Entorno vacío Por Elisa Pérez

casino1

 

Desde la puerta Daniel observó el entorno. Durante un segundo sujetó la entrada de dos cristales tintados en azul que abría la vista al conjunto de ruidos, luminosos y carteles que se oían desde cualquier rincón del animado lugar. Cuando entendió que había llegado al lugar deseado, cedió suavemente su mano para que la puerta se cerrara.

El sonido de las máquinas le llegaba cual música celestial. La primera vez que lo oyó se sintió contrariado. No era lugar para un joven, ahora lo sabía, pero en aquel momento sólo recordaba la cara de su padre, obsesionado y absorbido por ese mundo, por ese santuario objeto de sus oraciones.

Se oía un clic,clac majestuoso acompañado de una música estridente y pegadiza. Los colores amarillo y rojo prevalecían sobre el resto cromático en las figuras que surgían desde las pantallas en las líneas de monitores y televisores que se extendían de forma estratégica por toda la sala.

Las mesas salpicaban la sala, pobladas de personas que, vestidas de etiqueta, permanecían muy atentas a los movimientos de dados, fichas y ruedas, implorando que la fortuna les abrazara. El lujo imperaba en esa estancia que se revestía con una alfombra de dibujos damasquinados en el suelo y grandes lámparas de piedrecitas blancas en el techo.

Daniel siempre fantaseaba con una gran noche en aquel lugar. La dicha podía llegar a difuminarse en un segundo como un azucarillo en el café. Se imaginaba resolviendo los misterios del juego, descubriendo los vericuetos de la magia que allí se guardaba. Era un lugar presidido por el lujo y una vanidad, ansiada y pocas veces encontrada.

  • Perdone ¿me ha llamado usted?

Frente a Daniel una señora madura le mostraba el número que coincidía con el de la pantalla que de forma provocadora, habían instalado en el lado exterior de su mesa para que fuera bien visible desde el pasillo central.

El hombre se ajustó las gafas, apenas veía sin ellas.

  • Sí, siéntese por favor, ¿qué desea?

El repertorio se lo conocía; lo había oído miles de veces desde que trabajaba en aquella dependencia de la hacienda pública estatal. Deseaba volver a estar solo, él y sus pensamientos. Disfrutar con ellos.

  • ¿Qué has hecho este fin de semana, Daniel?

La pregunta volvió a despertarle. Movía los expedientes con destreza mientras la maldita llamada automática le salpicaba con personas que esperaban su solución a problemas que no le importaban. En la mesa de al lado, su compañera disfrutaba con el cotilleo sobre la vida de los demás.

  • Nada especial, estuve en casa de mi hermana comiendo.
  • Yo estuve en la montaña, con una amiga…

Daniel no quería dar más detalles a esa compañera, fuente inagotable de conversación y preguntas. Su secreto llevaba demasiado tiempo guardado y así quería que permaneciera.

Por fortuna, conseguía desconectar con facilidad de los discursos largos y simples de Manuela, que apenas notaba la diferencia entre ser o no escuchada.

  • ¿Juega señor?… apuesta al 23 rojo… ¡Allá va! – el croupier movía con destreza la ruleta que le obedecía al compás del hilo musical.

Daniel se veía bien con el esmoquin, refinado, elegante y serio. Ancho de espaldas como su padre. Por coquetería había sustituido las gafas por lentillas de última generación. El pelo engominado hacia atrás, parecía ocultar la calvicie avanzada y a la vez, prematura para su edad. La herencia genética de su progenitor le dejó una huella indeleble también en eso.

  • No, yo no soy el F12, es mi compañero… Daniel es para ti. -de nuevo la realidad continuaba su inexorable camino.

No estaba siendo una buena mañana. Otra vez pesadumbre y apatía. El sopor de otro lunes que seguía a un sábado y un domingo más, iguales y diferentes al mismo tiempo.

  • Nos vamos al río el siguiente fin de semana… ¿por qué no os apuntáis? – Daniel apenas oyó la propuesta antes de que Manuela soltará un grito de celebración anticipada que le obligó a atender sin ganas.
  • Yo sí me apunto, ¿quiénes iremos? ¿Irá Luis, de Recaudación? – los ojos saltaron de las órbitas de la mujer mientras emitía lo que parecía más una súplica que una duda.

Había pedido varias veces el cambio de área. No por Manuela que al fin y al cabo le ayudaba a digerir su devenir diario. Anhelaba cambios, aunque al final la rutina constituyera su edulcorante diario. Ducha caliente, desayuno, uniforme para vestir, autobús abarrotado y destino hacía un trabajo seguro, un salario fijo y horario estupendo. ¡Quién da más!

Quizás debería haber apostado más alto, pero siempre temió perder lo poco que tenía.

