Madame Zilensky y el rey de Finlandia Por Carson McCullers

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967), célebre por sus novelas El corazón es un cazador solitario (1940), Reflejos en un ojo dorado (1941) y Balada del Café triste (1951), fue también autora de cuentos, poemas y obras de teatro en sus 50 años de vida, minados de dificultades sentimentales y enfermedades.
Varias veces llevadas sus historias al cine, McCullers se caracterizó por contar historias de jóvenes y adultos atrapados en ambientes sociales opresivos, desolados y poéticos paisajes ahondan la soledad de seres al margen del sistema convencional de valores.

En La balada del café triste, se atreve a dar una de las definiciones del amor más celebradas de la literatura:

«En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y este conocimiento lo hace sufrir. […]  Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, el convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre queriendo desnudar a su amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor».

Madame Zilensky y el rey de Finlandia

Cuento publicado en New Yorker en 1941.

 

Todo el mérito de haber traído a Madame Zilensky a la Universidad de Ryder se debía al señor Brook, director del departamento de música. La universidad se consideraba afortunada, porque Madame Zilensky tenía una gran reputación, lo mismo como compositora que como pedagoga. El señor Brook se encargó personalmente de buscar una casa para Madame Zilensky, un sitio cómodo, con jardín, bastante cerca de la universidad y al lado del edificio de apartamientos en que él vivía.

Nadie en Westbridge había conocido a Madame Zilensky antes de que viniera. El señor Brook había visto retratos suyos en las revistas de música, y una vez le había escrito para preguntarle sobre la autenticidad de cierto manuscrito de Buxtehude. También, cuando se decidió que viniera a la universidad, se habían intercambiado algunos telegramas y cartas sobre asuntos prácticos. Tenía una letra clara y recta, y lo único fuera de lo corriente en esas cartas era que hacían alguna referencia casual a objetos y personas completamente desconocidos al señor Brook, como «el gato amarillo de Lisboa» o «el pobre Heinrich». El señor Brook achacó estas distracciones a la confusión de la huida de Europa con su familia.

El señor Brook era una persona algo incolora; años de minuetos de Mozart, de explicaciones sobre séptimas disminuidas y terceras menores, le habían dado una paciencia alerta. Casi siempre estaba solo. Odiaba la rutina académica y los comités. Años antes, cuando los del departamento de música habían decidido hacer un viaje juntos y pasar el verano en Salzburgo, en el último momento el señor Brook se escurrió del compromiso y se fue solo al Perú. Tenía algunas rarezas y era tolerante con las extravagancias de los demás; realmente casi le hacía gracia el ridículo. A menudo, cuando se enfrentaba con alguna situación grave e incongruente, sentía un cosquilleo interior, que endurecía su rostro largo y suave y agudizaba la luz de sus ojos grises.

El señor Brook fue a recibir a Madame Zilensky a la estación de Westbridge una semana antes de empezar el semestre de otoño. La reconoció al punto. Era una mujer alta y erguida, con la cara pálida y ojerosa. Sus ojos estaban profundamente sombreados y llevaba el cabello oscuro echado hacia atrás desde la misma frente. Tenía manos largas y delicadas, muy sucias. En toda su persona había algo noble y abstraído que hizo que el señor Brook retrocediera un poco y se quedara desabrochándose nervioso los gemelos. A pesar de su vestimenta (una falda larga negra y una chaqueta roja de cuero), daba una impresión de vaga elegancia. Con Madame Zilensky había tres niños, entre los diez y los seis años, los tres rubios, guapos y de ojos claros. Había otra persona, una mujer vieja, que luego resultó ser la criada finlandesa.

Este fue el grupo que encontró en la estación. El único equipaje que traían eran dos enormes cajas de manuscritos; el resto se lo habían dejado olvidado en la estación de Springfield cuando cambiaron de tren. Esto es algo que le puede pasar a cualquiera. Cuando el señor Brook los metió a todos en un taxi, pensó que lo peor ya había pasado, pero Madame Zilensky de pronto trató de saltar por encima de sus rodillas y salir.

—¡Dios mío! —dijo—. Me he dejado mi… ¿cómo se dice?, mi tic-tic-tic…

—¿Su reloj? —preguntó el señor Brook.

—¡Oh, no! —dijo ella con vehemencia—. Ya sabe usted, mi tic-tic-tic… —y movía el índice de un lado a otro como un péndulo.

—Tic-tic —dijo el señor Brook llevándose las manos a la cabeza y cerrando los ojos—. ¿Es posible que quiera usted decir un metrónomo?

—¡Sí, sí! Creo que lo he debido perder donde cambiamos de tren.

El señor Brook pudo tranquilizarla. Hasta dijo, con una especie de galantería aturdida, que le buscaría uno al día siguiente. Pero, de momento, tenía que reconocerse que había algo extraño en este desconsuelo por el metrónomo, cuando faltaba todo el resto del equipaje.

