aquellos momentos, la tarde era ya de perros, llovía con intensidad y Menéndez Pelayo estaba casi desierta, pero yo me sentía bien, con mis manos guardadas en los bolsillos, mis deportivas especiales para caminar, la mochila a la espalda, la cabeza bien tapada bajo la capucha…, hubiera sido una cobardía abortar mi plan. Cuando llegué a O’Donnell giré para dirigirme hacia la calle de Alcalá; durante los siguientes metros caminaría entre la alta verja del Retiro a mi izquierda y una calzada de cuatro carriles por la que no paraban de circular coches a mi derecha. No llevaba mucho en esta nueva etapa de carrera cuando tuve que echarme a un lado para que una chica con un abrigo de paño marrón y paraguas amarillo me adelantara, al parecer tenía prisa y la acera era tan estrecha que las dos a la vez no cabíamos, musitó un “gracias” apenas perceptible y siguió su camino.
—Qué manía tiene la gente de utilizar paraguas -pensé mientras se alejaba-, a mí me resultan engorrosos, pero ella con sus zapatos de tacón, medias y abrigo de paño estaría ya calada si no lo llevase.
De pronto noté ligeras salpicaduras en las piernas, un coche acababa de pasar por encima de un charco y me había mojado. Quedé quieta mirándolo con mi peor cara mientras se alejaba y cuando creí que ya era suficiente, me dispuse a seguir, pero justo en ese momento, una ducha, ¿qué digo una ducha?, un torrente me anegó por entero, cara, ojos, cuello, piernas, deportivas… fue como si alguien con toda su fuerza hubiera lanzado sobre mí un barreño grande de agua, un desastre. Sin darme apenas tiempo a reaccionar me alcanzó un segundo jarreo más intenso aún de un segundo coche, y a este le siguió un tercero. Era increíble, con la misma alegría y determinación que si llevaran un fueraborda los conductores surcaban el agua acumulada en los baches provocando un auténtico sunami que caía despiadadamente sobre nosotras, las pobres transeúntes, que estábamos atrapadas en la acera. Porque a pocos metros la chica del abrigo de paño, que me había adelantado sufría mi misma experiencia, pues en su intento por defenderse, doblada sobre sí misma, orientaba hacia los coches su paraguas, pero daba igual, la ola superaba el paraguas y cualquier otro objeto que se hubiera interpuesto para derramarse inmisericorde sobre ella.
Dicen que las desdichas en compañía se hacen más llevaderas o al menos así pensé yo, y como pude, zarandeada por los repetidos jarreos, llegué a su lado. La intención que tuvo nada más verme fue meterme también bajo su paraguas.
—No -le dije- mejor corramos.
Pero era imposible avanzar en medio de tanta adversidad.
En un momento dado sentí que mi paciencia se acababa y decidí atacar. Con paso firme avancé hasta el mismo bordillo y allí, a cuerpo descubierto, empecé a pedir a los conductores mediante gestos y alguna que otra palabra obscena que aminoraran su marcha, que entendieran nuestra situación, pero muchos de ellos me ignoraron dejando caer sobre mí el consabido maremoto, entonces tremendamente irritada y chorreando de arriba abajo era cuando les increpaba, les maldecía de la manera más soez y brutal que se me ocurría, en este momento ya no había límites. Al principio ella observaba perpleja mi comportamiento, mientras se retiraba el agua de la cara y sacudía el de su abrigo, pero enseguida me secundó. Sus tacos puede que fueran menos agresivos que los míos, pero entre las dos logramos al fin que algunos conductores disminuyeran la velocidad y otros se alejaran cambiándose de carril, sin embargo lo peor estaba aún por llegar, un autobús, un maldito autobús. Lo vimos venir a toda velocidad rozando el bordillo, conscientes de lo que podía suceder, nos esforzamos aún más en indicarle nuestra situación, en hacerle señas para que frenase… Me consta que nos vio y entendió nuestros gestos, pero, lejos de acatarlos, aceleró, zambulló sus enormes ruedas en la poza y nos encharcó. Llena de ira pensé en correr hasta la próxima parada, esperar a que llegara y cuando abriera sus puertas subir, cogerle por la pechera, obligarle a salir, y una vez en la calle arrastrarle por el pavimento una vez dos veces, vuelta y vuelta como se hace a las croquetas en el huevo, pero cuando quise poner en práctica mi fantasía el autobús había desaparecido de mi vista.
