Ya no sale de casa Por Paula Alfonso

 

El caso no parecía difícil, aunque aquella chica llegó a mi consulta realmente angustiada.

—Ya no sale de casa, doctor, lleva semanas viendo el mundo desde la ventana de su habitación. Estamos realmente preocupados.

Así fue el comienzo.

—¿Cómo llegó a esa situación? ¿Ocurrió algo? ¿Hubo algún detonante?

—Verá, doctor, mi hermano siempre fue un chico introvertido, callado, pero la muerte de nuestra madre hace cuatro meses parece haber agudizado ese carácter. No le interesa el cine, la lectura, el deporte, no quiere ver a sus amigos, su único hobby son los juegos de ordenador, con ellos pasa la mayor parte del día.

—Dice usted que su situación empeoró con la muerte de su madre, ¿fue de forma inesperada? o estaba enferma y de alguna manera se intuía su final…

—No, no. Lamentablemente mamá murió en un accidente. Venía hacia casa y, por motivos que no se han podido explicar, su coche se salió de la carretera… Fue horrible. No sabíamos nada de ella, denunciamos su desaparición y nos pusimos a buscar como locos, preguntamos, enseñamos su fotografía, hicimos batidas hasta que al cabo de tres largos días apareció. Y fue precisamente mi hermano el que la encontró en aquel maldito terraplén al que bajó, a pesar de que se le dijo que ya había sido explorado.

—¿Han hablado con él sobre ese momento? Cómo se sintió, qué hizo…

—Nunca. Cuando ve que sacamos el tema, se levanta y escapa a su habitación.

Estarás de acuerdo conmigo en que con estos datos el diagnóstico era sencillo, se trataba del clásico adolescente traumatizado por la muerte inesperada de su progenitora. Serían suficientes cuatro o cinco sesiones de presión en los puntos cruciales para que drenara la amargura que llevara dentro.

Tras preguntarle si accedería a venir a mi consulta y responderme que con la insistencia de ella y de su padre creía que sí, le cité para la semana siguiente.

El día fijado llegaron a mi consulta. Siguiendo mi indicación entró solo el chico. Era alto, delgado, pero lo que llamó especialmente mi atención fueron sus manos. Cualquier adolescente con su perfil psicológico presentaría unos dedos descuidados, uñas comidas, padrastros…, producto todo de su ansiedad, de su nerviosismo, pero aquel chico tenía unas manos de piel blanca, tan blanca que se traslucían las venas, y sus dedos delgados se movían despacio, con calma, tal vez con demasiada calma.

Le pedí que se sentara mientras yo lo hacía enfrente con la intención de estar atento a su lenguaje gestual, es la práctica que utilizo con todos mis pacientes, ya sabes que a veces aclara mucho.

Sus primeras respuestas fueron escuetos monosílabos, sí, no, puede, tal vez…, eso sí me pareció normal. Es la barrera defensiva que algunos pacientes levantan cuando un extraño como yo, al que acaban de conocer, les pide que hablen de sus más profundos sentimientos.

Poco a poco conseguí ir ganándome su confianza y se fue relajando. Cuando entendí que había llegado el momento fui directo a lo que me interesaba.

—Háblame de tu madre.

Su reacción fue de libro. Se irguió en el sillón, me lanzó una mirada retadora y después desvió su vista hacia la puerta en un claro deseo de salir huyendo. Pero permaneció sentado y pasados unos instantes, con la cabeza baja, me preguntó:

—¿Qué quiere que le diga?

—No sé…, en qué puntos coincidíais, en cuales chocabais, cosas así, lo que se te ocurra.

 

 

Había que quitarle importancia a la pregunta, que la considerara parte del protocolo habitual para que bajara sus defensas y hablara, necesitaba hacerme una idea de cómo era la relación madre-hijo, pero sus respuestas fueron en todo momento demasiado vagas. Miré el reloj y se nos acababa el tiempo. Como la actitud de mi paciente no parecía que fuese a cambiar, decidí aventurarme.

—Cuando descubriste su cadáver, ¿qué sentiste?

—Tengo que irme.

Se levantó, y mientras caminaba hacia la puerta, sentenció:

—No quiero hablar más con usted.

Fui tras él, le tomé por el brazo, traté de que entrara en razón, pero repitió:

—Me voy.