Los Zilensky se instalaron en la casa de al lado y, aparentemente, todo iba bien. Los niños eran unos chicos tranquilos. Se llamaban Sigmund, Boris y Sammy. Estaban siempre juntos y se seguían el uno al otro en fila india, Sigmund delante por lo general. Entre ellos hablaban en algo que sonaba a un esperanto familiar hecho con ruso, francés, finlandés, alemán e inglés; cuando había gente alrededor estaban extrañamente silenciosos. Lo que al señor Brook lo ponía incómodo no era nada de lo que los Zilensky hacían o decían. Eran pequeños detalles. Por ejemplo, cuando los niños estaban en una habitación, había algo que inconscientemente le molestaba. Por fin se dio cuenta de que los chicos Zilensky no pisaban nunca las alfombras: las bordeaban en fila india sobre el suelo desnudo, y si una habitación estaba toda alfombrada, se quedaban en la puerta y no entraban. Había otra cosa: habían pasado varias semanas y Madame Zilensky parecía no hacer el menor esfuerzo por instalarse y amueblar la casa con algo más que una mesa y unas camas. La puerta principal estaba abierta día y noche, y pronto la casa empezó a tener un aspecto extraño y destartalado, como un sitio abandonado hacía años.

La universidad podía estar satisfecha con Madame Zilensky. Enseñaba con tremenda insistencia y se indignaba profundamente si cualquier Mary Owens o Bernadine Smith no sacaba limpios los trinos de Scarlatti. Buscó cuatro pianos para su estudio y puso a cuatro asombradas estudiantes a tocar fugas de Bach juntas. La barahúnda que venía desde su parte de la sección era tremenda, pero Madame Zilensky parecía no tener nervios, y, si la voluntad y el esfuerzo puros pudieran transmitir una idea musical, realmente la Universidad de Ryder no hubiera podido pedir más. Por las noches Madame Zilensky trabajaba en su duodécima sinfonía. Parecía no dormir nunca; no importaba a qué hora de la noche se le ocurriera al señor Brook mirar por la ventana de su cuarto de estar, la luz del estudio de Madame Zilensky estaba siempre encendida. No, no era por ninguna causa profesional que el señor Brook estaba intrigado.

Fue a finales de octubre cuando por primera vez notó que había algo que indudablemente estaba mal. Había almorzado con Madame Zilensky y se había divertido con una descripción detallada que ella le había dado sobre un safari que había hecho en África en 1928. Después, por la tarde, se había parado delante de su despacho y se había quedado un tanto abstraída en la puerta.

El señor Brook la miró desde su escritorio y preguntó:

—¿Quiere usted algo?

—No, gracias —dijo Madame Zilensky. Tenía una voz baja, bella y sombría—. Estaba solo pensando. ¿Se acuerda usted del metrónomo? ¿Cree usted que quizá me lo habré dejado en casa de aquel francés?

—¿De quién? —preguntó el señor Brook.

—De ese francés con el que estuve casada —contestó.

—Francés —dijo tímidamente el señor Brook. Trató de imaginarse al marido de Madame Zilensky, pero su mente se negó. Murmuró casi para él—: El padre de los niños.

—¡Oh, no! —dijo Madame Zilensky con decisión—. El padre de Sammy.

El señor Brook tuvo una rápida premonición. Su instinto le advirtió que no siguiera. Pero su amor al orden, su conciencia, le hicieron preguntar:

—¿Y el padre de los otros dos?

Madame Zilensky se llevó la mano a la nuca y se levantó el pelo corto y erizado. Su rostro estaba soñoliento y durante unos minutos no contestó. Luego dijo amablemente:

—Boris es de un polaco que tocaba el flautín.

—¿Y Sigmund? —preguntó luego. El señor Brook miró su escritorio ordenado, con la pila de ejercicios corregidos, los tres lápices bien afilados, el elegante pisapapeles de marfil. Cuando levantó la vista hacia Madame Zilensky, esta pensaba con esfuerzo. Miró alrededor por las esquinas de la habitación, los párpados bajos y la mandíbula moviéndose de un lado a otro. Finalmente, dijo:

—¿Hablábamos del padre de Sigmund?

—Bueno, no —dijo el señor Brook—. No hace falta que hablemos de ello.

Madame Zilensky contestó con voz a un tiempo orgullosa y terminante:

—Era un compatriota.

Al señor Brook realmente no le importaba la cosa. No tenía prejuicios; la gente se podía casar diecisiete veces y tener hijos chinos por lo que a él le tocaba. Pero había algo en la conversación con Madame Zilensky que le molestaba. Comprendió de repente. Los niños no se parecían en nada a Madame Zilensky pero eran iguales entre sí, y, teniendo padres diferentes, el señor Brook pensó que la semejanza era asombrosa.

Pero Madame Zilensky había terminado el asunto. Se subió la cremallera de la chaqueta de cuero y se volvió.

—Ahí es exactamente donde me lo he dejado —dijo con un rápido movimiento de cabeza—. Chez aquel francés.