Empapadas hasta los huesos llegamos por fin a la calle Alcalá, allí ya no había problema, su desnivel impide que el agua se acumule, por tanto estábamos salvadas. Las dos nos relajamos, comentamos lo sucedido y hasta nos reímos al coincidir en que parecíamos dos naufragas llegadas a la orilla. Enseguida nos despedimos, ella entró en un portal y yo continué mi camino hacia Cibeles. De pronto tuve la extraña sensación de que caminaba sobre las aguas como Jesucristo en Galilea, miré hacia abajo y vi que de los bordes de mis deportivas salían burbujas y que cada pisada iba acompañada de unos sonidos inenarrable. ¿Qué hacer? ¿A dónde ir que me dejen achicar este agua antes de que me agarre una pulmonía? De repente se me encendió la luz, El Corte Ingles, esa sería mi salvación. Con aquel ruido estruendoso saliendo de mis pies y con un aspecto horrible a juzgar por las caras que ponían los que se cruzaban conmigo seguí caminando. En aquellos momentos diluviaba. A mi llegada a las puertas del establecimiento el público que estaba arremolinado bajo la marquesina, se hizo a un lado para dejarme pasar, actuaron bien porque creo que de no hacerlo me los hubiera llevado por delante.
En el interior las dependientas me miraban, también los clientes, seguro que se preguntaron ¿adónde irá esta mujer chorreando? Y eso mismo me pregunté yo, ¿adónde voy? Lógicamente a un cuarto de baño, pero en el que hubiera poca gente. Mi ingenio determinó que el más adecuado era el de la planta de caballeros, allí la afluencia necesariamente se vería reducida a la mitad. Dicho y hecho, avancé por los pasillos, alcancé las escaleras mecánicas y sintiéndome objeto de todas las miradas, llegué a la planta 2ª Caballeros. Era un cuarto pequeño con 4 aseos, y totalmente vacío, estupendo, me quité el impermeable que todavía chorreaba y lo dejé en uno de los lavabos, deposité la mochila en un rincón y me acerqué al secador de manos eléctrico, estaba ya aflojándome los cordones de mis deportivas para, una vez extraída el agua, ponerlas debajo, cuando oí descargar una cisterna, al poco tiempo otra, miré las puertas y efectivamente dos de ellas comenzaron a abrirse para dejar paso a dos chicas inglesas, de pelo rubio rizado y cara de pan, se dijeron algo entre ellas y decidieron utilizar el lavabo que precisamente yo había ocupado con mi impermeable, visiblemente molesta, dando saltitos a la pata coja, porque ya estaba descalza de un pie, llegué hasta ellas, recogí mi impermeable y de la misma forma volví a mi centro de operaciones, bajo el secamanos eléctrico. A los pocos minutos noté su presencia detrás de mí, me giré y vi que con expresión estúpida me mostraban sus manos mojadas, querían secarlas. Con bastantes malos
humos recogí todas mis cosas y me encerré en uno de los aseos, allí, segura tras la puerta, con tiras y tiras y tiras de papel higiénico me sequé primero yo y después mis zapatillas.
Cuando acabé parecía otra, mis pisadas no emitían ningún sonido y el impermeable estaba prácticamente seco. Llegué a la puerta del teatro, abracé a mis amigas, vimos la función, que nos encantó, y a la salida…, a la salida me tomé una hamburguesa con patatas, que me supo a gloria y lo hice porque sí, sin remordimientos, la alegría de pensar que aquel día había quemado las calorías no sólo de ese mes, sino de los tres siguientes.