No volví a verle hasta pasadas tres semanas y le noté más pálido, más ojeroso, parecía cansado.

Comencé a hacerle preguntas, pero lejos de atenderme permaneció distraído observando sus blancas manos, siguiendo con sus dedos las arrugas en la piel de su sillón o paseando la mirada por los objetos que tengo en el despacho, su rechazo hacia mí era evidente, lo que me hizo entender que si estaba allí no era por propia voluntad sino por presiones familiares. De repente sus ojos se detuvieron en un punto de la pared, su cuerpo entró en una rigidez casi absoluta para después replegarse sobre sí mismo adoptando la posición fetal. Estaba aterrado, con la cara oculta entre las rodillas parecía querer protegerse de algo, algo espantoso, una figura devoradora, amenazante, que estuviera a punto de caer sobre él. Busqué lo que le pudo haber provocado aquella desmesurada reacción y lo encontré, era un dibujo que tenía colgado en la pared, regalo de un antiguo paciente que reproducía con bastante realismo la imagen de una cucaracha, negra, gigante sobre un lecho de hojas otoñales. Como el chico seguía con la misma expresión de terror, me levanté, descolgué el dibujo y lo deposité boca abajo sobre mi mesa. Al sentarme de nuevo junto a él le dije que simplemente era una acuarela, el obsequio de alguien enfermo que finalmente se curó. Mis palabras parecieron tranquilizarle, pero durante bastante tiempo mantuvo sus ojos clavados en aquel dibujo, aunque solo pudiera ver la madera pintada de su marco.

Tras analizar lo sucedido entendí que lo más indicado era practicarle una regresión y llevarle a aquel momento y conseguir que verbalizara su experiencia por muy traumática que fuera. Se lo comuniqué, le expliqué en qué consistía la prueba asegurándole que no había ningún riesgo. Él me escuchó con atención y solo pareció preocuparle si cuando él quisiera salir del trance podría hacerlo, le dije que sí, que en ese momento yo le devolvería a la realidad. Lo meditó unos instantes  más y

—Está bien. Hagámoslo

Curiosamente llegó al estado de hipnosis con relativa facilidad y poco a poco, muy suavemente, le fui llevando de nuevo a la cima de aquel terraplén.

—¿Qué ves?

—Voy bajando, me dicen que por aquí han pasado ya esta mañana y que no había nada, pero algo me impulsa y tengo que obedecer. La hierba está muy resbaladiza, un pie me ha fallado y he rodado algunos metros, me duele el codo, pero sigo bajando. Al fondo veo un montículo de hojas, me acerco, huele muy mal, alumbro con mi linterna y algo blanco destaca entre la negrura del suelo, despacio lo tomo con mis dedos, tiro y sale su zapato, el zapato de mi madre. Dejo a un lado la linterna y con mis manos empiezo a retirar la broza. Quiero ser rápido, muy rápido, pero el miedo a lo que voy a encontrar me hace ser poco efectivo. Continúo retirando hojas y sin querer doy a la linterna que rueda varias vueltas sobre sí misma, la cojo y al colocarla de nuevo en su sitio, mi mano pasa por delante de su haz de luz, no la reconozco, está negra, mis dedos no son más que muñones deformes, los estiro, los encojo y una especie de nube espesa cae de ellos. Los acerco más a la luz y descubro que están cubiertos por barro y cientos de gusanos que seguramente buscan en mí lo que ya consumieron en el cuerpo de mi madre. Pero he de continuar y torpemente con aquellos muñones negros, sigo echando a los lados la hojarasca seca y apestosa, de pronto choco con algo duro, descubro un poco más y aparece, la veo, veo a mi madre o lo que han dejado de ella, huesos, pelo, jirones de su ropa y algún resto de piel. Una náusea avanza con rapidez hacia mi boca, me giro para vomitar y de nuevo el foco de la linterna, como un dedo acusador, me obliga a ver. Ahora son mis brazos los que sirven de sustrato para aquellas criaturas, deambulan lentas pero seguras, metiéndose por dentro de mi camisa, las percibo cómo minúsculos alfileres clavándose en mi espalda, en mi pecho, están también en mi cabeza, entre mi pelo, detrás de las orejas, se mueven, avanzan, mientras yo permanezco inmóvil arrodillado ante el cadáver de mi madre. Algo me dice que debo ponerme en pie y sacudirme toda esa miseria, pero cuando comienzo a moverme, en la boca semiabierta y descarnada de mi madre percibo un ligero movimiento, uno de sus dientes parece inclinarse, sí, como si una fuerza le empujara por detrás, finalmente acaba desprendiéndose y como una canica rebota varias veces para acabar perdiéndose entre los mechones revueltos de pelo que aún quedan. Permanezco embelesado mirando el hueco, demasiado negro, demasiado espeso, pero no, no está vacío sino ocupado por algo que lucha para salir, es negro, viscoso, alargado, solo cuando ya está totalmente fuera adopta su verdadera forma, la de una enorme cucaracha negra, que, con sus patas peludas, sus afiladas antenas, comienza a caminar. Recorre la barbilla de mi madre, se desliza por su cuello, avanza por entre los desgarrones de su blusa y allí en el montículo que aún forma su pecho, se detiene, gira su deforme cabeza, estira sus antenas hacia mí, despliega unas enormes alas y vuela. Se ha metido por uno de los orificios de mi nariz y la siento como avanza, va a llegar a mi boca, está en la garganta, sáquemela, me está haciendo mucho daño, por favor sáquemela, no lo puedo soportar.

