Al ir a despedirme de mis compañeros, me di cuenta de que me había quedado sola en la planta. Todo el mundo se había marchado. Como casi siempre, soy la última en salir. Pero lo peor, es que no es por tener más carga de trabajo, no. Recuerdo haberme quedado pasmada delante de la pantalla mientras el ordenador se apagaba y que tardé un rato largo en salir del coma.
Con el abrigo colgado en el brazo caminé despacio por el vacío pasillo en busca del ascensor. ¡Qué sensación tan fea de soledad genera un lugar de trabajo cargado con el silencio de la ausencia de los compañeros!
Tampoco es que los echara de menos. No tenía buena relación con ellos. En quince años no conseguí ninguna amistad especial con nadie. Nunca he sido muy popular, ni muy divertida. Y tampoco sexy, por lo que he sido siempre muy transparente para casi todo el mundo.
Me miré en el espejo del ascensor y percibí que la lozanía de la juventud se escapaba de mi rostro y de mi mirada como el agua entre los dedos. Parece que no me queda más remedio que poner el piloto automático para sobrellevar el resto de esta vida tan gris. Sin motivación en el trabajo, sin especiales relaciones y mi madre entrando ya en una edad en la que va a necesitar mucha ayuda, que como hija única, me a va a tocar aportarla a mí. Los próximos años van a ser muy poco interesantes.
Al salir del edificio tuve que detenerme para ponerme el abrigo. Hacía frío y acababa de terminar de llover, por lo que había una humedad que te penetraba hasta los huesos. Caminé, como cada día, los ocho minutos que me separaban del metro. Intentaba pesar lo menos posible para no hacer demasiado ruido con los tacones porque con tan poca gente en la calle, el ruido de mis zapatos se hacía muy patente y el eco lo convertía en estruendo y me generaba la sensación de ser observada y vigilada por muchas miradas intranquilizadoras.
Respiré cuando atravesé las puertas mecánicas de la estación. Me tocó esperar casi 6 minutos al siguiente tren porque a estas horas ya no pasan con la misma frecuencia que en las horas puntas.
Me entretuve observando cómo cada uno de los viajeros que allí estaban se afanaban atendiendo a sus respectivos móviles y despreciando los acontecimientos de su entorno. Se conectaban con una voz artificial suministrada por ese aparato que convertía a sus dueños en actores aficionados de sus propias comedias. Se movían y gesticulaban como si su interlocutor se encontrara también en el escenario que acababan de crear. ¡Era interesante ver esa obra de teatro, escuchando sólo la mitad del diálogo!
Me pude sentar en el lado de la ventanilla. ¡Como si el paisaje me pudiera emocionar! Al menos acomodé el cuerpo en el rincón formado por el respaldo y la pared del vagón. Apoyé la cabeza en el frío cristal e intenté relajarme, esperando que el viaje se me hiciera corto y poder llegar a casa lo antes posible.
La postura me obligaba a observarme, como de soslayo, en el reflejo de la ventanilla. Torcí la mirada para verme los ojos y al verme a mí misma me pregunté por qué yo, justamente yo, había tenido este triste destino. Por qué no había sido guapa, o divertida, o valiente. No me gustaba mi cuerpo ni mi personalidad. No me gustaba estar sola y casi todo me resultaba bastante aburrido. Repasé mi infancia, mi adolescencia y aunque encontré algunos buenos momentos, estos recuerdos no satisfacían mi angustia.
Metida en meditaciones, casi me paso de estación. Ya en la calle, y con el frío en la cara, tuve que cerrar los ojos.
Ante lo evidente, no tuve más remedio que fijarme en la imagen que se formaba en mi mente. Era una figura muy oscura, que se movía gelatinosamente, con unos imperceptibles ojos, que mostraban una enorme avidez e ironía, deseando y absorbiendo todo lo que yo perdía. Me asusté y los abrí inmediatamente, sintiendo entonces la humedad que arrastraba el viento que golpeaba mis ojos. Sin cerrarlos, pasara lo que pasara, aceleré el paso para llegar a casa lo antes posible y refugiarme de esta imagen pavorosa.
El paso se hacía difícil porque el temporal había arreciado y el viento soplaba en dirección contraria a mi destino. Pero el miedo me hizo sacar fuerzas que nunca imaginé poseer y empujé como no lo hice en mi vida. Al fin llegué al portal.
Tardé en encontrar las llaves en el inmenso bolso cargado de cosas inútiles. Con dificultad, acerté con la cerradura y giré el pestillo para que la puerta se abriera dócilmente.
Ya en el ascensor y para recuperar la calma, sin ser consciente, volví a cerrar los ojos. Al instante me di cuenta de la barbaridad que estaba haciendo y sin poder evitarlo, me fijé en lo que veía. Busqué al monstruo instintivamente, pero no vi nada. – Gracias a Dios –.
Al respirar, me di cuenta de que debía llevar mucho tiempo sin hacerlo y llené los pulmones a conciencia.
Más tranquila, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta. No me gustó encontrarme la casa tan a oscuras. No se veía nada. Como si todas las persianas estuvieran echadas. Busqué el interruptor y encendí la luz.
De pronto aparecieron multitud de ojos y caras sonrientes que me gritaban y jaleaban con una alegría desbordante. El susto me impidió entender nada de lo que estaba ocurriendo, pero sí distinguí el clásico grito de “¡Feliz cumpleañooooos”!
Dos de esas figuras, mi marido y mi hija, se adelantaron para felicitarme y abrazarme. Al sentir sus cuerpos
rodeando el mío, me abandoné a su calor y cerré los ojos otra vez. Con más seguridad que las veces anteriores, pero con la misma ansiedad, busqué otra vez la oscura figura que me estaba quitando el ánimo y las ganas de vivir. Y allí estaba, esta vez fuera de mí, esperando encontrarse otra vez a solas conmigo y apoderarse de toda mi alegría.
Tenía mucho poder. Sabía que era capaz de apagar mi autoestima, de hacer desaparecer a la gente que me amaba y de convencerme de que mi vida no tiene sentido.
No sé que voy a hacer, pero tengo miedo. Mucho miedo.