… asistió al espectáculo de una pareja de jovencitos en lo que parecía su primer encuentro sexual. El vaho en los cristales, las manos adolescentes apoyadas en las ventanillas, desde su escondite con la oscuridad alrededor poco más pudo ver, sólo sentir, percibir, oler, incluso tocar con su imaginación el placer de los demás.
La gota de sudor había salido de su escondite en la melena rubia de la chica. Avanzaba lenta, irregularmente. Atravesó la frente, bajó por el cuello, casi se difumina al llegar al principio del pecho, pero con decisión consiguió llegar al centro de los senos donde desapareció para siempre.
La escena era contemplada desde la hamaca de rayas blancas y azules, por Dionisio. Sus ojos marrones no quitaban la vista de la chica con bikini rosa. A la derecha, la visión de una diosa; a la izquierda, su mujer. Por delante de las gafas puestas a propósito para la ocasión, el libro cuyo título no recordaba y de cuyas primeras páginas no conseguía pasar. Habían llegado allí por imperativo deseo de su esposa.
— Vamos a irnos a un hotel que me ha dicho mi hermana que está fenomenal.
No estaba acostumbrado a replicar, simplemente se dejaba llevar, así era su vida. Para Dionisio, las decisiones se limitaban a las propias de su trabajo como responsable de una cadena de montaje en una fábrica de pilas alcalinas. El resto se dejaba llevar por la inercia.
— Dionisio, échame crema en la espalda.
Esta orden le hizo salir de su ensimismamiento. Estaba disfrutando de la escena, quería seguir en ella. Ya no veía la gota de sudor, pero la sentía recorrer por el hermoso cuerpo de la joven.
— Déjame, el libro está muy interesante. Dile a Laura que te la eche ella.
En menos de dos minutos, la espalda de su mujer se llenó de un manto blanco de crema que mezclado con el sudor se introducía por los pliegues de su piel rosada y quemada.
— Pero chiquillo, ¿ya has terminado? ¡Eh, ponme un poco en las piernas!
Dionisio consiguió aguantar las ganas de tirar el bote de crema y a su mujer, antes de respirar hondo y seguir con la solicitud. Miró hacia la hamaca de la chica que se incorporaba en ese momento para cogerse la melena con una pinza. Mientras se limpiaba en la pierna derecha el exceso de sudor, doblaba la izquierda con la gracia más increíble que Dionisio había visto nunca.
— Pero, bueno, qué haces atontao —un chorro de crema blanca, líquida, se esparcía de forma caprichosa sobre el bañador de color tostado de su mujer—. Lejos del objetivo buscado, había conseguido enfadar un poco más a su esposa que se afanaba en limpiarse el exceso de bronceador.
Mascullando las mismas frases de siempre, la oyó sumergirse en la piscina.
Al menos había conseguido que durante un momento le dejara en paz. Volvió al libro, a la hamaca cercana. La chica había vuelto a acostarse, esta vez de espalda. La vió desabrocharse el bikini, colocarse la braguita y apoyar la cabeza del lado de Dionisio. Este se sintió incómodo, le había descubierto mirándola por encima del libro. Sin embargo a ella pareció no importarle. Le gustó ese gesto. Sintió ganas de acercarse a ella y tocarla. Desde allí podía ver el número, habitación 341.
— Vamos, nos tenemos que duchar antes de ir a comer.
— Ve subiendo tú, este capítulo está muy interesante. Ahora voy.
Cuando entró en aquel desmedido hotel con tres maletas, sus ganas de vacaciones comenzaron a flaquear un poco más. “Frente al mar”, decía la publicidad, “viva unos días de relax y descanso en nuestro hotel creado para su confort”. De todo ello, la única verdad se reducía a que ponía hotel en el letrero del recibidor. A su mujer le entusiasmó el hall lleno de cristales, con sofás rojos, escaleras de caracol en dos direcciones diferentes, lámparas recargadas y un sinfín de hormigas que deambulaban por allí en busca de una habitación, una piscina o un restaurante. A ella todo lo que sonara a exuberante y artificioso le entusiasmaba.