 

 

Alarmado le tomé el pulso y lo percibí peligrosamente acelerado. Tenía que sacarle del trance.

—A la de tres despierta. Uno, dos y tres. Despierta.

Pero no lo hizo. Sus ojos siguieron fuertemente cerrados, su respiración cada vez más agitada. Me acerqué y aunque sé que no es lo indicado, le zarandeé.

—¿Me oyes? Despierta ya.

Su cabeza, como la de un muñeco roto fue de un lado a otro, pero no obtuve respuesta. Estaba ya a punto de pedir ayuda cuando un ligero movimiento en sus labios me hizo creer que volvía en sí.

—Muy bien, eso es, despierta. Estás en mi cónsul…

 

 

Pero por aquella pequeña comisura que se había abierto comenzó a salir un reguero negro, espeso. Creí que sería sangre a punto de coagular proveniente de alguna mordedura que se hubiera hecho con la excitación, pero no, demasiado negra, demasiado viscosa y demasiado viva. Cuando estaba a punto de alcanzar la línea del cuello se detuvo y lo que hasta ese momento había tenido forma filamentosa comenzó a aglutinarse, a hincharse. Era una cucaracha negra de patas peludas y largas antenas. Ya no avanzaba, quedó allí detenida, como si aguardara algo, como si esperara algo. Giró su cabeza, desvió hacia mí sus enormes ojos saltones, desplegó sus alas y… La tengo aquí, aquí, aquí dentro, caminando impunemente bajo mi piel, excavando entre mis entrañas, horadando mi cerebro. Ya no puedo más, tienes que ayudarme. Solo tú puedes hacerlo. ¿Qué fue lo que hiciste con aquel paciente que te envié? ¿Cuál fue el tratamiento  que le pusiste? Sólo hablaba de cucarachas, las veía por todas partes, ¿te acuerdas? Vino después a mi consulta muy agradecido, me dijo que enviarle contigo había sido una excelente idea. Dame a mí lo que le prescribiste a él, por favor, haz conmigo lo mismo. No, no… te equivocas, la consulta aún no ha terminado, necesito tu tratamiento. No pienso irme. Suéltenme. Abre la puerta, déjame entrar. Abre, abre, por favor.

El vagabundo. Relato de Ana Riera

Algo atrajo mi atención hacia él, aunque no habría podido decir exactamente qué. Estaba sentado sobre unos cartones viejos con manchas aceitosas y tenía la espalda apoyada en la pared. Me fijé en sus zapatos, que estaban desparejados. Uno era bajo, tipo mocasín. El otro era una bota con cordones, que colgaban inertes a los lados. Del primero asomaba un calcetín a rayas que desaparecía bajo la pernera. En el otro pie, era la bota la que engullía sin miramientos la pernera. Los pantalones, a pesar de ser anchos, se apelmazaban alrededor de sus piernas, como si intuyeran que debían protegerlas de las inclemencias. Se veían bastante raídos y muy sucios. Una cuerda correosa hacía las veces de cinturón improvisado.

 

Carboncillo de Jorge Nobre Alves, Perú, 2011.

