Bon Voyage: la aventura permanente

Por Horacio Otheguy Riveira

Un gran reparto al frente de apasionantes historias cruzadas en torno a la ocupación de París en una obra maestra del cine francés, realizada en 2003 por el director de Cyrano de Bergerac, Jean-Paul Rappeneau.

 

Divierte con astucia de hábil comediante, con las justas, preciosas armas de los ya legendarios divertimentos franceses, como si se tratara de una comedia de enredos, un delicioso vodevil capaz de conducirnos a cualquier parte donde Isabelle Adjani nos convenza de que no envejecerá jamás y que permanecerá mintiéndonos y mimándonos cuantas veces a ella se le antoje en el papel de una diva caprichosa, una amante calculadora, en cualquier caso tan fascinante como peligrosa.

Ilustra porque trasunta episodios reales de una Francia que cambia radicalmente con las botas alemanas en el salón comedor mientras variados personajes entrecruzan angustias, temores, audacias y traiciones, al mismo tiempo que la vida sigue con sus mezquindades y sus grandezas.

Emociona porque cuando el ritmo propio del cine de aventuras apaga, y el humor se pone a un lado, se da paso a una atmósfera de intriga, suspense, alta tensión, recubierta de romances truncos, amores que se buscan a sí mismos con deliciosa ansiedad.

Apasiona porque todo el entrelazado del guión es un prodigio de comedia-dramática en el que nunca decae el interés, hasta dar con el propio título embozado en un coche y la voz de Adjani reflejando lo pueril sumergido en la grandeza de una fuga que hará historia, nada menos que la del general De Gaulle, a quien no conoce para nada y sólo le lanza un indiferente Bon Voyage.

 

Divierte, ilustra, emociona y apasiona ver todo esto en manos del mismo realizador de la genial Cyrano de Bergerac (1990), contando con un reparto de extraordinaria riqueza en el que, una vez más, resulta muy gratificante contar con el coprotagonista Gregori Derángere y los brillantes Iván Attal y Virginie Ledoyen y el gran Gerard Depardieu en uno de sus personajes “secundarios” de inusitada contención dramática, elegancia de ministro ansioso por reubicarse junto a la bella actriz por la que muchos hombres desesperan, junto a una breve y magistral aparición de la célebre Aurore Clément. Todos a una sumergidos en la maravillosa banda sonora de Gabriel Yared, que aporta dinamismo en un entorno de romanticismo infatigable.

El extraordinario guión —compuesto como un musical en el que no se baila ni se canta pero que se desarrolla con un ritmo y una musicalidad prodigiosos—, fue escrito por el director Rappeneau y el escritor Patrick Modiano, novelista con larga trayectoria cinematográfica en el tratamiento documental y ficcional de la resistencia al nazismo (Premio Nobel 2014, es decir 11 años después de esta película). Pero sobre ese texto muchas veces revisado hubo una definitiva adaptación donde participaron, además del director y su hijo Julien, guionista y realizador con larga experiencia, y Jerome Tonnerre y  Gilles Marchand: mucha gente de talento felizmente coordinada por el director para lograr una obra maestra.