¡Al fin solo!, suspiró Dionisio cuando vio que su mujer y su hija partían hacia la habitación. Sintió que el descaro de sus miradas no eran advertidas por nadie. Niños tirándose al agua una y otra vez, madres gritando órdenes que nadie respetaba, padres jugando a la pelota, cada uno en lo suyo, todos en lo mismo.
Dionisio miró a su alrededor. Había mucha gente, así sería más fácil. Después de todo, el sitio no estaba tan mal.
Habitación 798. Una expresión de júbilo embargó a su mujer cuando descubrió que en aquel hotel había más de mil habitaciones.
— Toñi, ya hemos llegado. Sí, sí… ya sabes cómo conduce. Casi siete horas… tengo los pies como postes. Pero qué bonito es, tenías razón, chica. Es precioso…!
Una voz chillona que le pareció más repelente que de costumbre, le gritaba desde alguna parte. La reconoció enseguida.
— Ya voy, ya voy… Me he quedado transpuesto —quiso esconderse de la chica que de repente había levantado la cabeza para mirar hacia la puerta de acceso a la piscina, donde su mujer se había plantado para llamarle con aspavientos y ademanes exagerados. La hora de la comida era un momento crucial para ella que se abalanzaba sobre el buffet como si fuera el último minuto de su vida.
Ahora la gota de sudor se había trasladado de cuerpo y recorría el de Dionisio que se esforzaba en que
nadie notara su excitación. Una chica morena con la piel muy bronceada se había sentado a su lado en la mesa del buffet. Su mujer hablaba animadamente con otras personas que también habían elegido la misma mesa para compartir la comida. Era una chica preciosa, olía bien, a colonia fresca. La siguió mientras cogía los ingredientes para una ensalada o componía un plato de carne con verduras. En la cartulina blanca pudo leer: Habitación 203, lo grabó en su cabeza. 341, 203… ¿cuál era el número de su habitación?
— Pero Dionisio, ¿no tomas un poco de judías pintas…? Están deliciosas, con chorizo, como a ti te gustan.
Le invadió un recuerdo excitante, porque justo eso era lo que había comido aquel día una chica de la fábrica. Por la mirilla podía verla. No era culpa suya que el vestuario femenino estuviera tan cerca del comedor de la empresa. Saboreó la imagen de su compañera mientras se quitaba la blusa, mientras se desabrochaba la falda, mientras se ponía el uniforme… Esa vez sí se excitó, tuvo que correr para no masturbarse en el pasillo.
Tumbado sobre la cama de la habitación 798 contemplaba las aspas del ventilador de techo que se movían a un ritmo demasiado lento. Su corazón, en cambio, iba muy rápido. Se mantenía alerta, su mujer respiraba profundamente a su lado, desnuda, con sus pechos generosos que se encogían con el movimiento mecánico de entrada y salida de aire. Los recuerdos del pasado le tomaron por sorpresa: su madre, otra mujer, una luz cálida, una cama revuelta, gemidos y caricias…
Se incorporó, no quería dormir. Salió a la terraza. Tras varios edificios, por una esquina del horizonte, podía contemplar el mar, tranquilo y manso. Sintió que necesitaba hacer algo.
Los pasillos largos del hotel estaban tranquilos a esa hora. La siesta favorecía el deambular de Dionisio. La moqueta del suelo prolongaba calor a sus pies descalzos. 200, 201, 202… había llegado. Acercó la oreja a la puerta, tocó con el dedo índice el número grabado en la parte superior. No se oía nada. Se agachó. No había cerradura. Esperaría. A su espalda oyó que una puerta se abría. Una pareja salió sin apenas percatarse de su presencia. Sintió de nuevo esa agitación que le invadía hasta poseerle por completo. Algo le empujaba a seguirlos hasta el hall de entrada por el que desaparecieron, entre carantoñas y abrazos.
