El encuentro Por Ana Riera

 

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Se le ocurrió de repente, al verle salir corriendo de la boca del metro con su barba cuidadosamente dejada y su cabello alegremente ensortijado. Seguía teniendo un cuerpo musculoso y esbelto, y aquellos preciosos ojos rasgados. Podría haber sido la pareja perfecta, pero el sueldo mísero que ganaba como profesor de gimnasia no alcanzaba para nada.

Olivia estaba encantada de ser la prometida de Juanjo Irujo de Rivera. Sobre todo desde que habían anunciado oficialmente su compromiso. Con él sí podría vivir como se merecía. Pero esa mañana se había levantado un poco juguetona, con ganas de hacer alguna diablura. ¡La vida era tan corta!

Miró por la ventanilla y vio que Lucas consultaba su reloj de muñeca. A pesar de la distancia se convenció de que era el que ella le había regalado. Le pareció tan tierno que todavía lo conservase, que apretó el botón del intercomunicador y ordenó al conductor que se detuviera en la esquina. Miró una vez más por la ventanilla. Lucas se acercaba dando grandes zancadas. Olivia se desabrochó un botón del escote y se repasó los labios con su carmín rojo pasión.

En cuanto llegó a su altura, abrió la puerta de golpe. Lucas dio un respingo y luego se quedó plantado en medio de la acera, con el pulso acelerado y el susto dibujado en la cara. Pero entonces oyó una voz que le llamaba por su nombre. Sorprendido, se inclinó y miró en el interior del vehículo. Sentada en el asiento de atrás estaba su ex novia. Era la última persona en el mundo que esperaba encontrarse en ese coche.

Una sonrisa encantadora se colgó de sus labios. Eso sí que era un cambio de guión de última hora. ¡Con lo que a él le gustaba improvisar!

–¿Puedo subir?—preguntó mientras se colaba dentro de un salto.

–¡Claro! ¿Qué sorpresa más guai, verdad?

–¡No lo sabes tú bien! El destino, que es muy caprichoso.

–¿Tú crees?

–Esto… te veo muy bien, sí, estás muy guapa.

–Gracias, eres un cielo.

Cuando Olivia había roto con él se había sentido traicionado. No es que estuviera locamente enamorado, pero estaba muy buena, ¡y se lo pasaban tan bien en la cama! Pero lo que realmente le había fastidiado era que hubiera sido ella, de repente y sin que nada lo augurara, quien pusiera fin a la relación:

–Eres un amor, y me río mucho contigo, Luqui. Pero se ha cruzado un pececito más gordo y, o sea, compréndelo, no puedo dejarlo pasar.

¿Qué se suponía que había sido para ella, un jurel, un arenque o quizás tan solo un mísero boquerón? Y luego estaba lo de la operación, que había salido de sus ahorros y sus horas extras.

–No pongas esa cara, cari, que te pones muy feúcho. Además, no me he operado las tetas para luego no sacarles provecho.

Y ahora allí estaban, sentados uno al lado del otro en el asiento trasero de un coche, como si el tiempo no labioshubiera pasado.

–Bueno, cuéntame Olivia: ¿A qué debo este inesperado placer?

–Pues nada, es que te he visto salir del metro y estabas tan mono, con tus ricitos y tu camisa de cuadros, que me he dicho, jo, cuánto tiempo, ¿cómo le irán las cosas?

–¡Ah!

–¿Acaso no te parece bien? –le preguntó mientras acercaba su cuerpo al de él y le apartaba un rizo de la frente.

Lucas no podía dar crédito. Se le estaba insinuando sin más preámbulos. La inspeccionó de arriba abajo. Llevaba un escotado vestido de Cacharel, unos zapatos a juego de Manolo Blahnik, un bolso de Chanel y unos pendientes de Tous. Y todo eso envuelto en un cochazo con chófer.

–Veo que te van bien las cosas.

–Bueno, la verdad es que no puedo quejarme. Me va todo bastante bien. Pero yo lo valgo, ¿no crees?

Lo cierto es que tras la ruptura, Lucas había imaginado muchas veces un posible encuentro, pero nunca de este modo. No acababa de creérselo. Era como haber encontrado el tesoro a la primera. Y sin mapa.

–¿Qué me dices, te apetece que recordemos viejos tiempos? Vivo solo a tres manzanas de aquí. En un bloque muy discreto.

Ni en la mejor de sus fantasías se habría podido imaginar un desenlace tan apetecible. Y eso que en los últimos días había fantaseado bastante.

–No veo por qué no.

