Una difícil decisión. Relato elaborado por un trío de escritoras

UNA DIFÍCIL DECISIÓN

 Relato escrito por Paula Alfonso, Elisa Pérez, Ana Riera

 

                 Que hago aquí, un sábado a las 10 de la mañana en esta habitación y con personas a            las que ni conozco ni tengo interés en conocer, qué demonios hago aquí.

                ¿Fue debilidad o cobardía? Tal vez el deseo de huir, de escapar de todos y de todo fue lo que me impulsó a matricularme en este absurdo curso, debí verlo entonces como la excusa perfecta para tener mi teléfono desconectado, permanecer aislada, aunque solo fuera por un corto fin de semana se me ofrecería como el mejor elixir.

Sin embargo, ahora que estaba allí, se sentía realmente enfadada consigo misma. Por qué no podía ser más fuerte, qué le impedía considerar que lo que le había pasado solo era un revés en su vida del que más tarde o más temprano saldría como tantas otras veces. En lugar de eso, encima se castigaba con aquel absurdo encierro que, además de caro, no esperaba que le aportara nada.

Qué idiota soy.

Este tipo de reflexiones no hicieron más que aumentar su irritación y convertir su cuerpo en un manojo de nervios. No podía permanecer quieta. Sentada en la silla cruzaba y descruzaba las piernas, bostezaba, se tocaba el pelo, la cara, se miraba las uñas, cogía el bolso, lo dejaba otra vez en el respaldo, tosía…

La mirada fija de otra integrante del curso la hizo ser consciente de que su estado estaba siendo evidente para todos y eso no era bueno. Nunca le gustó llamar la atención, debía disimular. Sonrió a la compañera, a modo de disculpa, y se prometió serenarse, soportar estoicamente las horas que le quedaban por delante y acabar el curso con un mínimo de dignidad.

Pero qué dice este tipo.

Tan solo eran cuatro los alumnos que se habían matriculado en aquel curso de fin de semana sobre meditación, dos mujeres de edad indefinida entre los 40 y 50, un chico joven con la cabeza llena de rastas y ella. Al principio apenas si se saludaron. Según llegaron se fueron sentando y esperaron en silencio a que hiciera su aparición el instructor. Éste, un hombre alto, delgado, con fuerte acento escandinavo, fue quien rompió el hielo.

 

  • Me llamo Daven Olsson y os voy a enseñar un nuevo método de meditación. Se fundó en Noruega y …

 

Afortunadamente los prolegómenos no fueron muy extensos: unas ligeras nociones sobre el procedimiento, su propia experiencia personal tras su descubrimiento y poco más. En lo que sí hizo hincapié fue en los beneficios que aportaba practicarlo con regularidad. Cuando le pareció conveniente, añadió con su acento escandinavo: “Bueno yo ya me he presentado y os he hablado un poco del tema, ahora os toca a vosotros”.

Uno tras otro fueron diciendo su nombre y las expectativas que tenían del curso. Ella escuchó atenta, pero no hubo ninguna respuesta que la sorprendiera. Tranquilidad de espíritu, conocerse a sí mismo, dejar atrás el estrés… El chico de las rastas fue algo más original.

 

  • Yo busco ser más sensitivo, disfrutar mejor de los placeres no sólo espirituales, también carnales. No sé si me entiende.
  • Sí, sí claro –respondió el instructor tras un leve carraspeo–. ¿Y usted? Perdone. no hemos oído su nombre.
  • ¡Ah¡ ¿Es a mí?, es que no lo he dicho. Me llamo Daniela.
  • ¿Y qué le ha impulsado matricularse en este curso?

 

Es lo que estoy intentando responderme desde que he entrado por la puerta, viejo estúpido, qué diablos hago aquí.

Disculpe, ¿se encuentra bien?

Sí sí, claro.

Le preguntaba por su motivación para este curso.

 

Buscó en las caras de sus compañeros, que la miraban desconcertados, y al fin respondió:

  • La misma que la de ellos, conocerme mejor, alcanzar la paz interior, lograr un estado de serenidad, de quietud, de paz…

Trató de hacer más larga la letanía, pero no se le ocurrieron más sinónimos.

  • Bien, está bien. Acostumbro a iniciar estos cursos precisamente con una meditación, no importa cual, la que ustedes practiquen normalmente. Lo que sí les digo es que no será larga, sólo lo suficiente para desconectarnos del exterior y tomar conciencia de dónde estamos. Apagaré la luz y ya saben, hagan respiraciones profundas, relájense, cierren los ojos y dejen la mente en blanco.

Daniela siguió cada una de las indicaciones de forma obediente: respiró hondo, se relajó, cerró los ojos y trató de dejar la mente en blanco. Lo hizo todo. Cuando volvió a escuchar la voz del instructor poniendo fin al ejercicio y abrió los ojos, supo enseguida que algo en su vida se había roto para siempre.

