El plato de sopa Por Ana Riera

 

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La anciana avanzaba sin prisas por la amplia avenida. Soplaba una agradable brisa, pero estaba cansada. Nada más cruzar el paso de peatones, cuando por fin alcanzó la otra orilla, vio un restaurante autoservicio. La enorme pizarra de la puerta, donde venía detallado el económico precio de los platos, la invitó a detenerse. Desde que se había quedado sola, cocinar se había convertido en un verdadero martirio. Le recordaba su soledad y le quitaba el apetito. Quizás por eso decidió que podía permitirse un pequeño capricho, aunque su pensión no fuera precisamente para lanzar cohetes. Justo entonces una joven abandonó el acogedor local y al verla allí, quieta, le sujetó educadamente la puerta. Ese gesto acabó de convencerla.

Dentro había un montón de mesas distribuidas geométricamente, todas del mismo tamaño y vestidas con un alegre mantel a cuadros blancos y amarillos. La larga vitrina con todos los platos disponibles se encontraba al fondo del restaurante. La anciana se dirigió hacia allí sin ninguna prisa. Si algo le sobraba era tiempo. En seguida la alcanzó una sinfonía de aromas reconfortantes. Era temprano, de modo que todavía no había demasiado público. Recorrió la vitrina de punta a punta, para ver qué la tentaba. Fue una enorme cazuela de barro que cobijaba una sopa humeante. Desprendía un olor magnífico que la transportó a los pucheros de su madre, allá en el pueblo, cociendo lentamente sobre la lumbre. Cogió un plato hondo del montón y se sirvió una cantidad generosa. Se hizo con una cuchara y un par de servilletas y poco a poco recorrió el tramo que la separaba de la caja. Luego escogió una mesa y colgó el bolso en el respaldo de la silla.

Justo cuando iba a sentarse se dio cuenta de que no había cogido pan, y ella jamás había sabido comerse un buen plato de sopa sin mojar en ella un chusco y sentir luego cómo se le deshacía en la boca. Dejó escapar un suspiro y se dirigió de nuevo hacia la barra. Notó los pies doloridos y el cuerpo pesado. Por suerte el pan estaba cerca de la caja, así que sus cansadas piernas no tuvieron que andar demasiado. Aun así, le llevó su tiempo. Con su flamante trozo de pan en la mano derecha regresó hacia la zona de mesas, donde descubrió estupefacta que un chico de color se había sentado en su mesa, justo delante de la sopa, y parecía dispuesto a zampársela. La anciana dudó un instante, pero la juventud y la fortaleza del muchacho la amedrentaron. Finalmente optó por sentarse a su lado y ver cuál era su reacción.

El chico la miró y le dedicó una tímida sonrisa. Luego, ante la sorpresa de la mujer, cogió la cuchara y se llevó a la boca una enorme cucharada de sopa. La anciana pensó en decirle algo, pero el aparente aplomo del joven la desarmó. Además, en el fondo le gustaba la compañía. Por eso cogió el chusco de pan, lo mojó en el líquido humeante mientras miraba fijamente al muchacho y luego le dio un mordisco. El chico la miró de soslayo, volvió a sonreírle, esta vez más abiertamente, y siguió comiendo sopa. Y así siguieron, uno junto al otro, él comiendo cucharada tras cucharada, ella mojando el pan una y otra vez, hasta que dieron buena cuenta del plato.

imagesUna vez hubieron terminado, el muchacho se limpió la boca con una servilleta de papel, se levantó, se despidió de la mujer con un leve gesto de cabeza y salió del restaurante a paso ligero. La anciana se lo quedó mirando mientras traspasaba la puerta y salía al exterior sin saber muy bien qué pensar. Luego se levantó también dispuesta a regresar a su casa. Fue entonces cuando se percató de que su bolso había desaparecido.

La anciana se puso blanca como el papel y acto seguido roja de rabia. No podía creer lo que le estaba sucediendo. ¡Cómo podía ser tan inocente a pesar de los años que acumulaba en sus espaldas! Empezó a hacer aspavientos y a gritar desconsolada. ¡Al ladrón, al ladrón, que alguien atrape al sinvergüenza del negro, que me ha robado!

Fue justo entonces, mientras miraba a un lado y a otro sin saber muy bien qué hacer, cuando descubrió que su bolso colgaba tranquilamente de un respaldo, dos sillas más allá. Sobre la mesa descansaba una sopa intacta ya fría junto a unos cubiertos sin usar.