  • ¡Hagan juegos, señores! -el croupier le miró esperando una rápida respuesta.- Bien, señor, de nuevo al 23 rojo. Buena elección. ¡Quién da más!

Ese es su número, el que le haría ganar dinero, salir, ser alguien diferente… Cuando la ruleta comenzó a girar, sus ojos se movieron al mismo ritmo hasta el vértigo. El 17 azul, el 2 negro, el 25 negro… Sucesión inconexa y maldita de números. Las miradas desesperadas se unían a la suya en un coro de aflicción.

  • Me apunto yo también, a lo del río. en el momento que intentaba completar poco convencido esta frase, Luisa, de Sanciones, una joven de pelo rizado rubio teñido, cuerpo delgado, y uñas pintadas siempre de rojo en unas manos que le entusiasmaban por su transparencia, cual croupier, pasó por allí ajena de la atención de Daniel que la veneraba con auténtica pasión.

Se complacía recordando la destreza en las manos que se movían con rapidez cogiendo fichas, estirando con suavidad el palo sobre el tapete para recoger o confirmar apuestas. A su alrededor rostros disecados llenos de ansiedad en busca de magia.

En su zozobra, decidió cambiar de mesa: aquella no le favorecía en su suerte, ¡como si eso fuera todo!

– ¿Está sola señorita? –Daniel se dirigía a una preciosa rubia de pelo rizado que había cambiado en su imaginación la mesa de atención al público, por una desde la que asistía con coquetería al movimiento giratorio de la ruleta –¿me permite que la invite a un coñac?–; la mujer giró la cabeza satisfecha por la invitación de ese desconocido que la turbaba con una intensa mirada, bien correspondida.

  • El 25 negro, todo para la señorita del fondo. ¿Quién da más?

El disfrute de Daniel era completo cuando se recreaba con la imagen de cada jugada, de su protagonismo en torno a una mesa; le entusiasmaba el lujo, la altivez paseando entre las mesas, la pasión de un perdedor como él, la avaricia del eterno ganador que fue la imagen de su padre durante toda su infancia, hasta que la agonía de la derrota le venció a los ojos propios y a los de su hijo. La magia del juego le rescataba del fango de la desidia.

  • Eh Daniel, me voy ya, ¿vale? Tengo médico… Nos vemos mañana. – Manuela le informaba de nuevo, a pesar de que era público que tenía hemorroides, tema del que hablaba hasta con los sujetos que acudían a aquella dependencia para cualquier asunto.

Necesitaba cerrar su puesto para ir al aseo.

  • ¡Es usted muy hermosa! -frase imposible en su vida diaria pero protagonista de sus sueños incumplidos. –la joven objeto de su halago bajó la mirada sosteniendo una sonrisa maliciosa entre sus labios encarnados. Las uñas pintadas de rojo se posaron un segundo sobre las de Daniel.

casino-royale-1967-01

Apenas tuvo tiempo de prepararse. Una erección precipitada casi le pilla desprevenido. La imagen de Luisa mezclada en el entorno luminoso de la sala de juegos y la preciosa mujer rubia le hicieron percibir un roce en su piel como una caricia buscada y excitante.

La noche anterior había sido rara, llena de sensaciones frías y amargas que le recorrían el cuerpo causándole dolor. Se despertó cansado. Arrepentido de dejarse llevar por la apatía sintió ganas de encender el televisor: “La intervención de los bomberos impide una catástrofe en un casino que se incendia sin que se conozcan aún las causas que lo produjeron…”

Siguió la rutina del día por momentos ufano de su valentía; por otros, asqueado de que nadie la percibiera. Antes de llegar a su destino de trabajo se regocijó con la imagen.

  • Sigan jugando caballeros, continúen con sus apuestas…! ¿Otra vez al 23 rojo? Perfecto, caballero. Buena elección. -la figura impoluta del croupier le avivaba en su decisión.

Frases hechas, repetidas, que le martilleaban la cabeza. El entusiasmo en su imaginación discutían con el hedor que suponían los recuerdos, los malditos recuerdos, nunca superados y cada vez más presentes.

            – ¿Quién da más, damas y caballeros?

  • Todo al 23 rojo.

50db27e26d701

En la mano derecha sus dedos se cruzaban buscando la suerte; en la izquierda, un mechero regalo de su compañera Manuela, era acariciado con nerviosismo.

Antes de salir de la sala se giró echando un último vistazo a la decrepitud del arruinado, a la coquetería de los labios rojos y a la destreza de la ilusión para colarse en cualquier bolsillo. El suyo salía vacío por completo una vez más. El azar le había regalado otra noche sin suerte.

Tomó el coche antes de que unas llamas rojas comenzaran a engullir todo el edificio. Desde el arcén de la carretera Daniel contempló el resplandor que comenzaba a extenderse con rabia.

– ¡Hagan juegos señores, hagan juego!