— Ya estás aquí. Te estaba esperando. ¿Dónde has ido?— en postura insinuante su mujer pretendía conseguir lo que tantas veces lograba de él, sin gustarle. Estaba excitado, pero no precisamente por ella.
Cuando pudo volvió al pasillo, en busca de la habitación 341. La puerta estaba abierta. El carro de la limpieza casi impedía su acceso, pero Dionisio lo consiguió. Pretextó que se le había olvidado una cosa para entrar hasta el fondo. Se agachó para coger algo imaginario del suelo, tan cerca de la cama aún deshecha que pudo sentir su olor. Salió a la terraza, en la piscina ya había mucha gente. La chica de melena rubia se reía con el socorrista, y la morena de piel bronceada charlaba animada con su marido que, seguramente no era consciente de la suerte de tenerla tan cerca. Los imaginó en aquella cama retozando sus cuerpos e intercambiando sus fluidos. Su ardor fue en aumento.
— Señor ¿me permite? ¿Ha encontrado lo que buscaba?
Estaba cansado de ceder y callar siempre. Primero su madre, luego su jefe, su mujer e incluso, la señora de la limpieza.
— Es un hotel maravilloso ¿verdad, señor?
Lejos de sentir lo que afirmaba, odiaba ese hotel, odiaba esas vacaciones, odiaba su vida. Por el pasillo de moqueta oscura repetía esas palabras que iba a dedicar a su mujer en cuanto la viera. Salió al jardín fuera de aquel edificio, alejado de la música que provenía de la piscina. Comenzaba a atardecer. Se adentró en el bosque cercano. Le pareció que aquello era lo más bonito que había visto en los últimos días. Se adentró un poco más. Oyó algo. Un coche se había detenido entre los enormes pinos. Primero dudó si habría alguien dentro. Se aseguró al comprobar que ciertas sombras se movían en su interior. Nunca había espiado así. Era su primera vez.
— Lo que te has perdido… mira que dejarme sola. ¿Pero dónde has ido? Ha estado precioso, de verdad, qué bonita actuación. Laura, a la habitación, venga.
En el hall por encima de la algarabía de aquellos que volvían a sus habitaciones tras un agitado día de vacaciones en aquel fastuoso hotel, sobresalía la voz entusiasta de su mujer. Desde el baño pudo oír la parte final de la actuación, con los aplausos incluidos. Pero él asistió al espectáculo de una pareja de jovencitos en lo que parecía su primer encuentro sexual. El vaho en los cristales, las manos adolescentes apoyadas en las ventanillas, desde su escondite con la oscuridad alrededor poco más pudo ver, sólo sentir, percibir, oler, incluso tocar con su imaginación el placer de los demás.
— Pero, bueno, ¿aún no has memorizado el número de nuestra habitación? No sé dónde tienes la cabeza, seguro que es ese libro que estás leyendo. Por cierto, ¿desde cuándo lees tú?
El entusiasmo de Dionisio de la primera noche dio paso a la culpa o a la pena, por igual, en los siguientes días. Acabó el libro sin leerlo; visitó otras habitaciones sin estar en ellas, y agotó sus vacaciones sin vivirlas.
— Tú estás muy raro, ¿qué te pasa? Te da pena que nos vayamos de aquí, a que sí, no me extraña, nuestras primeras vacaciones en diez años, y este sitio.
Asentía una vez más mientras pensaba que jamás volvería a ese lugar.
La gota de sudor resurgió de nuevo al colocar las maletas en el coche, inundando con desparpajo su cuerpo que, a la vez que introducía el último bulto en el maletero, sentía desfallecer. Tenía que hacer algo. Miró a la derecha, su mujer conversaba con el de la recepción como si se conocieran de toda la vida; giró la cabeza a la izquierda, su hija miraba el móvil. Catorce, quince años ¿cuántos tenía ya? Estaba preciosa, la piel dorada por el sol, pelo recogido hacia atrás. Hacía tiempo que no le daba un beso. Se acercó y una leve excitación comenzó a embargarle.
