Frida siguió a la muchacha a través de un amplio pasillo. Al fondo, desde el umbral de una amplia puerta de cristal biselado, la esperaba un hombre, vestido con un impecable traje gris.
Al verla, su rostro mostró una extrañeza que Frida advirtió con disimulo. Entraron en el despacho y la invitó a sentarse en uno de los butacones de piel, a la vez que, sin dejar de observarla, hacía lo propio detrás de la mesa del escritorio.
Se hizo un breve silencio mientras el hombre leía un informe. Se le notaba el nerviosismo propio de alguien que no sabe, o no se atreve a opinar. La joven, sentada cómodamente le observaba como otras veces que había ido a buscar trabajo: como si nada pudiera alterarla. Pero esta vez no iba a quedarse callada, sino que, aun temiendo que no estuviera haciendo lo correcto, preguntó:
—Perdone, pero… ¿Hay algún problema? no creo que mi estatura sea ningún impedimento para este trabajo. No me interprete mal, no quiero decir que ser teleoperadora no esté bien, sino que lo importante es mi voz no mi físico. ¿No es así?
Frida esperó la contestación del hombre, que la escuchaba con atención. Parecía mirarla como a un bicho raro, pero eso a ella no le importaba. Sólo esperaba su respuesta.
—Lo importante es la actitud, claro está. Discúlpeme si le he parecido grosero pero es la primera vez…
—Que tiene usted a una enana tan cerca. Normalmente nos tienen para actuar de bufones o en circos… ya sabe. Lo siento, era una broma —dijo avergonzada.
El hombre sonrió abiertamente, ante el comentario de la muchacha
—¡Menudo sentido del humor tiene usted, señorita Álvarez!
—Encuentro muy agradable provocarle simpatía.
—Bien, de acuerdo, puede empezar a trabajar mañana mismo. Antes de irse deje sus datos a mi secretaria.
A la mañana siguiente, una Frida sonriente entró en el edificio con una tarjeta con su nombre prendida en la solapa de su chaqueta azul turquesa. Estaba feliz, llevaba mucho tiempo buscando trabajo y su constancia había resultado positiva. Poco le importaban las miradas de asombro con quienes se cruzaba. Era diferente físicamente pero tan capaz como cualquiera y estaba dispuesta a demostrarlo.
Entró en el ascensor y miró el cuadro de botones, tenía que ir al piso quince pero sus dedos llegaban sólo hasta el décimo. Una mano se acercó a la suya y una voz suave le preguntó:
—¿A qué piso vas?
Miró hacia atrás y la sonrisa blanca y perfecta de un atractivo joven la recibió.
—Al quince, por favor.
Se quedó a su lado hasta llegar a su planta, no quería mirarle porque se iba a notar demasiado, pero podía percibir un fresco olor varonil. Vestía de forma elegante, por lo que alcanzaba a ver de su traje; llevaba un maletín de piel en la mano derecha por la que asomaban los puños de una blanca camisa abotonada con finos gemelos. Calzaba relucientes zapatos marrones. Pensó que con aquella voz y lo poco que acertaba a ver, tenía que ser guapo de narices.
Al llegar a su planta, las puertas del ascensor se abrieron.
—¡Adiós y muchas gracias!
—¡Hasta luego, guapa! —la despidió el hombre mientras unas risitas acompañaban la despedida.
La mañana transcurrió tranquila, y al llegar la hora de la comida Frida recogió su bolso y volvió de nuevo al ascensor. Ahora no le hizo falta ayuda, el botón de la planta baja estaba a su alcance, y se hizo un hueco entre el resto de la gente que entraba.
En la cafetería cogió el menú del día del expositor y buscó una mesa libre.
—¿Has visto a la enana, lo contenta que se ha puesto cuando el tío bueno le ha sonreído?
Frida se puso rígida al escuchar las palabras que salían de una “monada” sentada en la mesa de al lado. La odió en ese momento, no porque estuviera hablando de ella en ese tono, sino porque sabía que la estaba escuchando.
—¡Pobrecita! No debe estar acostumbrada a que le hable ningún hombre y mucho menos tan guapo —remató otra “monada” sentada en la misma mesa.
De repente una voz conocida sonaba a su espalda:
—¿Puedo sentarme?
La pregunta pilló desprevenida a Frida que sobresaltada miró a su interrogador. Era el muchacho del ascensor, y… ¡Estaba como un tren!
Asintió con un gesto, ya que las palabras se resistían a salir de su boca. De reojo vio a las dos “monadas” y se sintió satisfecha.
—Me llamo Alberto, y pareces una buena chica, cosa que por aquí hay bien poco. Me preguntaba si te gustaría venir a una fiesta de disfraces que hacemos todos los años en la empresa.
—¿Yo…? —preguntó asombrada Frida—. Pero si no me conoces de nada.
—Bueno, como te he dicho, tienes cara de ser una buena persona y seguro que te gusta divertirte, ¿o no?
—¡Sí, me encanta! Y hace tiempo que no salgo de marcha. Por cierto, me llamo Frida… Frida Álvarez. ¿Cuándo y dónde es la fiesta?
—El sábado a las seis, aquí tienes la dirección —dijo Alberto extendiéndole una tarjeta
— Te espero, Frida, ¿de acuerdo?
—¡Claro! Allí estaré.
—Bueno, pues hasta el sábado entonces.
—¡Adiós! Y gracias —dijo quedándose con la cabeza en las nubes.
Alberto, se dio media vuelta y añadió:
—¡Ah, se me olvidaba! No hace falta que lleves disfraz, tenemos uno de hace unos años y es de tu talla.