Al fin, la última visita, nos quedaba solo la última visita.
Cuando mi hija y yo decidimos poner la casa de mi madre en alquiler no podíamos imaginar que hubiera tanta demanda. Tras salir el anuncio publicado, nuestros teléfonos comenzaron a sonar y lo que recibíamos del otro lado era esto o algo parecido:
- Estoy muy interesado en el piso que arriendan. ¿Podríamos concertar una cita para verlo?
Acordamos fijar un solo día para las visitas, el sábado por la mañana, y comenzamos muy bien, los que llegaron en segundo lugar nos dijeron que se la quedaban, pudiendo haber sido ese el final, avisaríamos al resto de los citados de que ya estaba alquilada y aún contábamos con tiempo para disfrutar de ese magnífico sábado en el Retiro frente a unas cervecitas. Así se lo propuse a mi hija, pero ésta, con la honestidad y rectitud que la caracterizan, tras censurar severamente mi actitud, me recordó que habíamos dado una palabra y teníamos que cumplirla. Yallí nos quedamos, abriendo la casa de mi madre a desconocidos y haciéndoles de guías en un recorrido que apenas cubre 60 metros cuadrados. En total eran ocho las visitas que habíamos concertado y las dos ya no podíamos más, estábamos cansadas, con hambre, aburridas…
- Ánimo mamá, queda solo una.
Tomé con desgana el planning que nos habíamos fabricado y en el espacio reservado al nombre leí Estela.
A las 2:30 en punto, ni un minuto más ni uno menos, sonó el portero automático.
- ¿Sí?
- Soy Estela, estaba citada para ver un piso.
- Adelante.
Su voz era chillona, un poquito desagradable, diría yo, y hablaba deprisa. Cuando colgué el telefonillo, intercambié con mi hija una mirada cómplice y por última vez en aquella mañana me dirigí hacia la puerta para recibirla cuando saliera del ascensor.
Lo primero que vi de ella fue su espalda embutida en un anorak verde. Forcejeaba con las puertas para conseguir sacar de la pequeña cabina algo que se resistía, finalmente y tras dos secos golpes que hicieron temblar toda la estructura, apareció en su totalidad tirando de un cochecito de niño, afortunadamente íntegros los dos.
- Hola –dijo, mientras con movimientos rápidos giraba las ruedas delanteras del carrito orientándolas hacia donde yo estaba.
No me dio tiempo a responder, propulsó la silla de tal modo, que tuve que parapetarme tras la puerta si no quería ser arrollada. Efectivamente, rozó la madera y casi quedo incrustada en la pared, pero ella no pareció darse cuenta, había cruzado el pequeño recibimiento y se dirigía con total seguridad hasta el salón donde aguardaba mi hija.
Mientras se despojaba del gorro y se desenroscaba del cuello una larguísima bufanda, saludó y ya no paró de hablar:
- ¿Qué tal? Soy Estela y éste –dijo señalando a lo que en aquel momento solo era un amasijo indefinido de mantas y mantitas–, este es Leo, mi Leo, vamos, Leo, saluda, mira que casa tan bonita nos van a enseñar.
Tras retirar las diferentes capas de ropa, al fin apareció con capucha, manoplas, bufanda y sudadera térmica el pequeño Leo.
- Estamos un poquito malos, diles cómo te encuentras, tenemos algo de fiebre, y diarreíta ¿verdad Leo?, pero no pasa nada, es que hemos empezado a ir a la guarde y los amiguitos de allí son tan traviesos que nos lo pegan todo ¿verdad Leo?
Mi hija y yo asistíamos a la escena, sin hablar ni movernos, intentando captar el significado real de aquella fluida verborrea, y en cuanto a Leo, ciertamente no tenía buena cara. Abrió sus profundos ojos negros, se incorporó durante unos segundos en la silla, nos estuvo observando, pero enseguida desplazó su mirada hacia las paredes de aquella casa desconocida.
- ¡A ver!