 

También sus manos estaban desparejadas La derecha contaba con la protección de un guante de lana deshilachado. La izquierda, en cambio, permanecía escondida en el bolsillo del pantalón, probablemente porque la llevaba desnuda. Mis ojos ascendieron lentamente hasta su torso. Lo llevaba enfundado en varias capas de ropa que asomaban desordenadas por el desgastado abrigo, que era de un apagado color gris. También asomaba por allí parte de su cuello. Me fijé en su piel curtida por las inclemencias. Estaba surcada de profundas arrugas, que con cada pequeño movimiento se desplazaban como olas propulsadas por el viento.

Apenas podía verle la cara porque llevaba un gorro calado hasta las orejas y tenía la cabeza inclinada hacia delante, como si no le interesara nada de lo que ocurría a su alrededor. O como si ya lo hubiera visto todo y nada pudiera sorprenderlo. Parapetada tras la marquesina del autobús seguí observándole en silencio. Era consciente que, de algún modo, estaba invadiendo su intimidad, pero había algo, una fuerza invisible, que me impedía apartar la vista de su figura.

Decidí alejarme para librarme de su influjo hipnótico. Iba a darme la vuelta, decidida, cuando por primera vez desde que le observaba, levantó la cabeza y pude verle la cara. Era más joven de lo que había imaginado, aunque a la vez parecía un anciano. Tenía una barba descuidada y por debajo de la gorra asomaban unos cabellos apelmazados y sin brillo, todavía oscuros, aunque surcados ya de alguna cana. Sus mofletes estaban caídos, como si le sobrara piel o le faltara carne.

Fue entonces cuando miró en mi dirección. Nuestros ojos se encontraron durante unos breves segundos. Me esperaba una mirada vacía y triste, que condensara toda la dureza, la soledad infinita, de vivir en la calle. Pero no fue así. Sus ojos estaban llenos de vida y desprendían una energía rebosante de esperanza que logró hacerme sentir en paz con el mundo.

 

Monumento a botas de vagabundo. Cartagena de Indias, Colombia.

Lluvia con olor a limón. Relato de Elisa Pérez

La carretera se iba abriendo entre el entramado de vegetación que componía el paisaje; al fondo el horizonte se mostraba cada vez más cercano.

Rubén había buscado ese lugar. Dentro de su minuciosidad habitual se había decantado por un pequeño hotel alejado de la ciudad, lo suficiente como para desaparecer durante un fin de semana sin necesidad de dar muchas explicaciones.

Cuando Jorge le contactó no podía dar crédito. Su confidente de la adolescencia le había localizado tras una búsqueda incansable, le confesó eufórico.

         — ¿Te acuerdas del pelirrojo que siempre te pedía ayuda en los exámenes? –esa inconfundible risa le rememoró inmediatamente otra época.

Allí estaba él, Jorge Peláez Durán. Su amigo de la infancia que desapareció un buen día hace más de diez años, llevándose con él los deliciosos bizcochos de limón que su madre les hacía para merendar.

         —¿Jorge? ¡Eres tú… no me lo puedo creer! Increíble. ¿Cómo me has localizado?

         —Eso da igual ahora. Nos vemos, ¿no?

El ímpetu en la voz de Jorge resultó contagioso para Rubén que no pudo resistirse a quedar, tras breves conversaciones por teléfono.

Mientras sujetaba fuertemente el volante, tenía ciertas dudas sobre su decisión. Las ramas rozaban el cristal delantero, fruto del viento huracanado que iba en aumento a medida que avanzaba. Esa llamada, ese encuentro, le tenía intranquilo. Hacía demasiado que no pensaba en el pasado.

—¡Ponte inmediatamente en alguno de los grupos que se han formado! ¡Vamos! ¡Vamos, te he dicho! –la voz del profesor de educación física le hacía temblar cada vez que iniciaba alguno de los ejercicios de gimnasia o deporte programados–. La mayoría de los alumnos le seguían sin más; Rubén le odiaba. No le gustaba el deporte. Tu cuerpo no está dotado para el movimiento, pareces un auténtico pingüino… repetía su abuelo materno cada vez que le veía correr de forma patosa entre sus primos y primas; a continuación, intentaba contagiar su dominio a los demás con una sonrojante carcajada. Todos menos su madre, asentían ante el dominio del patriarca. Ella en cambio siempre le defendía con alguna frase o excusa que quedara por encima de la ruinosa ironía del abuelo. Lástima que ni uno ni otro resistieran los avatares que la vida les dispuso: el abuelo no sobrevivió a un cáncer de pulmón que se lo llevó entre maldiciones y escupitajos de sangre en apenas tres meses; y su madre no pudo aguantar la dureza de una vida injusta, sola con un hijo al que se esforzó en entender y proteger por encima de todo.

