Remordimiento Por Ana Riera

Todo estaba siendo muy raro. Demasiado. En primer lugar estaba su sorprendente propuesta, la de llevarla al cine un día entre semana. ¡Si le costaba Dios y ayuda sacarlo de casa los fines de semana! Así que en un día de diario era impensable. Le parecía estar oyendo su cantinela de siempre en ese mismo instante. “Es que yo madrugo mucho, ¿sabes? Y si no duermo un mínimo no soy persona. Ya me gustaría verte a ti si tuvieras que manejar maquinaria pesada como hago yo”. De hecho, no recordaba cuál había sido la última vez que habían salido por ahí sin que fuera ella la que lanzaba la propuesta. Y la que insistía hasta ponerse realmente pesada. A veces incluso tenía que hacerle chantaje. “O me sacas a dar una vuelta o te pasas el fin de semana a pan y agua, vamos, que no me catas”. Por eso cuando llegó de trabajar y le dijo “Anda, ponte guapa que te voy a llevar al cine”, se quedó plantada en medio del comedor, con los platos a medio guardar y mirándole con los ojos muy abiertos. “Pero si es miércoles”, solo atinó a decir. “¿No te quejas siempre de que soy un muermo? Pues hala, para que veas. ¿Acaso no quieres ir?”. “Sí, sí, me cambio en un pispás”, dijo ella, mientras desaparecía por el pasillo a toda velocidad, no fuera que se arrepintiera

No tenía la más mínima intención de desaprovechar una oferta como esa. Pero eso no quitaba que le pareciera raro. “Bueno, y qué vamos a ver”. “Sorpresa, sorpresa. Tendrás que fiarte de mí”. No se fiaba, al menos no demasiado. Amaba a su marido, peo sabía que sus dotes como seductor eran limitadas. Sin embargo, decidió seguirle el juego. “Está bien, me fiaré”. Y se colgó de su brazo para corroborar sus palabras. Fueron dando un paseo. Soplaba una suave brisa y se adivinaba la cercanía de la primavera.

“¿Bueno, me vas a decir ya cómo se llama la película?”, le preguntó una vez acomodados en las mullidas butacas de la penúltima fila. “El próximo año, a la misma hora. Es una película antigua. Es que ponen un ciclo.” Eso fue la segunda cosa extraña. A su marido le gustaban las películas de acción y ese título sugería más bien una comedía. ¡Y una película antigua! La verdad es que no sabía muy bien qué pensar. Pero decidió relajarse y disfrutar de la inesperada velada.

Lo tercero fue la película en sí. Le bastó ver media hora de la cinta para que se le subiera la mosca a la cabeza. Iba de un hombre y una mujer que tienen una aventura extramatrimonial y que deciden volver a verse todos los años en el mismo sitio y a la misma hora. ¡No daba crédito! ¡No podía ser una casualidad! Miró a su marido con el rabillo del ojo. Parecía tranquilo. Aun así empezaron a sudarle las manos. No, no podía ser una mera coincidencia. Era todo demasiado calcado.

Había ocurrido sin buscarlo. Su marido se negó a ir con ella a la boda de una amiga. “No tengo la culpa de que se case en domingo y en el quinto pino”. Discutieron. Ella decidió ir sola. En su mesa había un chico de su edad. Venía por parte del novio y también estaba casado. Para cuando llegaron los postres, varias copas de vino más tarde, tontearon un poco. Él la sacó a bailar. Terminaron en su habitación del hotel. Fue una noche de pasión desenfrenada. Por la mañana compartieron desayuno y algunas confidencias. Justo antes de regresar de nuevo a sus respectivas vidas, a ella se le ocurrió una idea y la soltó. “Me he sentido muy a gusto. El año que viene podríamos repetirlo. Podemos quedar aquí mismo. Justo dentro de un año”. Habían pasado ya 10 años. Ni él ni ella habían faltado ni una sola vez a la cita.