De este modo Estela dio por acabado el capítulo de las presentaciones y pasó a centrarse en el verdadero objetivo de su visita, inspeccionar la vivienda. Abandonó el carrito y comenzó a deambular libremente por la sala.
- ¡Ah! Qué bonito, tiene balcón, terraza y qué vistas tan espectaculares. ¿El sol? Ya, la casa está orientada al Este luego aquí entra por la mañana. Esto va a ser perfecto para Leo, le encanta jugar al aire libre –dijo, asomándose por el balcón–le pondré una mantita en el suelo y pasará horas enteras con sus juguetes.
- Bueno, el balcón, si te das cuenta puede ser un poco peligroso para el niño.
Ya sé, ya sé que cuando se quiere arrendar una casa no es buena política comenzar delatando al interesado sus puntos negros, pero no lo pude evitar. Por un momento tuve la imagen del pobre Leo sacando un bracito por entre los barrotes, después la cabeza, a continuación el resto de su cuerpo y… Que no lo pude evitar, vamos.
A ella le sorprendieron mis palabras y por un momento parece que las meditó, me miró a mí, después a la barandilla del balcón y finalmente se acercó adonde estaba su hijo.
- Noooooo, qué va.
Y chasqueando tres veces la lengua para mostrar más firmeza en su aseveración.
- Mi Leo no correría ningún peligro. Sabemos muy bien lo que se puede y no se puede hacer ¿verdad Leo, que lo sabemos?, mamá te lo explica siempre todo muy bien y tú eres un niño muy listo. Anda, díselo a esta señora.
El niño, claro está, no dijo nada, pero en ese “señora” final percibí un cierto retintín, como si lo hubiera pronunciado con desprecio.
- Y bien. Entonces este es el salón. Perfecto. En ese rincón irá mi mesa de trabajo, allí la de mi marido, aquí pondré la estantería y ahí…
Interrumpió bruscamente su monólogo para dirigirse al cochecito del niño, tomó su bolso que colgaba de una de las asas y sacó una cinta métrica de color amarillo, un bloc bastante manoseado y un bolígrafo.
- Voy a medir para estar segura de que todo me cabe. A mí es que me gustan las cosas muy bien hechas, no lo puedo evitar, es una de mis cualidades. ¿A ver?
Apoyó el comienzo de la cinta en uno de los ángulos de la pared y comenzó a desplegar. Mi hija se ofreció a ayudarla, yo preferí limitarme a observar la escena.
- 4,50 m, mide 4,50 m, apuntado. Esta otra pared 3,20 y la altura son 2,50. Hay dos puntos de luz, perfecto, toma de antena, fenomenal y acceso a internet, colosal. Nos gusta, ¿verdad Leo?, es perfecto para nosotros. Pasemos ahora a las habitaciones.
Realmente aquello sonó como una orden, pero antes de acatarla quise recordarle tímidamente la disposición de la vivienda.
- Solo hay dos y ésta es la que podríamos llamar principal.
En aquel momento el sol entraba a raudales y a través de la ventana se veían los tejados del viejo Madrid.
- Ah, estupendo, da a la terraza y es muy alegre. Ven, Leíto, ven para que veas dónde van a poner tu cuarto mamá y papá.
Veloz como una gacela acudió adonde había quedado el niño, soltó los cinturones que aún le sujetaban al carrito y lo bajó al suelo para llevarle a “su nueva habitación”.
- En esta parte estará tu cama, allí tu armario de juguetes, al lado tu bici, tu patín. Pero qué bien te lo vas a pasar aquí, porque mamá estará como siempre muy pendiente de ti. Qué bien, Leíto, ya te estoy viendo con tus dinosaurios, tu patrulla canina…
Metió los dedos entre los cabellos del niño y con un movimiento rápido se los enredó. Después dirigiéndose a mí continuó:
- ¿La siguiente habitación?
De nuevo una orden a la que respondí rápidamente.
- Sí, claro, al final del pasillo, vamos.