Había bastado una imagen —que se coló a traición sobre el fondo blanco que ocupaba su mente—, cuando por fin se había relajado y estaba dejándose ir, para que lo supiera. Su necesidad de apuntarse al curso no había sido si no una estratagema para escapar de David, su pareja. Si era sincera consigo misma, debía reconocer que nunca había estado realmente enamorada. Le había querido, había estado a gusto, se había sentido protegida. Pero ya hacía muchos meses que las cosas no iban bien entre ellos. Demasiados. La última vez que habían hecho el amor había tenido que fingir de principio a fin. Ni le apetecía ni logró disfrutar un solo segundo en sus brazos. Había sido terriblemente frustrante. ¿Por qué seguía con él? ¿Era por pena? ¿Porque le daba miedo la soledad? ¿Porque no quería asumir otro fracaso? ¿Por todo un poco?

Por un instante le pareció reconocer la voz del instructor, que le llegaba desde algún lugar lejano. La descartó. En ese momento no le interesaba lo más mínimo. Volvió a concentrarse en su hilo de pensamiento. Tenía que tomar una decisión importante. Y parecía ser el momento propicio. A lo mejor al final había valido la pena gastarse el dinero que le había costado el curso.

¿Por qué había hecho el amor con David si no le apetecía? ¿Qué sentido tenía fingir en algo así? Trató de ser honesta. Sabía que David seguía muy enamorado de ella. A veces creía que incluso la idolatraba un poco. Ese día parecía tan desesperado, tan necesitado de su amor, que no había tenido valor para negarse. Podría haber usado alguna excusa, como otras veces. Pero al ver sus ojos inyectados de deseo, un deseo casi animal, no había sido capaz. En el momento no le había dado demasiada importancia. Todas las parejas fingían de vez en cuando, sobre todo si llevaban más de diez años de convivencia, como era su caso. Sin embargo, al revivirlo ahora, se apoderó de ella un profundo malestar.

 

–Respirar profundamente cuatro veces. Lo importante es que cada exhalación sea más lenta que la anterior. Dejaros ir sin más.

 

Estaba como para seguir esas indicaciones que ahora mismo se le antojaban terriblemente absurdas. Daniela siguió a lo suyo.

No tenía sentido. Todos los días había historias de amor que se abrían camino y otras que colapsaban por no poder dar más de sí. Se merecía ser feliz, conocer a otra persona que pudiera ilusionarla de nuevo. Todavía le quedaba mucha vida por delante. ¿Por qué no habría de aprovecharlo? Tenía que hablar con él, contarle todo lo que sentía. Sería duro, sí. Pero a veces había que ser valiente. Seguir con David no tenía sentido. ¿O sí?

¿Y si no conocía a nadie que de verdad le gustara? ¿Y si rompiendo con David se condenaba a la soledad el resto de sus días? ¿Era eso lo que quería? ¿Estaba realmente dispuesta a correr el riesgo? Las dudas se apoderaron de ella. Pensó que no le gustaba nada estar sola. Nunca le había gustado. Cuando le apetecía estar tranquila y a su aire, lo llevaba bien. Pero enseguida se cansaba y necesitaba sentirse acompañada. Si prolongaba demasiado los ratos de soledad, acababa sintiéndose mal. Un vacío negro que luego le costaba volver a llenar se apoderaba de todo su ser. Las breves épocas que había pasado completamente sola, se había sentido más desgraciada que feliz. Esa era la verdad. No estaba hecha para la vida en solitario. Necesitaba a la gente.

Abrió un instante los ojos. El instructor y sus tres compañeros parecían estar en estado de trance. Sólo se oían sus respiraciones profundas y acompasadas. Estaba claro que ella no les acompañaba en ese viaje. Se había apeado hacía rato. Además, su mente estaba atrapada en otras preocupaciones, en temas más terrenales. Por un instante les envidió. Parecían felices, en paz consigo mismos. Quizás más adelante podía plantearse volver a realizar el taller. Pero ese día no.

¿Qué debía hacer entonces? ¿Hablar con David? ¿Seguir adelante con su relación e intentar mejorar las cosas? A lo mejor era un problema suyo. Una crisis existencial propia que nada tenía que ver con su pareja. Sí, a lo mejor era eso. Y lo que tenía que hacer era centrarse en ella, en sus miedos, en sus carencias, para volver a sentirse bien y a gusto con su vida. En realidad, David era una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida. Además, siendo realistas, a su edad había muy pocas posibilidades de conocer a alguien que valiera realmente la pena. Sentir atracción por alguien, tener una aventura, eso sí era posible. Pero encontrar a alguien con quien crear un proyecto común a largo plazo, eso ya era otro cantar.

Le dio muchas vueltas. Dudó, se lanzó, reculó. Estaba tan concentrada que se sobresaltó cuando oyó la voz del instructor dando por terminada la velada. Se le había pasado el tiempo volando. Tras recoger sus cosas, se despidió con dos besos a cada uno de los asistentes. Quizás lo hizo porque no pensaba volver al día siguiente. No le hacía falta porque ya había tomado una decisión.