La vida en la sección de música transcurría tranquila. El señor Brook no tenía dificultades serias que resolver, como lo de la profesora de arpa del año anterior, que se fugó con un mecánico de automóviles. Había solo esa constante inquietud por Madame Zilensky. No podía aclarar qué le pasaba en su relación con ella y por qué sus sentimientos estaban tan confusos. Para empezar: ella era una gran viajera y sus conversaciones estaban salpicadas de referencias incongruentes sobre sitios lejanos. Podía pasarse días sin abrir la boca, rondando por los corredores con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el rostro meditabundo. Y de pronto agarraba al señor Brook y se lanzaba a un largo monólogo, con ojos fieros y brillantes y voz vehemente y cálida. Tenía que hablar de todo o de nada. Pero había siempre algo raro, de una manera indirecta, en cualquier episodio que ella mencionara. Si hablaba de llevar a Sammy al peluquero, la impresión que producía era tan exótica como si estuviera hablando de una tarde en Bagdad. El señor Brook no podía aclararlo.

La verdad le llegó de repente, y la verdad lo aclaró todo perfectamente, o por lo menos despejó la situación. El señor Brook había vuelto temprano a casa y había encendido el fuego en la pequeña chimenea de su cuarto de estar. Se sentía a gusto y en paz aquella noche. Estaba sentado ante el fuego, en calcetines, con un tomo de William Blake en la mesa al lado y se había servido media copa de licor de melocotón. A las diez estaba dormitando cómodamente delante del fuego, su mente llena de frases nebulosas de Mahler y retazos de pensamientos flotantes, y, de pronto, de entre aquel delicado sopor, le vinieron a la memoria cuatro palabras: «el rey de Finlandia». Las palabras le parecían familiares, pero al principio no pudo localizarlas; luego, de pronto, pudo seguirles la pista. Estaba paseando aquella tarde por el campus, cuando Madame Zilensky lo paró y empezó con una jerigonza que escuchó solo a medias; estaba pensando en el montón de cánones que le habían hecho en la clase de contrapunto. Ahora le volvían las palabras con una exactitud molesta, las inflexiones de su voz… Madame Zilensky había empezado con la siguiente frase: «Un día, cuando estaba delante de una pátisserie, el rey de Finlandia pasó en un trineo.»

El señor Brook se enderezó en la butaca con una sacudida y dejó la copa de licor. Esa mujer era una mentirosa patológica. Casi todas las palabras que pronunciaba fuera de la clase eran mentiras. Si había trabajado toda la noche, se desviaba de su camino para contar que había estado esa noche en el cine; si almorzaba en la Old Tavern, era seguro que aludiría a que había comido en casa con sus hijos. La mujer era sencillamente una mentirosa patológica y eso era todo.

El señor Brook hizo crujir sus nudillos y se levantó de la butaca. Su primera reacción fue de exasperación. ¡Que día tras día Madame Zilensky hubiera tenido la desfachatez de sentarse ahí, en su despacho, e inundarle con sus afrentosas falsedades! El señor Brook estaba furioso. Paseó arriba y abajo por la habitación, luego fue a la cocina y se hizo un sándwich de sardina.

Una hora después, sentado junto al fuego, su irritación se había cambiado en un asombro científico y meditativo; lo que tenía que hacer, se dijo, era mirar la situación de manera impersonal y ver a Madame Zilensky como un médico ve a un paciente enfermo. Sus mentiras eran de lo más inocente. No fingía nada con intención de engañar y las mentiras que contaba no las usaba, jamás, para ninguna ventaja posible. Esto era lo que desconcertaba; no había motivo detrás de todo aquello.

El señor Brook terminó el licor, y despacio, cuando era casi medianoche, comprendió aún mejor. La razón de las mentiras de Madame Zilensky era sencilla y triste. Toda su vida había trabajado en el piano, enseñando y escribiendo aquellas doce sinfonías hermosas e inmensas. Día y noche había luchado afanándose y volcando su alma en su trabajo, y apenas le quedaba algo de sí misma para más. Humana como era, sufría esa carencia, y hacía lo que podía para compensarla. Si pasaba la tarde inclinada sobre una mesa de la biblioteca y luego decía que había estado jugando a las cartas, era como si hubiera podido hacer las dos cosas. Por medio de sus mentiras vivía vicariamente; las mentiras doblaban lo poco de existencia que le quedaba fuera del trabajo y engrandecía el pequeño trapo de su vida personal.

El señor Brook miró al fuego y el rostro de Madame Zilensky estaba en su mente: un rostro severo, de ojos oscuros, cansados, y una boca delicadamente disciplinada. Notó algo cálido en su pecho, un sentimiento de piedad, de protección y de comprensión tremenda. Durante un rato permaneció en un bello estado de confusión.

Más tarde se lavó los dientes y se puso el pijama. Tenía que ser práctico. ¿Qué resolvía esto? ¿Y el francés, el polaco del flautín, Bagdad? ¿Y los niños, Sigmund, Boris y Sammy, quiénes eran? ¿Serían realmente sus hijos después de todo, o los habría reunido sencillamente de cualquier sitio? El señor Brook limpió los cristales de sus espejuelos y los dejó en la mesilla de noche. Tenía que llegar a un acuerdo con ella. Si no, podía crearse en la sección una situación de lo más problemática. Eran las dos. Miró por la ventana y vio que la luz del cuarto de trabajo de Madame Zilensky estaba aún encendida. El señor Brook se metió en la cama y puso caras horribles en la oscuridad tratando de planear lo que le diría al día siguiente.