El viaje Por Elisa Pérez

El día empezó pronto. Por la ventana no se oía ninguno de los sonidos habituales. Elsa pensó que habían quedado muy temprano, sentía que no había descansado suficiente, estaba exhausta de sueño. Aún le duraba el efecto de la pastilla. A pesar de que el madrugón era para iniciar unas vacaciones, la impaciencia de su amiga por salir al amanecer, la causaba cierto malhumor. En un alarde de sinceridad se dijo: hubiera estado malhumorada a cualquier otra hora.

Se desperezó sobre las sábanas azules, una, dos, tres veces. La voz metálica de fondo iba aumentando su volumen, se imponía sobre el tintineo de la alarma del reloj. Concluyó que no había sido buena idea poner tantos sonidos a la vez por mucho que temiera quedarse dormida. Comenzaba a agobiarse. El recuerdo de un TIC TAC lejano fue lo primero que recordó al despertar del coma. Pero ella sabía que su desazón no era por la alarma ni por el absurdo madrugón, el desgaste y la rabia permanecían en su mente, agazapados cual lobos en busca de su pieza. Se desperezó de nuevo intentando alejar esos pensamientos en cada estiramiento de sus músculos. Le dolía la espalda, efecto de una tensión habitual que se negaba a abandonarla. Desde el fatídico día las sombras, las huellas invisibles se habían convertido en signos indelebles grabados en cada músculo de su cuerpo.

Inés había insistido en que tenía que enfrentarse a sus miedos. ¡Que fácil resulta aconsejar si nadie te lo pide! Es demasiado gratis, infinitamente sencillo, a pesar de que no dudaba que la voluntad de su amiga era ayudarla a recuperarse.

Se incorporó despacio, parecía una anciana a pesar de sus 23 años. Con frecuencia, en estas últimas semanas recordaba la ilusión que le hizo llegar a esa edad. Mejor aún que cuando alcanzó los 18 o los 20. Para ella los 23 suponían el horizonte de su nueva vida. Meticulosamente había programado que con 22 años terminaría la carrera, trabajaría enseguida con su espléndido currículum y podría independizarse.

Le amargaba recordar aquellos proyectos y anhelos con tanta frecuencia; pronto, en apenas dos días, cumpliría uno más. Quizás es que deseaba que terminara cuanto antes este aciago año. Por encima de cualquier cosa borraría ese periodo de su vida, si pudiera.

Aun así había aprendido en estas últimas semanas que el tiempo no lo cura todo, que cada uno debe hacer su duelo particular imposible de medir en minutos o semanas. Y su duelo se veía eterno.

Apagó los diferentes sonidos de alarma. Se dirigió hacía el baño a tomar una reconfortante ducha. Cada paso le costaba un triunfo enorme. “Si sientes miedo, avanza, no te quedes paralizada”, le sugería la psicóloga con voz lenta.

Vivía sola, el apartamento era pequeño, desde la puerta de su habitación podía divisarlo casi todo. A la derecha un pequeño pasillo que desembocaba en el baño. De frente una puerta daba paso a la cocina, diminuta, pero “muy cuca”, calificó Inés cuando la vio por primera vez; y a la izquierda un salón acogedor e iluminado. Esa luz que tanto la atrajo en su búsqueda de casa, ahora se había convertido en una encerrona. Un amplio parque se divisaba desde los dos grandes ventanales sin persianas que configuraban la pared, y sólo dos cortinones de colores vivos impedían la entrada de la viva luz del sol o el reflejo plateado de la luna.

Desde su puerta miró al fondo, aún estaba oscuro en el exterior. En sus sienes notó los latidos del corazón como si acabara de correr diez kilómetros. Recordó que aquella mañana lo había hecho: había corrido con vigor doce kilómetros en total. Estaba pletórica, feliz: le gustaba su nueva casa, su trabajo le agradaba, tenía todo un futuro por delante… Sin embargo, ahora sentía que lo conseguido no importaba nada, frente a un ataque, frente a una violación. El sudor frío característico al levantarse cada día era terrible. “Es consecuencia de la medicación”, le dijo el médico. Dio un paso más sin dejar de mirar hacia las ventanas. Una ligera luz blanquecina comenzaba a vislumbrarse, estaba amaneciendo. Instintivamente miró hacia el reloj de la mesilla que ya no sonaba. Era tarde, tendría que darse prisa si no quería oír las quejas de Inés.