         La naturaleza estaba mostrando toda su fiereza. La lluvia iba en aumento, las gotas impedían divisar los límites de la carretera , y las rachas de viento hacían imposible descuidar un segundo las manos del volante .

         —¿Te parece bien un hotel a las afueras?

         — Vale, busca uno y me das la dirección. Allí nos encontraremos.

Jorge, quince años después, parecía el mismo. Seguro, relajado y decidido a hacer lo que le apetecía cuando le apetecía.

         — No hagas caso de lo que te dice ese memo. A mí tampoco me gusta la gimnasia. Y ya está.

Mientras recordaba esas palabras,  Rubén se preguntó  si aún conservaría esa espalda vencida, esas lentes de gran volumen o aquellas manos regordetas con las que le era imposible atrapar cualquier balón. Sin embargo, nunca le vio sufrir con las frases dolorosas del profesor o los compañeros. Le admiraba por su indiferencia, por su desenvoltura y hasta por su madre a la que comparaba irremediablemente con la suya.

A pesar de la dificultad de la marcha, por fin se divisaba la indicación hacia el hotel.

De nuevo miró desolado hacia el cielo. La solemnidad de las nubes dulces y amables, se habían tornado amenazadoras. Le entraron enormes ganas de retroceder pero el camino de vuelta parecía más aterrador aún. Todo el cielo se había ido llenando de cúmulos irregulares dispuestos a romperse en cualquier momento.

 

 

Recordó  que también llovía el día que Jorge se marchó de la ciudad. Fue una despedida sin palabras ni explicaciones, sólo unas miradas cruzadas de incredulidad por parte de Rubén y de expectación para Jorge. El intercambio de cartas y mensajes se fue distanciando hasta desaparecer quedando solo el poso de una amistad que siendo especial para ambos, significó algo más para Jorge.

Cuando ya estaba dentro del camino de gravilla convertido en un lodazal inestable, un violento relámpago se coló entre las nubes, para iluminar la oscuridad de una tarde que había ido mutando a noche cerrada. Se preparó para el trueno que sucedería irremediablemente después. No le defraudó. Un ruido atronador, que le hizo estremecerse, retumbó dentro y fuera del coche.

No le había costado acceder a la idea de reencontrarse que le propuso su amigo. Y sentía bastante curiosidad comprobar si seguiría con su pelo desordenado y rizado, o su imagen descuidada con ropa ancha y cromática.

Se encontraba delante de la puerta del hotel rural. No se atrevía a bajar del vehículo. No sabía si por  la lluvia que caía con tanta violencia que le empaparía en el corto trayecto hasta la puerta; o por lo que se suponía que le esperaba durante el fin de semana. Estaba comenzando a arrepentirse de haber llegado hasta allí. Deberían haber pospuesto el viaje, pero –como cuando eran adolescentes– la insistencia de Jorge era inquietante.

         —¿No me digas que no te habías dado cuenta? –le preguntó Jorge mientras le acariciaba el cabello tras un cálido beso en el cuello– me has gustado desde el día en que te vi con esa forma de correr tan característica.

Rubén no entendió qué estaba pasando. Era normal que estudiaran juntos en casa de Jorge; constituía la única manera de repasar quebrados y otras memeces, repetía jocosamente éste mirando con desinterés su cuaderno. Le pareció lógico notar su aliento caliente en la nuca. Poco a poco el ambiente se mezcló del olor a limón del bizcocho que la madre de su amigo les había subido hasta la habitación, con el cúmulo de sensaciones que circulaban del estómago a su cabeza. El beso de Jorge sobre sus labios fue dulce y sabroso. Rubén transitó entre los escalofríos por que aquello durara más y el desconcierto por el fluir de los hechos. En un momento dado, se paró cogiendo la mano de Jorge que se había introducido pícaramente por su entrepierna, tomó su cartera y sin mirar atrás ante los reclamos del otro, salió corriendo de aquella casa.

