Había sonado ya el timbre que señalaba el final de clase y el pasillo se había llenado de chicos que escapaban desaforados de esa prisión que los mantenía sentados durante una larguísima hora, mientras yo, que cinco años antes había sido uno de esos chillones enanos, permanecía esperando a que el Señor Cea diera por concluida su hora lectiva.
Procuraba visitarlo al menos una vez por año y había sido capaz de cumplirlo desde que dejé de ser alumno suyo. Ansioso por escuchar la explosión de júbilo que produce en los chicos oír al profesor dar por terminada la clase, recordaba las vivencias y sentimientos grabados en mi cabeza cuando lo tuve de maestro.
-¡Señor Mollá, salga a la pizarra!- La voz, seria e inflexible se oyó en toda la clase. Alta y clara, como para no tener excusas de no haber entendido la orden. Automáticamente 40 cabezas se giraron hacia mí mostrando una sonrisa perversa de quien espera fiesta y castigo. La alegría de mis compañeros fue inmediata, sabían que el aburrimiento causado por el momento del estudio se iba a tornar en risas y feria por la inevitable tortura a la que iba a ser sometido en breves momentos.
¡Jolín!, me ha vuelto a pillar. ¡Y mira que hice lo posible por cuchichear bajito, bajito! Levanté la mirada hacia el profesor con cara de extrañeza. -¡Pero si yo no he hecho nada!- Le increpé como si estuviera a punto de cometer una gran injusticia.
El señor Cea se mantuvo inflexible, lo que provocó que mi actitud cambiara por completo a la de sumisión y petición de piedad. -¡Pero si sólo le he preguntado por el examen de esta tarde!-
Pero tampoco hubo perdón. Me levanté, dejé el pupitre con una doble sensación. Por un lado me divertía ser el protagonista de la juerga que se iba a montar a mi costa, y por el otro me atenazaba el miedo por el dolor real que iba a sufrir. Me dirigí hacia la mesa del profesor para colocarme a su izquierda, dejando la pizarra a mi espalda y enfrentándome a los cafres que se regocijaban pensando en lo que iba a pasar. Alguno sentía una emoción especial al tener alguna posibilidad de ser los ejecutores de la sentencia. Este premio recaía en aquel que hubiera sacado una buena nota con algún ejercicio o en examen reciente, y además se encontrara sentado en uno de los colores de excelencia de la clase.
Los pupitres eran individuales y se colocaban en cuatro hileras frente a la pizarra. A cada hilera se le asignaba un color. La que recorría por completo el ventanal que ocupaba todo el frontal, dando al jardín de la clase, era el amarillo. Este color, el más claro de los cuatro —y que se encontraba justo delante de la mesa del Señor Cea—, era ocupado por los chicos que mejores notas llevaban a lo largo del curso: los empollones. La hilera siguiente era la verde, donde se sentaban aquellos que no iban mal, pero no llegaban al nivel de las notas de los pupitres amarillos. Los chicos con algunos problemas en sus estudios ocupaban la hilera azul, y para terminar estaban los que tenían verdaderas dificultades para seguir el ritmo de los demás, que ocupaban la fila de color rojo. De esta fila, uno o dos solían repetir curso.
Los puestos de cada uno de nosotros cambiaban prácticamente todos los días, dependiendo de los éxitos o fracasos en los cotidianos ejercicios, y en las notas que se sacaban regularmente en los múltiples exámenes que realizábamos, así como de nuestra buena o mala conducta.
Yo sabía que además de la paliza que me iba a llevar tendría que recoger mis cosas del pupitre y retrasarme una o dos mesas más. Gesto que, por supuesto, iría acompañado del cachondeo general.
Allí estaba, de pie junto a la mesa, mostrando las partes de mi cuerpo que iban a ser castigadas. Los pantalones cortos permitían enseñar la carne rosada que alguno de esos animales iba a poner como un tomate a base de gomazos.
El señor Cea miró el cuaderno con el que hacía el seguimiento de todos nosotros y pronunció el nombre de uno de mis mejores amigos. – ¡Señor Tijeras! El canalla pegó un salto de su silla y salió corriendo a toda velocidad con su goma hacia mí.
Al principio de curso el profesor nos indicó la necesidad de que fabricáramos nuestras propias herramientas con gomas del pelo, para realizar estos deberes tan perversos. En la confección de las mismas se intuía el carácter sádico de cada uno, pues algunos construían verdaderas máquinas de tortura. Con gomas de un ancho y una potencia increíbles, con colores negros y amarillos que las hacían parecer venenosas y que cuando apuntaban hacia tus muslos te temblaban las piernas.
Rara vez era el señor Cea quién te infringía el castigo. Cuando esto sucedía, lo hacía con una regla que también era muy dolorosa, pues no golpeaba los muslos sino los labios o las palmas de las manos. Teníamos que aguantar con la mano extendida y quieta el momento del reglazo. El castigo se hacía muy divertido porque el alumno, como era normal, retiraba la mano al más mínimo amago del profesor. Entonces venía la consabida regañina. ¡Deja la mano quieta, que va a ser peor! Así, hasta que lo conseguía. Entonces el alumno exageraba y teatralizaba el dolor del impacto y todos pasábamos un buen rato.
Ese año escolar correspondía al último curso del colegio. Teníamos 9 para 10 años y al terminar pasaríamos al instituto.
Teníamos la primera reválida de las tres que íbamos a sufrir. La segunda sería en 4º y la última en 6º, con 15 para 16 años. Fue el último curso en el que yo pertenecí a la élite de los buenos estudiantes. Saqué matrícula de honor en el examen de acceso al instituto y mis padres me premiaron con una preciosa bicicleta azul. A partir del siguiente año inicié un lento y progresivo empeoramiento en mis calificaciones escolares para terminar saliendo del colegio y tener que hacer el COU, seis años después, en una academia privada, con una asignatura pendiente del año anterior, la física. ¡Es que la profesora era muy, muy guapa!
Cada año que pasaba, al ir creciendo y ser más alto, me fui dando cuenta con más detalle de la prominente calva que siempre tuvo. Era un hombre que vestía cada día con un traje negro, limpio y pulcro, camisa blanca, corbata, y portaba un bigote clásico de la época. Sólo le quedaba pelo por los laterales de la cabeza y años más tarde me di cuenta de que era más bajito de lo que me pareció cuando estuve todo un año con él.
Hoy estaría procesado por maltrato infantil. Su método es hoy totalmente inaceptable, pero tenía la habilidad de provocar en nosotros una divertida competitividad con los colores de los asientos y de mantener la disciplina en clase de una manera divertida y en la que participábamos todos.