Salió a la calle convencida de lo que iba a hacer. Agradeció el frío cortante en la cara. Resultaba vigorizante. Apresuró el paso. Al llegar a la parada, vio que a su autobús le faltaba más de 12 minutos. Decidió coger un taxi. Ya era tarde y quería llegar a casa cuanto antes. Pronto localizó un coche con lucecita verde. Levantó la mano y lo paró. Perfecto.

 

  • Un mal día ¿verdad?

La pregunta la sacó de su ensimismamiento, de sus pensamientos que rozaban lo trascendente. Se había acomodado de forma apresurada en el asiento trasero del taxi al entrar, sin reparar en el conductor. Enseguida sus pensamientos habían continuado centrados en el sentido que tenía que dar a su vida. A primera hora de la mañana había comenzado el taller sin mucha confianza, pero ahora reconocía que algo se había removido dentro de ella.

  • ¿Cómo? –respondió después del segundo que necesitó para entender que la pregunta procedía del conductor, del cual sólo podía contemplar el pelo largo recogido en una coleta y unos ojos pequeños que la miraban escrutadores por el retrovisor.
  • Veo muchas caras al cabo del día y la suya me dice que no ha sido especialmente bueno.

 

El acento le pareció extranjero, dedujo Daniela tras un minuto de reflexión. Había estado meditando todo el día, lo que la tenía entrenada para apreciar detalles y valorarlos con calma.

Lo que me faltaba, un taxista, un extraño cuestionando mi cara… sí, claro que no          es un buen día… Pero quizá la racha cambie pronto, he tomado una decisión de la que no le voy hacer partícipe, desde luego…

 Con media sonrisa quiso zanjar la cuestión tranquilizando a su espíritu y de paso al espontáneo curioso.

 

  • Le agradezco su preocupación pero ocúpese de llegar rápido a la dirección que le he dado, tengo mucha prisa, debo llegar lo antes posible.
  • No me malinterprete, sólo quería empezar una conversación, acepto los negativas aunque vengan de una mujer hermosa como usted.

 

Pero, bueno, ¡qué labia tiene! Me asusta, sí, me asusta un poco, la verdad, no pienso seguirle la conservación. Ha dicho que soy hermosa, sí eso ha dicho, ¿cuánto hace que David no me lo dice? Y con esa voz… ¿A quién no le gusta que la adulen? David no es romántico, él no se fija en mi camisón nuevo, o en mi brillo de labios, me quiere, seguro, pero no me llama guapa…

Desde atrás alzó su cuerpo un poco para contemplar su aspecto por el retrovisor interior: estaba despeinada, con ojos cansados. Había sido un día raro y se notaba en su cara. Los reproches internos que recorrían la mente de Daniela se movían al vaivén del vehículo que comenzaba a adentrarse por las estrechas calles del centro. Estaba claro que el taxista había elegido la ruta más larga. No le había preguntado: tardaría bastante más de lo previsto.

 

  • Está bien, no se asuste, soy demasiado sincero ¿verdad? Mire, en este trabajo tengo tiempo para pensar, para observar y también para halagar. En este mundo se halaga poco, ¿no cree? Pero, en su caso, no es sólo un halago. Realmente tiene unos ojos muy hermosos, si me permite que le diga.

 

No debería haber ido a esa estúpida charla de meditación, se maldijo una vez más. Por qué lo hizo. Ella ya conocía técnicas para relajarse sin tener que pasar por todo esto. Se removió en el asiento trasero que sonó a plástico pegado. Apenas sabía qué contestar a ese desconocido tan curioso. Realmente estaba ligando con ella. Su espalda se relajó, a la vez que subía el cuello buscando una imagen más completa del taxista. Pantalones de color mostaza, con camisa de cuadros abierta hasta donde ella podía ver. Tenía un aire desenfadado. Daniela sintió que su cuerpo se estremecía, que se excitaba, tuvo el impulso de tocarle el hombro desde su posición. Ruborizada, intentó poner en práctica la técnica de meditación aprendida pocas horas antes para evadir sus pensamientos hacia otros puntos dejando en blanco la mente. En breve había pasado de la pesadumbre por la situación con su marido, a sentirse atraída por un extraño que la adulaba con bonita voz y tiernas palabras.

             ¿Por qué vamos por todo el centro? —preguntó Daniela infringiendo su promesa de no alimentar la conversación con ese desconocido.

  • Nada más verla elevar su mano para detener mi coche, sabía que iba a ser la última carrera del día.

 

Una hora después Daniela entraba por la puerta de su casa imaginando excusas para su tardanza: el transporte público, retraso en el curso, una copa con los compañeros del taller… todas ellas seguramente creíbles para David pero necias para ella. Antes de entrar en el taxi había decidido darse una oportunidad a ella misma, al salir de él sólo pensaba en lo fácil que había sido ser infiel a su marido.