Dos semanas después se despidieron para lo que sería una larga temporada. Las palabras mudas dejaron aquella tarde inconclusa.

         — ¡Ya estás aquí, tío! Vaya tiempecito, ¿verdad? ¡No me puedo creer que estemos otra vez juntos!

Rubén tuvo que bajarse sin demora del vehículo. Su amigo le empujaba a salir. Poco le importaba estar sin paraguas o mancharse de barro hasta las rodillas.

A Rubén le pareció más pequeño y reducido, aunque seguía con la ropa ancha y colorida. Un guardapolvo azul le llegaba hasta casi los pies. El abrazo con que le recibió casi le provocó una fractura de costillas. Jorge parecía fuerte, aunque Rubén dudaba que fuera por hacer el ejercicio que no le gustaba practicar. Los quince años transcurridos se esfumaron en medio de esos brazos entrelazados.

         — Vayamos dentro, te estaba esperando hace rato –Jorge cogió de la mano a Rubén que sintió de nuevo ese escalofrío que le llevó a huir aquel día de su casa mientras estudiaban–.

La sucesión de truenos y relámpagos se sucedían; tras intervalos pequeños en los que cabía pensar que la tormenta iba a llegar a su fin pronto, regresaban de forma más virulenta, rompiendo la escasa calma que reinaba en el pequeño hotel. De fondo, la música de la lluvia se imponía sobre cualquier otro ruido.

Ya en la recepción, Rubén tuvo tiempo de mirar a Jorge que hablaba animosamente con alguien. Su espalda estaba más erguida y las gafas eran más delgadas. Quizás se haya operado de la vista, concluyó en un pensamiento absurdo e inoportuno en ese momento. Se dio cuenta de que no era muy diferente a la persona con la que,  siendo adolescente, se acariciaba a solas entre trozos de un delicioso bizcocho de limón.

         —Toma tu llave, yo estoy al lado. Me alegro tanto de que, por fin, pasemos juntos este fin de semana. Descansa esta noche, que mañana me tienes que contar muchas cosas de ti.

Rubén le devolvió la sonrisa de forma menos efusiva. ¿Contarle cosas? Quince años son muchos, cierto, pero, ¿qué tenía que contarle?

         — ¿Sabes que estás muy guapo? ¿Te cuidas, verdad? no hay más que ver esos potentes brazos. –Jorge emitió una gran carcajada sin importarle que en la planta de abajo pudieran escucharle. Sin mediar más palabras desapareció en su habitación–.

A Rubén le costó mucho dormirse. El dueño del hotel les había avisado que afuera la situación era complicada y quizás no pudieran salir. Eso le trastocó sus planes. ¿Qué iban a hacer allí?

         Esa pregunta la emitió en voz alta mientras subían a sus habitaciones para dormir.

         —Hay cosas que no se pueden evitar. Sólo queda adaptarse y aceptarlas. Así es que, disfrutemos de este lugar, es bonito. Ah, y si te da miedo la tormenta, estoy aquí al lado –lo dijo casi como un susurro.

Al despertarse, las luces de un nuevo día querían abrirse camino entre el manto de agua que seguía incesante.

         —No te preocupes, tenemos mucho de qué hablar –la emoción de Jorge comenzaba a agobiar a Rubén. Se mantenía imperturbable, nada parecía afectarle–. La situación es complicada pero en algún momento parará. –Sus ojos no denotaban preocupación, al contrario, masticaba plácidamente una gruesa rebanada de pan. Rubén fue incapaz de comer nada, sólo una taza de café humeante.

Desde su habitación, Rubén estaba parado mirando a través de los cristales cómo las gotas de lluvia impedían divisar con claridad las lomas y los montes del horizonte. Nada hacía pensar que la tormenta terminara en breve. El camino sigue anegado por el barro y la maleza. Esta frase del dueño del hotel destruyó para Rubén las pocas esperanzas de que el domingo fuera un poco más amable.

De la ilusión por las expectativas del reencuentro, pasó a la desesperación; se sentía prisionero entre la poderosa naturaleza y la confusa ternura que Jorge le demostraba mientras le relataba cómo había sido su vida. Todo resultaba extraño, hasta la chimenea humeante, los visillos blancos o la comida casera de aquel hotel le parecían insólitos. Se había acostumbrado a vivir bien solo, rodeado de pocas cosas y, sobre todo, sin mucha gente cerca. Por el contrario, Jorge parecía disfrutarlo todo. Era trabajador social en una zona humilde, vivía con dos personas más y compartía cualquier oportunidad para estar con amigos.