Cuando llegábamos a esta parte de la visita, los aspirantes a alquilar solían decepcionarse, había ocurrido con los anteriores. Entrábamos en la zona más oscura de la casa, cuyas ventanas daban a un patio interior, y aunque se trataba de una sexta planta el contraste con lo ya visto era manifiesto. Pero a Estela no pareció importarle. Entramos en la segunda habitación. Miró las paredes, el techo, la pequeña ventana, tiró de nuevo de cinta y comenzó a medir, esta vez tuve que ser yo la que le ayudara porque mi hija había preferido quedarse con Leo para entretenerle.
- No, no, pero sujete bien, ¡hombre! Cuide de que la cinta no se arquee, que si no las medidas no son exactas.
Aplasté aquel odioso metro con tanta fuerza contra la pared que la uña se me quedó blanca.
Cuando acabó de anotar, guardó todos sus útiles y paseó sus ojos detenidamente por la reducida estancia.
- La verdad es que aquí me voy a ver negra para meter nuestra cama de matrimonio, tal vez en esta posición, no, imposible, ¿y de esta otra? Tampoco, no cabe.
Estaba claro que me había hecho invisible o aquella mujer se había olvidado de mi existencia.
- A lo mejor me tengo que deshacer de la cama y comprar dos pequeñas, sí, eso es, pongo una aquí y la otra haciendo esquina, ¿ves? Qué solución más buena; en realidad la única posible, aunque… no sé cómo le va a sentar a Felipe que durmamos separados. Se tendrá que acostumbrar, oye, ya sabe que lo mejor siempre siempre es para nuestro Leíto, y dejarle a él esta habitación me parecería horrible.
A estas alturas mi paciencia estaba ya más que agotada y cuando escuché esto último no me pude reprimir.
- ¿Y los polvos? Sí, sí, los polvos entre tu marido y tú, ¿los piensas echar a distancia? Porque aunque hayáis tenido a Leíto supongo que todavía vosotros dos… ¿No?
Nunca he podido soportar a esas mujeres que cuando tienen un hijo abandonan su esencia de mujer para convertirse en “solomadres” y lamentablemente me he cruzado con varias en mi vida. Son las más perfectas, las más abnegadas, las que todo lo hacen bien, dechado de virtudes, ejemplo a seguir. Las que siempre tienen a mano las toallitas húmedas para limpiar no solo a su hijo sino al de cualquiera, las que nunca olvidan el biberón con el agua, los pañales de repuesto y las cremas infantiles que protegen del sol al 100%. Mientras que el marido o compañero solo es una sombra, algo que si algún día fue ya ha dejado de serlo, no importa, no existe, no es necesario, incluso en ocasiones llega a resultar molesto.
- Si me aceptas un consejo basado en la experiencia que me da tener más años que tú y haberme mudado muchas veces de casa, te diré que no insistas, aquí con estas dimensiones solo cabe una cama y además pequeña, por tanto se la deberías destinar a tu Leíto (vale; puede que en este “Leíto” se me fue un poco la mano y lo pronunciara también con retintín, pero lo hice sin intención, lo juro), y la otra habitación, la más grande, debería ser la vuestra. Créeme, aún eres joven, supongo que tu marido también, necesitáis espacio para desnudaros juntos, acariciaros, abrazaros. No sacrifiques todo eso, que no es necesario y además acabará pasándote factura, ya lo verás.
Me escuchó en silencio sin separar sus ojos de los míos, pero justo cuando acabé, se giró, fue hacia el salón, tomó a su niño, lo sentó de golpe en la silla, ajustó los cinturones, le volvió a cubrir con el amasijo de ropas que traía, se caló su gorro, se dio varias vueltas al cuello con su bufanda, colgó el bolso en una de las asas del carrito y se dirigió hacia la puerta.
Ni siquiera se despidió, solo al pasar por delante dijo alto y claro:
- Vámonos, Leíto, que esta casa no nos gusta.