Siempre le había gustado notar el agua fría cuando regresaba de correr, le parecía un revulsivo perfecto para empezar el día activamente. Sin embargo, hoy la temperatura era demasiado baja. A pesar de los intentos, con movimientos convulsivos hacia un lado y otro, no conseguía regular la ducha; completamente empapada de champú y gel comenzaba a impacientarse. “Dichosa caldera” no recordaba que hubiera fallado antes. No le quedaba más remedido que salir para comprobar qué pasaba. Se detuvo un segundo frente al espejo: su aspecto no era el mejor posible, estaba famélica y su piel lucía una espeluznante palidez resaltada con los restos de espuma.

En medio del distribuidor de las distintas estancias de la casa, sintió mucho frío, una ligera brisa movía la flor seca que guardaba celosamente en un jarrón de cristal, recuerdo de la fiesta de inauguración por su emancipación. Todas las ventanas debían estar cerradas, al menos eso creía. Cada noche llevaba a cabo una rigurosa comprobación de los cerrojos y puertas del apartamento. A la derecha del baño, estaba la puerta principal. Su cuerpo aterido en mitad del distribuidor sin saber hacia dónde moverse; había entrado en pánico: uno de los cerrojos de la puerta estaba descorrido. A punto de resbalarse corrió hasta la habitación. Abrió el cajón, “mierda”, no estaba allí; “…piensa, Elsa, piensa…¡claro, la maleta!”, En el compartimento interior había guardado la navaja, alejada de la mirada de Inés, que si supiera que iba a viajar con un arma se enfadaría con ella y la obligaría a dejarlo.

Volvió al pasillo. Tenía mucho frío, aunque el mango de la navaja le quemaba entre sus dedos. Aparentemente todo parecía normal. Un tímido sol había comenzado a rebasar las primeras líneas del horizonte mañanero, lo que permitía ver mejor la estancia mayor. No recordaba sus últimos actos de ayer por la noche pero le extrañó que hubiera dos vasos sucios sobre la mesa. Ella jamás los hubiera dejado ahí antes de acostarse. Alguien había estado y había bebido. Con sólo pensarlo empezó a marearse. Su mente no podía pensar con claridad, “maldita medicación”, balbuceó entredientes. Estaba casi desnuda, podía sentir el dolor de los moratones y arañazos. Siempre había estado en buena forma. El terrible día intentó resistirse, pero eran dos personas. Dos contra una, una presa fácil. “Su resistencia nos va a ayudar -dijo la policía-, gracias a sus mordiscos y golpes podremos encontrarles más fácilmente, están marcados”.

Hacía ya ocho meses de aquella frase sin ninguna noticia, ni ningún sospechoso capturado, nadie paga aún por lo que le hicieron. Solo ella purga su pecado por salir sola a correr, demasiado pronto, con ropa ajustada, por un parque público y solitario. Mil veces se había culpado de todo eso, a la vez o por separado, pero cargada de una terrible culpa.

Un chasquido la hizo detenerse. Miró hacia abajo, bajo sus pies descalzos el agua chorreando por su cuerpo comenzaba a colorearse de rojo. Algo se había clavado en el pulgar. Odiaba la sangre, apenas podía resistirse a los pinchazos del dentista antes de todo aquello. En el hospital tuvo que soportar transfusiones o análisis constantes. Estaba a punto de rendirse, corrió a la habitación, sin mirar atrás, sin sopesar que el hilo de sangre dejaba una huella indeleble de su miedo y se refugió bajo el calor de las sábanas tapándose hasta la cabeza. El corazón le vibraba, punzadas de dolor se mezclaban con su dolor en cada pálpito. No tenía duda de que había alguien más allí: un cerrojo abierto en la puerta, dos vasos sucios sobre la mesa, la ducha sin funcionar. Todo presagiaba la presencia de otra persona.

Transcurrió un buen rato, imposible de valorar. Sentía escozor en el pie, la piel húmeda entre el calor de la cama y no conseguía despegar la navaja de su mano derecha. Fuera, un enorme rayo de sol se atrevía a penetrar con descaro por el ventanal frente al parque. En medio del caos, la pieza Tocata y fuga de Bach comenzó a resonar con fuerza. Sería Inés, le encantaba la música de ese compositor, sobre él versó su tesis.