         — … Pensé que era el momento de recuperar el tiempo perdido.

         — Jorge, ¿no tienes pareja?

         — Y tú, ¿estás con alguien? –el juego del ratón y el gato le encantaba a Jorge que rozó la mano de su amigo.

         — Sí, salgo con una chica hace un año –mintió–. ¿Y tú?… No me has contestado. No me puedo creer que no estés con alguien.

         — He tenido bastantes relaciones, aún las tengo. Pero soy libre.

Estas frases resonaban en la mente de Rubén como golpes de un tambor que no cesa. Nunca le gustaron los juegos, ni los deportes, y no aguantaba la presión. Por eso trabajaba en casa a un ritmo que cumplía con precisión militar.

Rubén se levantó de la mesa. Sentía calor y al momento una corriente de frío le recorría cual torrente de hielo.

         — La situación está igual que hace una hora. Imposible, señor, aún llueve, y no se han podido limpiar los caminos.

La insistencia de Rubén pareció molestar al dueño del hotel.

         — No te reconozco con ese carácter, Rubén, siempre pareciste más paciente –la lluvia cesará pronto-, repitió Jorge acercándose un poco más a él–. Mira te voy a enseñar mi nuevo proyecto.

No creo que lo buscara ni siquiera que lo quisiera pero allí estaba en la habitación de Jorge, tras un almuerzo ligero. Como en cualquier tarde del pasado, se vio explicándole de nuevo matemáticas sintiendo que el otro apenas le hacía caso. En esas tardes pensaba que era vaguería, ahora no sabría cómo definirlo.

— ¿Ves? Aquí es donde quiero hacer mi vida. Justo en este punto, quiero ponerlo en marcha. Me ilusiona mucho este proyecto.

— Suena bien, Jorge: construir un pozo, contribuir al bienestar de otros, ayudar a la gente… te pega, te pega mucho.

— ¿¡Que me pega!? ¿Así me ves? ¿Como un pegamento? Venga, tío, di algo más… no sé, algo más expresivo. Necesito irme fuera, y África me parece lo mejor.

Rubén seguía mirando hacia los cristales. Le vio acercarse a él por detrás. Con los ojos demasiado próximos, casi podía ver su fondo. Su color verdoso siempre le pareció evocador. Jorge posó las manos sobre sus hombros.

— ¿Te vendrías conmigo?

— ¿Yo? –ahora el que quería reír era Rubén. Jamás dejaría la seguridad de una casa, ni de un trabajo estable.

— Sí, tú, no hay nadie más aquí. Y además tenemos algo pendiente y qué mejor que hacerlo lejos.

Rubén no podía dejar de mirarle. No se movió mientras le escuchaba. De fondo un ligero repiqueteo interrumpía el silencio que se produjo antes de que Jorge continuara.

— Supongo que no ignoras que siempre me gustaste. Nunca te he olvidado. He conocido a muchos chicos pero ese aire patoso y débil que tienes, me vuelve loco.

Con una mano atrajo a Rubén hacía él que se rindió ante un beso reparador.

— No sé si quiero estar con un hombre… Contigo.

— Yo creo que sí lo sabes  –esta vez le atrajo con mayor fuerza de forma que los cuerpos de ambos quedaron pegados cual lapas. Rubén notó cómo sus músculos encogidos durante estos dos últimos días, se iban relajando a medida que Jorge le acariciaba la espalda. Un hilo de bienestar le hizo cerrar los ojos.

Fuera la tormenta había escampado por completo. Un ligero rayo de sol se coló por la ventana. Por fin el camino se podía transitar. Rubén se montó en su vehículo con más dudas en su cabeza de las que tenía antes de aquel fin de semana. No se había atrevido a dar una respuesta a Jorge antes de salir del hotel con encanto. No le gustaba correr, no quería hacerlo en una decisión así. Pero, al mirarle a su lado escuchando música con los ojos cerrados, sintió terror por si volvía a desaparecer. Avanzando despacio entre la carretera solitaria, soltó la mano derecha del volante por un segundo para depositarla sobre el pantalón de cuadros de su amigo.

Por un momento le pareció que todo olía a limón del pastel que hacía su madre.