— Mañana, aquí, a la misma hora.
La oscuridad había plegado los últimos rayos de sol extendiendo su enigma sobre las calles. Desde la ventana del edificio, Candela se asomó para contemplar la salida del hombre que pocos minutos antes se había despedido de ella con esas palabras.
Chaqueta gris de lana, pantalón ancho negro y blusa blanca se reflejaban en el cristal dando una imagen de mujer segura y moderna. Inconscientemente se llevó la mano a la oreja derecha, su lóbulo estaba vacío: el brillante que lo adornaba se había caído a la moqueta hacía bastantes horas. Ahora no podía ocuparse. Acumulación de trabajo y toma de decisiones inmediatas la requerían con urgencia. Luego lo buscaría.
Se volvió hacía la mesa. Tenía que hacer la última revisión. Le exigían una respuesta durante la mañana siguiente. Demasiado fácil para los demás, mucha responsabilidad para ella.
Miró el reloj: tic, tac, tic, tac. Decidió quedarse un rato más. Se acomodó en el sillón negro de skay y tomó el expediente con el contrato. Hacía calor, se levantó para quitarse la chaqueta. Mierda, tengo una mancha en la blusa. Roja antes, ahora de tono rosáceo. Quiso hacerla desaparecer tocándola. La imagen del delicioso y reconfortante vino de la comida, la trasladó varias horas atrás, escuchando la insistencia de su jefe, la presión del trabajo.
En el bolsillo lateral del pantalón algo vibraba. Desde la reunión de la mañana el móvil se mantenía en ese estado, inconsciente de la indiferencia de la mujer.
No había sido un día igual a los demás. Mientras corría con frescor de las primeras horas, las ideas ascendían con el resuello de su respiración. Buff, buff, buff… su compromiso era recorrer diez kilómetros diarios. Sólo así conseguía mantenerse en forma.
Alejada de su costumbre, desayunó copiosamente. Su marido le había preparado algo.
— Te he hecho tostadas y café, para un día tan especial.
Tomás odiaba correr, nunca la acompañaba.
— Vamos, Candela, que la niña va a llegar tarde al colegio. Te recuerdo la cita con el logopeda.
Ñam, ñam, ñam… Odiaba el sonido de la comida en la boca de su marido.
— ¿No puedes dejar de hacer eso?.- Tomás la miró deteniendo el movimiento instintivo de masticar.
— Lo siento, Candela. ¿Llegarás muy tarde hoy? Bueno, luego nos vemos, a las seis, en la consulta, ya sabes, te lo recordaré en un mensaje de todas formas… Estás preciosa ¿cuándo te has comprado esa blusa?
En la mejilla de Tomás se quedó algo del carmín rojo de Candela que, malhumorada, torció el gesto al saber que tendría que llevar a la niña al colegio. Él debía acompañar a su madre al médico.
Mua, mua… La pequeña miró a su madre antes de entrar a clase. El beso había sido muy apresurado.
Desde su mesa estratégicamente situada, observó que aún no había nadie en la sala de reuniones. Era la primera. Un montón de hojas blancas, bolígrafos negros en los portalápices y botellas de agua al fondo, estaban dispuestos a participar también de la junta. Clack, clack, clack… tres vueltas a la llave, suficientes para abrir su cajón. El proyecto estaba allí, con sus números, esquemas y gráficos a colores…
La reunión comenzó puntual con Candela sentada en su sitio. La chaqueta ocultando su angustia y dándole la seguridad que buscaba. Una última mirada orgullosa a la portada del informe.
— Piii, piiiii, primer mensaje: “Te espero en la cafetería de siempre a las 17.30 h.”
Inoportuno, como siempre, pensó Candela a punto de ponerse en pie para convencer al cliente de su idea de expansión. Se ajustó la chaqueta, tomó un bolígrafo entre los dedos y empezó a hablar… bla, bla, bla.
Removió papeles, buscó entre los apuntes, revisó carpetas… allí no estaba. Alguien le había ordenado la cartera. La figura oronda y vulgar de su marido se le apareció como un fantasma de la noche, cruel y entrometido. Siempre él, siempre preocupado de que todo estuviera en su sitio, ¡estúpido y débil metódico! ¿Dónde le habría puesto la hoja resumen final que anoche revisó en la cama? Puaj, seguro que se cayó cuando posó su enorme peso sobre el colchón, al acostarse, pensó malhumorada.
La mirada del director al otro lado de la mesa la obligó a cerrar su presentación.