  • Espero que estés lista e impaciente como yo, voy de camino, con retraso para darte más tiempo. En quince minutos llego. Qué bien lo vamos a pasar, vas a volver nueva. No vas a olvidar este cumpleaños en tu vida.

El mensaje transmitía un vigor imposible para Elsa en ese instante. Con esfuerzo y mucho miedo sacó un brazo de entre las sábanas, luego el otro, intentando soportar el dolor de sus articulaciones agarrotadas y la afilada navaja, se incorporó hasta conseguir poner los pies en el suelo. Le dolía el dedo, tenía que curarse, ya se ducharía luego, y terminar la maleta desde luego. Parecía dispuesta a marcharse. Iban a ser solo siete días cargados de actividades organizadas por Inés, con entusiasmo, intentando restablecer la otrora energía de su amiga.

La luz de la mañana se había desperezado por completo. Observó a través de la ventana cómo una chica iniciaba su carrera entrando al parque por el mismo lugar en que ella empezó la suya aquel aciago día, casi diría que tenía la misma camiseta, y la cinta del pelo de su color preferido. Era horrible vivir así, se sentía cansada, abrumada.

Con otra dosis de esfuerzo se vendó el pie que había dejado de sangrar tras una buena cantidad de agua oxigenada. Elsa no quería volver a pensar en los vasos, en el cerrojo, no podía, Inés estaba a punto de llegar. No recordaba si había guardado todo lo necesario en la maleta, eso era lo de menos, compraría lo que le faltase. Entre otras cosas, había perdido su capacidad de planificación. Apenas podía pensar en dos minutos de su futuro, el pasado ansiaba borrarlo y el presente se esfumaba entre la penumbra de su angustia.

Sin querer pensar en nada, avanzó hacia la puerta estirando el brazo para salir de su casa. La odiaba y la buscaba a partes iguales. Cuando estaba dentro, la inseguridad le marcaba sombras por todos lados; fuera ansiaba volver a ella para encerrarse. Pero había aceptado la propuesta de Inés: se irían juntas de vacaciones a una cabaña cerca de su pueblo. Allí no estarían solas, habría más alojamientos con gente dispuesta a pasarlo bien.

Descorrió los dos cerrojos que aún permanecían cerrados. El chirrido más grave retumbaba en la escalera, era muy reciente. No quiso reparar en el que había visto descorrido, incluso pensó no muy convencida que lo habría dejado ella así por la noche. Al fin estaba frente al rellano de la escalera. De pronto un pensamiento la hizo detenerse: la navaja, no había cogido la navaja. Depositó la maleta en el suelo y se volvió sobre sus pasos, nerviosa, alterada. No lo encontraba, revolvió la cama por debajo, rebuscó en el baño donde se había dado los últimos repasos… nada, no estaba. De fondo oyó de nuevo a Bach. ¡Odiaba la impaciencia de su amiga! No podía marcharse sin llevar la navaja… con gran agitación, sin saber dónde dirigirse primero, se detuvo para tomar una decisión definitiva: marcharse o quedarse.

La Tocata y Fuga se repetía sin parar. Mierda, si fallaba a Inés la iba a odiar toda la vida. Tras un debate interno, decidió que se iría de vacaciones. Tomó el móvil para responderle que estaba bajando. No podía respirar de la angustia y el nerviosismo. El sol la deslumbró al salir. Los aspavientos de su amiga se podían distinguir tras el cristal de la ventanilla. Hacía frío, el sol era engañoso, un aire helado la obligó a recordar que no había cogido ni gorro ni guantes. Seguía inquieta, preocupada, las vidas de los demás se habían vuelto testigos de la suya.          Miró a ambos lados de la calle, creyó que alguien la estaba observando desde la esquina o escondido en los matorrales como en aquella mañana. La chica que vio entrar en el parque cruzó delante de ella sudorosa y feliz. Un profundo sentimiento de envidia la hizo seguirla con la mirada.

