Por Horacio Otheguy Riveira
En Una razón brillante (Le Brio, la pujanza) un excelente profesor en una impresionante universidad parisiense exhibe con entusiasmo sus rasgos más asociales: racista, arrogante, sarcástico, verbalmente agresivo. A punto de ser despedido por las múltiples quejas de sus alumnos, una estudiante de rasgos semitas marcará la diferencia en la existencia del desagradable docente, y en la suya propia nada será igual.
De una lucha de contrarios surge el desarrollo de una evolución moral e intelectual, de integración social profunda donde parecía que no podía crecer ni un poco de ilusión. En el empaque de una institución con fama de sectaria, brota una relación de opuestos que se necesitan y ayudan. De fondo, el mito de la Grecia antigua llamado Pigmalion que tan bien reconstruyó en el teatro George Bernard Shaw en 1913, y que se convirtió en una comedia musical con éxito internacional, impulsado aún más con la versión cinematográfica de 1964, My Fair Lady, de George Cukor, con una fascinante Audrey Hepburn que enamoró a todos con una interpretación magnífica, vocalmente falsa, cantando en playback. Ganó adeptos que se creyeron que era su voz y se embolsó muchísimo dinero convertida para siempre en una superstar de origen aristocrático. Así, la protagonista de la obra original pasó a la historia como emblema de una transformación pública y notoria de una criatura desamparada, del suburbio, salvaje vendedora de flores “reconstruida” por un profesor burgués que se esfuerza en educarla en tiempo récord para ganar una apuesta a su mejor amigo.
Ahora, en este Le Brio hay mucho en común con sus antecedentes. Sombras, mentiras y verdades que abundan en los entresijos de esta película pero que transitan por una nueva perspectiva, renovadas ambiciones. Las buenas intenciones del gran escritor Bernard Shaw (1856-1950) —un creador progresista cuyas obras cuentan con personajes femeninos de rompe y rasga— estaban teñidas de la dependencia social femenina de su época. Él mismo cuestiona su final en que la muchacha, al fin educada, para siempre salida del suburbio destructivo, es toda una mujer burguesa… en manos de su profesor, entregada a esa relación para siempre. La misma línea, incluso potenciada llega con el musical.
En cambio en esta película una chica argelina de nacionalidad francesa ha de enfrentarse a la presión discriminatoria de sus compañeros y del máximo profesor. Y en ese viaje de liberación se empeña, se contradice, abandona, regresa rabiosa, vuelve a darse por finiquitada, derrotada y sumisa ante la decepción, y renace con fuerza. En el camino: una historia donde la palabra es esencial. Es una estudiante de Derecho metida a fondo en un concurso de oratoria: el dominio de la palabra atraviesa túneles muy oscuros donde monstruos filosóficos le pegan buenos sustos con Schopenauer a la cabeza, pero el ogro del tutor sabelotodo es tan exigente y antipático que, entre lágrimas y furias, consigue su objetivo de ayudarla a crecer, y a la vez mejorar su propio estatus de facha acérrimo.
Tal vez tardará en ganar puntos, pero a la joven ya nada ni nadie le parará los pies, ganada una confianza que los espectadores agradecen porque hay un guión formidable. Se habla muchísimo a través de diálogos muy brillantes con un ritmo cinematográfico de gran calidad amparado en los trabajos fuera de serie de un grande como Daniel Auteuiel (incomparable carrera desde su debut junto a Yves Montand en El manantial de las colinas, 1986) a cargo de un papel muy desagradable, pero con matices que le tornan muy interesante en todo momento. Y la joven Camelia Jordana, poseedora de varios premios, seductora y capaz de convencer en cada una de las complejas situaciones por las que pasa.
Del mutuo desprecio se llega a la comprensión de que la unión hace la fuerza. No hay piedad para la estudiante rebelde, y no la habrá para “el divino” profesor, pero, a la postre, la alianza será indestructible, fructífera, inolvidable en una película dirigida por un excelente actor, Yván Attal (Bon Voyage, El secreto de Anthony Zimmer, La intérprete, Munich…) que ya tiene buena trayectoria también como realizador (Do Not Disturb, Están por todas partes, Mi mujer es una actriz…).
Soy incapaz de hacer una película sin un cierto tono cómico. Esta es simultáneamente política y social, al mismo tiempo que alegre e ingeniosa basada en un personaje, una mujer francesa de ascendencia argelina que es víctima de los prejuicios de la actualidad y de sí misma y de su ambiente. Me siento muy conectado a esta historia, tiene mucho que ver con mi historia, ya que nací en Israel y vivo en Francia. Está la idea subyacente de que tenemos que pensar por nosotros mismos, lo cual nos obliga a cuestionarnos nuestros principios a lo largo del camino. Estos son los principales conflictos: la maleta que cargamos desde nuestro nacimiento, cómo utilizamos las oportunidades que se nos presentan para crecer, aceptando que otros contribuyan a nuestra formación. (Yvan Attal).