El señor Brook estaba en su despacho a las ocho. Acechaba detrás de su mesa, pronto a atrapar a Madame Zilensky cuando pasase por el corredor. No tuvo mucho que esperar, y en cuanto oyó sus pasos la llamó por su nombre.

Madame Zilensky se paró en la puerta. Tenía un aire vago y fatigado.

—¿Cómo está usted? —dijo—. Yo he descansado tan bien esta noche…

—Siéntese, por favor —dijo el señor Brook—. Me gustaría hablar un momento con usted.

Madame Zilensky puso a un lado su carpeta y se echó hacia atrás en la butaca, frente a él.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Ayer, mientras paseaba por el campus me habló usted —dijo él, despacio—. Y, si no me equivoco, creo que me dijo algo sobre una pastelería y el rey de Finlandia. Es así, ¿no?

Madame Zilensky volvía la cabeza hacia un lado y miraba con fijeza a una esquina de la ventana.

—Algo sobre una pastelería —repitió él.

El rostro cansado de Madame Zilensky se iluminó:

—¡Pues claro! —dijo vehemente—, le contaba que aquella vez que estaba frente a esa tienda y el rey de Finlandia…

—¡Madame Zilensky! —gritó el señor Brook—. No hay rey en Finlandia.

Madame Zilensky se quedó ausente por completo. Después de un instante empezó otra vez:

—Estaba delante de la pátisserie Bjarne, cuando volví los ojos de los pasteles y vi de pronto al rey de Finlandia…

—Madame Zilensky, acabo de decirle que no hay rey en Finlandia.

—En Helsingfors —empezó ella de nuevo, desesperadamente, y otra vez él la dejó llegar a lo del rey y no la dejó seguir más.

—Finlandia es una república —dijo él—. No es posible que usted haya podido ver al rey de Finlandia. Por lo tanto, lo que acaba usted de decir es una falsedad, una pura falsedad.

Nunca en la vida pudo olvidar el señor Brook la cara de Madame Zilensky en aquel momento. Había en sus ojos sorpresa, consternación y una especie de horror acorralado. Era como una persona que mirara todo su mundo interior abierto en trozos y desintegrado.

—Crea usted que lo siento —dijo el señor Brook con verdadera pena. Pero Madame Zilensky se repuso. Levantó la barbilla y dijo fríamente:

—Yo soy finlandesa.

—No lo dudo —contestó el señor Brook. Para sus adentros sí lo dudaba un poco.

—Nací en Finlandia y soy súbdita finlandesa.

—Es muy natural —dijo el señor Brook alzando más la voz.

—En la guerra —continuó ella acaloradamente— iba en motocicleta y era enlace.

—Su patriotismo no entra en esto.

—Solo porque estoy sacando los primeros papeles de nacionalización…

—¡Madame Zilensky! —dijo el señor Brook. Sus manos agarraban el borde del escritorio—. Esto es solamente un hecho sin importancia. La cosa es que usted mantenía y aseguraba que vio… que vio…

Pero no pudo terminar. El rostro de Madame Zilensky le hizo callarse. Estaba pálida como una muerta y había sombras alrededor de su boca. Tenía los ojos muy abiertos, tremendos y orgullosos. Y el señor Brook se sintió de pronto como un asesino. Una conmoción de sentimientos, comprensión, remordimiento y amor irracional le hizo taparse la cara con las manos… No pudo hablar hasta que su interior se aquietó y entonces dijo muy bajo:

—Sí, claro, el rey de Finlandia. ¿Y era simpático?

Una hora después, el señor Brook estaba sentado mirando por la ventana de su despacho. Los árboles, a lo largo de la calle tranquila de Westbridge, estaban casi desnudos y los edificios grises de la universidad tenían un aire suave y triste. Mientras repasaba perezosamente el paisaje familiar, vio al viejo perro airedale de los Drake, que iba balanceándose calle abajo. Era algo que había visto antes cientos de veces; entonces, ¿qué era lo que le chocaba como extraño? Luego se dio cuenta con fría sorpresa de que el perro iba corriendo hacia atrás. El señor Brook miró al airedale hasta que lo perdió de vista, luego reanudó su trabajo con los cánones que le habían hecho en la clase de contrapunto.