  • Pero, bueno, te acabas de levantar o qué… ¡vaya pelo que llevas! ¿Y por qué cojeas? Vamos, verás qué bonito es aquello. Ven aquí que te doy un abrazo.

El abrazo reconfortó a Elsa, adoraba a esa chica fiel a su amistad y alegre ante todo. Al sentarse notó una vibración dentro del bolso. Su móvil estaba sonando, esperó a ponerse el cinturón para contestar.

  • Sí, sí soy yo. Hola, inspectora -los ojos de Elsa se iban convirtiendo en cuencas blancas y vacías-. A su lado Inés intentaba saber qué estaba provocando aquel colapso en su amiga. Con desesperación cogió el teléfono antes de que hubiera reacción alguna de Elsa, para controlar ella la situación.
  • No, no puede ser hoy, ni mañana. Elsa se va de vacaciones unos días. Supongo que ustedes podrán seguir haciendo su trabajo mientras ella descansa un poco. A la vuelta hablamos y se acerca a comisaría.

“Será posible, justo hoy, qué coincidencia. No pasa nada, podrán esperar unos días más. Allá vamos, amiga, allá vamos”.

La perturbación de Elsa era ajena a la emoción de su amiga que había iniciado la marcha dispuesta a dar carpetazo a la inoportuna llamada de la policía. Nada iba a cambiar en esos días, salvo que dos violadores menos estarían sueltos por la calle preparados para cercenar la vida de cualquier chica inocente.

Con la mochila agarrada entre sus brazos, Elsa permanecía inmóvil en el asiento contiguo. El mango de madera labrada de la navaja estaba dentro, pegado a su cuerpo, fiel y protector como ella quería. Con una sonrisa muda miró hacía Inés preguntándose si realmente conseguiría no pensar en lo sucedido los próximos siete días. Una cosa sí tenía cierta: su secreto no podía salir de la mochila… Con cierto relajo acarició el mango de madera y se acomodó en el asiento, cerrando los ojos para escuchar a Bach.

El hombre del anorak Por Paula Alfonso

 

Como un mal presagio, aquel día, no recuerdo en qué estación, el pitido alertando del inmediato cierre de puertas me tomó por sorpresa y reaccioné con un respingo. Azarada, miré a mi alrededor, pero nadie parecía haberse dado cuenta. Los viajeros, ajenos a toda realidad, permanecían, como siempre, enroscados en su mundo de recuerdos e ilusiones. Es lo que todos hacemos para disfrazar esa monotonía de cada mañana, cuando nos dejamos arrastrar a gran velocidad por el subsuelo de Madrid rumbo a nuestros trabajos. Una monotonía que para mí empezaba a las 6:40.

Las puertas finalmente se cerraron, el metro reanudó su marcha y nuestros cuerpos iniciaron una vez más la danza orquestada por el vaivén del vagón; primero hacia atrás, luego hacia delante y después  vendría un equilibrio inestable que se prolongaría hasta el frenazo de llegada a la nueva estación.

Aunque no hablábamos, éramos ya viejos conocidos, algunos llevábamos incluso años coincidiendo a la misma hora, en el mismo andén, entrando en el mismo vagón, ocupando los espacios que de tanto usarlos habíamos convertido en nuestros y, sin embargo, lo ignorábamos todo acerca de nosotros: nombres, nacionalidad, profesiones, familia… Nunca hubo una palabra, un intercambio de saludos y en cambio sabíamos con total precisión en qué estación entrábamos cada uno, en la que salíamos, si preferíamos ir leyendo, escuchando música o solucionando sudokus a pesar de ser tan temprano. Y luego estaban los tics, aquellos movimientos que repetíamos cuando, próximos ya a nuestra estación, nos apostábamos frente a la puerta para ser de los primeros en salir. Unos, aprovechando los últimos instantes en que la oscuridad del túnel hace de las ventanillas espejos, revisaban su atuendo, se ajustaban el pantalón o se estiraban la falda para disimular las arrugas de ir sentada, pero lo más común era que, nerviosos, consultasen su reloj una y otra vez y resoplasen con cara de enfado en dirección al maquinista. Comportamientos que tras verlos repetirse cada mañana, día tras día, aprendemos a reconocer e identificar a quien pertenecen.

