Frío en la noche Por Paula Alfonso

 

 

—No te vayas todavía, quédate un poco más.

Me lo dijo cuando ya estaba ante la puerta. Cerré los ojos y un torbellino de imágenes salpicadas de palabras, de frases, fluyó por mi mente. Era el resumen sin elaborar y caótico de las dos horas que acababa de vivir dentro de aquella habitación. Durante esos instantes, de espaldas a quien me pedía aún más, dudé, claro que dudé, pero finalmente agarré con fuerza el pomo, lo giré, di un paso al frente y salí dando un portazo. Lo siguiente que recuerdo es el rechinar de unas llantas sobre el asfalto, las salpicaduras de un coche que frenaba casi rozándome y un conductor airado que desde su ventanilla me lanzaba improperios.

Tal vez fue ese episodio el que me hizo tener conciencia de mi realidad, porque cuando alcancé la acera, como si de un mal sueño despertara, tuve que admitir que no sabía dónde estaba. Era noche cerrada, llovía y hacía frío, un frío que sentía de manera intensa en los hombros y la espalda debido a que la ropa la tenía ya completamente empapada. Recuerdo que los escasos transeúntes que se cruzaron conmigo me parecieron fantasmas negros, que, cobijados bajo sus paraguas, avanzaban de prisa para llegar cuanto antes a sus destinos y les envidié, les envidié porque tenían un lugar adonde ir, una puerta a la que llamar y puede que hasta unos brazos abiertos esperándoles tras ella, yo no, ya no, lo había perdido todo aquella misma tarde.

Notaba las piernas muy pesadas, me costaba impedir que dejaran de moverse, pero tenía que seguir caminando; sin dirección, sin rumbo, a ciegas, pero caminando porque de ese modo sabía que me alejaba.

Con el despertar de mi cuerpo vino también el de los recuerdos.

—Este será nuestro último encuentro -me dijo- después de hoy no volveremos a vernos. Lo siento mucho, pero me obligan a que lo nuestro termine.

La mera evocación de aquellas palabras me provocó de inmediato una náusea que trepando desde mi estómago llegó hasta la garganta e hizo que me detuviera al pie de un árbol para vomitar.

Me explicó que la noticia de nuestra historia estaba corriendo como la pólvora de despacho en despacho, de oficina en oficina.

—No sé cómo, pero se han enterado -me dijo visiblemente consternado-, ahora todos saben que mantengo una relación y mi esposa amenaza con hacerla pública. Afortunadamente, aún desconocen tu identidad, pero no creo que tarden en descubrirla, por eso y, sintiéndolo mucho, es mejor que nos digamos adiós. Desde que elegí este camino, mi vida dejó de pertenecerme, ya lo sabes.

Pero la mía sí le pertenecía, se la entregué por completo el día que le conocí, lo dejé todo, absolutamente todo por él, mi familia, mis amigos, mi gente, nadie entendía que después de tanto esfuerzo, cuando estaba al borde de la meta, lo echara todo a rodar y desapareciera, pero decidí seguirle y sabía lo que me esperaba: viajar de un lado a otro de forma casi clandestina, aguardar horas y horas en habitaciones de hotel a que finalmente llegara, vigilar que nadie descubriera mi presencia y me relacionara en otros escenarios donde también él estuviera. Pero lo hice. Y hubiera seguido así hasta el final de mis días porque un minuto juntos, sólo un minuto, lo compensaba todo. Además, me aseguró muchas veces que él también dejaría su mundo, su cargo, su familia, que estaba cansado de tanto esfuerzo, de tanta abnegación y que nos marcharíamos a un lugar donde nadie nos conociera para empezar de cero. Todavía recuerdo como si fuera hoy la primera vez que recibí la promesa de esta vida maravillosa, acabábamos de hacer el amor y mi cabeza descansaba relajadamente sobre su pecho, mientras acariciaba los rizos de mi pelo, hablaba y su voz, aquellas palabras, me llegaban acompasadas por los latidos de su corazón; las creí, claro que las creí.

Pero el tiempo pasaba y ese cambio no acababa de llegar.

—Tienes que tener paciencia -me decía-, piensa en el cargo que ocupo, la responsabilidad que tengo y toda la gente que depende de mí.

Eran sus argumentos cuando le reprochaba su actitud.

—Lo haré, te aseguro que dimitiré y nos marcharemos juntos, tan solo te pido que tengas paciencia.