“Madame Zilensky and the King of Finland”,
The New Yorker, 1941

Publicado por gentileza de la Ciudad Seva, Casa Digital del escritor Luis López Nieves



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Destroyer: belleza y agonía Por Luigi De Angelis

Comparar el trabajo de un cineasta relativamente joven con el de viejos lobos de mar a veces redunda en hipérboles fastidiosas que empobrecen la crítica. Sin embargo, también ocurre que la comparación justa y bien hecha añade deliciosos matices al proceso de apreciación de una obra. Aquí, en particular, es cuestión de sinceridad y mérito. Destroyer, la nueva película de Karyn Kusama, me recuerda la mirada incisiva de Sidney Lumet en Before the Devil Knows You’re Dead (Antes que el diablo sepa que has muerto, 2007), la elegante solvencia de Michael Mann en Collateral (2004) y el decadente retrato creado por Martin Scorsese en su infravalorada Bringing Out the Dead (Al límite, 1999). Sí, mientras escribo pienso lo que quizás tú también piensas… ¿cómo no ser consciente de que mencionar a Lumet, Mann y Scorsese en una misma oración es cosa tremenda? Quizás mi franco sustento es que Destroyer es eso: una cosa tremenda, una que, además de las formidables referencias cinematográficas que evoca, sobresale por sí misma.

Karyn Kusama realiza un excelente trabajo integrando los diferentes elementos de la película para construir un todo con personalidad definida y compleja. La realizadora está consciente de que a través del lenguaje cinematográfico crea un mundo particular. Así surge una desoladora visión de Los Ángeles, con un calor que abrasa, ambientes decadentes, fachadas derruidas, predicadores, skaters, junkies y muros cubiertos de arte urbano. Esta ambientación es suelo fértil para que germine un film noir contemporáneo de notable intensidad e imponente acabado visual. La música de Theodore Shapiro (compositor versátil al que le he seguido la pista después de algunos aciertos en el cine comercial) y la fotografía de Julie Kirkwood contribuyen de forma potente al juego entre lo mundano y lo místico. El aura de la película es de una amargura y un gris latentes con inusitados destellos de ternura y color. Nada es accidental, las escenas nacen de una serie de decisiones que rezuman profesionalismo.

Karyn Kusama (San Luis, EEUU, 1958) en un momento del rodaje con Nicole Kidman (Honolulu, Hawai, EEUU, 1967).

El guión de Phil Hay y Matt Manfredi desarrolla una historia que no resultará en lo absoluto extraña para el público, pues su catalizador es un tema que ha inspirado innumerables obras literarias, teatrales y del film noir: la venganza. No obstante, la película propone una perspectiva dinámica e interesante con relación a este tema, entrelazándolo con otros aspectos complejos. De este modo, abarca las consecuencias de la tragedia y ofrece una reflexión sobre un amor maternal que lucha por emerger en condiciones marcadas por un pasado de peso inconmensurable y la ausencia de futuro.

La película se centra en Erin Bell (Nicole Kidman), una detective de Los Ángeles que a lo largo de un día se propone hacer lo posible por encaminar la vida de Shelby (Jade Pettyjohn), su hija adolescente, y ajustar cuentas con Silas (Toby Kebbel), el criminal que hace muchos años orquestó el trágico evento que acabó con la vida de alguien muy importante en su vida. La narrativa ofrece algunas sorpresas, con flashbacks de preciosa intimidad; algunos crudos, otros mágicos; y una vuelta de tuerca hacia el final que resulta efectiva para concluir el relato.

El hecho de que la película cuente con una directora y que su eje radica en un personaje femenino, sin duda confiere un aire de novedad a un género cinematográfico usualmente desarrollado desde una perspectiva masculina. En este sentido, uno de los aspectos más transgresores es su representación de la protagonista como una anti-heroína dañada y difícil que, a pesar de todo, evidencia suficientes características humanas para la necesaria conexión emocional. No quedan rezagos de la virgen vestal ni de la hetaira disoluta que ayuda al protagonista masculino o lo arrastra a la perdición, respectivamente, sino una mujer entera y contradictoria que es responsable de su propia condena y también de su redención. Este retrato tan complicado encuentra en su protagonista el talento acorde al reto.

Nicole Kidman; actriz capaz de acertar en la comedia negra (To Die For), conferir vitalidad a una letárgica fantasía masculina (Moulin Rouge!), lanzarse hacia las tinieblas para buscar el corazón del dolor (The Hours, The Rabbit Hole), utilizar su aparente fragilidad para construir un efecto sorprendente (Birth, Dogville) e incluso dar brillo a lo que en otras manos hubiese sido una representación maternal rutinaria (Lion); es el alma de Destroyer. Kidman es fuego y veneno, sus cicatrices sangran todavía, pero ya está acostumbrada. El cuerpo, la voz, la emoción… lo entrega todo para desarrollar una interpretación que es imposible de ignorar en su conjunto y que es todavía más maravillosa cuando se mira de cerca y se aprecia el detalle. Hay un complicado juego interpretativo impuesto por la estructura del guión, pero Kidman vence las dificultades representando a una mujer delicada y misteriosa en los flashbacks y otra dura e irremediablemente arrastrada hacia una debacle física y moral en la narrativa principal; jamás pierde cohesión ni consistencia. Sea realizando un pequeño y sucio favor sexual a cambio de información, en un memorable tiroteo en un banco o en una confrontación entre madre e hija de extraordinario poder emocional, la actriz cruza la línea de lo imaginable para regalarnos un estudio de apabullante precisión y penetrante intensidad.