En mi caso, a pesar de que el trayecto que hago termina justo al final de la línea, raramente me siento, prefiero ir de pie, en una de las esquinas del vagón. Desde allí puedo ejercitar mejor mi juego favorito, elegir al azar uno de los viajeros e inventar sobre él cualquier historia. Me suelo inspirar en pequeños indicios, unas ojeras demasiado profundas, un vestir descuidado, uñas mordidas y poco aseadas, miradas que huyen cuando, sin querer te cruzas con ellas, y es a partir de estos detalles cuando comienzo a tejer una ficción que sin ellos saberlo les convierte en ladrón de guante blanco venido a menos, pederasta aún no identificado por la policía, pero sí por sus víctimas, futuro ganador de un gran premio que en contra de lo que pudiera pensarse arruinará su vida, o en la adúltera que corre hacia su casa tras haber hecho realidad un deseo durante largo tiempo anhelado. Es una distracción inofensiva que no hace daño a nadie, se trata simplemente de fantasear, de crear historias que me permitan escapar de este vagón y sólo me devuelvan a él cuando esté a punto de llegar a mi destino.

Aquella mañana debía estar buscando entre los viajeros a mi nuevo protagonista, cuando topé con una cara que me resultó desconocida. Estaba sentado al fondo, pero en vez de apoyarse en el respaldo, había girado su cuerpo y nos miraba descaradamente a todos, incluso a mí, que me encontraba en el otro extremo. Traté de imaginar quién era, de dónde venía, adónde iba,  pero sus manos, que solían ser mi principal punto de referencia, se ocultaban en los bolsillos de un viejo y gastado anorak, poco acorde con el tiempo en que estábamos; calzaba unas botas de campo bastante cuarteadas y sobre los pantalones, de un color pardo oscuro, asomaban los bajos de una camisa clara. Tras examinar estos detalles de su atuendo, dirigí de nuevo mi atención a su cara, pero me topé con sus ojos, estaban clavados en mí de una forma tan directa e insistente que me despertó un escalofrío por todo el cuerpo. Traté de olvidar aquella mala sensación concentrándome en cualquier otro viajero, pero no pude, notaba su mirada turbia recorrerme con una fuerza que hasta me dolía.

Decidí entonces comportarme como si la siguiente parada fuera la mía y me preparé para salir. Cerca de la puerta y sujeta a una de las barras esperé a que las luces de la nueva estación aparecieran, la velocidad disminuyó y las puertas se abrieron, a mi lado comenzó a circular la gente. Mientras duró su trasiego estuve a punto varias veces de confundirme con él, ser una más de las personas que a toda velocidad iban hacia las escaleras mecánicas, pero aún faltaban tres estaciones para mi destino y no andaba tan sobrada de tiempo, por tanto no me moví y permanecí en el vagón.

Un pitido, nos ponemos en marcha, y mientras vamos penetrando en la oscuridad del túnel me pregunto  ¿Qué habrá pasado? ¿Cuántos quedaremos ahora en este vagón?, quiero darme la vuelta y comprobarlo, pero no lo hago. ¿Y  el hombre del anorak seguirá al fondo o se habrá acercado?, ¿lo tendré detrás de mí? Igual ha salido en la anterior estación utilizando la puerta que tenía más cerca. Esperanzada con esta última posibilidad me giro y compruebo con horror que el vagón ha quedado casi vacío. Seremos en total unos cinco y entre ellos, en el fondo, como la primera vez que lo vi, está él, el hombre del anorak.

Rápidamente me vuelvo a girar y cierro los ojos. Necesito huir, zafarme de esa mirada obscena, pero las puertas están selladas y el vagón carece de recovecos, es absolutamente diáfano.