— Mañana podemos quedar aquí, de nuevo, para revisar los últimos detalles, a la misma hora, si les parece bien.
Piii,piii… – segundo mensaje: “te recuerdo la cita de esta tarde. Suerte en la reunión. Te quiero.”
Apenas leyó, el enfado se lo impedía.
El resto del día se volvió confuso y embarullado. La oportunidad se había esfumado, ahora tendría que esperar al siguiente para su lucimiento final. Repasó los documentos uno a uno hasta la hora de la comida, y después volvió a plasmar en imágenes y gráficos su idea, novedosa y original.
— Cuéntame tu idea, Candela, recuerda que yo era el encargado de marketing en mi empresa- Tomás la tomó por la cintura susurrando esta petición que la mujer no pensaba atender.
— No compares Tomás, tú hace más de tres años que estás alejado de este mundo, no sé en qué me podrías ayudar. ¿Me traes un té, por favor?
No sabía por qué tenía que recordar ahora esa escena, vivida hace más de una semana; precisamente ahora, que desearía gritarle lo inútil y putrefacta que resultaba su presencia para ella. Siempre solícito a complacerla, apenas la dejaba respirar.
En el departamento el revuelo de la reunión se notaba por minutos a medida que avanzaba la tarde. El futuro de la empresa dependía del resultado de la misma.
Piii,piiii, tercer mensaje: “¿Te queda mucho? Estoy llegando”.
Sólo eran las cinco.
Toc, toc, un pequeño golpe en el suelo le hizo levantar la cabeza. El pendiente brillante se había caído, a la vez que alguien llamaba a su puerta.
Desde el despacho del director, el último rayo de luz entraba por la ventana coincidiendo con el final de la charla y con una ristra de mensajes agolpados en su teléfono.
— ¿Dónde estás? Es tarde, debemos entrar a la consulta.
— Hemos salido ya. Supongo que te habrá surgido algo.
— Laura progresa poco, hay que dedicarle tiempo. Nos vamos a casa. Luego te cuento.
“Tiempo”: la única palabra en la que recaló Candela. Ella no disponía de él, Tomás sin embargo tenía todo el del mundo. Sólo se ocupaba de la niña y de la casa desde que se quedó en paro. Una profunda angustia comenzó a mezclarse con la que sentía tras la charla con el director: La exigencia había crecido aún más. No podían retroceder, ni relajarse.
Debía tomar una decisión, lo más importante estaba por llegar a su vida y nada podía perturbarla… aunque fuera antes de lo planeado. Se agachó para coger el brillante; al tiempo que doblaba la espalda notó un chasquido crac… Su cuerpo se quebraba en una postura imposible. Ahogó un grito de dolor cuando quiso incorporarse con más ímpetu. Notó que una ligera oscuridad comenzaba a invadirla. Nunca había sentido nada parecido. Su mundo se desequilibraba. El dolor le oprimía hasta hacerle respirar con dificultad. La invadió un sudor frío y seco. Estaba mareada. Tenía que levantarse, salir de allí. No era tan fácil como parecía. Por un instante las imágenes de su jefe, de su hija, de su pantalón de correr, se sucedieron deprisa junto a la cara de un cliente insatisfecho. Frente a ellos, Tomás. Necesitaba ayuda. El móvil seguía en su bolsillo. Lo tomó. Otro mensaje: “¿Vienes a cenar? No te preocupes, te espero despierto. Laura ha preguntado por ti”.
Tic, tac, tic, tac. El final del día estaba próximo. Eran las once y media.
Sentada sobre la moqueta en una postura muy dolorosa aún alcanzaba a ver por la ventana cómo las luces se iban despidiendo poco a poco.
Quiso olvidarse del dolor, volver a sus innumerables obligaciones. Aquello no podía estar pasándole a ella, quiso pellizcarse, golpearse… tenía que revisar todavía el expediente y ni siquiera lo tenía cerca.
Apoyó las manos en la moqueta para intentar incorporarse de nuevo. Imposible. Se sintió torpe y abrumada, sus planes y su mundo se derrumbaban. Se acordó del móvil, último recurso a mano. La agenda estaba llena de números. Vaciló. Su cabeza llegó a la T antes que su dedo. Mañana no podré salir a correr, ya estoy oliendo las tostadas quemadas y el café pasado, como si todo hirviera a mi alrededor. Tomás atendió su llamada y aseguró la mayor rapidez en pasar a recogerla. Candela no reconoció su propia voz rota, la garganta inundada de lágrimas, como una niña pidiendo socorro…

