La bailarina Por Catalina Pueyo

zapatillas ballet doradas

Bramina Branatinova esperaba correctamente en su posición de inicio. La tirantez del moño apenas le molestaba lo más mínimo, por el contrario, despejaba la limpieza de su frente ante la inminente puesta de escena de su solo. Las puntas estaban perfectamente anudadas, el mallot se ceñía como un pincel afilado al contorno de su cuerpo y el tutú enmarcaba con la rigidez ortodoxa el inicio de su cintura. Frente a ella, el telón rojo pesado, desgastado por el polvo de cien años de representaciones. Los más grandes de la danza habían pisado antes que ella ese escenario. Lo sabía, una sonrisa de satisfacción recorrió su rostro. Pero no se dejó perder en este pensamiento. Recobró la concentración.

 Perfectamente colocada, repasó mentalmente la coreografía que iba a ejecutar de principio a fin, y que había ensayado durante meses hasta casi la extenuación. Llevaba impresas las notas en su piel, los movimientos en cada músculo de su cuerpo rugían por hacerse visibles, pero ahora debía mantener la posición y permanecer expectante.

Cuando el telón rojo hiciera el amago de levantarse iniciaría el primer relevé de la coreografía. No quedaba mucho. Una gota de sudor emergió del tirante cabello hacia una de sus sienes mientras reestructuraba su figura de salida. Piernas cruzadas en quinta posición, brazos en primera ligeramente suspendidos por encima del tutú, cuello estirado, hombros bajos, cabeza ladeada tres cuartos… El telón continuaba pesadamente incrustado en el suelo del escenario.

 Se adivinaba, por el calor y el aliento humano, el aforo del teatro completo, pero el grueso material de la tela rojiza impedía adivinar con exactitud el número de asistentes que habían acudido al encuentro. Eso sólo se sabría al comenzar, cuando los tuviera frente a frente. La bailarina tragó una minúscula mota de saliva para facilitar la sequedad de la espera. Con dulzura y comedidamente, bajó la barbilla para relajar el cuello mientras respiraba el polvo ancestral del escenario y volvía a colocarla en la posición original. Ya debía quedar mucho menos.

Miró con fijeza el telón como si quisiera horadarlo con una pestaña certera para dejarse paso a través de él y ver. Parecía hecho de mármol, de latón cromado, de hierro. La espera empezaba a ser tortuosa y el público guardaba el escrupuloso silencio y la respiración de un cura oculto en un confesionario. Bramina no podía siquiera pronunciar una palabra. Sentía la espalda, la espina dorsal sujeta por el ajustado mallot hiriente, lacerante. La primera posición de los brazos comenzaba a pesarle más. Los hombros se resentían. La tirantez del moño, los pies colocados abiertos, las piernas alargadas se resentían. Y el telón majestuoso, inmenso, a su frente. El escenario se asemejaba a un acorazado siniestro. Esto está a punto de empezar, pensó, y notó cómo caía la segunda gota de sudor por su sien.

Los focos alumbraban intensamente el proscenio donde se dibujaba, tenue, su sombra, que no se había movido un ápice de la posición inicial. Perfecta, respiraba y esperaba. Tiene que quedar muy poco. Tensó la postura. Tenemos que estar a punto de empezar. Respiró para dar inicio a los movimientos que arañaban sus músculos sin reparos, los acuchillaba. Los brazos en primera, los pies en quinta, el pelo tirante y la gota de sudor en la sien. Ahora sí que comienza.

Y frente a ella el telón rojo, espeso, inamovible y perenne por el resto de los tiempos. Tiene que faltar muy poco, estaremos a punto de comenzar…

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