Con la certeza de tener sus ojos recorriendo mi cuerpo y su mente regodeándose con el terror que me está causando, porque lo sabe, sé que lo sabe, bajo mi vista al suelo sin saber cuándo podré levantarla. ¿Y si ocupo uno de los asientos? Los hay libres tanto en el lado que él está, como en el de enfrente, pero deduzco que es mejor situarme en su misma línea, al menos las barras y los respaldos vacíos se interpondrán entre sus ojos y yo. Escojo el que me parece más adecuado, me dirijo hacia él, pero cuando estoy a punto de alcanzarlo, alguien que se me había adelantado, lo ocupa. Se disculpa y con un gesto me señala los lugares libres que hay enfrente, le doy a entender que no pasa nada y acabo sentada allí, donde yo no quería, al alcance de su vista sin nada que lo impida.

Llegamos a la siguiente estación y otra vez las dudas. Se bajan dos personas y, cuando estoy a punto de irme tras ellas, entra una tercera que afortunadamente se sienta a mi lado. Es una mujer de unos sesenta años, fuerte, gruesa y con una colonia barata que en otras circunstancias me habría expulsado directamente hacia el extremo opuesto del vagón, pero hoy estoy tan agradecida de que haya escogido el asiento junto al mío que no me importa. Se me pasa por la cabeza pedirle ayuda, rogarle que eche su cuerpo hacia delante para impedir que aquellos ojos del fondo sigan penetrándome, pero no lo hago.

Respiro hondo y trato de tranquilizarme, ahora con esta mujer a mi lado debería resultarme más sencillo. Me obligo a ocupar la atención con otras cosas, estiro mi falda, abro el bolso y saco un pequeño espejo que desde hace años me acompaña, observo su tapa, recorro con los dedos los surcos de su marquetería, lo abro, lo cierro y vuelvo a guardarlo, ahora miro el reloj, repaso mis uñas, pero no me engaño, todo está resultando inútil, mi cuerpo sigue resintiéndose del daño que le causa aquella mirada del fondo.

El convoy va a entrar en la penúltima estación, después sólo quedará la mía, la definitiva, en la que me bajaré y este infierno afortunadamente se habrá acabado.

Disminuye la velocidad, frena y se abren las puertas. Alarmada compruebo que uno a uno todos los que van con nosotros, se levantan, se dirigen a las puertas y salen, incluida la mujer sentada a mi lado y no entra nadie. En el vagón solo quedamos dos, el hombre del anorak y yo. No dejo de mirar las puertas que permanecen abiertas, son como gargantas de las que sale una voz que me grita:

– Bájate, sal rápidamente de este lugar antes que se convierta en tu peor pesadilla, no te importe llegar tarde al trabajo, ya lo justificarás con alguna excusa que suene razonable, pero salva tu vida, corre, aún estás a tiempo.

Pero otra voz trata de imponer cordura a mi injustificada angustia; me pregunta los motivos que tengo para pensar que aquel hombre quiera hacerme daño, ¿es acaso su vestimenta?, ¿el hecho de que te esté mirando?, ¿que permanezca aún en el vagón? ¿Por qué no puede ser un viajero más que simplemente coincide contigo en tener como destino la última parada? ¿Con qué derecho le estás juzgando y poniendo en su imaginación pensamientos que sólo están en la tuya?

Me hace dudar, no sé qué hacer, las puertas continúan abiertas, pero yo estoy paralizada. El silbato sonará, las dos hojas se deslizarán y ya no habrá marcha atrás, pero sigo sin decidirme. – Sal, escapa, huye, aún estás a tiempo -, grita la voz de alarma. Los latidos de mi corazón rebotan en mis sienes y me empieza a faltar el aire, me ahogo. Es entonces cuando tomo la decisión y me pongo de pie, pero no he debido sujetar bien el bolso que resbala por mis dedos para acabar estrellándose contra el suelo.

Mientras estoy agachada oigo el largo y chirriante pitido que avisa del inmediato cierre de puertas, me incorporo lo más deprisa que puedo y trato de recorrer la distancia que me separa de la puerta, pero cuando llego las dos hojas acaban de juntarse.

Mi cuerpo se prepara entonces para iniciar la danza que orquesta el vaivén del vagón, y como un pelele se inclina primero hacia atrás, luego hacia delante, y en el cristal la espesa negrura del túnel devuelve una imagen de mí que hasta el momento desconocía.