A Olivia le excitó pensar que Lucas había olvidado la urgencia que le había hecho consultar el reloj, que efectivamente era el que ella le había regalado, y acelerar el paso al salir del metro.

–Si tienes algo urgente que hacer, puedo acompañarte en un momento.

–¿Algo urgente?

–Bueno, me ha parecido que salías del metro con prisas.

–Ah, sí, bueno. ¿Pero sabes qué te digo? Que hay que aprender a tomarse la vida con más calma. Y que hoy es un buen día para empezar. El mejor.

–¡Es que eres tan mono!

Olivia golpeó el cristal que les separaba del chófer, obligándole a volver en sí de su improvisado duermevela.

–Matías, a casa por favor.

–Enseguida, señorita Martín.

El coche se puso en marcha sin apenas hacer ruido. A los tres minutos dejó a sus dos pasajeros, que entraron en un discreto portal y desaparecieron.

–Ponte cómodo, bomboncito, como si estuvieras en tu casa.

–¿Ya me abandonas, tan pronto?

–No, tonto. Solo voy un minuto al baño.

Lucas echó un vistazo a su alrededor. En seguida localizó el dormitorio. Las sábanas de seda negra se reflejaban en el enorme espejo del techo. Se entretuvo curioseando los objetos que había sobre la cómoda lacada de negro que había enfrente de la cama. Decidió que era un sitio perfecto para dejar los objetos que llevaba en los bolsillos del pantalón: a un lado las llaves y la cartera; un poco más escondidos, entre la pantalla plana y el sofisticado equipo de música, los aparatos tecnológicos.

–¿Todavía te gusta el rojo?

imagesOlivia estaba apoyada en la pared, con la espalda un poco arqueada y los ojos brillantes. Dejó transcurrir unos largos segundos y luego se acercó a Lucas contorneándose, le desabrochó la camisa y la dejó caer al suelo. Una música sensual empezó a sonar obediente en cuanto ella hizo chascar dos veces los dedos. Estaban tan cerca que sus olores se confundían. Ella alargó una mano hacia la bragueta de él, pero Lucas se la cogió al vuelo y la detuvo. Después, sin dejar de mirarla, le pasó un dedo por los labios, lo deslizó por la barbilla y bajó por el cuello. Apenas la rozaba. Siguió el camino dibujando una serpiente sinuosa entre sus pechos, descendiendo hasta el ombligo y todavía más abajo. La humedad que encontró le confirmó que iba por el buen camino. Lentamente dejó al descubierto sus flamantes pechos y, sin tocarlos, la arrastró hasta la cama.

–¿Te importa que me fume un cigarrillo?—dijo Lucas mientras se ponía los pantalones.

–¡Pero si tú no fumabas!

–Pues ya ves. Hoy me apetece.

–¿Es porque te hice gozar como una fiera, verdad?

–Sí, tengo que reconocer que has estado maravillosa.

–Gracias. Pero bueno, no vayas a hacerte ilusiones, ¿eh? Ha molado y eso. Pero no quiero que te emociones, que te conozco.

–¿A qué viene eso ahora?

–Nada, pero me refiero a que yo tengo otros planes, ¿sabes? O sea, que en esto tú juegas en tercera división y yo en primera, así que podemos jugar un partido por diversión, pero nada más.

–Pues yo no lo tengo tan claro.

–Venga, no empieces. Lo hemos pasado chachi, ha sido un buen revolcón, pero nada más. Voy a casarme. ¿A que te alegras por mí? Voy a ser ni más ni menos que la señora de Irujo de Rivera, de los Irujo de Rivera de toda la vida. Tienen un montón de mansiones y cuentas en Suiza. En fin, Luqui, tienes que entenderlo.

–Pues es que a mí me da que no te vas a casar.

–Ay, no te pongas tontorrón. Claro que voy a casarme, y no hay nada que tú puedas hacer para tic tacimpedírmelo.

–Pues yo creo que sí. Verás, por lo que me dijo Juanjo cuando me contrató –ya sabes el de los Irujo de Rivera de toda la vida–, sospecha que te gustan demasiado este tipo de jueguecitos, así que cuando vea la grabación de estas últimas dos horas me da a mí que va a anular el compromiso ipso facto. Pero vamos, que sepas que para mí esto tampoco ha sido nada más que un buen polvo; bueno, y también un trabajo bien pagado. Nunca pensé que esto de ser un gigoló pudiera resultar tan gratificante. Ah, por cierto, ya puedo devolverte el reloj: a partir de ahora no voy a necesitar ningún recordatorio. En fin, muñeca, que ha sido un placer. Y ya sabes lo que dicen: la venganza es un plato que se sirve frío.