Con una visión de autora, Karyn Kusama cumple con una promesa pendiente desde Girlfight, su enérgico debut en el 2000. Destroyer es un drama potente con esmerados recursos visuales y musicales que juega con elementos clásicos y contemporáneos del cine negro. Una tragedia moderna con una actuación central de Nicole Kidman para la que nadie estaba preparado. Una película que se agradece.

 

Una difícil decisión. Relato elaborado por un trío de escritoras

UNA DIFÍCIL DECISIÓN

 Relato escrito por Paula Alfonso, Elisa Pérez, Ana Riera

 

                 Que hago aquí, un sábado a las 10 de la mañana en esta habitación y con personas a            las que ni conozco ni tengo interés en conocer, qué demonios hago aquí.

                ¿Fue debilidad o cobardía? Tal vez el deseo de huir, de escapar de todos y de todo fue lo que me impulsó a matricularme en este absurdo curso, debí verlo entonces como la excusa perfecta para tener mi teléfono desconectado, permanecer aislada, aunque solo fuera por un corto fin de semana se me ofrecería como el mejor elixir.

Sin embargo, ahora que estaba allí, se sentía realmente enfadada consigo misma. Por qué no podía ser más fuerte, qué le impedía considerar que lo que le había pasado solo era un revés en su vida del que más tarde o más temprano saldría como tantas otras veces. En lugar de eso, encima se castigaba con aquel absurdo encierro que, además de caro, no esperaba que le aportara nada.

Qué idiota soy.

Este tipo de reflexiones no hicieron más que aumentar su irritación y convertir su cuerpo en un manojo de nervios. No podía permanecer quieta. Sentada en la silla cruzaba y descruzaba las piernas, bostezaba, se tocaba el pelo, la cara, se miraba las uñas, cogía el bolso, lo dejaba otra vez en el respaldo, tosía…

La mirada fija de otra integrante del curso la hizo ser consciente de que su estado estaba siendo evidente para todos y eso no era bueno. Nunca le gustó llamar la atención, debía disimular. Sonrió a la compañera, a modo de disculpa, y se prometió serenarse, soportar estoicamente las horas que le quedaban por delante y acabar el curso con un mínimo de dignidad.

Pero qué dice este tipo.

Tan solo eran cuatro los alumnos que se habían matriculado en aquel curso de fin de semana sobre meditación, dos mujeres de edad indefinida entre los 40 y 50, un chico joven con la cabeza llena de rastas y ella. Al principio apenas si se saludaron. Según llegaron se fueron sentando y esperaron en silencio a que hiciera su aparición el instructor. Éste, un hombre alto, delgado, con fuerte acento escandinavo, fue quien rompió el hielo.

 

  • Me llamo Daven Olsson y os voy a enseñar un nuevo método de meditación. Se fundó en Noruega y …

 

Afortunadamente los prolegómenos no fueron muy extensos: unas ligeras nociones sobre el procedimiento, su propia experiencia personal tras su descubrimiento y poco más. En lo que sí hizo hincapié fue en los beneficios que aportaba practicarlo con regularidad. Cuando le pareció conveniente, añadió con su acento escandinavo: “Bueno yo ya me he presentado y os he hablado un poco del tema, ahora os toca a vosotros”.

Uno tras otro fueron diciendo su nombre y las expectativas que tenían del curso. Ella escuchó atenta, pero no hubo ninguna respuesta que la sorprendiera. Tranquilidad de espíritu, conocerse a sí mismo, dejar atrás el estrés… El chico de las rastas fue algo más original.

 

  • Yo busco ser más sensitivo, disfrutar mejor de los placeres no sólo espirituales, también carnales. No sé si me entiende.
  • Sí, sí claro –respondió el instructor tras un leve carraspeo–. ¿Y usted? Perdone. no hemos oído su nombre.
  • ¡Ah¡ ¿Es a mí?, es que no lo he dicho. Me llamo Daniela.
  • ¿Y qué le ha impulsado matricularse en este curso?

 

Es lo que estoy intentando responderme desde que he entrado por la puerta, viejo estúpido, qué diablos hago aquí.

Disculpe, ¿se encuentra bien?

Sí sí, claro.

Le preguntaba por su motivación para este curso.

 

Buscó en las caras de sus compañeros, que la miraban desconcertados, y al fin respondió:

  • La misma que la de ellos, conocerme mejor, alcanzar la paz interior, lograr un estado de serenidad, de quietud, de paz…

Trató de hacer más larga la letanía, pero no se le ocurrieron más sinónimos.

  • Bien, está bien. Acostumbro a iniciar estos cursos precisamente con una meditación, no importa cual, la que ustedes practiquen normalmente. Lo que sí les digo es que no será larga, sólo lo suficiente para desconectarnos del exterior y tomar conciencia de dónde estamos. Apagaré la luz y ya saben, hagan respiraciones profundas, relájense, cierren los ojos y dejen la mente en blanco.