Y la tuve, pero de nada me sirvió, porque me arrojó de su lado sin ninguna consideración. Mi cabeza se movía aquella noche en un torbellino donde los recuerdos dulces, maravillosos, de un pasado feliz se cruzaban con la evidencia de mi nueva realidad, mi nueva y cruel realidad. ¿Y qué hago ahora? ¿Adónde puedo ir? Fueron las preguntas que no dejé de repetirme.

Hubo momentos en que hasta llegué a culparme por mi comportamiento, por haber reaccionado de una forma demasiado impulsiva, por permitir que saliera mi orgullo, cuando entre él y yo nunca hubo espacio para tal sentimiento. Debería haber sido más paciente, me recriminé, más paciente. El único consuelo que aminoraba mi dolor era fantasear, soñar que a lo mejor ocurría lo de tantas otras veces, un tiempo sin vernos y de pronto su llamada en mi teléfono pidiéndome que estuviera en un determinado lugar a una determinada hora. Pero no, aquella noche algo dentro de mí me alertaba de que nuestro adiós iba a ser definitivo, y no puedo explicar por qué, pero lo supe, tal vez el movimiento nervioso de sus manos, la expresión realmente asustada de su rostro…

Seguí caminando en la oscuridad de la noche y mi andar se hacía cada vez más errático, miré al frente y lo que percibí fue una calle que se alargaba y se alargaba simulando no tener fin. A escasos metros vi una parada de autobús, con dificultad llegué hasta ella y me dejé caer en el banco mojado que había bajo su marquesina. Con la débil luz de la farola miré mis dedos temblorosos, los olí, aún guardaban esencias de su cuerpo. De pronto sonó mi móvil, miré la pantalla y vi su nombre, el corazón comenzó a latirme muy deprisa.

—¿Dónde estás?

Era su voz, al fin su voz, en breve habrá pasado todo.

—Pues la verdad es que no lo sé, comencé a andar sin rumbo y he acabado en una parada de autobús para cobijarme de la lluvia.

Me asombraba la agilidad de mis palabras, el tono de mi voz, me estaba devolviendo la vida, la ilusión, la esperanza.

—Ya, pero dime el nombre de la calle y a qué altura.

Con el teléfono aún pegado a mi oreja, corrí hasta la esquina más próxima y leí con claridad el nombre de la calle.

—Estoy en la calle Cruz del Sur, a la altura del portal número 15, en la parada del autobús 32.

—Está bien, no te muevas de ahí.

Me quedé unos segundos esperando por si quería decirme algo más, pero al otro lado ya no se oía nada. Te quiero, musité mientras lentamente colgaba también mi móvil. No importaba, pensé, el hecho es que va a venir a buscarme, me abrazará, me pedirá perdón y me repetirá, como tantas otras veces, que me quiere, que desea mi cuerpo y acabaremos haciendo el amor de la manera más rabiosamente apasionada que nunca.

Volví al amparo de la marquesina, mis piernas eran de nuevo ágiles y allí, a resguardo del agua que no dejaba de caer, me atusé el pelo, sacudí mis ropas y saqué del bolsillo un pañuelo de papel para quitar restos de barro que se habían adherido a mis zapatos.

No tuve que esperar demasiado, enseguida aparecieron los faros de un coche que aminoraba su velocidad según se acercaba, impaciente me levanté y fui hasta el bordillo. Me resultó extraño que fuera en el coche oficial, blindado y con los cristales tintados, en el que venía a recogerme, aun así, cuando el auto estuvo a mi altura, me abalancé hacia la manivela para entrar, pero antes de llegar a rozarla, el cristal de la ventanilla comenzó a descender para dar paso a una mano enguantada que empuñaba un revólver. Lo demás ya lo conocen ustedes.

Estas han sido las palabras en exclusiva que nos ha dado Daniel Rivas a su salida del hospital tras haber superado milagrosamente los tres disparos que a punto estuvieron de costarle la vida. Y no lo ha hecho personalmente, sino en una cinta grabada enviada a los responsables de este programa.

Como saben, se vincula a este joven con el presidente en una relación sentimental que pudo tener comienzo hace dos años. Siguiendo nuestro protocolo, hemos querido conocer la otra versión, el otro lado de la noticia, pero en los círculos próximos a la presidencia existe un mutismo absoluto, prefieren no hablar. Por lo tanto, esto es lo que hasta el momento podemos ofrecerles de este escabroso asunto, seguiremos investigando.

Pilar Viejo desde el canal TODO NOTICIAS les desea buenas noches y espera tenerlos aquí en su próximo programa.