Daniela siguió cada una de las indicaciones de forma obediente: respiró hondo, se relajó, cerró los ojos y trató de dejar la mente en blanco. Lo hizo todo. Cuando volvió a escuchar la voz del instructor poniendo fin al ejercicio y abrió los ojos, supo enseguida que algo en su vida se había roto para siempre.

Había bastado una imagen —que se coló a traición sobre el fondo blanco que ocupaba su mente—, cuando por fin se había relajado y estaba dejándose ir, para que lo supiera. Su necesidad de apuntarse al curso no había sido si no una estratagema para escapar de David, su pareja. Si era sincera consigo misma, debía reconocer que nunca había estado realmente enamorada. Le había querido, había estado a gusto, se había sentido protegida. Pero ya hacía muchos meses que las cosas no iban bien entre ellos. Demasiados. La última vez que habían hecho el amor había tenido que fingir de principio a fin. Ni le apetecía ni logró disfrutar un solo segundo en sus brazos. Había sido terriblemente frustrante. ¿Por qué seguía con él? ¿Era por pena? ¿Porque le daba miedo la soledad? ¿Porque no quería asumir otro fracaso? ¿Por todo un poco?

Por un instante le pareció reconocer la voz del instructor, que le llegaba desde algún lugar lejano. La descartó. En ese momento no le interesaba lo más mínimo. Volvió a concentrarse en su hilo de pensamiento. Tenía que tomar una decisión importante. Y parecía ser el momento propicio. A lo mejor al final había valido la pena gastarse el dinero que le había costado el curso.

¿Por qué había hecho el amor con David si no le apetecía? ¿Qué sentido tenía fingir en algo así? Trató de ser honesta. Sabía que David seguía muy enamorado de ella. A veces creía que incluso la idolatraba un poco. Ese día parecía tan desesperado, tan necesitado de su amor, que no había tenido valor para negarse. Podría haber usado alguna excusa, como otras veces. Pero al ver sus ojos inyectados de deseo, un deseo casi animal, no había sido capaz. En el momento no le había dado demasiada importancia. Todas las parejas fingían de vez en cuando, sobre todo si llevaban más de diez años de convivencia, como era su caso. Sin embargo, al revivirlo ahora, se apoderó de ella un profundo malestar.

 

–Respirar profundamente cuatro veces. Lo importante es que cada exhalación sea más lenta que la anterior. Dejaros ir sin más.

 

Estaba como para seguir esas indicaciones que ahora mismo se le antojaban terriblemente absurdas. Daniela siguió a lo suyo.

No tenía sentido. Todos los días había historias de amor que se abrían camino y otras que colapsaban por no poder dar más de sí. Se merecía ser feliz, conocer a otra persona que pudiera ilusionarla de nuevo. Todavía le quedaba mucha vida por delante. ¿Por qué no habría de aprovecharlo? Tenía que hablar con él, contarle todo lo que sentía. Sería duro, sí. Pero a veces había que ser valiente. Seguir con David no tenía sentido. ¿O sí?

¿Y si no conocía a nadie que de verdad le gustara? ¿Y si rompiendo con David se condenaba a la soledad el resto de sus días? ¿Era eso lo que quería? ¿Estaba realmente dispuesta a correr el riesgo? Las dudas se apoderaron de ella. Pensó que no le gustaba nada estar sola. Nunca le había gustado. Cuando le apetecía estar tranquila y a su aire, lo llevaba bien. Pero enseguida se cansaba y necesitaba sentirse acompañada. Si prolongaba demasiado los ratos de soledad, acababa sintiéndose mal. Un vacío negro que luego le costaba volver a llenar se apoderaba de todo su ser. Las breves épocas que había pasado completamente sola, se había sentido más desgraciada que feliz. Esa era la verdad. No estaba hecha para la vida en solitario. Necesitaba a la gente.

Abrió un instante los ojos. El instructor y sus tres compañeros parecían estar en estado de trance. Sólo se oían sus respiraciones profundas y acompasadas. Estaba claro que ella no les acompañaba en ese viaje. Se había apeado hacía rato. Además, su mente estaba atrapada en otras preocupaciones, en temas más terrenales. Por un instante les envidió. Parecían felices, en paz consigo mismos. Quizás más adelante podía plantearse volver a realizar el taller. Pero ese día no.

¿Qué debía hacer entonces? ¿Hablar con David? ¿Seguir adelante con su relación e intentar mejorar las cosas? A lo mejor era un problema suyo. Una crisis existencial propia que nada tenía que ver con su pareja. Sí, a lo mejor era eso. Y lo que tenía que hacer era centrarse en ella, en sus miedos, en sus carencias, para volver a sentirse bien y a gusto con su vida. En realidad, David era una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida. Además, siendo realistas, a su edad había muy pocas posibilidades de conocer a alguien que valiera realmente la pena. Sentir atracción por alguien, tener una aventura, eso sí era posible. Pero encontrar a alguien con quien crear un proyecto común a largo plazo, eso ya era otro cantar.

Le dio muchas vueltas. Dudó, se lanzó, reculó. Estaba tan concentrada que se sobresaltó cuando oyó la voz del instructor dando por terminada la velada. Se le había pasado el tiempo volando. Tras recoger sus cosas, se despidió con dos besos a cada uno de los asistentes. Quizás lo hizo porque no pensaba volver al día siguiente. No le hacía falta porque ya había tomado una decisión.

Salió a la calle convencida de lo que iba a hacer. Agradeció el frío cortante en la cara. Resultaba vigorizante. Apresuró el paso. Al llegar a la parada, vio que a su autobús le faltaba más de 12 minutos. Decidió coger un taxi. Ya era tarde y quería llegar a casa cuanto antes. Pronto localizó un coche con lucecita verde. Levantó la mano y lo paró. Perfecto.

 

  • Un mal día ¿verdad?

La pregunta la sacó de su ensimismamiento, de sus pensamientos que rozaban lo trascendente. Se había acomodado de forma apresurada en el asiento trasero del taxi al entrar, sin reparar en el conductor. Enseguida sus pensamientos habían continuado centrados en el sentido que tenía que dar a su vida. A primera hora de la mañana había comenzado el taller sin mucha confianza, pero ahora reconocía que algo se había removido dentro de ella.

  • ¿Cómo? –respondió después del segundo que necesitó para entender que la pregunta procedía del conductor, del cual sólo podía contemplar el pelo largo recogido en una coleta y unos ojos pequeños que la miraban escrutadores por el retrovisor.
  • Veo muchas caras al cabo del día y la suya me dice que no ha sido especialmente bueno.

 

El acento le pareció extranjero, dedujo Daniela tras un minuto de reflexión. Había estado meditando todo el día, lo que la tenía entrenada para apreciar detalles y valorarlos con calma.

Lo que me faltaba, un taxista, un extraño cuestionando mi cara… sí, claro que no          es un buen día… Pero quizá la racha cambie pronto, he tomado una decisión de la que no le voy hacer partícipe, desde luego…

 Con media sonrisa quiso zanjar la cuestión tranquilizando a su espíritu y de paso al espontáneo curioso.

 

  • Le agradezco su preocupación pero ocúpese de llegar rápido a la dirección que le he dado, tengo mucha prisa, debo llegar lo antes posible.
  • No me malinterprete, sólo quería empezar una conversación, acepto los negativas aunque vengan de una mujer hermosa como usted.

 

Pero, bueno, ¡qué labia tiene! Me asusta, sí, me asusta un poco, la verdad, no pienso seguirle la conservación. Ha dicho que soy hermosa, sí eso ha dicho, ¿cuánto hace que David no me lo dice? Y con esa voz… ¿A quién no le gusta que la adulen? David no es romántico, él no se fija en mi camisón nuevo, o en mi brillo de labios, me quiere, seguro, pero no me llama guapa…

Desde atrás alzó su cuerpo un poco para contemplar su aspecto por el retrovisor interior: estaba despeinada, con ojos cansados. Había sido un día raro y se notaba en su cara. Los reproches internos que recorrían la mente de Daniela se movían al vaivén del vehículo que comenzaba a adentrarse por las estrechas calles del centro. Estaba claro que el taxista había elegido la ruta más larga. No le había preguntado: tardaría bastante más de lo previsto.

 

  • Está bien, no se asuste, soy demasiado sincero ¿verdad? Mire, en este trabajo tengo tiempo para pensar, para observar y también para halagar. En este mundo se halaga poco, ¿no cree? Pero, en su caso, no es sólo un halago. Realmente tiene unos ojos muy hermosos, si me permite que le diga.

 

No debería haber ido a esa estúpida charla de meditación, se maldijo una vez más. Por qué lo hizo. Ella ya conocía técnicas para relajarse sin tener que pasar por todo esto. Se removió en el asiento trasero que sonó a plástico pegado. Apenas sabía qué contestar a ese desconocido tan curioso. Realmente estaba ligando con ella. Su espalda se relajó, a la vez que subía el cuello buscando una imagen más completa del taxista. Pantalones de color mostaza, con camisa de cuadros abierta hasta donde ella podía ver. Tenía un aire desenfadado. Daniela sintió que su cuerpo se estremecía, que se excitaba, tuvo el impulso de tocarle el hombro desde su posición. Ruborizada, intentó poner en práctica la técnica de meditación aprendida pocas horas antes para evadir sus pensamientos hacia otros puntos dejando en blanco la mente. En breve había pasado de la pesadumbre por la situación con su marido, a sentirse atraída por un extraño que la adulaba con bonita voz y tiernas palabras.

             ¿Por qué vamos por todo el centro? —preguntó Daniela infringiendo su promesa de no alimentar la conversación con ese desconocido.

  • Nada más verla elevar su mano para detener mi coche, sabía que iba a ser la última carrera del día.

 

Una hora después Daniela entraba por la puerta de su casa imaginando excusas para su tardanza: el transporte público, retraso en el curso, una copa con los compañeros del taller… todas ellas seguramente creíbles para David pero necias para ella. Antes de entrar en el taxi había decidido darse una oportunidad a ella misma, al salir de él sólo pensaba en lo fácil que había sido ser infiel a su marido.